Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Antecedentes de la Adoración Eucarística

Doctrina sobre la Adoración Eucarística

Documentos del Magisterio de la Iglesia

Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Santos con especial devoción eucarística

San Bernardo


Es San Bernardo (1090-1153), como dice la oración de su misa, «lámpara ardiente y luminosa en medio de la Iglesia». A los veintidós años, entra monje en el Cister, y poco después es constituido abad de Claraval (1115). Su vocación suscita cientos de vocaciones, y su llama espiritual enciende la llama de muchos nuevos monasterios. Enamorado de Dios, de Cristo, de la Iglesia, de la Virgen María, este gran Doctor de la Iglesia, es también un enamorado de la Eucaristía, como podemos comprobar en los textos que siguen: 

¡Ah! ¿Cómo tan pronto te has hastiado de Cristo?... Ciertamente, aún no has saboreado a Cristo... O es que no tienes el paladar sano, pues Él mismo dice claramente: «Los que de mí comen, tienen siempre hambre de mí; y los que de mí beben, tienen siempre sed de mí».

Pero ¿cómo podrá tener hambre y sed de Cristo el que cada día se harta de bellotas, manjar de cerdos? «No es posible beber a la vez el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios» (1Cor 10,21). Cáliz de los demonios es la soberbia, la calumnia y envidia, la crápula y la embriaguez. Si tu vientre y tu mente están repletos del vino de esos cálices, no habrá en ellos lugar alguno para Cristo (Cta. 2,10).

Oh Virgen María, «bendito es el fruto llega la consagración, y aquel pan será el cuerpo de Cristo y aquel vino será la sangre de Cristo. Esto hace la gracia de Cristo. 

Hambre y sed de Cristo. Virgen María, «"bendito es el fruto de tu vientre". Bendito en su perfume, sabor y hermosura... Uno que había gustado del sabor de este fruto, cantaba: "gustad y ved qué bueno es el Señor" (Sal 34,9)» (Miss. est 3,6).

«Una vez que se han gustado las cosas espirituales, fácilmente se menosprecian las carnales. Para el que siente hambre del cielo, mal gusto han de tener las mezquindades de la tierra. Al que le devora la sed de lo eterno, ha de causarle fastidio lo efímero y transitorio» (Cta. 111,3). 

«Yo quiero con toda la fuerza de mi alma seguir al humilde Jesús. Ansío con toda la vehemencia de mi corazón amar a quien me amó hasta entregarse a la muerte por mí, y abrazarle muy estrechamente con los brazos de mi caridad; pero eso no basta: es preciso todavía que coma el Cordero pascual, pues si no como su carne ni bebo su sangre, no tendré la vida en mí... Su carne es verdadera comida, y su sangre verdadera bebida. Es el pan de Dios mismo, que ha descendido del cielo y da vida al mundo» (Contra P. Abelardo 9,25).

–«El Sacramento del cuerpo del Señor y de su sangre preciosa obra dos efectos en nosotros: disminuye la concupiscencia en las tentaciones leves y evita enteramente el consentimiento en las graves. Si alguno de vosotros ya no siente tantas veces, o no con tanta fuerza, los movimientos de la ira, envidia, lujuria y demás pasiones, dé las gracias al cuerpo y sangre del Señor, porque la virtud del Sacramento obra en él, y alégrese de que la úlcera pésima se va sanando» (Cena Señor 1,3).