Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


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Santos con especial devoción eucarística

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Santos con especial devoción eucarística

San Juan de Ávila y la Eucaristía


San Juan de Ávila (1499 -1569), de Almodóvar del Campo, sacerdote, formado en Salamanca y Ávila, y dedicado al cultivo espiritual de los sacerdotes y a la predicación al pueblo, fue el Maestro venerado de Ignacio, Teresa, Pedro de Alcántara, Juan de Dios, etc. Dejó 27 sermones sobre la Eucaristía o el Corpus Christi, y el tratadito «Meditación del beneficio que nos hizo el Señor en el sacramento de la Eucaristía». En todo sermón eucarístico menciona a María, la Madre del Corpus Christi. Celebraba la Misa lentamente y muchas veces con lágrimas. Su sello personal, el que aparece en sus cartas, trae la figura del Santísimo expuesto. Fue el gran apóstol de la comunión frecuente e incluso diaria. Partiendo de la Eucaristía, urge mucho la santidad de los sacerdotes, en términos conmovedores.

La Presencia eucarística

La presencia de Cristo en la Eucaristía es real, con su cuerpo, alma y divinidad (cfr. Ser 37, 1031 ss). «El pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre de Jesucristo» (Ser 36, 161ss). «Cosa nunca oída ni vista, que hallase Dios manera cómo, subiéndose al cielo, se quedase acá su misma persona por presencia real, encerrada y abreviada debajo de unos accidentes de pan y de vino; y con inefable amor dio a los sacerdotes ordenados... que, diciendo las palabras que el Señor dijo sobre el pan y el vino, hagan cada vez que quisieren lo mismo que el Señor hizo el Jueves Santo» (Ser 35, 217ss).

«El mismo Jesucristo se quedó por tu amor» (Ser 38, 360ss). Cristo está como «encerrado en un sagrario y encarcelado... por el grande amor que nos tiene. Él mismo se deja prender... en cárcel de amor. Quítale el amor con que allá está, y verás que es incomportable estar donde está» (Ser 43, 383ss). «Andaos llamando y convidando» (Ser 46, 665s). «La mejor prenda que tenía te dejó cuando subió allá, que fue el palio de su carne preciosa en memoria de su amor» (Amor, n.14, 544ss).

Por la fuerza de las palabras de la consagración, está el cuerpo o la sangre; pero consecuentemente está siempre cuerpo, sangre, alma y divinidad (Ser 46, 709ss). Aceptar este misterio es cuestión de fe y no de razonamiento: «O te has de quedar sin Él o tomarlo así escondido... Sí, en la menor partícula está tan entero como está allá en su reino» (Ser 46, 499ss). «Y mira que mientras menos entiendes este misterio, mayor es la merced que te hace» (Ser 38, 532s).

De esta presencia real y permanente mientras duran las especies de pan y vino, se sigue la adoración de los fieles: «No te hartes de lo mirar con entrañable amor, como a cosa tuya, y procura de honrarle» (Ser 36, 2069ss). Pone el ejemplo de los peregrinos que van a la Meca, que, según se decía, algunos se sacaban los ojos para ya no mirar nada más, después de haber visto «el zancarrón (hueso) de Mahoma» (ib.). El Maestro pide al concilio de Trento que provea para que se tenga sumo cuidado en los detalles del sagrario, «para su culto decente, así como reliquiario y sacrario do está, y de la lámpara y cera, de palio y lo demás» (A Trento II, n.78, 3055ss).

La Eucaristía como sacrificio 

El único sacrificio de Cristo, que tiene su máxima expresión en la muerte de cruz y en su glorificación, se hace presente en la Eucaristía, para hacer que la vida cristiana sea participación y prolongación de este mismo sacrificio. La separación de las dos especies nos recuerda y significa la muerte del Señor (Serm 46, 715ss). La Eucaristía es, pues, «representación de Jesucristo crucificado» (Serm 47, 153s). 

La Eucaristía es «memoria» que actualiza lo que Cristo hizo el Jueves Santo (A Trento II, n.79), «para que la Iglesia tenga sacrifico precioso que ofrecer al Eterno Padre» (ib., n.81, 3153s). «Encerró Dios en este Sacramento santísimo todas sus maravillas pasadas... Pues aquí en el Sacramento hallaréis todo eso que ha ya tantos años que pasó; pues ésa es la virtud que tiene este santísimo Sacramento, como la que tenía el maná que cayó del cielo» (Ser 41, 215ss).

La Eucaristía es «memoria» a modo de «retablo en el que puso (Dios) todas sus maravillas, en que está dibujado su encarnación, su nacimiento y su pasión, y todas las obras pasadas que ha hecho dignas de memoria» (Serm 41, 236ss). Allí se hace presente «lo que Cristo padeció por vosotros. De manera que es el Sacramento retablo de toda la vida pasada de Jesucristo» (ib., 681ss). El cuerpo y la sangre de Cristo, p» sentes en la Eucaristía, son, pues, «mernoria de aquella sagrada pasión» (Serm 51, 498).

De esta celebración sacrificial del Señor, se sigue que la vida cristiana debe hacerse ofrenda como la suya y con la suya. Se ofrece especialmente la «voluntad». «Y ofreciéndote así de esta manera, haces al Señor más señalados servicios en esto que si mil mundos le dieses» (Serm 43, 677ss). Entonces el sacrificio de  Cristo se prolonga en el creyente, quien «él mismo se ofrece a Dios en recompensa de que el mismo Dios se da a él» (ib., 693ss).

En los sermones y en las cartas a sus dirigidos, especialmente a sacerdotes, insta a participar en la Misa con la actitud de ofrecerse al Señor en unión con su sacrificio redentor, a imitación de María (Serm 4,335ss), puesto que en la Misa se sigue «representando y significando muy en particular la muerte de¡ Señor» (Serm 57, 121 ss).  

 La Eucaristía como sacramento y comunión

Lo que se celebra en la Eucaristía (como presencia y sacrificio del Señor), tiene eficaz significado sacramental, «pues eso que pasa de fuera, se ha de obrar allá dentro; que los sacramentos así son, que lo que muestran de fuera obran de dentro» (Serm 57, 357ss). De modo especial, esta acción sacramental tiene lugar en la comunión eucarística: «¿Quién vio, quién oyó que Dios se diese en majar a los hombres y que el Criador sea manjar de su criatura?» (Serm 33, 20ss).

La presencia de Cristo sacrificado se hace comunión sacramental. La comunión no es, pues, algo separado del sacrificio, sino unido a él: «Manso va el Señor y callado como un cordero, y con entrañas encendidas de amor para darnos lo que nos cumple; y todo lo que allí se ve y se cree nos convida a que nos lleguemos a Él, a recibir de su mano el perdón y la gracia» (Serm 36, 213ss). «Todo lo cual recibís cuando comulgáis» (cuerpo, sangre, alma y divinidad) (Serm 37, 1032ss).

Recibir a Cristo es fuente de confianza e implica comprometerse en la caridad del mismo Cristo. Y si en cada sacramento se nos comunica la gracia de Cristo, en la Eucaristía «reside el mismo Señor, fuente de todas las gracias» (Serm 34, 514). Allí se encuentra fuerza y medicina para todos los males (Serm 39, 121 ss), se nos incorpora más a Cristo, porque comulgar es «ser hechos participantes de los merecimientos de Cristo, ser incorporados en Cristo» (Serm 58, 329ss). Se llama «Sacramento de amor y unión, porque por amor es dado, amor representa y amor obra en nuestras entrañas... Todo este negocio es amor» (Serm 51, 759ss).

La Eucaristía anticipa la gloria eterna: «Tú mismo estás aquí entre nosotros, y estarás, mientras el mundo durare, en tu Iglesia» (Serm 54, 395ss). Y es «prenda» de que un día llegaremos a participar en la misma gloria de Cristo en el cielo (Serm 41, 772ss).  

El mismo Espíritu Santo, que hizo posible la Encarnación de Verbo en el seno de María, hace también posible la presencia real de Cristo en la Eucaristía, donde está «el Cuerpo que fue concebido por Espíritu Santo». Y así como «por merecimientos de Cristo descendió este Espíritu», así se nos comunica ahora el Espíritu por la Eucaristía, donde está presente el mismo Cristo (Carta 122, 68ss).

Siempre recuerda a la Santísima Virgen en los sermones eucarísticos: «¿Qué cosa es una hostia consagrada sino una Virgen que trae encerrado en sí a Dios?» (Serm 4, 329ss). «Y así hay semejanza entre la santa encarnación y este sacro misterio; que allí se abaja Dios a ser hombre, y aquí Dios humanado se baja a estar entre nosotros los hombres. Allí en el vientre virginal, aquí debajo de la hostia. Allí en los brazos de la Virgen, aquí en las manos del sacerdote» (Ser 55, 235ss; Carta 122).