Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


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Doctrina sobre la Adoración Eucarística

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Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Santos con especial devoción eucarística

San Leopoldo Mandic de Castelnovo


El Santo Sacrificio de la Misa

El P. Leopoldo (1866-1942), capuchino croata, nació en Herzeg (Castelnovo para los italianos), y pasó la mayor parte de su vida en el convento de Padua, centrado casi exclusivamente, como el P. Pío, en la Eucaristía y el sacramento de la penitencia.

El P. Leopoldo vivió su identidad de sacerdote, especialmente en la celebración de la santa Misa, con máxima intensidad y profundidad.

«¡Oh, si pudiéramos ver nosotros lo que se realiza sobre el altar!... Nuestros ojos no podrían, de ninguna manera, soportar el esplendor de tan formidables misterios. ¡Y yo, cada día, tengo la inefable gracia de ofrecer la Víctima divina!» (Mártir del confesonario y apóstol del ecumenismo, Capuchinos, Sangüesa 1976, 75).

Su vida es muy semejante a la del P. Pío,  y también lo es su vivencia del Misterio eucarístico, en el que revivía con veracidad de fe maravillosa el memorial de la Pasión del Señor:

«Cuando yo asistía a su Misa –afirma un Hermano en el Proceso de Beatificación - le veía casi siempre llorar durante la consagración» (76).

Casi todo el día lo pasaba confesando, pero interrumpía la celebración del sacramento un momento cuando la Misa llegaba a la consagración:

«Cuando estaba dedicado al ministerio de escuchar confesiones –afirma un testigo–, al oír la campanilla que avisaba el momento de la consagración, suspendía la confesión y se recogía en profunda adoración; y esto no una sola vez, sino habitualmente, con una constancia edificante» (79).

Tenía una fe absoluta en el poder suplicante del Sacrificio eucarístico:

«Cuando celebro la santa Misa, mi pensamiento llega a todos aquellos que por cualquier motivo se han encomendado a mis oraciones. Entonces mi corazón se dilata, en la total certeza de que todo cuanto yo puedo pedir en la santa Misa es nada en comparación de lo que yo ofrezco a Dios» (80).

El P. Leopoldo sabía bien que en la eucaristía Cristo ofrecía su sangre redentora «por vosotros y por todos los hombres». Por todos, en una ofrenda de valir salvífico universal. De tal modo que todo hombre que se salva, cristiano o no, se salva por Cristo, por la Iglesia, por la Eucaristía. A un abogado de Padua le escribe:

«Debemos tener presente en la mente y en el corazón, cuanto nos sea posible, la divina Víctima, que se ofrece por nosotros a cada hora del día y de la noche... ¡El que se ofrece es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!... ¡Si faltase en el mundo, aunque fuera por un instante, la celebración de la santa Misa, caería el mundo en la más espantosa de las catástrofes!... Unámonos cada más más profundamente a este Oferente divino, e intentemos todos cuanto podamos, yo celebrando y Ud. asistiendo a la Misa, tener una generosidad de amor tan grande que sepamos abrazar en el Corazón de Cristo todo el mundo de las almas. La caridad divina de Cristo, la que se da en el santo Sacrificio, supera de modo infinito todos los pecados y crímenes de los humanos, y satisface plenamente a la Majestad divina, ofendida por tantos pecados» (86-87).

A ese mismo abogado le escribía:

«Tenga presente que en cada uno de los momentos en que vivimos, y en todas y en las diversas partes del mundo, se inmola Jesucristo en la santa Misa. Debe Ud., pues, unirse en espíritu a las Misas que se están diciendo en cada momento, a fin de obtener las gracias especiales reservadas a tan excelso sacrificio» (87).

Las conversiones y milagros obradas por el P. Leopoldo, las atribuía él siempre al Cristo que en la Eucaristía sigue salvando a los hombres.

La adoración eucarística

Aunque la mayor parte de su día estaba el P. Leopoldo dedicado a servir incansablemente a los penitentes, siempre que tenía ocasión iba a «descansar» ante el Señor, junto al sagrario, permaneciendo de rodillas en el suelo, a pesar de sus continuas dolencias artríticas. He aquí algunos testimonios de religiosos capuchinos compañeros suyos:

«Cuando se quedaba en oración delante del sagrario, parecía tomar la actitud de un extático. Adoraba al Santísimo Sacramento durante todo el tiempo que podía durante la noche; pero, eso sí, siempre bajo los límites de la obediencia» (P. Odorico de Pordenone, en Mártir del confesonario y apóstol del ecumenismo, Capuchinos, Sangüesa 1976, 88).

«El P. Leopoldo manifestaba una devoción muy especial hacia el Santísimo Sacramento. Lo vi muchas veces recogido en la más profunda adoración. Lo sorprendí anegado en lágrimas. Siempre de rodillas, sin apoyarse ni en bancos ni en reclinatorios, no obstante sus dolencias [artríticas] y achaques. Y cuando alguna vez le reconvenía para que se sentara, siempre me respondía lo mismo: “delante de Dios cualquier postura viene a ser poco decorosa”. Y permanecía horas enteras sin buscar la ayuda del más leve apoyo» (Fr. Silvio Giacobbo, enfermero, ib.).

El sentido de lo sagrado era en el P. Leopoldo profundísimo, y le llevaba a venerar todos los lugares u objetos relacionados con Dios por el culto litúrgico, muy especialmente en la Eucaristía. Es un rasgo muy franciscano, muy vivido y enseñado por San Francisco y por Santa Clara.  Estos santos veneraron siempre las iglesias, los cálices, los sacerdotes, los corporales. Recordemos aquella oración que Francisco rezaba en las iglesias o cuando pasaba cerca de ellas, y que siguen rezando diariamente sus hijos espirituales:

«Te adoramos, Santísimo Señor Jesucristo, aquí y en todas las iglesias que hay en todo el mundo, y te bendecimos, pues por tu santa Cruz redimiste al mundo».

El P. Leopoldo, cuando por un lugar del convento pasaba junto al muro que tenía el sagrario al otro lado, se detenía allí un momento y se apoyaba sobre la pared, como si quisiera apoyarse en el mismo Cristo, tan próximo a él en la Eucaristía y tan amado. Allí encontraba alegría y fuerza.

Frecuentemente imponía a sus penitentes como penitencia hacer una visita a Cristo ante el sagrario. Y siempre recomendó la comunión frecuente, que se generalizaría en la Iglesia a partir de 1905 gracias a Dios y a San Pío X.

A su gran amigo, Luis Maggia, le escribía:

«Ahora que se encuentra mejorado de su enfermedad, vuelva a la práctica, ya habitual en Vd., de acercarse a la sagrada comunión, a ser posible todos los días. Bien experimentada tiene Vd. la importancia de esta práctica... Basta que pensemos en lo que dijo Nuestro Señor cuando nos prometió tan inefable sacramento: “mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Por tanto, siempre que comulgamos, nos unimos de la forma más íntima que en lo humano es posible con Nuestro Señor. Más y mejor de lo que Nuestro Señor dijo, nada se puede ni decir ni pensar. Este pensamiento de la unión vital de Cristo con nosotros debe dominarnos de una manera total, cuando tenemos la dicha de acercarnos a la santa comunión».

La vida del P. Leopoldo era un antes o un después de haberse unido a Cristo Salvador en la Eucaristía.