Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


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Santos con especial devoción eucarística

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Milagros eucarísticos

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Santos con especial devoción eucarística

San Pedro Julián Eymard


Nace en un pueblo de la diócesis de Grenoble (1811), fue sacerdote secular (1834-1839), Marista (1839-1856) y Fundador de las Congregaciones de los Sacerdotes y de las Siervas del Santísimo Sacramento (Sacramentinos) (1856ss). Muere en 1868. Es canonizado en 1962. En toda su vida y obra se muestra, por gracia de Dios, enamorado de la Eucaristía y de la adoración eucarística.

Comunión frecuente

Medio siglo antes de que San Pío X en 1905 recomendara la comunión frecuente en un famoso Decreto (Dz n.1981/3375 ss), san Pedro Julián Eymard encarecía con entusiasmo esa santa costumbre:

“Perfeccionémonos para comulgar bien y vivamos para comulgar siempre.

Pero, diréis quizá, «¿la grandeza de Dios no oprimirá nuestra nada?» No... ¿No escucháis la voz dulcísima de Jesús, que os dice: Venid a mí?

Pero «es tan poca cosa mi piedad y tan frío mi amor. ¿Cómo recibir a nuestro Señor en alma tan tibia y, por lo mismo, tan repugnante y despreciable?»... ¿Estáis tibios? Razón de más para que os echéis en ese horno ardiente... ¿Repugnantes? ¡Oh, eso nunca para este Buen Pastor, más padre que todos los padres, más madre que todas las madres! Cuanto más enfermos y flacos estéis, tanto mayor necesidad tenéis de su ayuda. El pan es vida de los débiles, no menos que de los fuertes.

Pero «si tal vez tenga pecados en mi conciencia»... Si no tenéis conciencia positiva de algún pecado mortal, bien podéis ir a la santa comunión. Si perdonáis a los que os ofenden, ya habéis alcanzado el perdón de vuestras faltas. En cuanto a las negligencias de cada día, distracciones en la oración, primeros movimientos de impaciencia, vanidad, amor propio, pereza en desechar inmediatamente las tentaciones... atadlos en un haz todos esos retoños de Adán y echadlos al fuego del amor divino. Lo que el amor perdona bien perdonado queda.

No os alejen de la sagrada mesa vanos pretextos. Más bien, comulgad por Jesucristo, si no queréis comulgar por vosotros mismos. Comulgar por Jesucristo es consolarle del abandono en que le dejan la mayor parte de los hombres. Es hacer fructificar  los tesoros de gracia que Jesucristo ha encerrado en la Eucaristía solo para distribuirlos entre los hombres. Es dar a su amor una vida de expansión como la desea, darle a su bondad la dicha de favorecernos, dar a su realeza la gloria de derramar sus dones.

Comulgando, realizáis el fin glorioso de la Eucaristía. Sin comulgantes, en vano correría este río; este horno de amor no abrasaría los corazones; este Rey quedaría en su trono sin súbditos.

La sagrada comunión le entrega a Jesús una nueva vida, que Él consagra a la mayor gloria de su Padre... El cristiano por la comunión se transforma en Jesús mismo, y Jesús vive en él. Algo divino sucede en aquel que comulga. Jesús en él podrá decirle a su Padre: «Te amo, te adoro, sufro todavía y vivo de nuevo en mis miembros».

He aquí lo que confiere a la comunión su mayor eficacia. Es ella una segunda y perpetua Encarnación de Jesucristo. Ella establece una sociedad de vida y de amor entre el hombre y el Salvador. Ella es, en suma, una segunda vida para Jesús” (extractos de La sagrada Comunión, Apost. Mariano, Sevilla 1992, 9-11).

Preparación a la comunión

“La sagrada comunión es Jesús mismo recibido sustancialmente en nosotros, en nuestra alma y en nuestro cuerpo, bajo forma de alimento, para transformarnos en sí mismo, comunicándonos su santidad primero y después su felicidad y su gloria.

Por la sagrada comunión Jesucristo nace, crece y se desarrolla en nosotros. Todo su deseo es que le recibamos y le recibamos a menudo. Y tal es también el consejo de la santa Iglesia, la cual pone a nuestra disposición todos sus medios de santificación para que mejor nos dispongamos a recibirle bien. Al mismo tiempo, todo su culto litúrgico tiende a prepararnos a la comunión a dárnosla.

Si conociéramos los dones y las virtudes que nos trae la comunión, estaríamos siempre deseosos de recibirla. Una comunión basta para santificar a uno en un instante, por ser el mismo Jesucristo, autor de toda santidad, quien viene a nosotros.

Pero es preciso comulgar bien, y una buena comunión no se concibe sin la debida preparación y la acción de gracias. El amor divino debiera guardarnos siempre en las condiciones necesarias para comulgar. Avivad, al menos, nuestro amor, atendiendo a los cuatro fines del Sacrificio eucarístico.

1.– Adorad con fe viva a Jesús, presente en el santísimo Sacramento, en la Hostia sagrada que vais a recibir... «Señor mío y Dios mío». 

2.– Dad gracias por don tan soberano del amor de Jesús, por esta invitación a su mesa eucarística que os dirige a vosotros, con preferencia a tantos otros mejores y más dignos de recibirle. Ensalzad su sabiduría por haber ideado este gran Sacramento. Bendecid su omnipotente bondad, que no ha retrocedido ante ningún sacrificio o humillación para darse plenamente. Alabad el inmenso amor que en este sacramento le reduce a la condición de víctima perpetua de nuestra salvación, de alimento divino de nuestra vida, de afectísimo y constante amigo en nuestro destierro. Que os ayuden los ángeles: invitadles a alabar a su Dios y rey, junto con vosotros.

3.– Propiciación por los pecados. Humillaos al ver en vosotros tanta bajeza y los pecados que habéis cometido, llorándolos una vez más... «No, no soy digno de recibirte»... Rogad a los ángeles y a los santos que os ayuden. Entregaos a María, para que Ella misma os prepare a comulgar... El Salvador nos dice: «Porque eres pobre, por eso vengo a ti. Precisamente porque estás enfermo, vengo a curarte, para comunicarte mi vida, para hacerte partícipe de mi santidad».

4.– Suplicad aquí a nuestro Señor que quite todos los obstáculos contrarios a la comunión y venga a vosotros. Desead, ansiad este momento de vida y de felicidad. Estad dispuestos a sacrificarlo todo, a abnegaros de lo que sea, por recibir una comunión.

Y en seguida corred, volad a la mesa celestial. Los ángeles envidian vuestra suerte y el cielo os contempla asombrado. Jesús  os aguarda. Id, id a las bodas del Cordero” (extractos de La sagrada Comunión, Apost. Mariano, Sevilla 1992, 12-14).

El Santo Sacrificio

“Participar todos los días de la santa Misa atrae las bendiciones del cielo para el día. Oyéndola, cumpliréis mejor todos vuestros deberes y os veréis más fuertes para llevar la cruz de cada día.

La Misa es el acto más santo de toda la religión. Nada tan glorioso para Dios, ni tan provechoso para vuestra alma como participar en ella con devoción y frecuencia. La Misa encierra todo el valor del sacrificio de la cruz, y lo aplica a cada uno.

Uno mismo es el sacrificio del Calvario y el del altar... ¡Ah!, si después de la consagración os fuese dado ver en toda su realidad el misterio del altar, veríais a Jesucristo en cruz, ofreciendo al Padre sus llagas, su sangre y su muerte para salvación vuestra y la del mundo. Veríais a los ángeles postrados en torno al altar, asombrados y casi espantados al contemplar cómo Dios ama a criaturas indiferentes e ingratas. Oiríais al Padre celestial deciros, como en el Tabor, contemplando a su Hijo: «Éste es mi Hijo muy amado y el objeto de mis complacencias: adoradle y servidle de todo corazón».

Para comprender bien lo que vale la santa Misa es preciso entender bien que el valor de este acto es mayor que el que encierran juntamente todas las obras buenas, todas las virtudes y merecimientos de todos los santos que haya habido o que haya hasta el fin del mundo, incluidos los de la misma Virgen santísima. La razón está en que se trata del sacrificio del hombre-Dios, que muere en cuanto hombre, y que en cuanto Dios eleva esta muerte a la dignidad de acción divina, comunicándole un valor infinito”.

Infunde respeto oír la voz del concilio de Trento exponiendo esta verdad:

«Como en el divino sacrificio que se ofrece en la Misa es contenido y se inmola incruentamente [sin sangre] el mismo Jesucristo, que una sola vez se inmoló de un modo cruento en la cruz, enseña este santo Sínodo que este sacrificio es verdaderamente propiciatorio, y que por este medio alcanzaremos en el momento oportuno misericordia, gracia y ayuda, siempre que nos acerquemos a Dios con corazón sincero y recta fe, con temor y reverencia, contritos y penitentes. Porque, aplacado el Señor por esta oblación, nos perdona nuestros crímenes y pecados, por grandes que sean, concediéndonos la gracia y el don de la misericordia.

«Una sola y una misma es la víctima ofrecida, uno solo y uno mismo el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes, que entonces se ofreció a sí mismo sobre la cruz, no habiendo más diferencia que la del modo de la oblación.

«Mediante este sacrificio incruento se reciben muy abundantemente los frutos de aquel sacrificio cruento, sin que, por consiguiente, se menoscabe en lo más mínimo el valor de aquél.

«Según la tradición de los apóstoles, este sacrificio es ofrecido no solamente por los pecados, penas, satisfacciones y demás necesidades de los vivos, sino también por los difuntos en Cristo, cuyos pecados no estén cabalmente purificados» (Sess. 22, cp.2) (La sagrada comunión, Apostolado Mariano, Sevilla 1992,26-27).

El Espíritu Santo, la Virgen y la Eucaristía

 “Mediante la sagrada Comunión se renueva en alguna manera el misterio de la Encarnación. En cuanto María contestó «hágase» a la voz del ángel, el Hijo de Dios se encarnó en su seno. Pero el Verbo no se contentó con unirse a la más pura de las vírgenes y en Ella a la humanidad entera, sino que quiere unirse con cada cristiano. 

El Espíritu Santo santificó a María para que fuera digna Madre de Dios... y adornó a María con todas las virtudes. El ángel la tranquilizó al decirle que el Espíritu descendería sobre ella y concebiría por obra de Él. Pero notad que el Espíritu Santo se encontraba ya en María, puesto que era «llena de gracia». ¿Qué significa, entonces, eso de que «descenderá sobre ti»? Significa que vendrá a fortalecerla y prepararla, débil criatura, para el misterio de la Encarnación, que es misterio de omnipotencia.

Pues bien, ahora la Eucaristía nos hace compartir por medio de la comunión la gloria de María y el gozo de la divina Maternidad. Y ¿cómo podré yo recibir en mí al Verbo divino, siendo tan débil y miserable como soy? ... No temáis; por el estado de gracia el Espíritu Santo habita en vosotros, y Él es quien ha de recibirle. Lo que a vosotros os toca es uniros con este divino Espíritu cuando vais a comulgar. 

Tengamos, pues, presente que la disposición más grata a sus ojos es aquella que nos hace decir como María: «“He aquí la esclava del Señor”. Tú, Señor, me convidas; bien conoces mi pobreza, miseria e ignorancia; pero te recibirá en mí tu divino Espíritu, te hablará en mi lugar y la recepción así será digna». No nos unimos suficientemente al Espíritu Santo, ni tratamos de conocerle como debiéramos. Y sin embargo, Él habita en nosotros y somos templos suyos. Orad con frecuencia al Espíritu Santo, uníos a Él, y que Él os prepare a la comunión eucarística, que Él sea quien hable y dé gracias a Jesús en vuestro lugar. Reine así Jesucristo en vosotros por Él.

Como el Espíritu Santo hizo en María, recibiendo al Verbo divino, así es también ése su oficio en la comunión eucarística. Su obra propia es en ella convertirnos en Jesucristo, hacer espiritualmente de nosotros y Él un solo ser en el orden espiritual. Poniendo así en nosotros el germen de la gloria, que nos hará semejantes al Cristo glorioso, nos hace compartir ya el estado de su cuerpo glorificado. Y un día el Espíritu Santo, por quien Él salió del sepulcro, resucitará nuestros cuerpos a la misma gloria.

Él, el Espíritu Santo, es quien forma en nuestra alma la unión de sentimientos con Cristo, y gracias a su obra Jesús continúa viviendo en el alma espiritualmente. De esta manera prolonga el Espíritu Santo en nosotros la comunión y hace que continúe en nosotros la vida divina de Jesús.

¡Qué felicidad, que hayamos nacido en tiempo de la Eucaristía!”

(La sagrada Comunión, Apostolado Mariano, Sevilla 1992,22-25).

Ofrecimiento del Santo Sacrificio

 En la Misa unid vuestras intenciones con las de la Iglesia, y ofreced el Sacrificio por estos cuatro fines:

1.– Como homenaje de suprema adoración, ofreciendo al eterno Padre las adoraciones de su Hijo encarnado, y juntando las vuestras con las Suyas y las de la Iglesia. Ofreceos vosotros mismos juntamente con Jesucristo para amarle y servirle.

2.– Como homenaje de agradecimiento, ofreciéndoselo al Padre para darle gracias por los merecimientos, los dones y la gloria de Jesucristo; para darle asimismo gracias por los merecimientos y el honor de la Virgen santísima y de los santos todos, como también por cuantos beneficios habéis recibido o estáis por recibir merced a los merecimientos de su Hijo.

3.– Como hostia satisfactoria, ofreciéndosela por la satisfacción de todos vuestros pecados, por la expiación de tantos pecados como se cometen en el mundo. Recordad al eterno Padre que nada puede negarnos, pues nos ha dado su Hijo, el cual está ahora en su presencia en estado de víctima y de sacrificio por nuestros pecados y los de todos los hombres.

4.– Como sacrificio impetratorio, o sea como hostia de oración, ofreciéndoselo al Padre como prenda que de su amor nos ha dado, para que podamos esperar de El todos los bienes espirituales y temporales. Exponedle en detalle vuestras necesidades y pedidle sobre todo la gracia de corregiros de vuestro defecto dominante.

Al Lavabo, purificaos mediante un acto de contrición, a fin de haceros verdadera hostia de alabanza agradable a Dios y capaz de atraer sus miradas de complacencia.

Al Prefacio, uníos al concierto de la corte celestial, para alabar, bendecir y glorificar al Dios tres veces santo por todos sus dones de gracia y de gloria, y en especial porque nos ha rescatado por medio de Jesucristo.

Durante el Canon, uníos a la piedad y al amor de todos los santos de la Nueva Alianza, para celebrar dignamente esta nueva encarnación y nueva inmolación que se realizará a la sola palabra del sacerdote.

Suplicad al Padre celestial bendiga este sacrificio y lo acepte con agrado, bendiciendo también juntamente con El los demás sacrificios que le ofrezcáis.

Mientras el sacerdote, rodeado de una muchedumbre de ángeles, se inclina profundamente por respeto al acto divino que va a realizar; mientras consagra el pan y el vino en cuerpo y sangre del hombre Dios y renueva el misterio de la cena, hablando divinamente en persona de Jesucristo, admirad el poder inaudito concedido al sacerdote en favor vuestro.

Luego, una vez que a la palabra del sacerdote haya bajado Jesús al altar, adorad la hostia santa, el cáliz de la sangre de Jesucristo que clama misericordia por vosotros... Ofreced la divina Víctima a la justicia de Dios por vosotros y por el mundo entero. Ofrecedla a su divina misericordia para conmover el corazón de Dios. Ofrecedla a la bondad de Dios, para que aplique esta Sangre acabando de purificar las almas del purgatorio...  (La sagrada Comunión, Apostolado Mariano, Sevilla 1992,35-37).

La acción de gracias después de la comunión 

“El momento más solemne del día es el consagrado a la acción de gracias, porque tenéis entonces a vuestra disposición al rey de cielos y tierra, a vuestro Salvador y Juez, muy dispuesto a concederos cuanto le pidáis.

Dedicad, si podéis, media hora a la acción de gracias, o a lo menos, extremando las cosas, un cuarto de hora. Sería mejor, en caso de necesidad, abreviar el tiempo de la preparación, para prolongar el de la acción de gracias. Porque ¿cabe encontrar un momento más santo y más saludable que aquél en que poseéis a Jesús entero?

Es tentación corriente la de reducir la acción de gracias. Bien sabe el demonio lo que ésta vale, y el amor propio y la naturaleza temen sus efectos. Fijad determinado tiempo para la acción de gracias y nunca le quitéis ni siquiera un minuto sin una razón urgente.

La acción de gracias es absolutamente necesaria cuando no se quiere que un acto tan santo como la comunión degenere en mera costumbre piadosa. «Estad persuadidos, decía san Juan Bautista de la Salle a sus religiosos, que en toda la vida no hay mejor tiempo que el de la comunión y el que la sigue, durante el cual tenéis la dicha de tratar cara a cara y de corazón con Jesús.»

El tiempo de acción de gracias es, por tanto, para nuestra alma, el momento de disfrutar de Aquel a quien se ha recibido y a quien se posee, de rendirle homenaje por lo mucho que nos ama, y al mismo tiempo, de gustar las dulzuras confortantes de esta preciosísima posesión. Y no se trata, entendedlo bien, de satisfacer el egoísmo espiritual o una sensualidad más o menos mística; con ello no se hace más que cumplir con un doble deber que nos obliga, así para el divino Huésped de la comunión, que ciertamente merece nuestro aprecio y nuestra complacencia, como para nuestra alma, la cual tiene necesidad de cobrar nuevo vigor, de alegrarse y de gozar santamente de las delicias que se le ofrecen en esta mesa tan exquisitamente servida por el Rey de los cielos.

Sería no tener corazón que mostraríais no apreciar en modo alguno lo que hacéis al comulgar, si, después de haber recibido a nuestro Señor, no sintierais nada ni nada tuvierais que decirle para darle gracias.

Diréis: ¡pero si  yo no soy contemplativo, si soy incapaz de conversar interiormente!. 

Entendámonos. No es necesario un estado de vida espiritual muy elevado para poder conversar interiormente después de la comunión. ¿Tenéis buena voluntad? Jesús os hablará y entenderéis su lenguaje, pues es un lenguaje del corazón que todos entienden.

Sed, pues, muy fieles, hasta escrupulosos, en punto a la acción de gracias”.

(La sagrada Comunión, Apostolado Mariano, Sevilla 1992, 40-41).

La acción de gracias después de la comunión (2)

“Cuando hayáis introducido a Jesús en vuestro pecho y colocándole sobre el trono de vuestro corazón, quedad quietos un rato, sin oración vocal alguna; adorad en silencio, postraos en espíritu a los pies de Jesús como Zaqueo, como Magdalena, junto con la Virgen santísima; miradle sobrecogidos de admiración por su amor... Y después de ese rato:

Adorad a Jesús sobre el trono de vuestro corazón; besad con respeto sus divinas plantas y augustas manos; apoyaos en su corazón, inflamado de amor; ensalzad su poder; ofrecedle las llaves de vuestra morada en homenaje de adoración y de absoluta sumisión; proclamadle dueño vuestro y declaradle que, como dichosos servidores suyos, estáis dispuestos a todo por complacerle.

Dadle gracias por haberos honrado y amado tanto; por haberos colmado de tantos bienes ahora que le habéis recibido. Alabad su bondad hacia vosotros tan pobres, imperfectos e infieles. Invitad a los ángeles y santos, a su divina Madre, a que alaben, bendigan y den gracias a  Jesús en vuestro lugar. Mostrad vuestra gratitud a este buen Salvador, por medio de las acciones de gracias de la santísima Virgen, tan llenas de amor y tan cabales.

Llorad una vez más vuestros pecados a sus pies, como la Magdalena, pues siempre siente el amor penitente la necesidad de llorar, y nunca se ve exento de las deudas de gratitud. Afirmad al Señor vuestra fidelidad y amor; hacedle el sacrificio de vuestros afectos desordenados, de vuestra flojedad y pereza para emprender lo que os cuesta.

Pedidle la gracia de no ofenderle más, y declaradle que mil veces preferís la muerte al pecado.

Pedidle cuanto queráis, que éste es el momento de la gracia; hasta su propio Reino está Jesús dispuesto a daros. Le complace el ver que le ofrecéis la ocasión de derramar sus beneficios. Pedidle reine en vosotros su santidad, así como en vuestros hermanos; suplicad que su caridad more en todos los corazones.

Rogad por vuestras necesidades del día. Rogad por los vuestros, por vuestros pastores, por el sumo pontífice, por toda la Iglesia. Pedid el triunfo de la fe, la exaltación de la Iglesia Romana, la paz en la tierra.

Pedid sacerdotes santos para los pueblos, religiosos fervorosos para la Iglesia, buenos adoradores para nuestro Señor sacramentado.  Pedid que se extienda el reinado eucarístico de Jesús; que los pecadores, y en especial aquellos por quienes más se interesa vuestra caridad, se conviertan. Orad por cuantos se han encomendado a vuestras oraciones.

Pedid, en fin, que Jesucristo sea conocido, amado y servido por todos los hombres. Antes de ir a casa, ofreced un obsequio de amor, o sea algún sacrificio que habréis de hacer durante el día.

Finalmente, rezad algunas oraciones por las intenciones del Santo Padre, para ganar las indulgencias que tengan la comunión por condición; complaceos en aplicarlas a las almas del purgatorio, sobre todo a aquellas que Jesús más ama. Y durante el día habéis de ser como el vaso que ha contenido un perfume, o un santo que ha pasado una hora en el paraíso. No olvidéis la regia visita de Jesús”.

(La sagrada Comunión, Apostolado Mariano, Sevilla 1992, 41-43).

La acción de gracias después de la comunión (3)

El mejor modelo de acción de gracias lo encontraremos en María, que recibe al Verbo en su seno. El mejor medio de hacer una recepción que plazca a Jesús y sea para nosotros buena y rica en gracias es adorarle como presente en nuestro pecho, uniéndonos con María.

–María, sin duda, comenzó su adoración en aquel solemne momento de la Encarnación, haciendo un acto de anonadamiento de todo su ser ante la soberana majestad del Verbo, al ver cómo había elegido a su humilde sierva por su bondad y amor a Ella y a los hombres todos.

Tal debe ser el primer acto, el primer sentimiento de mi adoración después de la comunión. Este fue también el sentimiento de Isabel al recibir a la madre de Dios, que llevaba al Salvador oculto aún en su seno: Unde hoc mihi? ¿De dónde a mí una dicha tan grande, que tan poco merezco?

–El segundo acto de María debió ser de gozoso agradecimiento por la inefable e infinita bondad del Señor para con los hombres. Un acto de humilde gratitud por haber escogido para comunicar esta gracia sin par a su indigna aunque muy dichosa sierva.

La gratitud de María se expresa en actos de amor, alabanza y bendición ensalzando la divina bondad. Porque la gratitud es todo esto, es una expansión en la persona beneficiada; pero una expansión intensa y amorosa. La gratitud es el corazón del amor.

–El tercer acto de la santísima Virgen debió ser de abnegación, de ofrenda, de don de sí, de toda la vida al servicio de Dios: Ecce ancilla Domini; un acto también de pesar por ser, tener y poder tan poca cosa para servirle de un modo digno de Él.

Ella se ofrece a servirle como Él quiera, a costa de todos los sacrificios que le plazca exigirle. Por feliz se tendría si pudiera así corresponder al amor que a los hombres muestra en la Encarnación.

–El último acto de María sería, sin duda, de compasión por los hombres pecadores, para cuya salvación se encarnaba el Verbo. Ella supo hacer que la infinita misericordia se interesara por ellos, ofreciéndose a reparar y hacer penitencia en su lugar, con el fin de lograr su perdón y retorno a Dios.

¡Oh, cuánto quisiera yo adorar al Señor como le adoraba esta buena madre! Lo mismo que ella, le poseo en la comunión. ¡Oh Dios mío! Dadme a esta buena adoradora por verdadera madre; hacedme partícipe de su gracia, de su estado de adoración continua del Dios a quien había recibido en su seno tan puro, verdadero paraíso de virtudes y de amor.

Quiero pasar este día en unión con María, y, como Ella, vivir sólo para Jesús, presente en mi corazón”.

(La sagrada Comunión, Apostolado Mariano, Sevilla 1992, 43-44).