Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


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Doctrina sobre la Adoración Eucarística

Documentos del Magisterio de la Iglesia

Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Santos con especial devoción eucarística

San Pío de Pietrelcina y la Eucaristía


 Francesco Forgione (1887-1968), el padre capuchino Pío de Pietrelcina, era un enamorado de Cristo en la eucaristía. Los cincuenta y ocho años de su vida sacerdotal fueron empleados muy específicamente en colaborar con Cristo Salvador, mediante la Misa y el sacramento de la Penitencia, en la redención de la humanidad pecadora. Ésa fue su misión.

En una oración solemne de la Iglesia se dice que «cada vez que renovamos la celebración de este Sacrificio, realizamos la obra de nuestra Salvación».

Y Pablo VI, en el Credo del Pueblo de Dios (1968), afirma solemnemente la fe de la Iglesia: «Nosotros creemos que la Misa, que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares». Pues bien, esta misteriosa realidad era vivida por el padre Pío con una veracidad conmovedora al celebrar la sagrada Eucaristía.

Del Padre Pío:  

«Todo lo que Jesús ha sufrido en su Pasión –decía– yo lo sufro también, en cuanto ello es posible en una criatura humana».

El embajador de Francia, Wladimir d’Ormesson, que por los años cincuenta asistió con su esposa a una Misa del padre Pío, la describe realmente impresionado:

«A las 6 horas el padre Pío entra en la capilla, la cabeza cubierta de su capucha de capuchino. Le ayudan dos monaguillos, y se abre camino con dificultad. Como un murmullo creciente se va alzando de entre los asistentes, él se vuelve para imponer silencio, sube las gradas del altar, y descubre su cabeza.

«Jamás en mi vida he asistido a una Misa tan impresionante. Y tan simple. El padre Pío no cumplía sino los ritos tradicionales. Pero recitaba los textos litúrgicos con tal nitidez y convicción, ponía en las invocaciones tal intensidad, y sus gestos, con ser sobrios, tenían tal grandeza que la Misa venía a ser –lo que es en realidad, y lo que hemos olvidado demasiado– un acto absolutamente sobrenatural. Elevada la hostia, alzado el cáliz, el padre Pío se inmovilizaba en la contemplación... Diez, doce minutos... En medio del gentío, sólo se oía el murmullo de su oración. Verdaderamente era el intermediario entre los hombres y Dios.

«Mi mujer, que estaba un poco de lado, en el momento de la consagración veía claramente salir sangre de las palmas de sus manos...

La estigmatización permanente del padre Pío duró exactamente cincuenta años: de 1918 a 1968. Tres días después de su muerte, desaparecieron de él completamente los estigmas.

«Después de la bendición final sobre el pueblo asistente, se me ocurrió mirar mi reloj, y vi que había durado la Misa exactamente una hora y cincuenta minutos» (Yves Chirac, Padre Pio, Perrin, París 1989, 207-209). 

«A uno que un día le preguntaba cuál era su misión en la tierra [el padre Pío] le contestó con una sola frase: “Yo soy un confesor”.

«Y la verdad era que el padre Pío pasaba en el confesonario un número incalculable de horas. Los días de fiesta o de mayor asistencia, una vez celebrada la Misa, podía pasar el día entero escuchando confesiones. Una de las gracias que Dios le hacía, y que impresionaba muchas veces a sus penitentes, era que leía en las almas que se le acercaban a pedir el perdón de sus pecados. A alguno que no se había confesado hacía mucho tiempo, él le recordaba discretamente sus pecados pasados con absoluta precisión. 

«Alguna vez llegó a negar la absolución al penitente que no manifestaba en absoluto arrepentimiento ni un propósito firme de corregirse. Esta severidad en la confesión estaba medida por el precio que él mismo pagaba, en sufrimientos, por las almas que quería librar de sus culpas.

«–Oh, las almas, las almas... –decía–. Si se supieran el precio que cuestan.

«Después de confesiones especialmente difíciles, más de una vez se le veía llorar.  Le preguntaron una vez:

«–¿Por qué llora, padre Pío?

«–Un santo dijo que si viéramos el horror del pecado, nos moriríamos del horror. Pero nosotros, miserables, acostumbrados al pecado, no lo sentimos gran cosa ni nos molesta demasiado...

«El padre Pío llora sobre el pecador que prefiere su pecado a su alma preciosa. Llora sobre la Sangre de Dios, que corre en vano para tantos desgraciados. Llora sobre la creación profanada y sobre los fracasos de la gracia. Llora, en fin, porque Cristo ha llorado».

«Algunas confesiones eran para él un verdadero combate. Se trataba de ir a buscar al pecador, que a veces estaba muy lejos [del arrepentimiento], para traerlo a Dios. Decía él muchas veces que la confesión es un encuentro con el mismo Dios. Dios, que es al mismo tiempo nuestro Señor, nuestro Juez y nuestro Salvador. En el confesonario, el sacerdote ocupa el lugar de Dios... Uno le decía:

«–Padre, he pecado muchísimo, yo no tengo ya esperanza de salvación...

«–Hijo mío, Dios persigue sin descanso las almas más obstinadas. Tú Le has costado demasiado como para que te abandone.

«Y otro:

«–Padre, yo no creo ya en Dios.

«–Pero Dios, hijo mío, cree en ti».

(Yves Chirac, Padre Pio, Perrin, París 1989, 203-205).