Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


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Santa Catalina de Siena y la Eucaristía


Terciaria dominica (1347-1380), penúltima de veinticinco hermanos, doctora de la Iglesia, Compatrona de Italia. Conocemos bien la vida de santa Catalina de Siena (1347-1380), pues en 1390 fue escrita por el dominico Beato Raimundo de Capua (1330-1399), que fue su confesor y director espiritual y llegó a ser Maestro General de la Orden. De su relato, Legenda Maior, son los textos que siguen.

“Santa Catalina practicaba grandes ayunos, hasta que «poco a poco, pudo llegar al ayuno absoluto. Pero si el cuerpo no tomaba nada, su espíritu se alimentaba espléndidamente. En efecto, la santa virgen recibía muchas veces devotamente la santa Comunión, y cada vez obtenía de ella tanta gracia que, mortificados los sentidos del cuerpo y sus inclinaciones, sólo por virtud del Espíritu Santo, su alma y su cuerpo estaban igualmente nutridos. De esto, un hombre de fe puede concluir que su vida era toda ella un milagro» (170).

Un día «su confesor, que había visto su rostro tan encendido mientras le daba el Sacramento, le preguntó qué le había ocurrido. Y ella respondió: “Padre, sabed que cuando recibí de vuestras manos aquel inefable Sacramento, perdí la luz de los ojos y no vi nada más; más aún, lo que vi hizo tal presa en mí que empecé a considerar todas las cosas, no solamente las riquezas y los placeres del cuerpo, sino también cualquier consolación y deleite, aun los espirituales, semejantes a un estiércol repugnante. Por eso pedía y rogaba, a fin de que aquellos placeres, incluso los espirituales, me fuesen quitados mientras pudiese conservar el amor de mi Dios. Y le rogaba también que me quitase toda voluntad propia y me diera sólo la suya. Y así lo hizo, porque me dio esta respuesta: Aquí tienes, dulcísima hija mía, te doy mi voluntad. Con ella serás tan decidida que, pase lo que pase, te suceda lo que te suceda, no te moverás ni cambiarás en absoluto”. Y así fue, porque, como lo vimos los que estábamos con ella, en adelante, en cualquier circunstancia, se contentó con todo y nunca se turbó» (190).

Según ella contó una vez a su confesor, «recibida la Comunión, le pareció que su alma entraba en el Señor, y el Señor en ella, como el pez entra en el agua y el agua lo rodea completamente. Se sintió entonces tan absorta en Dios que apenas pudo volver a su celda, donde, al llegar, se echó encima del camastro de madera y permaneció allí mucho tiempo, como muerta.

«Más tarde su cuerpo se levantó y permaneció en el aire, sin que nada lo sostuviera, como afirman haber visto tres testigos. Finalmente volvió a bajar al camastro y comenzó a decir en voz baja palabras de vida más dulces que la miel y tan sabias que hicieron llorar a todas las compañeras que las oían. Entonces comenzó a rezar por todos y por algunos en particular, especialmente por su confesor» (192).

El texto que sigue contiene extractos de una elevación dicha por la santa en éxtasis (1379), transcrita por sus discípulos (Obras, BAC 451, 1980, 504-507).

La vida de Catalina de Siena fue escrita por el Bto. Raimundo de Capua (1330-1399), su propio director espiritual, que llegó a ser Maestro General de los dominicos (Legenda Maior, esto es, Vida de Santa Catalina de Siena, 1347-1380: La Hormiga de Oro, Av. Puerta del Angel 5 – 08002 Barcelona). 

Cuando ella recibía el santísimo Sacramento, solía sentir un perfume fuerte y tan maravilloso que casi se desvanecía. A ver o al recibir el Sacramento del altar se encendía su alma con un nuevo e indecible gozo, y el corazón le saltaba en su pecho de alegría (181). Cuando comulgaba, permanecía tres o cuatro horas en éxtasis, durante las cuales no se podía mover de su lugar (318).

De una comunión, concretamente, cuenta el Beato Raimundo:

Ella se acercó al altar con el rostro encendido y resplandeciente, bañada en lágrimas y en sudor, y recibió el Sacramento con tal devoción que maravilló y edificó a su mismo confesor. Después de comulgar permaneció tan absorta en Dios e introducida en los más profundos misterios de la Divinidad, que durante todo aquel día e incluso después no volvió en sí ni pudo hacer uso de la palabra ante nadie (189).

Al día siguiente, su confesor, que la había visto tan encendida de cara mientras le daba el Sacramento, le preguntó qué le había ocurrido, y ella respondió: «Padre, no sé qué color debía tener, pero sabed que cuando recibí de vuestras manos aquel inefable Sacramento, perdí la luz de los ojos y no vi nada rnás... Empecé a considerar todas las cosas, no solamente las riquezas y los placeres del cuerpo, sino también cualquier consolación y deleite, aun los espirituales, semejantes a un estiércol repugnante. Por eso pedía y rogaba, a fin de que aquellos placeres, también los espirituales, me fuesen quitados mientras pudiese conservar el amor de mi Dios.

«Le rogaba también que me quitase toda voluntad y me diera sólo la suya. Efectivamente lo hizo así, porque me dio como respuesta: “Aquí tienes, dulcísima hija mía: te doy mi voluntad. Con ella serás tan decidida que, pase lo que pase, te suceda lo que te suceda, no te moverás ni cambiarás en absoluto”».

Y así fue, porque, como lo vimos los que estábamos cerca de ella, a partir de aquel momento, en cualquier circunstancia, se contentó con todo y nunca se turbó por nada (190).

Hacia los 25 años dejó de comer (399):

Poco a poco fue llegando al ayuno absoluto. Pero si el cuerpo no tomaba nada, su espíritu se alimentaba abundantemente. En efecto, la santa virgen recibía muchas veces devotamente la santa Comunión, y cada vez obtenía de ella tanta gracia que, mortificados los sentidos del cuerpo y sus inclinaciones, sólo por virtud del Espíritu Santo se alimentaba su alma y su cuerpo. De esto el hombre de fe puede concluir que su vida era toda ella un milagro (170).