Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


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Santos con especial devoción eucarística

Santa Maravillas de Jesús


Santa Maravillas de Jesús, carmelita (1891 ‑1974), fundadora y restauradora de un buen número de Carmelos, tuvo un gran amor a Cristo presente en la Eucaristía, y nos dejó algunos textos preciosos que expresan su fe y su amor (Dios vivo, muy amante y muy amado. Vida eucarística de la M. Maravillas de Jesús, carm. descalza, La Aldehuela-Getafe 1993).

Extractos de la obra:

En el silencio de la noche. Sentí muy claramente me pedía el Señor fuese allí, todos los días al pie del Sagrario, aunque no fuesen más que veinte minutos o media hora, en el silencio de la noche (103).

Indigna de comulgar. Hoy fui verdaderamente horrorizada a comulgar, pidiendo con toda el alma a la Santísima Virgen que Ella recibiese al Señor, y se arreglase de modo que no pudiera herirle lo que en mí encontraba, y me perdonase el que estando así le recibiera. ¡Sólo la obediencia [al director espiritual] me puede hacer acercarme ahora [a la comunión]! (138).

Sequedad inmensa... Ni le amo, ni tengo comunicación con Él, ni aun en la Comunión, ni hay nada en mí. Todo está muerto. Pero ¿no es Él la resurrección y la vida? ¿No podrá su misericordia infinita vencer mi maldad, aunque sea de la peor clase, de la más repugnante? (99).

Palabras de mucho amor. Por la mañana, al hacer la genuflexión y mirar al Sagrario, no sé lo que fue; pero sentí que el Señor me llamaba allí junto a Él, que quería decir algo a mi corazón... Por la noche, al bajar al coro... y arrodillarme delante del Sagrario, sentí muy grande recogimiento y habló el Señor a mi corazón. Lo que me dijo no me atrevo a decirlo ni puedo; fueron palabras de mucho amor, aunque algunas de reprensión. Desde el Sagrario le sentía vivo y hablando, sin duda alguna, a mi corazón (103‑104).

Miseria abrasada en la Misericordia. Hoy al ir a comulgar, de repente unas ansias muy grandes de unirme al Señor. Al recibirle, no hice más que adorar, pero en esa adoración gozaba mucho el alma, sentía que allí, en la Comunión, le poseía realmente, verdaderamente. Se avivó tanto la fe que casi no lo era... Además me parecía ver... que el Señor consuma y abrasa en el fuego de su amor y misericordia todas las miserias, que quería las arrojase allí (93).

Gozo‑dolor en la Comunión. En la Comunión sentí intensísimo el amor, algo no sensible, sino muy dentro. Me cogió toda con mucha fuerza, y me causaba un tormento que no sé explicar. No sé cómo fue, pero era tal la intensidad que me parecía no iba a poder resistirlo. Cuando paso un poco esta fuerza, que entonces nada hubiera podido hacer, me hubiera aliviado mucho haber estado sola para poder quejarme en alto ... Está el Señor tan presente y tan escondido... es un muy grande sufrimiento, pero que no deseo cese ... Sólo agradarle en cada momento y sufrir por Él (147‑148).

Gozo por sí, pena por los demás. Los días de Navidad fueron unos gozos tan grandes en la Sagrada Comunión que entonces sí que no podía más ... ¡Ay, padre, qué tormento es también ver la nada de todo lo que no es Dios y, por otro lado, tantas multitudes que ciegamente se van tras ello en el mundo!... (152-153).

Muy junticos. Cristo nunca me deja sola estamos los dos muy junticos. ¡Es más bueno! ¡Mire que haberse querido quedar aquí con nosotros!... Ayer estaba más hermoso en la Custodia, reinando sobre todos sus hijos. ¿Por qué no le conocerán y no le amarán todos con locura? Además de que se lo deben, serían tan felices... Vamos a ver si nosotras los atraemos a su corazón... (71).

Incendiada de amor en el Corazón de Cristo. Esta mañana un rato después de comulgar con la frialdad de costumbre... me pareció clarísimamente, pero sin ver nada, que el Señor estrechaba mi alma, diciéndome descansase allí sobre su Corazón. Y fue esto con tanta compasión y amor y como tan de pronto, que sin poder pensar nada sentí una felicidad inmensa, una paz y una dulzura que llenaba el  alma y el cuerpo. Duró poco, creo, pero luego de pasado, prorrumpió el alma en afectos tan abrasados de amor al Señor, no sólo de deseo de amarle, sino como con seguridad. de que le amaba tanto... Me volví de repente loca y dije mil desatinos, pero lo que experimenté en verdad es aquello que dice la Santa Madre [Santa Teresa], que de sobra quedan pagados (como si se me debiese a algo por tanta ingratitud) todos los trabajos y dolores de la vida con un instante de gustar al Señor. Al venírseme esto entonces a la imaginación, pedí al Señor que, sosteniéndome Él, no me quitase la dicha de poder sufrir cuanto sea posible ... En esta vida prefiero mucho más que gozar, sufrir, puesto que al fin y al cabo es tan corto el tiempo que el Señor nos da para poder sufrir algo por su amor y tanto lo que se reserva para hacemos gozar (150‑151).

Adoración, con gozo y pena. Apenas empecé en la oración de la tarde, fue una oscura, pero grande seguridad de la presencia del Señor allí [en el Sagrario], y en esa vista sentí profundamente su Majestad y grandeza con un sentimiento de adoración, mi completa pobreza, y nada; y cómo siempre sería así, y si el Señor quisiera poner algo en mí, sería solamente suyo... Sentí una grande como inflamación de amor en el corazón y un gozo intenso, pero todo silencioso y pacífico. Me parecía, no sé, que todo por dentro se ensanchaba, algo tan profundo... Después reemplazó poco a poco al gozo un sufrimiento que llegó a hacerse intensísimo, aunque también pacífico, por sentir al Señor, a pesar de todo, tan escondido y que no de otro modo le podría encontrar en esta vida. Me parecía que sus dones no eran Él, que era lo que yo únicamente deseaba (90‑91).