Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Antecedentes de la Adoración Eucarística

Doctrina sobre la Adoración Eucarística

Documentos del Magisterio de la Iglesia

Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Santos con especial devoción eucarística

Santa María Micaela del Santísimo Sacramento


Santa Micaela (1809-1865), es la fundadora de las religiosas Adoratrices. En el mundo fue la aristócrata madrileña Micaela Desmaisières y López de Dicastillo (1809-1865), vizcondesa de Jorbalán, quien se compadece de pobres y enfermos, funda un Colegio para acoger mujeres arrepentidas y acaba por irse a vivir con ellas en el Colegio. 

Toda la fuerza inmensa de su amor procedía siempre de Cristo en la Eucaristía. Su apostolado, el acoger y ayudar a mujeres que habían dejado su mala vida, era muy mal visto por su familia y por muchos.

Preso el Santísimo en su casa

Transcripción de su Autobiografía (BAC 428, 1981):

«Como el clero en general desaprobaba mi obra, y éstos eran los de más fama por su piedad y posición, no sólo me hacía daño con la gente de fuera, sino que yo misma no sabía qué pensar, y me hería el corazón de un modo cruel y penoso a lo sumo. Y en verdad me hacía pasar las horas al pie del altar deshecha en llanto:

–Señor, si no te sirvo a ti ¿a quién sirvo en una vida tan amarga y llena de continuos sacrificios?

A mí! sí, a mí! sirves, sentía yo en el fondo de mi alma, como un bálsamo que curaba mi dolor, y a más sentía una energía, que me servía de alas para volar al trabajo; y esto se renovaba de un modo especial en cada comunión y en cada calumnia que me armaba el enemigo cada día distintas, a cual más penosas... 

Al punto que un día se presentó en el Colegio el Sr. Cura Párroco, que venía furioso, y me dijo venía decidido a quitar el reservado de la capilla, que el Señor no podía quedarse allí:

–Sí, señora, vengo porque como Vd. lleva esa vida tan relajada y la capilla está indecente, no puede quedarse el Santísimo en esta capilla; y vengo a llevarme el copón a la Parroquia...

Todo esto a gritos y tan alterado, que yo temblando me defendía... Como me tocaba a lo que yo más amo en el mundo, el Santísimo, mi pasión dominante, le llamaba yo entonces, y hoy puede decir es mi delirio, mi locura, pues por Él lo sufro todo y con gozo grande de mi alma, me defendí con una fuerza y elocuencia ajena de mí, y que yo reconozco el mismo Señor me inspiró, pues le dije:

–Señor Cura, si el Señor sale, yo voy tras de Él!, pues nada me hará dejarlo [el Colegio] por mucho que me hagan sufrir, pero sin Él no estaré ni una hora! ¿Quiere Vd., señor Cura, hacer una prueba? Pues venga Vd. a la capilla, que aunque está pobre, es muy bonita, limpia, y el Señor está en ella muy contento! Pregúnteselo Vd., sí señor, y verá Vd., cómo siente Vd. que no se quiere ir.

Efectivamente, fuimos a la capilla, se arrodilló en el altar y estuvo media hora como de mármol, orando, y yo detrás de él pidiendo al Señor no se fuera, como se pide en las grandes tribulaciones, con todo el amor de mi alma por Él.

Se levantó el Sr. Cura deshecho en llanto y me dijo con gran cariño y marcada emoción:

–El Señor, en efecto, no quiere salir de esta Casa, y desde hoy –abrazándome me dijo–, es Vd. el Cura Párroco de esta Casa, y mándeme Vd. lo que quiera, que yo diré al Sr. Arzobispo que el Señor no ha querido que me lo lleve, que lo tiene Vd. preso. Siga Vd., hija mía, siga Vd. su obra y Dios la bendiga. Así terminó esta entrevista, al principio tan penosa y después tan consolatoria, pues el Señor no me quiso dejar.

–Triunfamos, Señor, triunfamos, le decía yo loca de gozo. Guárdame tú, Señor, que yo te guardaré a ti a costa de mi vida. Pues no tengo yo corazón donde quepan sus favores (págs. 319-321). 

Comulgando diariamente

De su Autobiografía (BAC 428, 1981):

«Se fueron arreglando con el tiempo las cosas de modo que vine a comulgar diariamente [costumbre entonces muy infrecuente].

«[Me] decía el confesor:

«El domingo no deje Vd. de comulgar, porque es día que tiene Vd. dedicado a la Santísima Trinidad y como tiene Vd. tal devoción por este misterio debe Vd. recibir al Señor como un obsequio. El lunes por las benditas almas de Purgatorio, que tanto quiere Vd. El martes por sus ángeles, sus grandes amigos de Vd. y que la sirven en todas las cositas que Vd. les encarga, es muy justo hacerles este obsequio. El miércoles al Sr. San José –de quien era muy devoto el P. Carasa [jesuita, su director espiritual]–. El jueves al Santísimo Sacramento que son sus amores de Vd. y no se puede dejar. El viernes que es una devoción que tiene Vd. a la Pasión del Señor desde muy niña –tanto que pintaba muchos crucifijos al óleo, y aún conservo el que pinté para mí, y lloraba yo por mis pecados, cuando no conocía yo lo que eran pecados graves, y lloraba los ajenos también, sólo porque crucificaron al Señor por ellos–. El sábado a la Santísima Virgen, que tiene Vd. escogida por Madre y encargada de sus buenas obras, no la deje Vd. jamás este día, hija mía.

«Cuando yo caí en la cuenta de que comulgaba diariamente me entró un grande apuro de si sería, que me tuviera el Sr. Cura por mejor de lo que yo era, y se figurara había yo sido así siempre. Y le pedía me dejara hacer confesión general de toda mi vida, pues sentía un dolor de mis pecados sobrenatural, y no quería dejar pasar ocasión tan favorable, que quizás no volvería. La hice con grande efusión de lágrimas, y una firme resolución de no cometer pecado venial advertidamente, pues que tanto ofendía a un Dios que yo amaba, creo que con todo mi corazón, pues no le quería ofender por nada» (129-130).