Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Antecedentes de la Adoración Eucarística

Doctrina sobre la Adoración Eucarística

Documentos del Magisterio de la Iglesia

Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Santos con especial devoción eucarística

Santa Teresa de Jesús


Santa Teresa de Jesús (1515-1582), nace en Ávila y a los dieciocho años entra en el Carmelo. A los cuarenta y cinco, movida por gracias especialísimas del Señor, entra decididamente en el camino de la perfección y de la santidad. Funda en Ávila el convento de San José, el primero de los quince que fundará en su vida. Con San Juan de la Cruz es la introductora de la gran reforma carmelitana. Era ella, sin duda, una enamorada de Cristo en la Eucaristía. Así lo expresa en sus escritos.

Jesús en la Eucaristía, compañero y amigo: «Hele aquí... compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece estuvo en su mano apartarse un momento de nosotros» (Vida 22,6).

Pan celestial, alimento y medicina: «Pidamos al Padre Eterno merezcamos recibir el Pan nuestro celestial de tal manera que, ya que los ojos del cuerpo no se pueden deleitar en mirarle, por estar tan encubierto, se descubra a los ojos del alma y se le dé a conocer, que es otro mantenimiento de contentos y regalos, y que sustenta la vida. ¿Pensáis que no es mantenimiento aun para estos cuerpos, este santísimo manjar, y gran medicina aun para los males corporales? Yo sé que lo es» (Cam.Perf-V. 34,6-7).

Comulgar bien, con fe y amor: «Si cuando andaba [Jesús]en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaban los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéramos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje» (Cam. Perf-E 61,5).

Comunión espiritual: «Cuando no comulgareis y oyéreis misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho, y hacer lo mismo de recogeros después, que es mucho el amor que se imprime así de este Señor... No dejéis este modo, que aquí probará el Señor lo que le queréis. Acordáos que hay pocas almas que le acompañen y le sigan en los trabajos. Pasemos por Él algo, que Su Majestad os lo pagará. Y acordáos también de cuántas personas habrá que no sólo no quieran estar con Él, sino que le echen de sí. Algo, pues, hemos de pasar para que entienda que tenemos deseo de verle» (Cam.Perf-V 35,2).

Desagraviarle, por tantas profanaciones: «Supliquemos a Su Majestad que, ya que no le ha quedado por hacer ninguna cosa al hacer a los pecadores [en la Eucaristía] tan gran beneficio, que quiera su piedad poner remedio para no sea tan maltratado... 

«¡Qué es esto, mi Señor y mi Dios! O dad fin al mundo o poned remedio en tan gravísimos males, que no hay corazón que lo sufra... No lo hagáis por nosotros, Señor, que no lo merecemos: ha-cedlo por vuestro Hijo. Pues suplicaros que no esté con nosotros, no os lo osamos pedir: ¿qué sería de nosotros? Que si algo os aplaca, es tener acá tal prenda. Pues algún remedio ha de haber, Señor mío, póngale Vuestra Majestad» (ib. 35,4).

Grandeza de la comunión: «Vi la Humanidad sacratísima con más excesiva gloria que jamás la había visto... [Esa visión] purifica el alma en gran manera, y quita la fuerza casi del todo a esta nuestra sensualidad... Hace un espanto grande al alma de ver cómo osó, ni puede nadie osar, ofender una Majestad tan grandísima.

«Cuando yo me acercaba a comulgar, y me acordaba de aquella Majestad grandísima que había visto, y miraba que era el mismo que estaba en el Santísimo Sacramento –y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia– los cabellos se me espeluznaban, y toda parecía que me aniquilaba.

«¡Oh, Señor mío!, si no encubrieseis vuestra grandeza, ¿quién osaría acercarse [en la comunión] tantas veces a juntar cosa tan sucia y miserable con tan gran Majestad?... Bendito seáis, Señor. Que os alaben los ángeles y todas las criaturas, que así medís las cosas con nuestra flaqueza, para que, gozando de tan soberanas mercedes, no nos espante vuestro gran poder» (Vida 38,17-19). 

Consultar la frecuencia conveniente de las comuniones: «En lo que toca a las comuniones será muy grande [inconveniente] no estar sujeta, también en esto, al confesor... 

«Conocí una mujer, grandísima sierva de Dios, al decir de todo el pueblo, y debía serlo. Comulgaba cada día, y no tenía confesor particular... Yo notaba esto, y quisera más verla obedecer a una persona que no tanta comunión... » (Fundaciones 6,16-18).[S. Pío X, al autorizar en 1905 la comunión frecuente, señalaba entre otras condiciones: «debe pedirse consejo al confesor», Denzinger 3383].

Acción de gracias tras comulgar: «Estaos con Él de buena gana. No perdáis tan buena ocasión de negociar como es la hora después de haber comulgado. Si la obediencia os mandare, hermanas, otra cosa, procurad dejar el alma con el Señor; que si en seguida lleváis el pensamiento a otra cosa, y no tenéis en cuenta que está dentro de vos, ¿cómo se os ha de dar a conocer? Éste es, pues, buen tiempo para que os enseñe nuestro Maestro, y que le oigamos, y besemos sus pies, pues nos quiso enseñar, y le supliquéis no se vaya de estar con vosotras.

«¡Desventurados estos herejes [luteranos], que han perdido por su culpa esta consolación, con otras! Mas [vosotras], acabando de recibir al Señor, pues tenéis la misma persona delante, procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del alma, y miraos al corazón... Si no hacemos caso de Él, sino que, en recibiéndole, nos vamos de con Él a buscar otras cosas más bajas ¿qué ha de hacer? ¡Ha de traernos por la fuerza a que le veamos que se nos quiere dar a conocer?... Así que este tal, con otros negocios y ocupaciones y embarazos del mundo, parece que, lo más pronto que puede, se da prisa a que no le ocupe la casa el Señor suyo» (Cam.Perf-V 34,11-13).