Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Antecedentes de la Adoración Eucarística

Doctrina sobre la Adoración Eucarística

Documentos del Magisterio de la Iglesia

Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Santos con especial devoción eucarística

Santísima Virgen María. Su maternidad. Madre nuestra espiritual


La Virgen María «es nuestra madre en el orden de la gracia» (LG 61). Esta afirmación del Vaticano II señala el fundamento de la espiritualidad mariana. Efectivamente, María es de verdad nuestra Madre.

-En la Encarnación. Enseña San Pío X que «en el casto seno de la Virgen, donde tomó Jesús carne mortal, adquirió también un cuerpo espiritual, formado por todos aquellos que debían creer en él [...] Debemos, pues, decirnos originarios del seno de la Virgen, de donde salimos un día a semejanza de un cuerpo unido a su cabeza» (1904, enc. Ad diem illum).

-En la cruz. La Virgen María, al pie de la cruz, nos dio a luz con dolores de parto. Le dice Jesús: «He ahí a tu hijo». Y a Juan, el discípulo amado, que allí nos representa a todos los fieles: «He ahí a tu Madre» (Jn 19,26-27). 

-En Pentecostés. Vino el Espíritu Santo, precisamente, cuando los apóstoles «perseveraban unanimes en la oración, con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús, y con los hermanos de éste» (Hch 1,14).

-En el Cielo. María «continúa en el cielo ejercitando su oficio maternal con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye a engendrar y aumentar la vida divina de cada una de las almas de los hombres redimidos» (Pablo VI, 1968, Credo del Pueblo de Dios).

– El concilio Vaticano II resume así esta maravillosa doctrina de nuestra fe: «Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación... hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada» (LG 62). 

La Virgen María es la dispensadora de todas las gracias divinas. Por eso, como dice el Vaticano II, «es invocada en la Iglesia con los título de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» (LG 62). Muchos Papas vienen enseñando esto.

– La Iglesia católica enseña que María es para nosotros la dispensadora de todas y de cada una de las gracias:

León XIII enseña que «nada en absoluto de aquel inmenso tesoro de todas las gracias que consiguió el Señor, nada se nos da a nosotros sino por María, pues así lo quiso Dios» (1891, ep. apost. Optimæ quidem spei). San Pío X enseña que María, junto a la cruz, «mereció ser la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre. La fuente, por tanto, es Jesucristo; pero María, como bien señala San Bernardo, es “el acueducto”» (1904, enc. Ad diem illum). Pablo VI confiesa que el Señor hizo a María «administradora y dispensadora generosa de los tesoros de su misericordia» (1965, enc. Mense maio).

Juan Pablo II destaca «la solicitud de María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la gama de sus necesidades», como lo hizo en Caná de Galilea: «No tienen vino». «Se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos [...]. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión» (1987, enc. Redemptoris Mater 21).

A esa maternal mediación de intercesión acuden siempre, llevadas por el Espíritu Santo, las generaciones cristianas, que dicen una y otra vez: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros».

- ¿Somos conscientes de que María es nuestra madre, y de que se cuida de nosotros como de sus hijos? ¿Nos damos cuenta de verdad, en la fe, de que todas las gracias de Cristo nos vienen por María? ¿Ese convencimiento es para nosotros causa nostræ letitiæ (causa de nuestra alegría)?