Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Antecedentes de la Adoración Eucarística

Doctrina sobre la Adoración Eucarística

Documentos del Magisterio de la Iglesia

Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Santos con especial devoción eucarística

Santísima Virgen María. La devoción a la Virgen


Hemos de tener a la Virgen una inmensa devoción, si Ella es nuestra madre y por Ella nos vienen todas las gracias de la salvación.

– ¿Y en qué consiste la verdadera devoción a la Virgen? Recordemos sus rasgos más importantes.

+ Amor a la Virgen. San Pablo nos dice que hemos de tener «los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). Pues bien, ese amor que Jesús tiene a su santísima Madre es el amor que nosotros debemos tenerle a Ella. 

+ Admiración gozosa hacia la Virgen. Es la In-maculada, la Llena-de-gracia. Es el speculum iustitiæ, que refleja con absoluta nitidez la bondad y la hermosura de Dios. 

+ Obediencia filial confiada, sin límites. Lo mejor que un hijo pequeño puede hacer es obedecer en todo a su madre. Es la esclavitud mariana. La idea es ya muy antigua, y quizá su primer exponente sea San Ildefonso de Toledo (+667). 

«Me acerco a ti ahora, la única Virgen y Madre de Dios; caigo de rodillas ante ti, la única realizadora de la encarnación de mi Dios... Yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo. Por eso tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor. Yo soy esclavo de la esclava de mi Señor, porque tú, mi Señora, has sido hecha Madre de mi Señor... ¡Cómo deseo yo hacerme esclavo de la madre de mi Jesús! ¡Cómo conseguiré yo estar ligado en la servidumbre continua de la Virgen Madre, con devoción de su esclavitud!» (final de su De virginitate perpetua Sanctæ Mariæ).

+ Confianza filial en su permanente cuidado maternal, en la continua solicitud de su ternura, en el poder indecible de su intercesión ante el Señor... ¿Qué puede Jesús negarle a su madre? Cuando Ella le dice «no tienen vino», acelera la hora de la misericordia de Cristo, que obra el milagro. ¡Cuántas veces ella, respondiendo a nuestra oración, «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte», consiguiéndonos una y otra vez los dones de la salvación temporal y eterna!

+ Ella es maestra perfecta de todas las virtudes evangélicas, pues ella es discípula perfecta del Maestro. Por eso la devoción a la Virgen lleva consigo, evidentemente, la imitación de sus virtudes», el seguimiento de sus ejemplos de humildad, de abnegación, de pureza, de laboriosidad, de oración, de amor a Jesús y a la Iglesia, de obediencia fiel e ilimitada, de vida sencilla y oculta, libre de toda mundanidad inconveniente...

¿Quién puede imaginarse a la Virgen sin tiempo para la oración y la meditación de las Escrituras, comprando en un comercio cosas superfluas, perdiendo el tiempo en conversaciones vanas o de murmuración, arreglándose con vanidad ante el espejo, dejando que torrentes de basura entren en su hogar por la ventana de una hipotética televisión, negando su ayuda a una persona realmente pobre y necesitada?...

Ella era una casada, una madre, una seglar, que vivía en el mundo, pero que estaba absolutamente consagrada a Dios, como un templo santísimo. Y así hemos de serlo todos nosotros. 

+ La oración a la Virgen es a un tiempo efecto de la devoción que le tenemos y causa de su crecimiento. El Ángelus, el Rosario, tantas y tantas oraciones marianas bellísimas (Avemaría, Salve Regina, Bendita sea tu pureza, etc.), una y otra vez confirman la profecía de la misma Virgen: «todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,48).

La más antigua de todas las oraciones marianas, al parecer del siglo IV, ya contiene la esencia misma de todas las oraciones a la Virgen, la alabanza y la súplica filial, llena de confianza: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita».