Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Antecedentes de la Adoración Eucarística

Doctrina sobre la Adoración Eucarística

Documentos del Magisterio de la Iglesia

Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Santos con especial devoción eucarística

Beata Ángela de Foligno y la Eucaristía (IV)


«Un día yo, fraile [fray Arnaldo], le di la comunión, y como la sierva de Cristo en cada comunión solía recibir una nueva gracia, le pregunté si estaba contenta de esa comunión. Me contestó que había experimentado con toda certeza que la comunión hace pura al alma, la hace santa, la hace fuerte y la alimenta. Estas cuatro cosas, más que otras veces, su alma las había comprendido y experimentado en esta comunión.

«Una vez, mientras celebraba yo la Misa, durante la elevación, el alma de Angela fue inundada por una inmensa felicidad, y le fue dicho:

«“Éste es el Hombre que fue crucificado”, y mi alma lo veía... El alma fue elevada y quedó envuelta en la divinidad. ¡“Éste es toda la alegría de los ángeles; Éste es todo el gozo de los santos; Éste es toda tu felicidad!” (Experiencia de Dios-Amor 124-125).

«Cada uno debe meditar largamente cuando se prepara a recibir tan grande beneficio en este santísimo misterio. Debería pensar en “a quién va, y cómo va, y por qué va”.

«Uno va a recibir ese Bien, que es Todo Bien, y causa de todo bien, y dador y hacedor y poseedor de todo bien. Él es el único bien, y sin ese bien no hay algún bien. Y ese bien satisface, colma y sacia a todos los santos y espíritus bienaventurados que reinan en la gloria y a todas las almas y a todos los cuerpos santificados por la gracia.

«Además, va a recibir ese bien, que es el Dios-Hombre, que sacia, supera, sobreabunda y alegra a todas las criaturas, y se extiende más allá y por encima de toda criatura, sin límites ni medida. La criatura no puede conocer ni poseer semejante bien, sino en cuanto Él lo quiere. Y ese Sumo Bien en tanto lo quiere en cuanto la criatura es capaz de recibir en sí, según su ser, algo de Aquél que es el Ser y crea a todo ser, y trasciende todos los seres.

«Va a recibir ese Bien, más allá y fuera del cual no hay otro bien. ¡Oh Bien no estimado, no conocido, no amado, pero hallado por los que te quieren todo entero, y que todo entero no pueden poseerte!

«Si todo hombre se detiene a considerar con atención el pequeño bocado que lleva a la boca, ¿cómo no debería el alma detenerse para considerar y meditar, antes de recibir, ese Bien eterno e infinito, creado e increado, que es la comida sacramental, verdadero alimento, arca y fuente de nuestra alma y de nuestro cuerpo?

«En verdad, ése es el Bien que contiene todo bien. Por eso el hombre debe acercarse a tal y tan grande bien y a tal mesa, con gran reverencia, con toda pureza, con gran temor e inmenso amor. El alma debe acercarse toda gozosa y engalanada, porque se dirige a Aquél que es el Bien de toda gloria; a Aquél que es la perfecta beatitud y la vida eterna; a Aquél que es la belleza, la sublimidad y la dulzura; a Aquél que es todo el amor y la misma dulzura del amor.

«Pero ¿por qué debe el alma ir a ese Bien? Os contesto según lo que pienso: debe ir a recibir para ser recibida. Debe ir pura para ser purificada; justa para ser justificada; viva para ser vivificada; unida y ligada a Dios, para ser incorporada a El y con El y por El, Dios increado y encarnado, que se ofrece a nosotros en este santo y sublime misterio por las manos del sacerdote. ¡Siempre demos gracias a Dios! ¡Amén!» (196-197).