Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


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P. Hermann Cohen y la Eucaristía (I)


Nace el 10 de noviembre de 1820 en Hamburgo, en el seno de una familia judía. Los Cohen ocupaban un lugar preeminente en Hamburgo por su fortuna e inteligencia aplicada a los negocios. Como todos los Cohen (en hebreo significa “sacerdote”) descendían del gran sacerdote Aarón, de la tribu de Leví, consagrada al servicio del templo de Jerusalén.

Niño prodigio, eximio concertista es discípulo predilecto de Franz Liszt, ofrece conciertos por toda Europa y alterna los salones más prestigiosos y aristocráticos de la época. Su vida es decididamente mundana. Recorre los centros culturales más importante ofreciendo sus conciertos de piano y en todas partes es muy aplaudido. Éxitos, honores, celebridad, placeres, fama están con él y la simpatía de personajes de renombre como el mismo Liszt o Georges Sand lo acompaña. Hermann no era feliz. Cae víctima del juego de azar y se endeuda fuertemente. 

En 1847 es alcanzado por la gracia e inicia su conversión, ese mismo año recibe el bautismo, la primera comunión e ingresa en las Conferencias de s. Vicente de Paul. Al siguiente año funda la adoración eucarística nocturna.

En el mismo año deja el mundo definitivamente para ingresar llegando a ser el P. Agustín María del Santísimo Sacramento O.C.D. aunque se lo seguirá conociendo como el P. Hermann Cohen.

Amplía su obra de adoración nocturna en Francia y en Inglaterra y funda varios Carmelos. Muere en 1871, el 20 de enero, contagiado de viruela, al atender a un soldado en Spandau. Dejó su testimonio de inmenso amor por Cristo a quien dedicó su vida desde el momento en que lo tocó la gracia. Gracia que llevaría él a otros hijos de Israel a quienes bautizó o influyó en sus conversiones, o diríamos iluminación ya que reconocían a Cristo como el Mesías de Israel. Hijo del Carmelo, orden que abrazó con gran pasión,  hoy es recordado como el fundador de la Adoración Nocturna. 

Relato de su conversión

Un viernes del mes de mayo de 1847, estando en Paris, el príncipe de la Moscowa le rogó que le reemplazara en la dirección de un coro de aficionados de la iglesia de S. Valeria en la calle Borgoña. Allí le esperaría Dios de la forma que menos se podía imaginar Hermann. En el acto de la bendición "una extraña emoción como de remordimiento de tomar parte en la bendición, en la cual carecía absolutamente de derechos de estar comprendido, sin embargo la emoción era grata y fuerte, sentía un alivio desconocido". Volvió a la iglesia los días siguientes y siempre en el momento en que el sacerdote bendecía con la custodia, a los fieles arrodillados, experimentaba la misma sensación "sentía un escalofrío a pesar mío y hubiera derramado abundantes lagrimas de no ser el respeto humano". No sabia como explicar estas emociones desconocidas, extraordinarias, y poderosas, que se apoderaban de él, siempre en las mismas circunstancias. El 8 de agosto, estando en misa, en el momento de la elevación, sintió de pronto brotar a través de sus párpados un diluvio de lágrimas, que no cesaban de correr abundantemente. "Recuerdo haber llorado en mi infancia, pero jamás conocí lagrimas parecidas". "¡Oh instante adorable en que se recibe esta libertad!... !Gracias Dios mío, por haberme liberado pies y manos!... Rompiste mis cadenas (Sal 115,7)... Si, queridos hermanos, lo he experimentado, y quiero que mi dolorosa experiencia os sirva de saludable aviso. Nací, he vivido en el estado de pecado original, sin ser rescatado por el bautismo! Toda mi vida no fue sino tentación y combates!. Apenas había abierto los ojos a la razón, cuando mi razón, insuficiente para conocer el verdadero bien, y mi voluntad, demasiado débil para seguir las inspiraciones secretas de mi conciencia todavía recta, se fijaron apasionadamente en los bienes corruptibles. Y estas pasiones se acrecentaron con la edad y me devastaron el alma y me asolaron el corazón y llevaron el desorden a todo mi ser moral... ¡y no hice más que acumular error sobre error, ignorancia sobre ignorancia, utopía sobre utopía!" "Quise adquirir la gloria... y no hice otra cosa que acumular decepción tras decepción, despecho tras despecho, amargura tras amargura!" "Quise ser amado... y no acumulé sino vanidad sobre vanidad, disimulo sobre disimulo, seducción sobre seducción!" "Queriendo satisfacer mis inmensos deseos de poseer y gozar, no hice sino acrecentar un ardor devorador..." "¿Como Dios mío no te cansaste de esperarme? Porque me habías otorgado algún talento para un arte a menudo fútil y porque los hombres tiñan la amabilidad de echarme la limosna de sus aplausos y embriagarme con el humo de su incienso halagador...” “Jesús y María me han atraído hacia sí. Maria me ha conducido a Jesús, Maria me ha dado a Jesús. Ella me ha dado la Eucaristía, y la Eucaristía me ha enajenado el corazón, y la Eucaristía ha proyectado dentro de mí un atractivo tan maravilloso que no he querido vivir más que para Jesús y María... Quisiera comulgar a cada instante de la vida... No hay sino esto que sea bueno y tenga dulzura para el alma". "Tan solo conozco un día que sea más hermoso que el día de la primera comunión, y es el de la segunda comunión, y así sucesivamente."

Extractos de cartas del P. Hermann Cohen:

«¡Viva Jesús-Hostia! ¡La sagrada Eucaristía sea para usted luz, calor, fuerza y vida!

«Quisiera que usted viviera de tal manera por la Eucaristía, que fuese ella quien moviese todos sus pensamientos, afectos, palabras y acciones; que ella le fuese faro, oráculo, modelo y perpetua ocupación. Quisiera que, del mismo modo que Magdalena derramaba lágrimas y perfumes sobre los divinos pies de Jesús, hiciera usted manar sin cesar al pie del sagrario el raudal de sus aspiraciones, oraciones, consagraciones y ofrendas.

«Quisiera que la Eucaristía fuese para su alma un hogar, una hoguera en que pudiera meterse, para salir nuevamente de ella inflamada de amor y generosidad, y que el altar de la Eucaristía en el que Jesús se inmola, recibiera sin cesar la ofrenda de sus sacrificios, y que usted misma en fin se convirtiera en víctima de amor y de caridad, cuyo perfume subiera en olor de suavidad hasta el trono del Eterno».

Y a su sobrina María, cuando se preparaba para la primera comunión, le escribía:

«Desde la última vez que te vi, estoy retirado al fondo de un Desierto [en Tarasteix, Francia], con el fin de pasar mis días y mis noches en incesantes diálogos con el Dios de la Eucaristía, de manera que, por así decirlo, se me pasa la vida entera al pie del Sagrario, sin que jamás sienta un instante de aburrimiento ni de cansancio» (Tarasteix 16-XII-1869).

A otra muchacha:

«Tan sólo conozco un día que sea más hermoso que el de la primera comunión, y es el día de la segunda comunión, y así sucesivamente» (27-III).

En un sermón:

«¡Ah, hermanos míos, os invito a todos a este banquete! Desde que mis labios lo probaron, cualquier otro alimento me parece insípido. Jóvenes del mundo, conozco vuestros placeres engañosos, conozco vuestras lucidas reuniones, que brillan un instante y luego se empañan de mortal tristeza; conozco todo lo que perseguís, pues he saboreado todos vuestros gozos, y os lo certifico, os véis forzados a confesarme que no dejan tras ellos más que desengaño y cansancio.

«Sí, desde que sentí circular por mis venas la sangre del Rey de reyes, las grandezas todas de este mundo son ridículas para mí. Desde que Jesucristo vino a habitar en mi alma, vuestros palacios me parecen miserables cabañas. Desde que resolví buscar la luz en el sagrario, toda la sabiduría del mundo me resulta una locura patente. Desde que me siento a la mesa de las bodas del Cordero, me parecen envenenados vuestros festines. Desde que hallé este puerto de salvación, con dolor os considero en medio del océano azotados por multitud de tormentas, y tan sólo puedo hacer una cosa y es haceros señal con la mano para llamaros, para atraeros al puerto y guiaros hacia él»...