Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Antecedentes de la Adoración Eucarística

Doctrina sobre la Adoración Eucarística

Documentos del Magisterio de la Iglesia

Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Santos con especial devoción eucarística

San Agustín de Hipona


Nacido en Tagaste, hoy Argelia, el 354, quiso Dios que su tardía conversión se produjera por la mediación principal de su madre Santa Mónica y de San Ambrosio, obispo de Milán, de quien recibe el bautismo el año 387. Vuelto al norte de África, Obispo de Hipona (395), durante 34 años, muere en 430. Es uno de los más grandes Doctores de la Iglesia. 

De sus escritos:

¡Dios se ha hecho hombre!        

“Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.

 “Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.

 “Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Éste se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así, como dice la Escritura: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor”

Extracto de Sermones suyos a los recién bautizados en la Pascua:

Ahora veis con nueva luz sobre la mesa del Señor este manjar y esta bebida, y ahora entendéis con nueva devoción qué es lo que significa este grande y divino Sacramento, tan esclarecida y noble medicina, tan puro y sencillo sacrificio, que no ya en una ciudad terrena de Jerusalén, ni en el templo de Salomón, sino «desde la salida del sol hasta el ocaso», se inmola y se ofrece a Dios como víctima de alabanza...

Acercaos con temor y temblor a la comunión, a la participación de este altar. Reconoced en el pan al que estuvo pendiente de la cruz, reconoced en el cáliz lo que manó de su costado...

Acercaos, pues, y comed el cuerpo de Cristo, puesto que habéis sido hechos miembros de Cristo en el cuerpo de Cristo. Acercaos y bebed la sangre de Cristo. Comed lo que os ha de unir para que no os separéis. Bebed el precio de vuestra salvación. Como este manjar se convierte en vosotros cuando lo coméis y bebéis, así vosotros os convertís en cuerpo de Cristo cuando vivís con obediencia y piedad. 

Teniendo, pues, vida en Él, formáis un solo cuerpo con Él, porque este Sacramento nos recuerda de tal modo el cuerpo de Cristo, que nos une con Él. Esto es lo que está predicho  por el Apóstol en la Sagrada Escritura: Serán dos en una sola carne; este misterio es muy grande, y yo lo entiende Cristo y de la Iglesia [Ef 5,32]. Y en otro lugar dice de esta misma Eucaristía: Somos muchos, pero somos un solo pan y un solo cuerpo [1Cor 10,17].

¿Quién se atreverá a comer a su Señor? Y, sin embargo, dice: el que me come, vive por mí [Jn 6,58]. Cuando se come a Cristo, se come la vida... Se come por partes, y queda todo entero; por partes se come en el Sacramento, y queda todo entero en el cielo, queda todo entero en tu corazón...

Ved, pues, hermanos, que si los que sois creyentes os separáis del cuerpo del Señor, es de temer que vayáis a morir de hambre, pues Él dijo: el que no come mi carne ni bebe mi sangre, no tendrá en sí vida [Jn 6,54]. Si os separáis, pues, y no coméis el cuerpo y la sangre del Señor, es de temer que muráis; pero si lo recibís indignamente y lo bebéis indignamente, es de temer que os condenéis [1Cor 11,29]...

No podéis vivir bien si Él no ayuda, si Él no lo da, si Él no lo otorga graciosamente. De aquí es que habéis de orar y comer...

Vosotros, regenerados [por el bautismo] a una nueva vida... lo que veis en la mesa del Señor, en cuanto a la apariencia de las cosas, estáis acostumbrados a verlo en vuestras mesas; es la misma apariencia, pero no la misma virtud. También vosotros sois los mismos hombres que erais, ya que no habéis traído caras nuevas. Y sin embargo, sois nuevos: viejos, por la apariencia del cuerpo; nuevos, por la gracia de la santidad. Pues también esto [la eucaristía] es algo nuevo. Todavía, según véis, es pan y vino; pero llega la consagración, y aquel pan será el cuerpo de Cristo y aquel vino será la sangre de Cristo. Esto hace la gracia de Cristo.