Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


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Marthe Robin

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Milagros eucarísticos

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Marthe Robin

Marthe es la sexta hija de un matrimonio de humildes campesinos de la pequeña localidad de Chateauneuf-de-Galeur, no lejos de Lyon. 

En 1928, cuando tenía 26 años de edad, es golpeada por una encefalitis –que le paraliza todos sus músculos, incluso aquellos que inconscientemente  permiten deglutir alimentos y bebidas- y quedará por el resto de su vida postrada inmóvil en la cama, agravada posteriormente por la ceguera y la imposibilidad de dormir. Al comienzo podia aún mover los dedos pulgar e índice de una de las manos y pasar las cuentas del rosario. Poco tiempo duró esa pequeña facultad de movimiento perdiéndola y quedando entonces  completamente inmóvil a no ser por su cabeza, la que podia mover ligeramente. Es también desde los 26 años que no puede tomar ni siquiera un sorbo de agua. Cuando los médicos la forzaban a hacerlo, ante la imposibilidad de la deglución, el agua le salía por las narices. 

Según la medicina, Marthe Robin debía morir pronto y lo único que se podía hacer era llamar a un sacerdote para recibir la unción de enfermos como último viático. La joven, en extremo piadosa, prepara su alma para entregarla al Señor y recibe los sacramentos un miércoles. Una semana después, Robin sigue viva y la familia vuelve a llamar al sacerdote para que la conforte en sus «últimos días» con la Comunión. A la semana siguiente, Marthe vive aún. Y así semana tras semana, mes tras mes... hasta 53 años vivió Marthe desafiando las ciencias biológicas y la más elemental experiencia que sin comida ni bebida se muere. Su alimento y bebida era la sola Eucaristía. 

Su padre espiritual le traía la Sagrada Eucaristía una vez por semana. En más de una ocasión, tanto él como otros sacerdotes que la visitaban, pudieron ver la Sagrada Forma escapar de sus manos y volar directamente a la boca de Marthe. Hasta un Obispo testificó que vio como se disolvía una vez que pasaba sus labios.

Una vez que recibía su comunión semanal entraba en éxtasis y comenzaba a revivir la Pasión y Crucifixión de Cristo. En su cuerpo aparecían los estigmas y las heridas de la flagelación así como las de la corona de espinas. Actualizaba, en su frágil cuerpo, el momento de la cruz y, en el de la muerte de Cristo, ella aparecía muerta. Y así hubiera permanecido si no hubiera sido que el padre espiritual el domingo la llamaba nuevamente a la vida, a lo que Marthe respondía por obediencia.

No comía, no dormía, pero estaba en constante oración e intercesión por el mundo. En los días que no revivía la Pasión, había un gran aflujo de visitantes. Como Padre Pío, poseía el carisma de ver el interior del alma de las personas y simplemente les decía aquello que tenían más necesidad de oír.  También como el Padre, no soportaba quienes iban a verla por mera curiosidad y esperaban que les adivinara el futuro.

Ella sabe que es el propio Jesús quien le da las fuerzas para seguir viviendo: «No hay que asombrarse de que yo pueda vivir en total ayuno. El cuerpo y la sangre de Cristo son mi alimento sobreabundante». 

Su relación mística con Dios fue más allá del aspecto fenoménico y milagroso, para desconcierto de los que dudan de la verdad de estos hechos. Y así, todos los viernes, sufría tal identificación con la Pasión de Nuestro Señor, que padecía las angustias visibles y similares a las que sintió Cristo en Getsemaní. 

Entre los miles de testigos, entre ellos algunos muy calificados como cardenales, obispos y hombres prominentes de la cultura, que pudieron dar fe que por más de 50 años Marthe sobrevivió con el único alimento de Cristo, está el gran filósofo, escritor y miembro de la Academia de la Lengua, Jean Guitton, amigo del Papa Pablo VI y el único laico que participó de sesiones del Concilio Vaticano II, quien escribió un libro, «El retrato de Marthe Robin». 

Al comienzo Guitton vio a Marthe como un fenómeno, quedando fascinado porque nunca dormía y concluyendo que era un “cerebro viviente” constantemente activo. Pronto, por supuesto, descubrió que ella era “mucho, pero mucho más que eso”. En su libro sobre Marthe Robin dice: «soy consciente de que esta obra es desconcertante e irritante para muchos que van a dudar de la verdad de lo que cuento. No obstante, quiero responder a sus objeciones con las pruebas evidentes de la verosimilitud de este relato».

Otro filósofo francés muy conocido, Marcel Clement, recuerda su primer encuentro con Marthe durante la segunda Guerra Mundial. Ciertamente, Clement había oído hablar de ella. Así que muchas eran las preguntas que quería hacerle a esa mujer extraordinaria quien, no habiendo nunca escuchado radio o mirado TV o leído diarios, parecía saber todo lo que ocurría en el mundo. 

Lleno de preguntas de índole intelectual y filosófica, se acercó por vez primera a la habitación que estaba en penumbras. 

Después de un momento de silencio, Marthe empezó la conversación: “Bonjour M. Clement”.

“Bonjour Marthe”.

“¿Ha visto a mi cabra cuando vino para aquí, M. Clement?”

Algo sorprendido, el joven filósofo, confirmó que sí, que la había visto.

“Estoy preocupada por mi cabra, M. Clement”.

“Ah, si Marthe”.

“Sí, M. Clement, pienso que tiene un problema de hígado”.

Ya para entonces, el joven sofisticado había perdido el habla.

Marthe siguió: “Sí. Pienso que tiene un problema en el hígado y que lo mismo le pasa al Padre Finet (su director espiritual) y eso me preocupa de él”. 

Ese fue el primer encuentro entre la estigmatizada y el filósofo, que luego sería un amigo de toda la vida. Treinta años después le preguntó: “Marthe, ¿te acuerdas de nuestro primer encuentro? Tú me hablaste de tu cabra”.

“Sí”, dijo ella. “Tú necesitabas ser traído a la tierra y a la realidad de cada día y a las preocupaciones humanas”. 

Foyers de Charité fueron fundados por Marthe desde su lecho en su habitación a oscuras, para ser hogares de “luz, caridad y amor”.

La Santísima Virgen le dio instrucciones específicas sobre qué debían ser y acontecer en esas casas por Ella queridas. Cada casa debía ser conducida por un sacerdote, “el Padre”, y los retiros debían ser en silencio, exceptuando las oraciones y las predicaciones del Padre, llevando a una renovación completa de la fe de los participantes. Y debían durar cinco días. Tres días “no eran suficientes para cambiar un alma”. 

Los retiros eran basados sobre todo en las enseñanzas del gran apóstol mariano san Luis de Monfort. Por cierto, ocurrió una vez que, luego de un éxtasis, encontraron una copia del “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” (de Monfort) en la cama de Marthe. Nadie supo cómo había llegado allí. Marthe luego dijo que ¡había sido la Virgen quien lo había dejado!

Otro historiador francés, JeanJacques Antier, en su libro «El viaje inmóvil», concluye que el milagro de Robín no se agota en su inexplicable subsistencia sino que va más allá de ella. Desde su cama en una aldea remota, y con la fuerza de la oración, logró fundar más de 70 «Hogares de Caridad» en los cinco continentes. 

Marthe Robin muere el 6 de febrero de 1981 y veinte años después, los directores de estas casas de acogida han logrado introducir en Roma el proceso de beatificación que hoy estudia la Congregación para la Causa de los Santos y que está en estado adelantado.

También como Padre Pío y otros que vivieron un alto grado de unión con Nuestro Señor, Marthe sufrió asaltos del Demonio. E igual que Padre Pío, Marthe era muy discreta acerca de sus experiencias sobrenaturales. Pero, a menudo comentaba a sus amigos más cercanos su especial relación con santa Teresa de Lisieux, quien se le apareció en tres ocasiones. Le había dicho que su obra, como la de la santa, sería mucho mayor después de su muerte y le dijo que su misión sería grande para continuar en su “caminito”. 

Luego de su primer acto de abandono de 1925, Marthe lo renueva en 1939 diciendo: “Señor, me ofrezco, me doy a mí misma nuevamente a Ti por todas las almas del mundo, por la santidad de tus amados sacerdotes, especialmente por aquellos cuyos pecados llevo en mi corazón. Que a través de mí, Señor, por mi oración, por mi amor, por mis sufrimientos, por mi inmolación, por toda acción exterior que pueda yo tener, que por mi entera vida, el apostolado de ellos sea más efectivo, más fructífero, más santo, más divino."

Marthe rezaba por sus amados sacerdotes: "que sus Misas sean menos una suntuosa ceremonia exterior en la que están ocupados, distraídos, distantes y más un acto de profunda ternura."

Otra similitud con Padre Pío, era que ella también podía ver más allá de su horizonte. Podía decirle a su padre espiritual exactamente qué había pasado ese día durante el retiro en el Foyer, en el pueblo. Podía decirle qué partes de las charlas que dio fueron buenas y cuáles, por ejemplo, estuvo algo distraído. Esa capacidad y preocupación por el bien de los retiros llegaban a los ínfimos detalles en ella. 

Cuando Marthe murió, a los 79 años de edad, luego de sufrir la Pasión y Crucifixión por última vez en febrero del 81, más de 250 sacerdotes y varios obispos concelebraron en su funeral.