Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Antecedentes de la Adoración Eucarística

Doctrina sobre la Adoración Eucarística

Documentos del Magisterio de la Iglesia

Santos con especial devoción eucarística

Tres Místicas del Siglo XX y sus milagros eucarísticos

Milagros eucarísticos

Oraciones y homilías

Milagros eucarísticos

Introducción: Planteamiento de la situación / Postura de la Iglesia / Prodigios Eucarísticos

La Eucaristía, milagro vivo (I), por Ángel María Rojas, S.J.


PLANTEAMIENTO DE LA SITUACIÓN

En los tiempos que vivimos se da un hecho muy preocupante y que está pasando extrañamente desapercibido. 

A lo largo de estos últimos cuarenta años, ha ido formándose y creciendo una gigantesca “Marea negra” en la vivencia de la Eucaristía. Como una mancha sucia y pestilente, ha ido invadiendo la conciencia de pastores y fieles, llegando incluso a la praxis litúrgica.

Todos recordamos que cuando un petrolero derrama su negra carga en el litoral, la conciencia nacional (¡especialmente de los Ecologistas!) se pone inmediatamente en movimiento para limpiar toda mancha y volver a la limpieza original. 

Si esto ocurre en el terreno “natural”, ¿por qué no sucede otro tanto en el “sobrenatural”? ¿No debería haber “Ecologistas eucarísticos”, que descubran, denuncien y remedien esta nueva y catastrófica “Marea negra”, infinitamente más grave y trascendental? 

Para no dar la impresión de que hablo con impresiones subjetivas, indico algunos datos de esta corriente desacralizadora:

Aumento de los ataques a la Eucaristía abiertamente: blasfemias, profanaciones, misas negras, etc. 

Falta de respeto y reverencia en la iglesia: vestidos no apropiados, posturas incorrectas, hablar como si fuera una plaza pública, asistir como meros turistas, olvidando al Señor.

Pérdida del sentido de lo sagrado, denunciado por la Iglesia en la Instrucción «Inaestimabile Donum» de la Sda. Congregación para los Sacramentos y el Culto divino, del 03-04-80.

Supresión de todo signo de reverencia y genuflexión ante el Sagrario. Cada vez se arrodilla menos gente en la iglesia, incluso en el momento de la Consagración de la Misa. A veces lo fomentan los responsables del templo, quitando los reclinatorios.

Disminución de las Visitas al Santísimo.

Supresión de la Exposición de Santísimo o tendencia a acortar y regatear la solemnidad que merece. 

En Misa son muchísimos los signos desacralizadores:

Falta de interés por parte de los fieles: llegan tarde, sin preparación previa. 

Se celebra muchas veces sin devoción, con prisa, para terminar pronto.

Retirada de todo lo que signifique solemnidad o resalte la dimensión de “Misterio”: Música y canciones dignas, uso del incensario, acólitos, sustitución de cálices y patenas artísticos por  otros vulgares y pobres. 

Sustitución de los ornamentos prescritos, por algunos celebrantes. 

Confusión de funciones, mezclando el papel del Sacerdote con el de los fieles. Juan Pablo II lo denuncia repetidamente (21-09-02; Encíclica Ecclesia de Eucharistia)

Utilización de lecturas no bíblicas, cambiando la Palabra de Dios por escritos de autores paganos, incluso anticristianos. La Carta a los Sacerdotes y a los Superiores Mayores de Órdenes y Congregaciones Religiosas, de la Comisión Episcopal de Liturgia de España (02-12-84) lo denuncia como abuso.

Homilías hechas por seglares, citadas como abusos en la Instrucción «Inaestimabile Donum» de la Sda. Congregación para los Sacramentos y el Culto divino (03-04-80).

Alteraciones en el Ritual de la Misa, incluso del mismo Canon. Se quitan, inventan e improvisan fórmulas, no siempre con gusto estético ni exactitud teológica.

Respecto a la Comunión, hay múltiples signos desacralizadores: 

Comunión sin confesarse  y sin ayuno eucarístico

Se fuerza a comulgar de pie y a recibir la Comunión en la mano, llegando a prohibirla en la boca.

Juan Pablo II denuncia que hay “casos de faltas deplorables de respeto a las Especies eucarísticas, faltas que caen no sólo sobre las personas culpables de tal comportamiento, sino también sobre los Pastores de la Iglesia que hayan sido menos vigilantes sobre el comportamiento de los fieles hacia la Eucaristía. Sucede también que, a veces, no se tienen en cuenta la libre opción y voluntad de los que, incluso donde ha sido autorizada la distribución de la Comunión en la mano, prefieren atenerse al uso de recibirla en la boca..."  (Carta «Dominicae Cenae» (24-02-80), Nº 11).

Al ir extendiéndose la costumbre de la Comunión “autoservicio” o “self-service” (en la que el fiel toma directamente el Cuerpo de Cristo y se lo administra a sí mismo), se consulta sobre su licitud a la Santa Sede, a lo que Ésta responde: “De ninguna manera. El gesto de Cristo en la Eucaristía se expresa más apta y dignamente cuando el Pan sagrado es dado a los fieles. Hay que dar siempre posibilidad y libertad de que el comulgante pueda hacerlo al modo tradicional. Eso no sucedería si los fieles debiesen tomar directamente del Vaso sagrado la Partícula consagrada. Por ello no se concede la facultad de tomar con la propia mano el Pan consagrado, ni se concederá. Tal práctica debe excluirse con una catequesis oportuna y, en caso necesario, por intervención de la Autoridad local". (Mons. Bugnini, Secretario de la Sda. Congr. del Culto Divino. Marzo, 1975)

Puede ser más sombrío entrar en las motivaciones de estos hechos: ignorancia, desobediencia, desprecio y rechazo de las Leyes de la Iglesia, respeto humano, miedo a  ser considerados “atrasados”, desinterés,  falso irenismo, etc. 

En ocasiones es mucho más serio, al ser consecuencia de graves errores teológicos: negar la dimensión de Sacrificio, reduciéndolo a mera Cena o Banquete fraterno; negación de la Presencia real de Cristo; equiparar el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común, pretendiendo que los fieles asuman funciones ministeriales; falsa democratización de la liturgia, etc.

Llama la atención el silencio en los “maestros y guardianes de la verdad salvífica de la Eucaristía” (DC 4), que tienen la misión de vigilar y velar por “el misterio central de nuestra fe”. 

Cfr. Carta «Eucharistiae Participationem» de la Sda. Congregación para el Culto Divino (27-04-73), nº 6; Juan Pablo II: Carta «Dominicae Cenae» (24-02-80), 2;  12; 15. Juan Pablo II, a los Obispos alemanes, 18-11-99; Canon 392; Directorio Litúrgico para la retransmisión de Misas, por las Comisiones Episcopales Españolas de Liturgia y Medios de Comunicación social (04-03-86), nº 49; Lumen Gentium 26; Instrucción «Eucharisticum Mysterium» de la Sda. Congregación de Ritos (25-05-67) 42; Ordenación General del Misal Romano 155; Instrucción «Immensae Caritatis», de la Sda. Congregación para los Sacramentos (29-01-73), 3a; Christus Dominus, 15; Enc. “Ecclesia de Eucharistia”, “Pastores Gregis”; etc.

POSTURA DE LA IGLESIA

Juan Pablo II ha hecho frente a esta “Marea negra”, hablando muy clara y repetidamente.

Recientemente, el 17 de abril de 2003 el Papa escribe la importante Encíclica “Ecclesia de Eucharistia” para frenar estos abusos y para que la Eucaristía vuelva a resplandecer como merece. 

Algunos de sus párrafos nos situarán en su visión exacta del problema:

La Eucaristía es lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia. Así se explica la esmerada atención que ha prestado siempre al Misterio eucarístico, una atención que se manifiesta autorizadamente en la acción de los Concilios y de los Sumos Pontífices. ¿Cómo no admirar la exposición doctrinal de los Decretos sobre la Santísima Eucaristía y sobre el Sacrosanto Sacrificio de la Misa promulgados por el Concilio de Trento? (…) En tiempos más cercanos a nosotros, se han de mencionar tres Encíclicas: la Mirae Caritatis de León XIII (28 de mayo de 1902), Mediator Dei de Pío XII (20 de noviembre de 1947) y la Mysterium Fidei de Pablo VI (3 de septiembre de 1965). Yo mismo, en los primeros años de mi ministerio apostólico en la Cátedra de Pedro, con la Carta apostólica Dominicae Cenae (24 de febrero de 1980), he tratado algunos aspectos del Misterio eucarístico.” (nº 9).

Desgraciadamente no faltan sombras. En efecto, hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística. A esto se añaden ciertos abusos que contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento. Se nota a veces una comprensión muy limitada del Misterio eucarístico. Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro de convivencia fraterna. Además, queda a veces oscurecida la necesidad del sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesión apostólica, y la sacramentalidad de la Eucaristía se reduce únicamente a la eficacia del anuncio. También por eso, aquí y allá, surgen iniciativas ecuménicas que, aun siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe. ¿Cómo no manifestar profundo dolor por todo esto? La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones.

Confío en que esta Carta encíclica contribuya eficazmente a disipar las sombras de doctrinas y prácticas no aceptables, para que la Eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio.” (nº 10). 

Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al « formalismo » ha llevado a algunos a considerar como no obligatorias las « formas » adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.

Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El apóstol Pablo tuvo que dirigir duras palabras a la comunidad de Corinto a causa de faltas graves en su celebración eucarística, que llevaron a divisiones (skísmata) y a la formación de facciones (airéseis) (cf. 1 Co 11, 17-34). También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecúa a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia. Precisamente para reforzar este sentido profundo de las normas litúrgicas, he solicitado a los Dicasterios competentes de la Curia Romana que preparen un documento más específico, incluso con rasgos de carácter jurídico, sobre este tema de gran importancia. A nadie le está permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal.” (nº 52). 

En una sociedad que está perdiendo el sentido del valor de la Eucaristía vendrá muy bien recordar cómo Dios mismo ha intervenido y  sigue interviniendo a lo largo de la Historia de la Iglesia para llamarnos la atención sobre este tema, esencial y central de nuestra fe.

La Eucaristía no es una devoción o práctica accesoria en nuestra vida cristiana. 

El Magisterio de la Iglesia lo explica claramente:

Derecho Canónico: “Es el Sacramento más augusto”, “por el que la Iglesia vive y crece continuamente”, “el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la edificación del Cuerpo de Cristo” (Canon 897). 

Catecismo de la Iglesia Católica: La Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe” (nº 1327)

“La Eucaristía es «fuente y cima de toda la vida cristiana» (LG 11)” (CEC 1324)

Juan Pablo II: "Debéis poner la Eucaristía en el centro de vuestra vida" (4-10-79)

"La Sagrada Eucaristía constituye el don más grande que Cristo ha ofrecido y ofrece permanentemente a su Esposa. Es la raíz y cumbre de la vida cristiana y de toda acción de la Iglesia. Es nuestro mayor tesoro, que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia" (Madrid: 31-10-82; 28-09-97).

"Es el centro y el corazón de la Iglesia" (18-04-84).

"Fuente, corazón y culmen de la vida cristiana" (Camerún, 11-08-85; Carta a los Sacerdotes: 23-03-00; 25-05-96).

"La Eucaristía es el don supremo de Dios al hombre. Como tal, es el arquetipo de todo verdadero don del hombre al hombre, el fundamento de toda auténtica solidaridad. La Eucaristía es el don que Cristo hizo a su Esposa en el momento de dejar este mundo para volver al Padre.  Misterio central de nuestra fe"  (28-09-97).

La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el Don por excelencia, porque es don de Sí mismo, de su Persona en su santa humanidad y, además, de su Obra de salvación.” (“Ecclesia de Eucharistia”, 2003, nº 11). 

PRODIGIOS EUCARÍSTICOS

Decía Santo Tomás de Aquino que la Eucaristía es el más grande de todos los milagros (Cfr. Juan Pablo II: 25-05-96).

Y también: «Es el misterio que resume todas las maravillas que Dios realizó por nuestra salvación» (De sacr. Euch., cap I)” (Juan Pablo II: 25-06-2000).

Por eso no nos debería admirar que Dios intervenga con manifestaciones milagrosas para levantar nuestra fe eucarística.

Los más grandes milagros de Jesús fueron sólo una sombra profética, pero la Eucaristía “supera las leyes de la naturaleza y constituye en su género el mayor de los milagros” (Pablo VI: “Mysterium Fidei”).

En efecto, la Eucaristía, en sí misma, es el milagro más grande, el más continuado, el más vital. Pero Dios ha querido, a lo largo de los siglos, multiplicar sus intervenciones milagrosas en torno a Ella, para despertar nuestra fe en “El Misterio central de nuestra fe” (Juan Pablo II: 28-09-97).

Con esa misma finalidad, de reavivar nuestra fe en “el Sacramento de los Sacramentos (Ordenación General del Misal Romano, 326), trato de reunir aquí los prodigios eucarísticos más conocidos que nos narra la Historia. 

No es casual que hoy, coincidiendo con la “Marea negra” o desacralización eucarística, se dé en muchos un instintivo rechazo a todo lo que suene a milagro o carisma extraordinario.

La crisis teológica actual no se limita a la dimensión eucarística. Se ha extendido, como carcoma, a otras dimensiones: dogmáticas, morales, etc.  Uno de los efectos del frío racionalismo que ha ido envolviendo tantos ambientes es rechazar todo lo que no se puede explicar naturalmente, lo que la pobre razón humana no entiende.

La cerrazón de estos “teólogos” se permite cribar la divina Revelación, aceptando sólo lo que su reducida capacidad humana entiende y rechazando lo que no comprenden o no les agrada. Más que acomodarse a Dios, pretenden crear y presentar un dios “a su imagen y semejanza”. Tal engreimiento no puede producir más que frutos malos. Si rechazan abiertamente lo que Dios dice o hace, tal como lo presenta en la Sagrada Escritura, ¿no es lógico que nieguen las intervenciones de Dios en la Historia que no les gusten?

Por eso, antes de entrar en el tema, conviene aclarar algunos puntos.

La Teología, Espiritualidad y Pastoral cristianas están basadas en la Sagrada Escritura y la Tradición, tal como la Iglesia las interpreta (DV 7-10). 

Desde los comienzos de la Revelación se da el fenómeno de las manifestaciones extraordinarias de Dios o “carismas”. Siempre han existido en el Pueblo judío y en la Iglesia Católica. 

San Pablo invitaba: “Aspirad a los carismas” (1 Co 12,31). 

Pío XII afirma que los carismas “nunca faltarán en la Iglesia”.  (Encíclica “Mystici corporis”, 29-06-1943: DS 3801). 

León XIII ponía los carismas como una prueba del origen divino de la Iglesia: “Que la Iglesia es una obra divina, con ningún otro argumento más claro consta que los carismas, con los cuales se adorna de esplendor y gloria, siendo su Autor el Espíritu Santo.” (Encíclica “Divinum illud munus”, 9-05-1897: DS 3328)

La Iglesia actual, por ejemplo, en el Concilio Vaticano II, afirma oficialmente que hoy siguen existiendo carismas, tanto ordinarios como extraordinarios: 

El Espíritu Santo provee de dones carismáticos a toda la Iglesia a través de todos los tiempos.” (AG 4). 

El Espíritu Santo (…), distribuyendo sus dones a cada uno según quiere (1 Co 12,11), distribuye también gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, con las que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: ‘A cada uno (...) se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad’ (1 Co 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia.”   (LG 12b).

Si la Iglesia exige milagros científicamente demostrados para aprobar una causa de beatificación o canonización, es porque supone que se dan...

Como dice la Sagrada Escritura, Dios es el supremo Señor de la Historia, al que nadie le puede fijar límites. Siempre ha actuado y sigue actuando de mil modos diversos para ayudar a su Pueblo. “El Señor derramó una lluvia de larguezas que reanimaron a la humanidad extenuada” (Sal 68,10). Lo hace para fortalecer “la fe de los más débiles” (Rm 14,1), para manifestar su Poder y testimoniar la presencia activa y operante del Espíritu Santo en la Iglesia.

Así lo reconoce el Catecismo de la Iglesia Católica: “Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.”  (CEC 799).

Los carismas se han de acoger con reconocimiento por el que los recibe, y también por todos los miembros de la Iglesia. Son una maravillosa riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo.” (CEC 800).

Existen, además, las gracias especiales, llamadas también «carismas», según el término griego empleado por S. Pablo y que significa favor, don gratuito, beneficio (cf. LG 12). Cualquiera que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia (cf. 1 Co 12).” (CEC 2003)

(Cfr. CEC 688).

En el Antiguo y Nuevo Testamento las intervenciones prodigiosas de Dios son incontables.

También a lo largo de toda la Historia de la Iglesia, Dios se ha servido de actuaciones de este tipo para inspirar nuevos medios para santificar a su Pueblo. 

Recordemos algunos de los casos más conocidos y que la misma Iglesia ha ratificado con su autoridad.

- En 1208, el Señor pide a la Beata Juliana de Rétine (1193-1258), abadesa agustina del monasterio cisterciense de Mont-Cornillon, junto a Lieja: "Yo deseo en mi Iglesia una fiesta particular, en honor de la Santísima Eucaristía".  Transmitió este encargo al P. Santiago Pantaleoni, el cual, cuando llegó a ser Papa (Urbano IV), instituyó la Fiesta del Corpus Christi. Como veremos más adelante, este Papa fue testigo del milagro eucarístico de Bolsena (1263).  

- La Devoción al Corazón de Jesús tiene su forma actual debido a las manifestaciones del Señor a Sta. Margarita María de Alacoque, y en España al P. Bernardo de Hoyos, S.J. Los Papas Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII y Juan Pablo II han reconocido repetidamente estas apariciones. 

- La devoción y Fiesta de la Divina Misericordia ha sido instituida por Juan Pablo II el año 2000, movido por las manifestaciones de “Jesús Misericordioso” a Santa Faustina Kowalska, como el mismo Papa explica.

- La Iglesia ha reconocido las manifestaciones de la Virgen en Guadalupe, Rue du Bac, Santandrea de Fratte, La Salette, Lourdes, Pontmain, Fátima, Gietrzwald, Beauraing, Banneaux, Pompeya, Siracusa, S. Nicolás de los Arroyos, Betania, Akita, etc.

Son muchos los Santuarios marianos que hoy son testigos de manifestaciones extraordinarias de Dios.

Pío XII habló de las apariciones de Lourdes a Santa Bernardita, en la Encíclica “Fulgens Corona” de 1953. 

Juan Pablo II peregrina frecuentemente a lugares de apariciones, y hace suyo el mensaje de éstas: 

- "La Virgen (en La Salette) exhorta a renovarse; invita a la penitencia, a la perseverancia en la oración."  (06-05-96)

- "El mensaje que la Virgen Santísima dirigió a la humanidad (en Fátima) sigue resonando con toda su fuerza profética, invitando a todos a la oración constante, a la conversión interior y a un generoso compromiso de reparación por los propios pecados y por los de todo el mundo." (12-05-97).

- “El mensaje de Fátima es una llamada a la conversión”. (Fátima, beatificación de los Pastorcitos: 13-05-00)

Cardenal Ratzinger: “Las curaciones ligadas a lugares de oración han sido testimoniadas abundantemente a través de la Historia de la Iglesia” (14-09-2000)

Entre estas actuaciones directas de Dios, podemos considerar los innumerables dones de estigmatización, levitación, curación, profecía, etc., que la Iglesia reconoce en tantos Santos. Por citar sólo a algunos: Sta. Inés, Sta. Catalina de Siena, Sta Brígida, S. Francisco de Asís, Sto. Domingo de Guzmán, Sta. Juana de Arco, S. Bernardo, S. Simon Stock, Sto. Tomás, S. Vicente Ferrer, S. Ildefonso, S. Ignacio de Loyola, S. Francisco Javier, Sta. Teresa de Jesús, S. Juan de la Cruz, Sta. Margarita Mª de Alacoque, P. Bernardo de Hoyos, Sta. Gema Galgani, S. Juan Mª Vianney, S. Juan Bosco, S. Antonio Mª Claret, Santa Faustina Kowalska, San Pío de Pietrelcina, etc. 

Dentro de este riquísimo cuadro de manifestaciones extraordinarias de Dios, cuando, donde y como Él quiere, según su infinita Misericordia y Omnipotencia, exponemos en este trabajo las que tienen relación directa con la Eucaristía.

Ante todo notemos que han existido desde siempre en la Historia de la Iglesia, y a lo largo de todo el arco de su existencia. 

Recordemos a Pascasio Radberto, Abad de Corbie, de comienzos del siglo IX, época carolingia, el primer verdadero teólogo eucarístico, que, en su obra “Liber de corpore et sanguine Christi” (año 844) trae ejemplos de milagros eucarísticos de hostias sangrantes, que opina que son concedidos por la gracia divina para fortalecer la fe de los incrédulos.

Son muchas las que la Iglesia ha reconocido e incluso recomendado, al conceder indulgencias, invitar a peregrinaciones, etc. Diversos Pontífices han peregrinado a los lugares en que se han dado. Y no es algo pasado, pues se siguen dando hoy y la Iglesia las sigue estudiando. 

Son muchos los Santos que han tenido vivencias extraordinarias en torno a la Eucaristía: S. Ignacio de Loyola, S. Pedro de Alcántara, Sta. Margarita María de Alacoque, P. Bernardo de Hoyos, el Rey S. Eduardo, Sta. Ángela de Foligno, S. Felipe Neri, Sta. Gema Galgani, etc. 

Otros han permanecido años sin comer ni beber, alimentándose solamente de la Comunión. Éste es el caso de la Beata Anna Katharina Emmerick que, desde 1813 hasta su fallecimiento, en 1824, estuvo tomando como único alimento la Comunión. 

Sin embargo, no toco aquí las visiones personales, aunque sean respetables y dignas de crédito. 

Creo más útil exponer algunos de los “prodigios” eucarísticos más conocidos: los que han tenido abundantes testigos y que están aprobados por la Iglesia. 

No cito aquellos que, quizás por ser más recientes, no cuentan aún con la aprobación eclesial. 

Sobre su valor, tengamos en cuenta cuatro elementos de juicio:

1º: Los datos del prodigio en sí, los testimonios de los testigos, los estudios posteriores.

2º: La suma de todos estos hechos. De hecho, uno sólo debidamente probado y aprobado podría ser suficiente, pero son muchos, muchísimos. La múltiple convergencia es una prueba en sí.

3º: La aprobación de la Iglesia que los refrenda y recomienda.

4º: Los beneficios espirituales y materiales que han producido… ¡y que se siguen realizando!

Con Juan Pablo II, también yo “deseo suscitar «asombro» eucarístico” (“Ecclesia de Eucharistia”, nº 6), comprensión y amor a este Misterio del Amor de Dios. 

Juan Pablo II, insiste en dicha Encíclica en que la Eucaristía es « Mysterium fidei! – ¡Misterio de la fe! ». No se puede comprender sólo con la razón, sino con la fe. Por eso se requiere una actitud de humildad y oración, pidiendo al Señor luz para comprender el Misterio de los misterios, que escapa a toda intuición o razonamiento humano y que sólo Dios puede conceder. 

La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, « misterio de luz ». Los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: « Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron » (Lc 24, 31).” (EdE nº 6).

En la Encíclica sobre la Eucaristía, Juan Pablo II dedica su último capítulo, el VI, a María, a la que denomina “Mujer eucarística”.

A Ella, “Madre de la Eucaristía”, le encomiendo este trabajo, al mismo tiempo que le pido que sirva para despertar nuestra fe y amor apasionado por el que Juan Pablo II denomina el “Misterio central de nuestra fe" (28-09-97).