Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Homilía del Papa en la conclusión de la procesión eucarística en Lourdes

El Santo Padre predic√≥ sobre el amor que contempla y adora al Se√Īor en su presencia eucar√≠stica, y lo hizo en el santuario de Lourdes, invocando a la Madre de Dios y exhortando a seguir su ejemplo de abnegada entrega.

Como siempre iluminante fue su homilía, la que transcribimos a continuación

LOURDES, domingo, 14 septiembre 2008

* * *

Se√Īor Jes√ļs, est√°s aqu√≠.
Y vosotros, hermanos, hermanas, amigos m√≠os.
Est√°is aqu√≠, conmigo, ante √Čl.
Se√Īor, hace dos mil a√Īos, aceptaste subir a una Cruz de infamia para resucitar despu√©s y permanecer siempre con nosotros, tus hermanos, tus hermanas. 
Y vosotros, hermanos, hermanas, amigos m√≠os, hab√©is aceptado dejaros atraer por √Čl.

Lo contemplamos, lo adoramos, lo amamos. Buscamos amarlo todav√≠a m√°s.

Contemplamos a Aquel que, durante la cena pascual, ha entregado su Cuerpo y su Sangre a sus disc√≠pulos, para estar con ellos "todos los d√≠as, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).

Adoramos a Aquel que est√° al inicio y al final de nuestra fe, sin el que no estar√≠amos aqu√≠ esta tarde, sin el que no ser√≠amos nada, sin el que no existir√≠a nada, nada, absolutamente nada. Aquel, por medio de quien "se hizo todo" (Jn 1,3); por quien hemos sido creados, para la eternidad; el que nos ha dado su propio Cuerpo y su propia Sangre, √Čl est√° aqu√≠, esta tarde, ante nosotros, ofreci√©ndose a nuestras miradas.

Amamos, y buscamos amar todav√≠a m√°s, a Quien est√° aqu√≠, ante nosotros, abierto a nuestras miradas, tal vez a nuestras preguntas, a nuestro amor.

Sea que caminemos, o estemos clavados en el lecho del dolor -que caminemos con gozo o estemos en el desierto del alma (cf. Num 21,5), Se√Īor, ac√≥genos a todos en tu Amor: en el amor infinito, que es eternamente el del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, el del Padre y del Hijo al Esp√≠ritu, y el del Esp√≠ritu al Padre y al Hijo. 

La Hostia Santa expuesta ante nuestros ojos proclama este poder infinito del Amor manifestado en la Cruz gloriosa. La Hostia Santa proclama el incre√≠ble anonadamiento de Quien se hizo pobre para darnos su riqueza, de Quien acept√≥ perder todo para ganarnos para su Padre. La Hostia Santa es el Sacramento vivo y eficaz de la presencia eterna del Salvador de los hombres en su Iglesia.

Hermanos, hermanas, amigos m√≠os, aceptemos, aceptad, ofreceros a Quien nos lo ha dado todo, que vino no para juzgar al mundo, sino para salvarlo (cf. Jn 3,17), aceptad reconocer en vuestras vidas la presencia activa de Quien est√° aqu√≠ presente, ante nuestras miradas. Aceptad ofrecerle vuestras propias vidas.

Mar√≠a, la Virgen Santa, Mar√≠a, la Inmaculada Concepci√≥n, acept√≥, hace dos mil a√Īos, entregarle todo, ofrecer su cuerpo para acoger el Cuerpo del Creador. Todo ha venido de Cristo, incluso Mar√≠a; todo ha venido por Mar√≠a, incluso Cristo.

Mar√≠a, la Sant√≠sima Virgen, est√° con nosotros esta tarde, ante el Cuerpo de su Hijo, ciento cincuenta a√Īos despu√©s de revelarse a la peque√Īa Bernadette.

Virgen Santa, ay√ļdanos a contemplar, ay√ļdanos a adorar, ay√ļdanos a amar, a amar m√°s todav√≠a a Quien nos am√≥ tanto, para vivir eternamente con √Čl.

Una inmensa muchedumbre de testigos est√° invisiblemente presente a nuestro lado, cerca de esta bendita gruta y ante esta iglesia querida por la Virgen Mar√≠a; la multitud de todos los que han contemplado, venerado, adorado, la presencia real de Quien se nos entreg√≥ hasta la √ļltima gota de su sangre; la muchedumbre de todos los que pasaron horas ador√°ndolo en el Sant√≠simo Sacramento del Altar.

Esta tarde, no los vemos, pero los o√≠mos aqu√≠, dici√©ndonos a cada uno de nosotros: "Ven, d√©jate llamar por el Maestro. √Čl est√° aqu√≠ y te llama (cf. Jn 11,28). √Čl quiere tomar tu vida y unirla a la suya. D√©jate atraer por √Čl. No mires ya tus heridas, mira las suyas. No mires lo que te separa a√ļn de √Čl y de los dem√°s; mira la distancia infinita que ha abolido tomando tu carne, subiendo a la Cruz que le prepararon los hombres y dej√°ndose llevar a la muerte para mostrar su amor. En estas heridas, te toma; en estas heridas, te esconde. No rechaces su amor".

La multitud inmensa de testigos que se dej√≥ atraer por su Amor, es la muchedumbre de los santos del cielo que no cesan de interceder por nosotros. Eran pecadores y lo sab√≠an, pero aceptaron no mirar sus heridas y mirar s√≥lo las heridas de su Se√Īor, para descubrir en ellas la gloria de la Cruz, para descubrir en ellas la victoria de la Vida sobre la muerte. San Pierre-Julien Eymard lo dijo todo cuando escribi√≥: "La Santa Eucarist√≠a, es Jesucristo pasado, presente y futuro" (Predicaciones e instrucciones parroquiales despu√©s de 1856, 4-2,1. Sobre la meditaci√≥n).

Jesucristo pasado, en la verdad hist√≥rica de la tarde en el cen√°culo, que se nos recuerda en toda celebraci√≥n de la Santa Misa.

Jesucristo presente, porque nos dice: "Tomad y comed todos, porque esto es mi cuerpo, √©sta es mi sangre". "Esto es", en presente, aqu√≠ y ahora, como en todos los aqu√≠ y ahora de la historia de los hombres. Presencia real, presencia que sobrepasa nuestros pobres labios, nuestros pobres corazones, nuestros pobres pensamientos. Presencia ofrecida a nuestras miradas como aqu√≠, esta tarde, cerca de la gruta donde Mar√≠a se revel√≥ como Inmaculada Concepci√≥n.

La Eucarist√≠a es tambi√©n Jesucristo futuro, Jesucristo que viene. Cuando contemplamos la Hostia Santa, su cuerpo glorioso transfigurado y resucitado, contemplamos lo que contemplaremos en la eternidad, descubriendo el mundo entero llevado por su Creador cada segundo de su historia. Cada vez que lo comemos, pero tambi√©n cada vez que lo contemplamos, lo anunciamos, hasta que el vuelva, "donec veniat". Por eso lo recibimos con infinito respeto.

Algunos de nosotros no pueden o no pueden todav√≠a recibirlo en el Sacramento, pero pueden contemplarlo con fe y amor, y manifestar el deseo de poder finalmente unirse a √Čl. Es un deseo que tiene gran valor ante Dios: esperan con mayor ardor su vuelta; esperan a Jesucristo, que debe venir.

Cuando una amiga de Bernadette, el d√≠a despu√©s de su Primera Comuni√≥n, le pregunt√≥: "¬ŅCu√°ndo has sido m√°s feliz: en tu Primera Comuni√≥n o en la apariciones?", Bernadette respondi√≥: "Son dos cosas inseparables, pero no se pueden comparar. He sido feliz en las dos" (Manuelita Estrade, 4 junio 1958). Su p√°rroco ofreci√≥ este testimonio al Obispo de Tarbes acerca de su Primera Comuni√≥n: "Bernadette se comport√≥ con gran recogimiento, con una atenci√≥n que no dejaba nada que desear... Aparec√≠a profundamente consciente de la acci√≥n santa que estaba llevando a cabo. Todo sucedi√≥ en ella de manera sorprendente".

Con Pierre-Julien Eymard y con Bernadette, invocamos el testimonio de tantos y tantos santos y santas ardientemente enamorados de la Santa Eucarist√≠a. Nicol√°s Cabasilas escribi√≥ y nos dice esta tarde: "Si Cristo permanece en nosotros, ¬Ņde qu√© tenemos necesidad? ¬ŅQu√© nos falta? Si permanecemos en Cristo, ¬Ņqu√© m√°s podemos desear? Es nuestro hu√©sped y nuestra morada. ¬°Dichosos nosotros que estamos en su casa! ¬°Qu√© gozo ser nosotros mismos la morada de tal hu√©sped!" (La vie en J√©sus-Christ, IV,6).

El Beato Charles de Foucauld naci√≥ en 1858, el mismo a√Īo de las apariciones de Lourdes. No lejos de su cuerpo ajado por la muerte, se encuentra, como el grano de trigo ca√≠do en tierra, el viril con el Sant√≠simo Sacramento que el Hermano Charles adoraba cada d√≠a durante largas horas. El Padre de Foucauld nos ofrece la oraci√≥n desde lo hond√≥ de su alma, plegaria dirigida a nuestro Padre, pero que con Jes√ļs podemos con toda verdad hacer nuestra ante la Hostia Santa:

¬ę"Padre, a tus manos encomiendo mi esp√≠ritu". Es la √ļltima oraci√≥n de nuestro Maestro, de nuestro Amado... Que sea tambi√©n la nuestra, que no sea s√≥lo la de nuestro √ļltimo instante, sino la de todos nuestros instantes:

"Padre, me pongo en tus manos; 
Padre conf√≠o en ti; 
Padre, me entrego a ti; 
Padre, haz de m√≠ lo que quieras, 
sea lo que sea, te doy las gracias; 
gracias por todo; 
estoy dispuesto a todo, 
lo acepto todo; 
te doy las gracias, 
con tal de que tu voluntad se cumpla en m√≠, Dios m√≠o,
y en todas tus criaturas, en todos tus hijos, 
en todos aquellos que ama tu coraz√≥n. 
No deseo nada m√°s, Dios m√≠o. 
Te conf√≠o mi alma, te la doy, Dios m√≠o, 
con todo el amor de que soy capaz, 
porque te amo, 
y necesito darme, 
ponerme en tus manos sin medida, 
con una infinita confianza, 
porque T√ļ eres mi Padre"¬Ľ.

Amados hermanos y hermanas, peregrinos y habitantes de estos valles, hermanos obispos, sacerdotes, di√°conos, religiosos, religiosas, todos vosotros que est√°is viendo el infinito anonadamiento del Hijo de Dios y la gloria infinita de la Resurrecci√≥n, permaneced en silencio y adorad a vuestro Se√Īor, nuestro Maestro y Se√Īor Jesucristo. Permaneced en silencio, despu√©s hablad y decid al mundo: no podemos callar lo que sabemos. Id y proclamad al mundo entero las maravillas de Dios, presente en cada momento de nuestras vidas, en toda la tierra. Que Dios nos bendiga y nos guarde, que nos conduzca por el camino de la vida eterna, √Čl que es la Vida, por los siglos de los siglos. Am√©n.

[ 16-09-2008 ]

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