Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Del 11 al 13 de febrero se tuvo en Burgos el Tercer Encuentro de la Adoración Eucarística Perpetua de España.

Participaron del mismo setenta entre coordinadores y adoradores. Procedían de Sevilla, Madrid, Oviedo, Valladolid, Pamplona, Toledo, Murcia, Talavera de la Reina, Valdemoro, Elche, Vitoria, Bilbao, Palencia, Getafe, Logroño, Burgos y Zaragoza.

Las intervenciones estuvieron a cargo de Don Carlos Alonso, párroco de San José Obrero de Burgos; Don Jesús Higueras, párroco de Santa María de Caná de Pozuelo de Alarcón (Madrid), y de P. Justo Antonio Lofeudo, misionero del Santísimo Sacramento. A continuación ofrecemos algunos pasajes de las disertaciones.

De Don Carlos Alonso: Cuando llegué a la parroquia me preguntaron qué planes traía y dije espontáneamente: “Traigo tres planes: vengo a rezar, a enseñar a rezar y a que me vean rezar”. En esto se resume, creo yo, el proyecto de la adoración perpetua. Vuestro proyecto debe ser lo mismo: rezar, enseñar a rezar y que os vean rezar. Enseñar con el ejemplo y dar testimonio de fe.

Adoramos a su Presencia. Él está expuesto y también nosotros estamos expuestos ante Él. Estamos expuestos a su acción. Él se oculta en santo silencio y nos va revelando cómo es el rostro de Dios. Hay que mirar, esta es oración de los ojos. La adoración es hambre de Dios. Gustamos, nos sacia y al mismo tiempo nos da más apetito de Él. No hay modo de acabar de saciarnos. Y al mismo tiempo tenemos que anunciar al Señor, aunque no lo queramos. A partir de la adoración surge la peregrinación interior. Por tanto, debe haber una transformación, poco a poco. Con la pedagogía divina del poco a poco. Y la gente acabará preguntándonos ‘¿qué te pasa?’ Esta peregrinación interior nos lleva a recuperar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios. Descubrimos que Dios está y nos ama. Se abre un horizonte y descubrimos también que queremos quererle cada día más. Cuando nos acercamos al Señor, Él nos purifica. Purificación de los recuerdos, de los sentidos, de los sufrimientos del día. Y nos da la victoria del amor sobre el odio, del amor sobre la muerte. Adoración es unión. Dios no sólo está enfrente de mí, está en mí, estoy en Él. El Señor quiere que su amor domine todo mi mundo. El lema del Episcopado del Cardenal Newman era: ‘El corazón habla al corazón’. Así debe ser el lema de todo adorador. De corazón a corazón. Todo en silencio. El silencio es el custodio de la presencia de Dios. La adoración es instalarse en Dios. Es instalarse en la Verdad, sin ruido de palabras. Me gusta el lema de Charles de Foucauld: ‘Tu felicidad, Jesús, me basta”. Es como decir: sé que vengo y te hago feliz, te lleno de alegría. Tu felicidad me basta. No vamos a la adoración a sentirnos bien. Habrá momentos de adoración en que no nos salga nada. No hay que preocuparse. Lo importante es buscar el Reino de Dios y su Justicia, que el resto vendrá por añadidura. No vamos para sentirnos bien. No cambiemos el orden. Sé que vengo y te hago feliz, te lleno de alegría. Por eso, de todo lo dicho me gustaría que nos quedáramos con: “Tu felicidad, Jesús, me basta”.

De D. Jesús Higueras:

Decir que a Dios se lo puede adorar quiere decir que nos podemos relacionar con Él del modo más adecuado. Es más, del único modo posible. Porque el hombre recupera su verdadera identidad de criatura mediante la adoración Nuestro tiempo es un tiempo en que se vive un proceso de des-humanización porque es de des-adoración, al desvincular la criatura del Creador, al romper ese cordón umbilical por el cual seguimos recibiendo y nutriéndonos por medio del Espíritu Santo de esa gracia santificante. Rompemos así nuestra verdadera identidad. El Papa dice que en la adoración hay dos actitudes fundamentales. La primera: la adoración es la capacidad de postrarse ante Dios y de reconocer la diferencia abismal que Él es Dios y yo no. Y eso que aparece como muy básico y elemental es fundamental porque vemos cuál fue el error de la primera pareja humana. La esencia del pecado original es querer ser Dios. Y muchos de nosotros todos los días, sin querer, caemos en ese error. Le decimos a Dios lo que tiene que hacer, cómo lo tiene que hacer, cuándo tiene que actuar y si Dios no actúa como yo quiero, cuando yo quiero, entonces si no me enfado por lo menos me enfrío o me decepciono o me distancio porque me he olvidado de que Él es Dio y yo no. La adoración es esa actitud interior de postrarse, de ponerme en mi sitio y dejar a Dios ser Dios. Decía Benedicto XVI que, en segundo lugar, una vez que Dios nos ha puesto en nuestro sitio (nosotros somos criaturas y Él es el Creador) la adoración eucarística busca acortar distancias porque es reconocer que Dios me ama y que no sólo sino que busca como un mendigo indigente, reclama mi amor. La adoración es el beso que Dios cada día me quiere dar eucarísticamente. Experimentamos como adoradores que mi Dios no es un dios distante, no es un dios indiferente. Es un Dios tan implicado conmigo que está humillado mucho más que en Belén..está humillado en lo que aparentemente es pan (que es lo más frágil, indefenso que puede existir) y que se pone en nuestras manos par convencernos de su cercanía. Decía san Agustín: más interior que mi propia intimidad, y esta adoración sólo es posible en Jesucristo. Sólo es posible en esa humanidad de Jesucristo y que él inaugura este nuevo culto. Por tanto, la carne, la humanidad de Cristo, es el espacio ineludible donde nosotros vamos a vivir esa adoración.

El Santísimo Sacramento es como un manantial. Hay un doble movimiento: el Espíritu Santo que me lleva, me incita, me convence, me empuja y me lleva en sus brazos y me pone delante de la custodia; y, a la vez, la custodia es un manantial del que brota constantemente el Espíritu Santo.

La santa Misa es la actualización de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, y en ella somos contemporáneos del acontecimiento central de la historia de la humanidad. Misa es asistir a este acontecimiento de valor infinito que es la entrega por amor de Jesucristo y el sí del Padre que es su Resurrección. Por tanto, la Misa ni es una asamblea, ni es una fiesta muy alegre, ni la reunión de la comunidad del Pueblo de Dios. No. En la Misa el protagonista es el Padre que nos entrega a su Hijo en el Espíritu Santo. Ante este culto nuevo que inaugura Jesucristo en su carne esta adoración, que es el beso de Dios a la humanidad y de un modo especial a cada adorador, nosotros tenemos que acoger la adoración como un don, siempre.

La adoración es un culto eficaz que provoca la transformación del hombre. Adorador es aquel que cada día dice: “Dios mío! Cuánto me sobra para ser santo!” No cuánto me falta. Me sobra mucho afán de protagonismo. Me sobra mucha vanidad. Muchos miedos. Eso nos lo hace ver el Espíritu Santo, pero con mucha paz. Nos sabemos amados por Dios pero ya metidos en un torrente cristificador cuyo único protagonista es el Espíritu Santo. Ser adoradores significa querer morir con Cristo y querer resucitar con Él. Morir significa renunciar a mis propios planes; significa saber ceder; significa dejar que la vida lleve un camino que no es el mío. Significa, en fin, dejar a Dios ser Dios.

La adoración debe ser un culto puntual sino existencial. Que la jornada quede profundamente impregnada de Cristo. Vamos a la custodia a llenarnos, siendo pobres, del amor de Cristo, a ser santos. Ser santo implica ser santo en mi trabajo, en mis relaciones profesionales, cuando voy a hacer la compra, cuando veo la TV, cuando salgo con los amigos. Siempre acoger la santidad de Cristo, la santidad de Dios. Toda la teología primitiva de la Eucaristía, lo que decían los Padres de la Iglesia, es que la Eucaristía se manifestaba en la vida.

Benedicto XVI habla mucho a los sacerdotes del ars celebrandi. Significa la delicadeza, la profundidad, el amor que tenemos que poner cuando la Eucaristía está en nuestras manos o cuando estamos ante la Eucaristía. Haciendo una trasmutación os invito a que consideréis si realmente estáis viviendo el “ars adorandi”, el arte de la adoración. Es decir, si sois conscientes de la ternura, de la delicadeza, del cariño, de la profundidad no sólo de Aquel que está ante mí en la custodia sino de esa delicadeza, cariño, profundidad, ternura que el Espíritu Santo me está dando a mí para que yo le trate a Él.

El mundo languidece, está agonizando espiritualmente y por eso se está destruyendo incluso físicamente. Al romper la relación criatura-Creador nos estamos deshumanizando. Por eso, el mundo necesita apóstoles adoradores que testimonien (no que den doctrina, no que den charlas, no como martillos de herejes) que digan “Ven y verás”. Ahí está el Resucitado..ahí el amor del Padre. Si no testimoniamos estaríamos traicionando el don recibido, malográndolo. Porque este don de la adoración no es para nosotros, es para la humanidad. Lo recibimos para transmitirlos. Debemos pedir al Espíritu Santo el don de saber expresar el gozo, la sanación sin ser cursis, sin querer quedar por encima de los otros. Con la pobreza y la sencillez de la que seamos capacees.

Todos deseamos que Cristo reine en los corazones pero el secreto de eso está en la Eucaristía. Está en la adoración, en ponerse de rodillas mucho tiempo, todo el que puedas (si te lo permiten los meniscos sino haz como los polacos que se postran extendidos por el suelo), cada día delante del Señor.

Vamos a pedirle a la Virgen María, que Ella donde hay un sagrario ahí está, a Ella, la gran adoradora, que es Madre que enseña, que da vida, que provoca la venida del Espíritu Santo y la de Cristo, que provoca Pentecostés, que nos enseñe, nos convenza, que llene nuestra mente, nuestro corazón para que nos haga verdaderos adoradores. Nuestro sitio es la Eucaristía. Ese es nuestro sitio. ¡Gloria al Señor”

Del P. Justo Antonio Lofeudo:

El Santo Padre nos recuerda que la comunión sacramental es un encuentro personal. Un encuentro que permite a nuestras vidas ser penetradas por la vida de Aquel que es mi Señor, mi Creador y Salvador. Como el encuentro es con Dios la comunión implica, necesariamente, adoración. Por eso, también ha dicho: “Recibir la eucaristía significa adorar al que recibimos”.

Esta certeza de la presencia divina nos debe llevar necesariamente a expresarla también con los gestos. Por eso, el entonces Cardenal Ratzinger decía que “la comunión alcanza su profundidad sólo cuando es sostenida y comprendida en la adoración”. Y agregaba que ante la humildad de Cristo y su Amor, comunicado a nosotros por las especies eucarísticas no cabe más que arrodillarse. Por eso, “el doblar las rodillas ante la presencia del Dios vivo es irrenunciable”.

Recordemos ahora las dimensiones de la Eucaristía: presencia, sacrificio, banquete, comunión. Ese banquete no es, dice el Papa, “una simple comida con amigos”, como quieren hacernos creer quienes han protestantizado la Santa Misa, para hacerla un mero recuerdo de la Última Cena sin otra consecuencia que el memorial sin presencia. No, agrega el Santo Padre: “es el misterio de una alianza”. Esa alianza es con Dios presente en la humanidad que da su sangre y se da todo Él para nuestra salvación y nuestra comunión de adoración.

Ya Juan Pablo II nos alertaba diciendo: “Si la lógica del “banquete” inspira familiaridad no por eso la Iglesia ha cedido a la tentación de banalizar esta familiaridad con su Esposo olvidando que Él es también su Señor… El banquete eucarístico es verdaderamente un banquete “sacro”, en el que la simplicidad de los signos oculta el abismo de la santidad de Dios. El pan partido en los altares es pan de ángeles, al cual no se puede acercar sino con la humildad del centurión del Evangelio” (Ecclesia de Eucharistia 48).

“Fueron los Apóstoles quienes, en la intimidad de la Última Cena, recibieron el don de la Eucaristía de parte del Señor, pero estaba este don destinado a todos, para todo el mundo. Es por esto que debía ser la Eucaristía proclamada y expuesta a la vista”. Nos atrevemos a agregar que esa exposición pública de la Eucaristía es para devolvernos la intimidad con Dios.

Junto a esas ideas reduccionistas y desviadoras se implantaron prácticas y desviaciones litúrgicas que han llevado a la pérdida del estupor antes el gran misterio de la Eucaristía. Por aquello de Lex credendi, Lex orandi juzga el Romano Pontífice que se debe recuperar el misterio mediante la liturgia y promover toda la belleza y el aura que nos lleva al misterio de Dios que debe ser tratado con santo temor, con total respeto y unción. En ese orden nos recuerda que “la práctica de arrodillarse para tomar la Santa Comunión es también un signo de adoración especialmente expresivo, totalmente apropiado frente a la Presencia verdadera, substancial de Nuestro Señor Jesucristo bajo las especies consagradas”. “Nosotros los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios o ante el Santísimo Sacramento porque sabemos y creemos que el verdadero Dios está presente en él, el Dios que creó el mundo y que tanto lo amó que dio su Hijo Unigénito (Cf. Jn 3: 16). Nos postramos ante un Dios que primero se inclinó hacia el hombre como el Buen Samaritano para asistirlo y restaurar su vida, y que se arrodilló ante nosotros para lavarnos nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo significa que allí, en ese trozo de Pan, Cristo está realmente presente y da verdadero sentido a la vida, al inmenso universo como a la más pequeña criatura , al total de la historia humana como a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarísticas y en la que el alma continúa a ser nutrida: alimentada con amor, verdad, paz; nutrida con esperanza, porque Aquel ante quien nos postramos no nos juzga, no nos aplasta sino que nos libera y nos transforma.”

En su tradición milenaria, consciente de la grandeza e importancia del momento de la Sagrada Comunión, la Iglesia procuró una expresión ritual que pudiese testimoniar del modo más perfecto su fe, su amor, su respeto.

En Occidente, el gesto de postrarse y arrodillarse antes de recibir el Cuerpo del Señor se observa en los ambientes monásticos a partir del siglo VI (Monasterio de san Columbino).

Desde el siglo VI se comenzó a distribuir las sagradas especies eucarísticas en la boca. De esto da testimonio una biografía del Papa Gregorio Magno y una indicación de este mismo Papa. El Sínodo de Córdoba del 839 condenó la secta de los “casianos” porque rechazaban comulgar en la boca. El Sínodo de Rouen del 878 confirmaba la práctica de la comunión en la lengua amenazando a los ministros sagrados con suspensión en caso si la hubiesen distribuido en la mano.

Al final de la edad patrística la praxis de recibir la Sagrada Comunión directamente en la boca se difunde casi universalmente. Lo que acontece es fruto de la espiritualidad y devoción eucarística del tiempo de los Padres de la Iglesia. Y se ve, tanto en Oriente como en Occidente, que para garantizar el carácter sacratísimo del pan eucarístico la Iglesia, en admirable consenso, casi instintivamente percibió la urgencia de ministrar a los laicos la Comunión sólo en la boca. Además de eliminarse varias preocupaciones como las manos limpias de los fieles que comulgaban o, lo que es más grave, que ningún fragmento del pan consagrado se pierda y la necesidad de purificar las palmas de las manos luego de recibir el sacramento, a todo el desarrollo contribuyó en grado sumo la creciente profundizar de la fe en la presencia real que, en Occidente, vino de la práctica de la adoración del Santísimo Sacramento solemnemente expuesto.

Comulgar en la boca es la actitud del niño. Al niño pequeño se le da en la boca y ésa es la actitud más verdadera y profunda de un cristiano frente a su Salvador. que lo nutre con su Cuerpo y con su Sangre.

El gesto de la persona adulta, que está arrodillada y abre su boca para ser nutrida como si fuera un niño, corresponde muy felizmente y de manera impresionante a la admonición de los Padres de la Iglesia en cuanto a la actitud que hay que tener ante la Sagrada Comunión: “cum amore ac timore!” (Santos Cipriano, Basilio, Juan Crisóstomo)

María, la Madre del Señor, es el modelo de la disposición interior y la actitud exterior al recibir el Cuerpo del Señor. En el momento de la Encarnación del Hijo de Dios muestra Ella la máxima receptividad y humildad “ecce ancilla”, “he aquí la sierva”. El gesto exterior en consonancia con estas palabras es el de arrodillada, como se suele ver en la iconografía de la Anunciación. El Papa Juan Pablo II decía: “el modelo de la adoración amorosa de la Virgen debe inspirar cada comunión eucarística nuestra”.

Otro tema muy importante al menos para mencionarlo es el del silencio. Hablando el Santo Padre de los jóvenes que estaban descubriendo la adoración invitando a los sacerdotes a estimularlos también hizo la siguiente alusión al silencio en la adoración: “En la vida de hoy, a menudo ruidosa y dispersiva, es más importante que nunca recuperar la capacidad del silencio interior y del recogimiento. La adoración eucarística permite esto no sólo centrado en el “yo” sino más en la compañía de aquel “Tú” pleno de amor que es Jesucristo, “el Dios que está cerca de nosotros”.

Sabemos que un principio de la adoración perpetua, que también la caracteriza y diferencia de otras modalidades comunitarias es que se adora en silencio. Debemos preservar y hacer respetar siempre el silencio. Si hacemos excepciones se sientan precedentes y se termina destruyendo aquel principio.

Adoremos, demos testimonio de la riqueza y belleza de la adoración y de la necesidad existencial que tenemos de adorar a Dios para recuperar nuestra dignidad y para santificarnos. Adorando nuestra amistad y conocimiento del Señor, nuestra comunión con Él, serán más profundos e intensos. Para quien adora Jesucristo jamás puede ser un desconocido. Él será siempre el amigo a quien seguir e imitar. ¡Alabado sea Jesucristo!

[ 24-02-2011 ]

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