Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


Cuarto aniversario de la capilla de Adoración Perpetua en Oviedo

Artículo del periodista Pablo Álvarez. Club de Prensa asturiana de la NUEVA ESPAÑA bajo el título sugestivo: LOS AMIGOS DE JESÚS DE NAZARET. LA RED SOCIAL MÁS ENRIQUECEDORA

Cuando uno lee la Biblia comenzando por el principio, muy pronto se encuentra con un versículo impactante:

“El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como se habla con un amigo” (Éxodo 33, 11).

Que el creador y la criatura hablen como si fueran amigos es algo inaudito. Resulta curiosa esta amistad, porque el Génesis (6, 5-8) cuenta que Yavéh se arrepintió rapidísimamente de haber creado al hombre. En la Biblia que yo manejo, de casi 2.000 páginas, tal cosa viene reseñada ya en la página 13. Incluso se planteó borrarle de la faz de la tierra. Menos mal que por allí andaba el bueno de Noé, quien “halló gracia a los ojos del Señor”. Gracias a la intercesión de Noé estamos hoy aquí.

Han pasado unos 34 siglos desde que Moisés guiase la salida de Egipto de los israelitas. Desde entonces, han ocurrido muchísimas cosas. Pero, desde luego, hay algo que no ha cambiado: la búsqueda, por parte del ser humano, de amigos: de amigos fiables y generosos; amigos sinceros, comprensivos y leales.

La última moda consiste en buscar amigos en Internet, en eso que ahora se denominan “redes sociales”. Quienes usamos el correo electrónico recibimos con frecuencia un mensaje que nos dice que tal o cual persona “quiere ser tu amiga en Facebook”. La amistad está de moda. La amistad virtual. Hay gente que tiene miles de amigos en eso que llaman redes sociales. Es natural. Es positivo. El ser humano necesita amigos, interlocutores. Son como el oxígeno. Una vida sin amigos se hace muy dura. Otra cosa es hallarlos y saber conservarlos. Otra cosa es que, además de hablar, sepan escuchar. Como todo lo que es realmente valioso, la amistad auténtica exige sacrificios. La amistad virtual es menos comprometida, pero bien está que sea cultivada.

En el conmovedor relato de San Juan de la última cena, justo en el momento en el que expone el mandamiento del amor, Jesús glosa su concepto de amistad:

Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer. (Juan 15, 13-15)

Pues resulta que hoy Jesús sigue diciendo estas mismas palabras. Nos llama a la santidad. A todos. Y, al fin y al cabo, ¿qué significa ser santo? A mi juicio, no hay definición más sencilla de “santo” que ser “amigo íntimo de Dios”. Amigo que procura no fallar al amigo, aunque no siempre lo consiga.

Y resulta que, desde hace cuatro años, gracias a un grupo de gente que se merece todos los elogios, es posible responder a esta solicitud de amistad de Jesús en cualquier momento del día y de la noche. Porque una iglesia de Oviedo permanece abierta las 24 horas del día para facilitar ese encuentro con el amigo que más y mejor escucha. Aunque, ¡ojo!, que también habla. Y cuando habla, compromete. Puede llegar a meter en un buen lío a su interlocutor ¡Tranquilos! Previsiblemente, no tantos líos como los que tuvo que afrontar Moisés camino de la Tierra Prometida. En todo caso, no consta que nadie que haya mantenido una conversación sincera con Jesús Sacramentado no haya salido reconfortado de ella.

Para acudir a esos encuentros en la calle Toreno, número 4, no hace falta sentirse muy perfecto (mala cosa sería) ni ser un gran practicante de la religión ni ir a misa todos los días. Basta con tener un mínimo deseo de dos cosas: de encontrarse con Jesús Sacramentado y de encontrarse con uno mismo. No es necesario haberse levantado muy inspirado ese día. Ni preparar la entrevista. Ni entregar un currículum. Ni haber ido a la peluquería. En rigor, ni siquiera hace falta hablar o escuchar. Quizá lo más importante es ESTAR. A veces, el amor más profundo, la amistad más auténtica, ni siquiera precisan palabras: sólo compañía.

De esos encuentros pueden derivarse consecuencias impredecibles, aunque una cosa es segura: después de cada uno de ellos, seremos un poco mejores que antes de entrar a la capilla de las Esclavas. Mejores para nosotros mismos, mejores para quienes nos rodean, mejores para Dios. Mejores personas y mejores ciudadanos. Si los políticos supieran reconocer los muchos beneficios sociales que se derivan de los lugares de conversación con Jesús, incluirían en sus programas electorales la creación de unos cuantos.

En la capilla de Las Esclavas se está fraguando la mayor revolución de la historia. La de quienes no quieren sucumbir a los efluvios del consumismo hedonista. Quienes no quieren dedicar la vida a dar masajes a su propio ego. Quienes no se resignan a ver las calles pobladas de niños arruinando sus mejores años de vida en los decadentes “botellones”. Quienes no se resignan a que cada pocos minutos se rompa una familia y eso se vea como lo más normal, casi como un síntoma de progreso. Quienes no se resignan a que el poder y del dinero sean los únicos parámetros que midan a las personas. Quienes no se resignan a que el vientre materno se haya convertido –en términos estadísticos- en el lugar más inseguro para un niño…

No es la capilla de Las Esclavas un espacio para resignados. Es un espacio para inconformistas, para corazones jóvenes, para revolucionarios de todas las edades.

El beato Juan Pablo II comentó en alguna ocasión: “Tratan de entenderme desde fuera, pero sólo se me puede entender desde dentro”. Exactamente lo mismo es lo que puede decirse del espectáculo diario que se produce en la capilla de Las Esclavas: para comprenderlo hay que entrar, examinarlo desde dentro. Desde fuera se entienden pocas cosas. Desde fuera resulta imposible comprender que no hay red social más enriquecedora que la que configuran los amigos de Jesús de Nazaret.

[ 24-05-2011 ]

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