Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


CARTA PASTORAL CON MOTIVO DE LA APERTURA SOLEMNE DE LA CAPILLA DE SAN PASCUAL BAILÓN PARA LA ADORACIÓN PERPETUA DE LA EUCARISTÍA EN LA SEDE DE LA ARCHIDIÓCESIS METROPOLITANA

El Señor Arzobispo de Zaragoza, Don Manuel Ureña, se dirige a todos los sacerdotes, religiosos, laicos de la Iglesia particular de Cesaraugusta (Zaragoza) en una carta pastoral de doce páginas donde partiendo de la centralidad de la Eucaristía y la adoración como coincidente con la celebración llega a la exhortación a la práctica de la adoración y la introducción de la adoración perpetua en su Arquidiócesis

Hermanos e hijos muy amados de esta Iglesia particular de Cesaraugusta.

El Concilio Vaticano II puso especialmente de relieve la centralidad de la Pascua de Cristo en el Misterio cristiano y en la vida de los fieles. En efecto, en el Misterio Pascual de su muerte, resurrección y gloriosa ascensión al Cielo, el Señor Jesús actuó de una vez por todas la obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios (cf SC 5). Ello significa que el Misterio Pascual constituye la esencia misma del cristianismo.

I. La centralidad de la Eucaristía

Ahora bien, nuestra participación en el Misterio Pascual de Cristo no es inmediata ni mecánica. Se realiza a través de la fe y de la Liturgia, en concreto, a través de los sacramentos de la iniciación cristiana, sobre todo del sacramento eucarístico (cf SC 10). Pues Cristo, muerto y resucitado, se hace sacramentalmente presente en el santo sacrificio de la Misa, tanto en la persona del ministro como sobre todo bajo las especies eucarísticas (cf SC 7).

Por tanto, como dice el Concilio, “de la Liturgia, particularmente de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios a la cual tienden como a su fin las restantes obras de la Iglesia” (cf SC 10). Todo se orienta, pues, a la Liturgia y todo arranca de la Liturgia. No en vano el Concilio define ésta como “la cima a la que se dirige toda la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, como la fuente de donde mana toda su fuerza” (cf SC 10).

Teniendo, pues, en cuenta esta gran centralidad de la Eucaristía en la Iglesia y en la vida del cristiano, será muy oportuno señalar la perenne enseñanza de la Iglesia sobre los medios conducentes a una mayor y más perfecta participación en la Liturgia eucarística.

II. Relación intrínseca entre celebración y adoración de la Eucaristía. La importancia de la adoración eucarística

Ya en la misma comunidad cristiana primitiva la reserva del cuerpo de Cristo para la comunión de los enfermos engendró en los fieles la loable costumbre de recogerse en oración para adorar a Cristo, realmente presente en el Sacramento conservado en el sagrario. Recomendada por la Iglesia a pastores y fieles, la adoración al Santísimo expresa, en primer lugar, el vínculo existente entre la celebración del sacrificio del Señor y su presencia permanente en la Hostia consagrada .

La presencia de Jesús en el sagrario constituye siempre, por así decir, un polo de atracción para las almas enamoradas de Él. Estas son capaces de permanecer largo rato escuchando su voz y casi sintiendo los latidos de su corazón. Tales almas permanecen largo tiempo postradas ante Jesús presente en la Eucaristía y reparan con su fe y con su amor los abandonos, los olvidos y hasta los ultrajes que nuestro Salvador sufre incesantemente en tantos lugares del mundo .

Por su parte, el Papa Benedicto XVI nos muestra en la Exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum Caritatis (=SaCa) la relación intrínseca existente entre celebración y adoración de la Eucaristía. Esta relación no se ha percibido siempre de modo claro (cf SaCa 66). Se ha llegado a decir, por ejemplo, que el Pan eucarístico no se nos habría dado para ser contemplado, sino sólo para ser comido. Pero esta afirmación carece de todo fundamento, pues, como viene a decir San Agustín, nadie come de la carne de Cristo si antes no la adora. Más todavía: pecaríamos si la comiéramos sin adorarla. Realmente, el que viene a nosotros bajo las especies del pan y del vino consagrados es una persona. Y no una persona cualquiera, sino la persona del mismo Hijo de Dios, con su naturaleza divina y con su naturaleza humana, tan alto y tan poderoso como está en el Cielo. Pues bien, al ser una persona la que viene a nosotros en el sacramento eucarístico, ésta es recibida por nuestra mente y por nuestro corazón antes de ser recibida por nuestros labios. Y, al ser esta persona el Rey de reyes y el Señor de los señores, nuestra persona recibe a aquélla con la adoración. De ahí que la celebración eucarística sea ya en sí misma un acto de adoración. “Recibir la Eucaristía significa –dice el Papa– adorar al que recibimos” (cf SaCa 66). Con lo cual, la adoración fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo ya acontecido en la misma celebración litúrgica. La importancia de la adoración eucarística salta, pues, fácilmente a la vista. ¿Acaso sin la adoración podría madurar una acogida profunda y verdadera del Cristo celebrado en la Eucaristía y convertido en alimento para mí? Sin la adoración de la Eucaristía se desemboca irremisiblemente en el ‘cosismo’ sacramental, tan acertada y duramente fustigado por la teología pastoral de las últimas décadas, alguna de cuyas tendencias no ha reivindicado tal vez suficientemente la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia y, en concreto, la adoración eucarística.

III. Exhortación a la práctica de la adoración eucarística

Esto supuesto, el Santo Padre, a una con la Asamblea sinodal, recomienda ardientemente a los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de la oración de adoración eucarística, tanto personal como comunitaria (cf SaCa 67).

Y, para ello, nos dice será de gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con mayor fruto la celebración litúrgica de la Eucaristía (cf SaCa 67).

Será también muy bueno, sobre todo en los lugares más poblados, que los pastores indiquen las iglesias u oratorios que puedan dedicarse a la adoración perpetua (cf SaCa 67) .

Así mismo, el Papa recomienda que en la formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera Comunión, se inicie a los niños en el significado y en la belleza de estar junto a Jesús, fomentando así el asombro de su presencia en la Eucaristía (cf SaCa 67).

En cuarto lugar, el Santo Padre expresa su admiración y manifiesta su apoyo a los Institutos de vida consagrada cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la adoración eucarística. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan plasmar por la presencia real del Señor (cf SaCa 67).

Finalmente, el Papa anima a las Asociaciones de fieles, particularmente a las públicas, entre las que se encuentran las Cofradías especialmente vinculadas al compromiso de la adoración eucarística, a que, adorando al Señor hecho Eucaristía, sean como un fermento de contemplación para toda la Iglesia y como una llamada a la confesión de la centralidad de Cristo para la vida de los individuos y de las comunidades de fieles (cf SaCa 67).

En cuanto a las formas de devoción eucarística, el Papa pide a las parroquias y a los otros grupos eclesiales que, aun debiendo seguir practicando las formas de devoción eucarística ya existentes, pues conservan todo su valor, introduzcan en la pastoral ordinaria momentos de adoración comunitaria. Lo exige el hecho de que la relación que cada fiel establece con Jesús por medio de la adoración eucarística pone a éste en contacto con toda la comunión eclesial y hace que cada uno cobre conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo por su unión con la Cabeza (cf SaCa 68).

Por último, con la adoración del Santísimo Sacramento guarda una indudable relación el lugar del sagrario en la iglesia. Por eso hay que reflexionar sobre la adecuada colocación del sagrario en nuestros templos. El sagrario conserva la memoria real y viva del sacrificio de la cruz. El sagrario custodia día y noche el sacramento de la Pascua inmolada, de Cristo el Señor que resurge victorioso del abismo. El sagrario contiene la presencia real y sustancial de Cristo muerto y resucitado. Ello hace que el sagrario, habida cuenta de lo que contiene, se convierta en el elemento más importante de un templo, pues el Señor del templo vive en él y en él nos espera. Por tanto, el sagrario debe ser colocado en las iglesias de modo que pueda ser fácilmente encontrado e identificado en ellas. Lo cual significa que, puesto que los templos no son todos iguales, el lugar del sagrario en un templo concreto dependerá en buena medida de la estructura arquitectónica de éste. Pero, en cualquiera de los casos, ocupará siempre un lugar central.

IV. Indicaciones de la Congregación para el Clero a propósito de la práctica de la oración de adoración eucarística

El 8 de diciembre de 2007, la Congregación para el Clero, queriendo favorecer la llamada del Santo Padre a la práctica de la adoración eucarística y tan solícita siempre a satisfacer las necesidades de los presbiterios de las Iglesias particulares, enviaba a todos los obispos del mundo una Nota explicativa para incrementar en las diócesis (parroquias, rectorías, capillas, monasterios, conventos, seminarios) la práctica de la adoración eucarística continua (perpetua y no perpetua, y de otras modalidades de adoración de la Eucaristía) en favor de todos los sacerdotes y de las vocaciones sacerdotales.

Las propuestas de la Congregación para el Clero son las siguientes:

1. Que en cada Diócesis se encargue a un sacerdote que se dedique íntegramente -dentro de lo posible- al ministerio específico de promover la adoración eucarística y de coordinar este importante servicio en la Diócesis. Dedicándose generosamente a tal ministerio, él mismo tendrá la posibilidad de vivir esta particular dimensión de la vida litúrgica, teológica, espiritual y pastoral, a ser posible en un lugar oportunamente reservado para tal fin y señalado por el mismo obispo, en donde los fieles puedan beneficiarse de la adoración eucarística perpetua. Del mismo modo que existen santuarios marianos, con rectores asignados a un ministerio particular adaptado a las exigencias específicas, también podrán existir ‘santuarios eucarísticos’ con sacerdotes responsables, que irradien y promuevan el amor especial de la Iglesia a la Santísima Eucaristía, dignamente celebrada y continuamente adorada.

2. Que se indiquen lugares específicos que puedan ser reservados especialmente a la adoración eucarística continua. Que se anime a los sacerdotes, a los rectores y a los capellanes a introducir en sus comunidades la práctica de la adoración eucarística, tanto la personal como la comunitaria, según las posibilidades de cada uno y con un esfuerzo colectivo por incrementar la vida de oración. Que se llame a participar en esta práctica a todas las fuerzas vivas, comenzando por los niños que se preparan para la Primera Comunión.

3. Que las diócesis interesadas en este proyecto puedan buscar las ayudas apropiadas para organizar la adoración eucarística continua en el seminario, en las parroquias, en las rectorías, en los oratorios, en los santuarios, en los monasterios, en los conventos. La Divina Providencia también ayudará a encontrar bienhechores que contribuyan con obras adecuadas a poner en práctica este proyecto de renovación eucarística de las Iglesias particulares, como por ejemplo: construcciones o adaptaciones de un lugar de culto para la adoración en el interior de un gran edificio de culto; la adquisición de una buena custodia o de un paramento litúrgico noble; la subvención de material litúrgico, pastoral y espiritual para tal promoción.

4. Que las iniciativas que tienen como fin la búsqueda de la perfección del clero local, sobre todo las relativas a la formación permanente del mismo, estén siempre impregnadas por un clima eucarístico que será justamente favorecido por un tiempo conveniente dedicado a la adoración del Santísimo Sacramento, de tal modo que la adoración llegue a ser, junto con la Santa Misa, la fuerza propulsora de todo compromiso individual y comunitario.

5. Que las modalidades de la adoración eucarística en los templos puedan ser diferentes según las posibilidades concretas de cada sitio.

La Congregación distingue cinco modalidades:

A) Adoración eucarística continua y perpetua durante las 24 horas.

B) Adoración eucarística continua y no perpetua desde las primeras horas de la mañana hasta la noche.

C) Adoración eucarística desde una hora determinada del día hasta otra hora concreta del mismo día.

D) Adoración eucarística desde una hora determinada hasta otra hora determinada de un solo día o de más de un día de la semana.

E) Adoración eucarística en circunstancias particulares, como es el caso de las fiestas o de las solemnidades.

V. La oración de adoración continua de la Eucaristía y el ejercicio de la maternidad espiritual de la Virgen María y de toda mujer de fe, como medios originarios y especialísimos para trabajar por el bien de los sacerdotes (por su santificación y por la eficacia de su ministerio) y por el don de las vocaciones sacerdotales. Una Carta y un Opúsculo de la Congregación para el Clero a todos los Obispos de la Iglesia

La Carta que nos ocupa, firmada también el 8 de diciembre de 2007, nos apremia a trabajar hoy de modo especial por el bien de las vocaciones sacerdotales y por el bien de los sacerdotes, a saber, por su santificación y por los frutos de su ministerio pastoral.

Según el texto de la Carta, el trabajo por la promoción del bien de los sacerdotes y por la afluencia de vocaciones al ministerio ordenado habrá de estar presidido por dos principios.

1. El primer principio se formularía así: El misterio y la realidad de la Iglesia no se reducen a la estructura jerárquica, a la liturgia, a los sacramentos y a los ordenamientos jurídicos. Aunque estos elementos son medios necesarios para el desarrollo de la Iglesia y pertenecen a la estructura de ésta, la naturaleza íntima de la Communio y el origen primario de su eficacia santificadora hay que buscarlos en la unión mística con Cristo.

En efecto, ya desde el punto de vista de su esencia o naturaleza, la Iglesia dotada de órganos jerárquicos (reunión visible) y la Iglesia dotada de bienes celestiales (comunidad espiritual) no han de considerarse como dos cosas yuxtapuestas, pues forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino. La Iglesia “se asimila así –dice el Concilio- al misterio del Verbo encarnado. Pues, como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano de salvación a Él indisolublemente unido, no de modo desemejante la unión social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica para el incremento del cuerpo (cf Ef 4,16)” (LG 8).

Y, en lo que se refiere a la eficacia santificadora de la Iglesia, ésta reside originariamente en el mismo Cristo, siempre infalible e indefectiblemente presente en la Iglesia a pesar de la indignidad de quienes le representan sacramentalmente en ella y de la indignidad de todos los miembros de la Communio, por cuanto que todos somos en la Iglesia, ministros y fieles, justos y pecadores. Lo cual no significa que la eficacia del ministerio pastoral no dependa en gran medida de la santidad de los ministros.

Ciertamente, la gran tradición eclesial ha desvinculado con toda justicia la eficacia sacramental de la situación existencial (moral) concreta del sacerdote, con el fin de que queden a salvo, como es obvio, las legítimas expectativas de los fieles. En efecto, si la eficacia de los sacramentos dependiera necesariamente (ex iure) de la santidad del ministro, entonces se verían comprometidos el ‘ex opere operato’ de los sacramentos y la visibilidad objetiva de la ‘res et sacramentum’. Pero esta justa precisión doctrinal no quita nada a la necesaria y muy indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe habitar en todo corazón sacerdotal auténtico.

Así, pues, nosotros, los sacerdotes, cuanto más santos seamos, cuanto más triunfe el amor de Cristo en nosotros y cuanto más unidos estemos a Cristo, mayor será la eficacia de nuestra acción evangelizadora y más frutos producirá ésta.

La clave reside, pues, en la unión mística con Cristo. El principio de que el actuar sigue al ser permanece siempre en vigor. Por tanto, la acción pastoral debe ser como una exigencia de nuestra unión con Cristo; y la misma celebración de la Eucaristía debe mostrar no sólo nuestra configuración ontológico-objetiva con el sacerdocio ministerial de Cristo, sino también nuestra configuración interior con el corazón mismo del Redentor. Permitid traiga a la memoria, una vez más, las palabras que el obispo dirige al ya sacerdote en el segundo rito complementario de la ordenación sacerdotal: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

Todo lo aquí expuesto nos lleva a la conclusión de que hay que perseguir por todos los medios el logro de la santidad sacerdotal y del don de las vocaciones sacerdotales. Y lo dicho nos lleva también a concluir que la obtención de este doble objetivo no se podrá lograr sólo mediante la acción humana, sino que será un don de Dios que deberá ser pedido con humildad y con sacrificios en la oración y, particularmente, en la oración de adoración de la Eucaristía.

2. Y el segundo principio podría enunciarse así: La antedicha unión mística con Cristo no puede concebirse como separada de la unión mística con la Madre del Verbo encarnado, a la que Jesús quiso unir íntimamente a sí mismo para la salvación del género humano.

En efecto, como dice el Concilio, “concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras éste moría en la cruz, la Virgen cooperó de forma muy singular, por medio de la obediencia, de la fe, de la esperanza y de la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por esta razón María es nuestra madre en el orden de la gracia” (LG 61b).

Esto supuesto, el trabajo por la afluencia de vocaciones sacerdotales, por la santidad sacerdotal y por la eficacia del ejercicio del sacerdocio ministerial pasa también por el ejercicio de la maternidad espiritual de María respecto de todos los sacerdotes. Esta maternidad es una realidad clara y neta, un verdadero dato de fe, pues en el apóstol y evangelista Juan, proclamado por Cristo en la cruz hijo espiritual de María (cf Jn 19,25-27), estamos comprendidos, incluidos, los sacerdotes de todos los tiempos y geografías.

Con lo cual, el trabajo por el bien de los sacerdotes y de las vocaciones al sacerdocio pasa por la emergencia de un movimiento espiritual capaz de hacer nacer una cadena de adoración eucarística perpetua cuyos eslabones serán sobre todo las almas femeninas consagradas. Estas, sobre el patrón de la Santísima Virgen María, serán invitadas a adoptar espiritualmente a sacerdotes concretos para ayudarles a ser, con la ofrenda de sí mismas, con la oración y con la penitencia, santos pastores.

De este modo, a partir del lugar que ocupa la Santísima Virgen en la historia particular de la salvación y desde la función desempeñada por aquélla en ésta, se ha de luchar porque se suscite en la Iglesia un movimiento de oración que sitúa en el centro la adoración eucarística continua durante las 24 horas del día. Con lo cual, desde cada rincón de la tierra se elevará incesantemente a Dios una oración de adoración, de agradecimiento, de alabanza, de petición y de reparación, con el fin de que brote en la Iglesia un número suficiente de vocaciones santas al estado sacerdotal y se ayude con la maternidad espiritual de María y de tantas mujeres santas a quienes ya han sido llamados al sacerdocio ordenado y ya han sido ontológicamente conformados con el único Sumo y Eterno Sacerdote.

Por consiguiente, se nos ruega a todos los Ordinarios diocesanos, que advertimos de modo particular la especificidad y la insustituibilidad del ministerio ordenado en la vida de la Iglesia, que, además de asumir la urgencia de una acción común en favor del sacerdocio ministerial, seamos parte activa y promovamos, en los diferentes sectores del pueblo de Dios a nosotros confiados, un grupo cada vez más amplio de verdaderos cenáculos en los que clérigos, consagrados/as y laicos/as se dediquen a la oración bajo la forma de adoración eucarística continua, unidos entre sí y con espíritu de verdadera comunión, de genuina y real reparación y de sincera purificación.

¡Cuánto bien hace a los sacerdotes la maternidad de María, madre biológica y espiritual del Señor, y madre espiritual de todos los sacerdotes! ¡Cuántas gracias hay que dar también a Dios por el don del Cuerpo místico de Cristo y por el don de la comunión de los santos! Finalmente, mucho debemos agradecer a Dios el don de la maternidad otorgado por Él a esa forma cardinal de ser persona humana que es la mujer. Pues la maternidad, el poder ser madre, es un significante específico y genuino del modo femenino de ser persona humana, esto es, del ser mujer.

Gracias a ello, todas las mujeres pueden convertirse en madres espirituales de un sacerdote, no solamente las madres de familia. También resulta esto posible para una enferma, para una joven soltera o para una mujer viuda.

Aunque la vocación de ser madre espiritual para los sacerdotes es poco conocida y, por ende, poco vivida, esta vocación es fundamental, pues apunta a transmitir vida al sacerdote. Cada sacerdote está precedido por una madre, que en muchos casos es también una madre de vida espiritual para sus hijos.

La historia registra no pocos casos. De la mano de la Congregación para el Clero, citaré los siguientes. Todos ellos aparecen en el Opúsculo de la Congregación anteriormente referido.

A) Mónica y San Agustín.

Dios nuestro Señor tendió su mano a San Agustín y le sacó de las densas tinieblas en que vivía por medio de las lágrimas, de la oración y de los sacrificios de Mónica, la madre biológica y espiritual del santo Obispo de Hipona.

Después de la conversión, Agustín exclamaría con gratitud: “Mi santa madre, tu sierva, nunca me abandonó. Ella me dio a luz con la carne a esta vida temporal y, con el corazón, a la vida eterna. Lo que llegué a ser y el modo como llegué a serlo, todo se lo debo a mi madre”.

B) El Cardenal Nicolás de Cusa (1401–1464) y la religiosa anciana contemplada en el ‘Sueño’.

Obispo de Bressanone, Nicolás de Cusa no fue sólo un gran diplomático de la Iglesia. Tampoco fue solamente el gran legado papal ni el muy conocido reformador de la vida espiritual del clero y del pueblo en el siglo XV. Fue también un hombre de silencio y de contemplación. En un ‘Sueño’, que él relata con toda clase de pormenores y de finuras teológicas, le fue mostrada aquella realidad espiritual que siempre valdrá para todos los sacerdotes y para todos los hombres: el poder del abandono, de la oración y del sacrificio de las madres espirituales en el silencio de los monasterios y de los conventos. Él mismo tuvo como madre espiritual a una religiosa anciana.

C) Eliza Vaughan, madre biológica y espiritual.

Es una verdad evangélica que las vocaciones sacerdotales tienen que ser pedidas con la oración (cf Mt 9, 37-38). Un ejemplo particularmente significativo nos ofrece al respecto la inglesa Eliza Vaughan, madre de familia y mujer dotada de gran espíritu sacerdotal.

Convencida del inmenso poder de la oración silenciosa y fiel, Eliza Vaughan dedicaba cada día una hora a la oración en la capilla de su residencia de Courtfield, pidiéndole a Dios una familia numerosa y muchas vocaciones religiosas entre sus hijos. Su oración fue escuchada con creces. Transformada por Cristo hasta en lo más profundo del corazón y llena de celo apostólico, Eliza propuso a su marido dar sus hijos a Dios. Tuvo 14, de los que vivieron 13. De los 13 (8 varones y 5 mujeres), 6 de los hijos varones se ordenaron sacerdotes. Herbert llegó a ser Cardenal Arzobispo de Westminster; Roger fue, primero, prior de los benedictinos y, después, Arzobispo de Sydney; Kenelm fue, primero, cisterciense y, más tarde, sacerdote diocesano; Giuseppe fue benedictino como su hermano Roger y fundador de una nueva abadía; Bernardo, el más vivaz de todos, se hizo jesuita; y John, el más joven, fue ordenado sacerdote por su hermano Herbert y, más tarde, fue nombrado obispo de Salford en Inglaterra. De las 5 hijas de la familia, 4 se consagraron religiosas: Gladis, Teresa, Claire y Mary.

Eliza Murió en 1853, siendo enterrada en Courfield, la residencia de la familia.

Hoy Courfield es un centro para ejercicios espirituales de la diócesis inglesa de Cardiff. En 1954, la capilla doméstica fue consagrada por el Obispo del Lugar como ‘Santuario de Nuestra Señora de las vocaciones’, título que fue confirmado en el año 2000.

D) Beata María Deluil Martiny (1841-1884).

Fue una de las precursoras de la así llamada ‘Obra para los sacerdotes’: Sus palabras hablan por sí mismas y no precisan de comentario alguno: “¡Ofrecerse en favor de las almas es bello y grande! ¡Pero ofrecerse en bien de las almas de los sacerdotes es tan bello y grande, que habría que tener mil vidas y mil corazones! ¡Yo daría con gusto mi vida sólo para que Cristo pudiera encontrar en los sacerdotes lo que se espera de ellos!. ¡Y también la daría con gusto con tal de que uno solo de los sacerdotes pudiera realizar perfectamente el plan divino que Dios tiene sobre él!”.

E) Venerable Louise Marguerite Claret de la Touche (1868-1915)

Esta religiosa es clave en el apostolado para la renovación del sacerdocio.

“Te daré almas de hombres, almas de hombres sacerdotes”, le dijo el Señor durante un acto de adoración eucarística el día 5 de junio de 1902.

En aquella visión, Louise comprendió que, en vez de ofrecerse con la oración y con la penitencia por las novicias de su orden, lo que Dios le pedía era la oblación de su vida por la santificación de los sacerdotes. Estas son exactamente las palabras de Cristo que ella escuchó: “Como hace 1900 años pude renovar el mundo con 12 hombres -los doce eran sacerdotes-, así también hoy podría renovar el mundo con doce sacerdotes, pero habrán de ser sacerdotes santos”.

Tales palabras produjeron en la mente de Louise la siguiente reflexión: “Si el sacerdote quiere realizar su misión y proclamar la misericordia de Dios, debería en primer lugar él mismo estar invadido por el corazón de Jesús y debería ser iluminado por el amor de su Espíritu. Los sacerdotes habrían de cultivar la unión entre ellos, ser un solo corazón y una sola alma y no ponerse obstáculos, trabas ni zancadillas unos a otros”.

F) Las madres biológicas y espirituales de Lu Monferrato.

Lu Monferrato es una localidad que cuenta con unos pocos miles de habitantes y que se encuentra en una región rural del norte de Italia, a 90 km. al este de Turín.

Pues bien, en 1881 no pocas madres cristianas de este pueblo tenían en el corazón el deseo de ver a uno de sus hijos ordenarse sacerdote o a una de sus hijas, comprometerse totalmente al servicio del Señor. Comenzaron, pues, a reunirse todos los martes para la adoración del Santísimo Sacramento, bajo la guía de su párroco, Mons. Alessandro Canora, y a rezar por las vocaciones. Todos los primeros domingos de mes recibían la comunión con esta intención. Después de la Misa, todas las madres rezaban juntas para pedir vocaciones sacerdotales.

Nadie hubiera pensado que el Señor fuera a atender tan abundantemente la oración de estas madres.

De esta pequeña población surgieron 323 vocaciones, entre sacerdotales y de especial consagración: 152 sacerdotes (entre seculares y religiosos) y 171 religiosas miembros de 41 congregaciones. En algunas familias hubo hasta 3 ó 4 vocaciones. El ejemplo más conocido fue el de la familia Rinaldi. El Señor llamó a 7 hijos de esta familia.

La oración que las madres de familia recitaban en Lu Monferrato era breve, sencilla y profunda. Hela aquí: “¡Señor, haz que uno de mis hijos llegue a ser sacerdote! ¡Yo mismo quiero vivir como buena cristiana y quiero conducir a mis hijos hacia el bien para obtener la gracia de poder ofrecerte, Señor, un sacerdote santo. Amén!”.

G) Beata Alessandrina da Costa (1904-1955).

El caso de Alessandrina da Costa, beatificada el 25 de abril de 2004, muestra de modo impresionante la fuerza transformadora y los efectos visibles del sacrificio de una joven enferma y abandonada.

En 1941 Alessandrina comunicó a su padre espiritual, P. Mariano Pinho, haber recibido de Jesús esta súplica: “Hija mía, en Lisboa vive un sacerdote que corre el riesgo de condenarse por toda la eternidad. Él me ofende de forma grave. Llama a tu padre espiritual y pídele el permiso de que yo te haga sufrir duramente la pasión, sobre todo por el bien espiritual de aquella alma”.

Obtenido el permiso, Alessandrina sufrió muchísimo. El Señor le hizo sentir el peso de los pecados de aquel sacerdote que no quería saber ya nada de Dios. La pobre Alessandrina vivía en su cuerpo el estado infernal en que se encontraba el sacerdote y suplicaba “¡Al infierno no, no al infierno! ¡Me ofrezco en holocausto por él hasta cuando Tú quieras!”. Ella escuchó hasta el nombre y el apellido del sacerdote.

Hechas investigaciones secretas acerca de la posible existencia en Lisboa de un sacerdote de conducta preocupante, se descubrió que sí había uno. Y, curiosamente, éste tal tenía por nombre el mismo que Jesús había revelado a Alessandrina.

Meses después, el P. Pinho llegó a saber que, en una tanda de ejercicios espirituales celebrada en Fátima y predicada por el P. Davide Novais, había participado un señor reservado y muy notado por todos por su comportamiento ejemplar. Aquel hombre, la última tarde de los ejercicios sufrió un ataque al corazón. Llamado enseguida un sacerdote, pudo confesarse y recibir la sagrada Comunión. Momentos después, murió, reconciliado con Dios. Aquel señor, vestido de seglar, era sacerdote, y era la persona por la que Alessandrina tanto había sufrido.

H) La Sierva de Dios Consolata Betrone (1903-1946).

Los sacrificios y las oraciones de una madre espiritual de sacerdotes favorecen particularmente a los consagrados que se han perdido o que han abandonado su vocación.

Jesús llama a este sacrificio a innumerables mujeres orantes. No otro es el caso de sor Consolata Betrone, clarisa capuchina de Turín.

Jesús se apareció a ella y le dijo: “Tu tarea en la vida es dedicarte a tus hermanos. Consolata, también tú serás un buen pastor y tienes que ir a buscar a los hermanos extraviados para que vuelvan a mí”. Consolata obedeció escrupulosamente el mandato del Señor, haciendo que cada mínimo servicio y cada obligación ordinaria se tornaran sacrificio. Jesús le dijo: “Las acciones que realizas pueden ser insignificantes en sí mismas, pero, como tú me las ofreces con tanto amor, yo les voy a conceder un valor sin medida y las voy a transformar en gracias de conversión que descenderán sobre los pobres hermanos pecadores”.

VI. Introducción de la Adoración continua y perpetua de la Eucaristía en la Ciudad de Zaragoza.

Habida cuenta de la gran importancia de la Adoración de la Eucaristía y, en concreto, de la Adoración Eucarística perpetua, para la vida cristiana, a partir de 2008, impulsada mi alma por las orientaciones de las Congregaciones para el Clero y para el Culto Divino y para la Disciplina de los Sacramentos, comencé a trabajar para hacer posible la creación en Zaragoza de una Capilla exenta para la Adoración Perpetua de la Eucaristía.

No niego que las dificultades han sido arduas, pues no es fácil -por fuerza hay que reconocerlo- encontrar de pronto una capilla, en una ciudad como Zaragoza, que reúna todas las condiciones exigidas para ser capilla a este efecto y que, además, pueda ser liberada de su uso anterior y puesta en manos del Obispo para otros fines. Las parroquias y comunidades cristianas no parroquiales necesitan sus templos y sus capillas para la celebración de la liturgia, para la acción pastoral y para la oración ordinaria.

Por eso, a lo largo de 2010 y como alcanzado por una luz divina, me vino a la mente la idea de crear “ex novo” una capilla para la Adoración Perpetua de la Eucaristía. Pero ¿cuál habría de ser su ubicación? Y me dije a mí mismo: ¿por qué no la Casa de la Iglesia, situada en la céntrica Plaza de la Seo, al lado mismo del Palacio Arzobispal? ¿Es que cabría encontrar un sitio mejor? Imposible. Nada hay en Zaragoza comparable con las Plazas de Nuestra Señora del Pilar y de la Seo.

Por otra parte, si realmente hay que potenciar la Adoración Perpetua de la Eucaristía y si ésta consiste en la oración llena de amor ante el mismo Cristo, ¿no habrá que proceder en esta cuestión como hizo un día María Magdalena, cuando, inflamada de amor, compró un frasco carísimo de alabastro con perfume de nardo y lo derramó sobre la cabeza del Señor mientras Éste se encontraba a la mesa? (cf Mt 26, 6 ss).

Alentado por la verdad de estos pensamientos, en enero de este año de gracia de 2011, pasado el tiempo litúrgico de la Navidad y de la Epifanía, tomé la decisión de ubicar la Capilla para la Adoración perpetua del Santísimo en una de los espacios de la planta baja de la Casa de la Iglesia.

El resultado va a ser francamente maravilloso.

Toda la parte norte de la Casa de la Iglesia, en sus cuatro plantas, está dedicada al trabajo y a la atención a los pobres que lleva a cabo Cáritas Diocesana. Pues bien, la planta baja de la parte sur de la Casa de la Iglesia, que da justo a la Plaza de la Seo, será dedicada, al menos en parte, a la adoración del Señor. Reproducimos así, hasta arquitectónicamente, las dos dimensiones de la Eucaristía: la vertical (contemplación amorosa de Cristo) y la horizontal (amor a los hombres, particularmente a los más pobres y necesitados). No otra es la estructura de todas las casas de las Religiosas Misioneras de la Caridad de la Madre Beata Teresa de Calcuta.

En medio año ha nacido, pues, en Zaragoza la Capilla de San Pascual Bailón para la Adoración Perpetua de la Eucaristía. Sí, Capilla de San Pascual Bailón, el conocido gran adorador aragonés de la Eucaristía, el santo fraile lego nacido en la localidad zaragozana de Torrehermosa.

Doy gracias todos cuantos han aportado su grano de arena para que la Capilla de Adoración ininterrumpida del Santísimo sea por fin una realidad entre nosotros.

Agradezco el sí incondicional encontrado en el Consejo Episcopal y en el Colegio de Consultores, así como también en las personas que conforman mi gabinete de trabajo. Doy gracias a los Adoradores, que ya son más de 1000 y que se encontraban como en estado latente, como en espera de que el Señor, por la voz de la Iglesia, les dijera: “¡Venid y veréis; venid y descansad; venid y acompañadme en mi oración al Padre!”.

Mención muy especial merece el Padre Justo-Antonio Lofeudo, de la Sociedad Misionera de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, fundada por el P. Martín Lucía, cuyo fin es precisamente abrir por el mundo entero el mayor número de Capillas para la Adoración Eucarística Perpetua. Sus predicaciones durante cinco semanas en no pocas grandes iglesias de la Ciudad de Zaragoza sobre la Adoración Perpetua de la Eucaristía han dado grandes frutos.

Gracias también a los mecenas de la Capilla, a todas aquellas personas que, por amor a la Eucaristía e imitando a Santa María Magdalena, han querido adquirir lo mejor para disponer aquélla y prepararla con altísima dignidad para la Adoración del Señor.

Y gracias, finalmente, al Eminentísimo Sr. Cardenal Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y para la Disciplina de los Sacramentos, D. Antonio Cañizares Llovera, quien, haciendo un esfuerzo realmente ímprobo, presidirá la apertura solemne de la Capilla, la tarde del día 30 de junio, Víspera de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

En Zaragoza, a 26 de junio de 2011, Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

† Manuel Ureña, Arzobispo de Zaragoza

[ 29-06-2011 ]

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