Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


ILUMINANTE HOMILÍA DEL CARDENAL MAURO PIACENZA EN EL CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA, ADORATIO 2011.

Homilía del Eminentísimo Cardenal Mauro Piacenza

Prefecto de la Congregación para el Clero

Martes 21 de junio 2011

en el Congreso Internacional “Adoratio 2011” tenido a Roma

[1Jn 5,1-5; Mt 22,34-40]

Alabado sea Jesucristo!

Queridos hermanos y amigos,

estoy muy contento de presidir esta Celebración Eucarística en la memoria litúrgica de San Luis Gonzaga, en vuestro importante Congreso: “De la Adoración a la Evangelización”. El Señor bendiga vuestros trabajos y los vuelva fecundos y portadores de copiosos frutos.

Juan, el Evangelista, en su primera Carta nos pone de frente a una pregunta crucial, que bien se inscribe en la dinámica teológica y misionera de estos días de reflexión. Él afirma: “¿Y quién es que venee al mundo sino quien cree que Jesús es el Hijo de Dios?” En este contexto, la “victoria sobre el mundo” debe ciertamente interpretarse en el conocido sentido joánico de la victoria sobre el mal, sobre el límite y sobre el pecado; el mundo es todo aquello que se opone a Cristo, a la dilatación del Reino de Dios, sea entorno a nosotros, sea, sobre todo, dentro de nosotros.

El Evangelista bien sabe que uno solo ha vencido al mundo: Jesucristo, muerto y Resucitado! Su Victoria es única, definitiva, universal. Él ha vencido al mundo, entrando en el mundo y asumiendo sobre Sí todo el pecado del mundo! Por esto, el Bautista podrá decir. “He aquí el Cordero de Dios” (Jn 1,36). Y la Liturgia agrega: “que quita los pecados del mundo”

El gran paso adelante, que la perícopa joánica nos impulsa a hacer, está en el reconocimiento que tal Victoria de Cristo sobre el mundo es participada a todos los que creen que Jesús es el Hijo de Dios. “¿Quién es que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”

Un anuncio tal es admirable y es extraorndianrio que nosotros, pobres hombres mortales, por la fuerza de la fe en Jesucristo, por la fuerza de nuestro creer que Jesús es el Hijo de Dios, seamos hechos partícipes de su Victoria sobre el mundo.

Como la Victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte está constituida por su Resurrección, así, en el tiempo y en el hoy de la historia, la Victoria sobre el mundo está representada, es testimoniada y vuelve a acontecer en todos los que creen que Jesús es el Hijo de Dios.

La centralidad de la Fe en la vida de los hombres, de la Iglesia y de la sociedad, con el primado absoluto de Dios que se deriva, es la condición misma para que el mundo reconozca aquellos que creen que Jesús es el Hijo de Dios.

Bajo esta óptica, como fue destacado desde el comienzo del Año Sacerdotal, la Adoración Eucarística representa un imprescindible horizonte de referencia en el cual es posible fundar la auténtica y perenne Reforma de la Iglesia y, en ella, la auspiciada reforma del Clero.

En efecto, la dinámica “de la Adoración a la Evangelización” representa la única vía real posible para un auténtico testimonio que sepa “vencer al mundo”.

Una Evangelización que no nazca de la relación auténtica, prolongada, fiel e íntima con Dios, difícilmente portará fruto y aún más difícilmente podrá fascinar a los hombres de nuestro tiempo.

En los decenios pasado, se ha confundido a menudo la justa cercanía a las circunstancias de los hombres, que brota de la auténtica caridad pastoral, con un vacuo agitarse, totalmente antropocéntrico y filantrópico, olvidado de la imprescindible verdad, según la cual la raíz y el origen de toda caridad está sólo en la Caridad Eterna.

No sólo la fuerza o el valor sino también la justa creatividad en la Evangelización derivan de la Adoración Eucarística; del descubrimiento que cada tiempo transcurrido con el Señor es, en realidad, donado a los hermanos y es al mismot tiempo ¡Evangelización!

Opino que, en la justa dinámica, entre amor por Dios y amor por el prójimo, que nos ha recordado también el Evangelio: «Maestro, ¿cuál es el más grande mandamiento de la Ley? […] Amarás al Señor tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. […] Y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,37a-39b), sea no solamente necesario recuperar el primado absoluto del amor por Dios, de la oración y de la Adoración, sino que se pueda y se deba dar un paso ulterior. La Evangelización no es algo para “hacer” después de haber adorador; no es algo para hacer después de la adoración. La Evangelización acontece ya en la Adoración: adorar es ya evangelizar! Ello no es sólo en aquella dimensión de testimonio visible que siempre comporta la Adoración, sino también, más bien sobre todo, en aquella oculta cooperación a la Obra de Dios, a la que, siempre, quien se pone en adoración es llamado a participar.

Superando el “antes” de la Evangelización y el “después” de la Adoración, somos llamados a redescubrir la unidad profunda de las dos dimensiones, por la que se evangeliza adorando y se debe continuar a adorar evangelizando. No existe un “antes” de la Evangelización, que es representado por la Adoración, ni un “después” de la Adoración que es representado por la Evangelización. Existe únicamente el primado absoluto de Dios: «Amarás al Señor tu Dios […]. Este es el más grande y el primer de los mandamientos» (Mt 22,37b-38).

Parafraseando a lo que escribe el Apóstol Juan, podremos decir que la Adoración vence al mundo! El primado absoluto de Dios, reconocido, adorado y testimoniado, vence al mundo.

Aquellos que creen que Jesús es el Hijo de Dios ¿Cómo son hoy llamados a vencer al mundo? ¿Con cuáles medios? ¿Viviendo cuál “metodología de Evangelización”? Mirando también al cándido y manso ejemplo del determinado San Luis Gonzaga, de quien hoy hacemos memoria, debemos reconocer que hay un único cautivar al mundo!

El método usado por Dios en la historia y vivido en los siglos por la Iglesia, en su expresión más acabada, ha sido siempre este: vencer al mundo cautivando al mundo. En este contexto, cautivar no quiere decir obviamente adularlo ni mucho menos condescender a las condiciones del mundo. Más bien “cautivar al mundo”significa mostrar, con alegre certeza, toda la belleza, la novedad, la vida renovada y la racionalidad del Cristianismo, del nuestro ser aquellos que creen “que Jesús es el Hijo de Dios”.

Por otra parte, el Padre cautivó la dureza de los hombres amándolos, enviando a su Único Hijo, quien dio la Vida por nosotros, mientras aún éramos pecadores (cfr. Rm 5,6). Sólo el amor es verdaderamente creíble, sólo el amor cautiva al hombre y, así, vence al mundo en él y en torno a él.

Como el Santo Padre Benedicto XVI lo ha recordado muchas veces, sea en la Encíclica Deus caritas est, sea en la Caritas in veritate, el testimonio de la caridad ha sido siempre vivido, desde los orígenes cristianos, como coexistencial a la Evangelización; la Iglesia cumple su único gesto: amando a Dios ama a Sus hijos; amando a Sus hijos ama a Dios y amando evangeliza.

En este contexto de claridad sobre el primado absoluto de Dios, sea desde el punto de vista teológico, sea del metodológico, es que puede derivar toda indicación oportuna para la auténtica y siempre necesaria reforma de la Iglesia y de sus Ministros.

«De esto conocemos amar a los hijos de Dios: si amamos a Dios y observamos los Mandamientos» (1Jn 5,2).

¡La Reforma de la Iglesia comienza por el altar! De la Eucaristía celebrada, como la Iglesia dispone que sea celebrada y adorada cual Presencia verdadera, real y substancial del Resucitado en el mundo! ¡La Reforma de la Iglesia se inicia desde el altar y de los Ministros del altar! ¡Cuántas experiencias en las que se busca amar a los hijos de Dios olvidando amar a Dios y sobre todo de observar sus Mandamientos!

Los santos sacerdotes de la historia constantemente nos recuerdan cómo la auténtica caridad pastoral, esa que no conoce horarios ni reservas, brota únicamente de una relación con Dios extraordinariamente profunda. “De la Adoración a la Evangelización”, entonces, es también el horizonte de aquella que llamamos “Nueva Evangelización”. Para que ella no quede como un slogan demagógicamente repetido, es necesario y urgente partir del altar, para dilatar el propio corazón a todo el mundo y, con el corazón cambiado por la gracia, conducir a los hermanos al altar, donde acontece la auténtica expansión del Reino de Dios.

¡El altar vence al mundo! ¡La Eucaristía vence al mundo! ¡Un sacerdote santo vence al mundo! Lo vence en una victoria que no es el resultado de una batalla, la que sin embargo es siempre en acto, sino que ocurre a través del cautivante testimonio que lleva a la rendición.

Debemos volver a mostrar toda la belleza de Dios, de su Hijo Unigénito muerto y Resucitado, de la Eucaristía y del Sacro Misterio, creyendo firmemente que tal belleza cautiva al mundo y, por ello, por fin lo vence. Lo vence y lo salva.

Aquella que es Toda Bella – Tota pulchra es Maria! –, Aquella en quien la Victoria de Cristo, aparece in todo su fulgor, Aquella que por primera vez adoró la Divina Presencia en su seno, primer Sagrario y primera Custodia de la historia, la Beata Virgen María, primera evangelizada y primera evangelizadora, nos obtenga aquella perenne Reforma, que tanto necesitamos; nos obtenga aquella santidad que, contemplándola a Ella, tanto nos cautiva!

[ 25-10-2011 ]

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