Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


SOR JOSEPH MC NOS HABLA DE LA ESTRECHA UNIÓN ENTRE LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA Y EL SERVICIO A LOS MÁS POBRES DE LOS POBRES.

Fue en Adoratio 2011, el primer Congreso Internacional sobre la Adoración Eucarística organizado por los Misioneros de la Santísima Eucaristía en la ciudad de Roma.

La religiosa ilustró su conmovedora intervención con testimonios recogidos en su comunidad y con enseñanzas de la fundadora, la Beata Madre Teresa de Calcuta.

DESDE LA ADORACIÓN DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA A SERVIRLO EN SUS POBRES

Sor Joseph, MC

Introducción

Mi deseo es el de expresaros cómo nuestra Adoración Eucarística nos impulsa en un modo casi tangible y poderoso, dando el poder del mismo Cristo a nuestras vidas y obras como Misioneras de la Caridad.

La Adoración de Jesús en la Eucaristía, antes que nada, urge a una pureza de intención en nuestras palabras y actos. Apenas uno comienza a encontrarse con Él en el altar y enseguida se presentan los pecados y las faltas con las que tenemos que vernos en nuestras relaciones fraternales. Por eso, no es de admirarse que los sacerdotes que tienen Adoración Perpetua en sus parroquias dicen que aumenta el número de confesiones.

Cuando estamos en adoración nos volvemos una ventana abierta en la que Dios penetra nuestro mundo y lo inunda con su Vida, Luz y Amor. Cuando, luego, salimos, Él viene con nosotros y hace que sucedan cosas buenas!

La siguiente oración, “Irradiando a Cristo”, fue centro en la vida de la Madre Teresa y lo es también para todas las Misioneras de la Caridad.

Querido Jesús, ayúdame a esparcir tu perfume por todas partes donde vaya.

Inunda mi alma con tu espíritu y vida.

Penetra y posee mi entero ser, tan profundamente

que mi vida sea sólo una irradiación de la tuya.

Brilla a través de mí y sé en mí,

que cada alma con la que me encuentre sienta tu presencia en mi alma.

Que ellas no busquen y no me vean a mí sino ¡sólo a ti, Jesús!

Quédate conmigo, y entonces empezaré a brillar como tú brillas;

brillar para ser luz para los otros;

la luz, oh Jesús, vendrá toda de ti, nada de ella será mía;

Serás tú, brillando en los otros a través de mí.

Déjame así alabarte como a ti más te gusta: brillando en aquellos que me rodean.

Déjame que predique de ti sin predicar,

no con palabras sino con mi ejemplo, por la fuerza contagiosa,

la imitativa influencia de lo que hago,

la evidente plenitud del amor que mi corazón tiene por ti.

Amén.

Un día, cuando mi comunidad salía de la Iglesia, una hermana simplemente saludó a un hombre que pasaba. Más tarde supimos quién era ese hombre y qué había significado el saludo para él. Ese hombre estaba luchando con la droga, tratando de mantenerse en su programa de recuperación. Un día, ya casi en la desesperación, mientras caminaba por la calle, suspiró y gritó desde lo profundo de su ser: “¡Dios mío, ayúdame!” En ese momento vio unas letras en nuestra puerta que decían “Misioneras de la Caridad. Contemplativas”, entró y se sentó en la capilla. El Santísimo Sacramento estaba expuesto e inmediatamente se vio envuelto con la paz. Ese incidente bien ilustra la conexión que hay entre la Eucaristía, el pobre y las Misioneras de la Caridad.

La importancia de la Eucaristía en la Vida de las Misioneras de la Caridad

Nuestra congregación fue fundada para saciar la sed infinita de Jesús en la cruz, por el amor y por las almas. Nuestro Señor verdaderamente le suplicó a nuestra Madre, la Beata Teresa de Calcuta, que le trajese a los pobres y que lo llevase a él a los pobres, al gigantesco vacío del pobre, para hacer que los pobres lo conozcan. Le dijo: “No me conocen, por eso no me quieren”.

Mientras el Señor le hacía ese pedido a la Madre, ella le decía: “Soy demasiado débil, demasiado pecadora” y otras cosas por el estilo. Jesús le dijo: “Sí, lo sé y es por eso que te elijo” ,“Yo estaré contigo”, y así fue.

La Madre sabía de su impotencia y confiaba totalmente en el poder de la Eucaristía. Repetía a menudo: “No podría vivir ni un día sin la Eucaristía”. Así, comenzamos cada día con la Santa Misa y la muy participada Santa Comunión, que es el momento de mayor intimidad con nuestro Esposo. Ese tiempo que pasamos con Él es el de nuestra preparación y poder para el afrontar la obra nuestra entre los pobres.

En nuestra congregación ha crecido la importancia de la Adoración Eucarística. Nuestra Sociedad fue fundada en 1950 y pronto la carga de trabajo fue abrumadora. A pesar de ello, en 1973 las hermanas sintieron la necesidad de una hora diaria de adoración. La Madre oró y accedió. Nunca, ni por un instante, se lamentó de eso, y a menudo resaltaba que “no sólo el trabajo no sufrió sino que a través de ello aumentó, fue hecho más eficientemente y con mayor amor.”

Hace algunos años, luego de un gran terremoto en la India, vinieron equipos de socorro de todo el mundo. Pidieron que algunas de nuestras Hermanas estuvieran en los campos de socorro para organizar el trabajo. Para sorpresa de esos equipos las Hermanas insistieron comenzar cada día con oración y la Santa Misa y que hubiera tiempos para retirarse para las comidas y oraciones. Algunos no estuvieron de acuerdo, pero los que quedaron vieron la sabiduría que había en aquello. Porque hubo confianza en Dios, los equipos pudieron continuar. Otra prueba que nuestra fuerza viene de Él, que, claramente, dijo: “Sin mí nada podréis”.

Hablo en nombre de nuestras Hermanas, de cualquier lugar y desde mi propia experiencia personal: sin la fuerza que da la Eucaristía no sería posible vivir nuestra vocación.

Ante cualquier situación de extremo peligro, el reflejo de las Hermanas es exponer el Santísimo Sacramento y orar con los personas. Una vez en Ruanda, en medio de la guerra, los rebeldes, con las armas listas para disparar, irrumpieron en la capilla donde las Hermanas estaban adorando. Viendo a Jesús expuesto en el altar súbitamente se detuvieron y marchando hacia atrás abandonaron la capilla. Años atrás, un huracán dio una vuelta eludiendo Haití en respuesta a la Adoración. Y todas nosotras experimentamos ese milagro.

En sus últimos años, cuando nuestra Madre estaba muy enferma, teníamos adoración las 24 horas, haciendo turnos, en todas partes. Al comienzo yo pensé: “Es imposible, ¿cómo podemos hacer nuestro trabajo y tener cada pocas horas otra hora de adoración?” Pero, de hecho, fuimos fortalecidas y experimentamos y fuimos portadoras de una alegría indescriptible.

El desarrollo de este necesidad de oración resultó en la fundación de nuestra rama contemplativa, donde nuestro cuarto voto de total entrega y libre servicio a los más pobres de los pobres, está dirigido hacia los más pobres de los pobres en sentido espiritual. Lo vivimos a través de la adoración y saliendo, dos horas por día, a buscar almas. Nuestra Madre quiso que la rama contemplativa fuera la sangre vital de la congregación. Nuestra vida debe ser vivida de tal modo que nos involucremos más profunda y significativamente en el sufrimiento del mundo.

Es así que ambas ramas, activa y contemplativa, vamos a la búsqueda de almas; aquellas que no van físicamente lo hacen en espíritu ante el Santísimo Sacramento. Cuando adoramos no vamos solas, sino que estamos allí “en el nombre de todos los que no oran, que no saben cómo orar, que no quieren orar, que no se atreven a orar”. Cuando las horas de oración parecen largas y difíciles, me ayuda recordar que todos ellos están conmigo, en mi corazón a los pies del Señor. No importa cómo me sienta, yo permanezco ahí. Es Dios quien está a la obra.

A las personas que sufren y que visitamos, es un gran consuelo decirles que los llevamos en nuestros corazones ante Jesús en el Santísimo Sacramento. Y es así que llevamos a Jesús con nosotros al pobre, que encontramos a Jesús en el pobre, y que volvemos a llevar al pobre a Jesús en nuestra Adoración.

La Eucaristía y los pobres

Nos podemos preguntar: ¿Es fácil ver a Jesús en la Eucaristía y en el pobre? Jesús puede no dejarse ver. Necesitamos un corazón puro para ver a Dios. Un corazón puro es un corazón pobre y humilde. Y un corazón puro puede ver a Dios.

A menudo vemos que Jesús se revela a sí mismo directamente al pobre. Nosotros en Calcuta tenemos Adoración todo el día, en una iglesia cerca de la mayor estación de tren y del más grande mercado de la ciudad. Gente de todo tipo y de todas las religiones entra en la iglesia y se sienta delante del Santísimo Sacramento. Preguntados porqué, casi todos dicen: “obtengo paz!” Y no pocos reciben también sanación y otras gracias.

Una mujer que era mentalmente disturbada se sentaba en la primera fila con un gran atado con todas sus pertenencias. Era una hindú. Cuando necesitábamos el lugar para que las Hermanas recitasen el Oficio Divino ella no se movía. “Déjenme, estoy hablando a aquel doctor grande” Nunca nadie le había enseñado nada acerca del Santísimo Sacramento.

En Washington DC, donde estamos, la mayoría de los chicos no son católicos, pero las Hermanas los invitan a que hagan un alto, vengan y hablen con Jesús. Un día un chiquito entró y corrió a ponerse justo delante de Jesús, que estaba expuesto sobre el altar, y dijo con voz fuerte: ·”Jesús haz que mi mamá pare de ir al baño a drogarse.” Y ella ¡dejó de hacerlo!

A veces, nosotras, que tenemos el privilegio de tener a Jesús Eucarístico bajo el mismo techo, corremos el riesgo de acostumbrarnos y verdaderamente nos despabilamos cuando vemos la reacción de otros.

Una mujer llamó por teléfono a nuestro convento en Vancouver y dijo: “Soy una testigo de Jehová y últimamente estoy teniendo un fuerte mensaje interior de entrar en una iglesia católica. ¿Puede venir a veros?” Vino. Mientras entraba yo en la iglesia delante de ella, andando hacia el sagrario, pensando cómo explicarle lo de la luz roja, etc. de pronto gritó y salió corriendo de la iglesia. También yo corrí para ver qué había pasado y ella exclamó a alta voz: “¡Dios está ahí adentro! ¡Dios está ahí adentro!”

En nuestro trabajo con pacientes de SIDA, cuando los recibimos en la casa siempre nos detenemos en la capilla antes de ir a sus alojamientos. Recuerdo a Kenneth, un tipo guapo y alto que, tan pronto como puso su cabeza en la puerta de la capilla, exclamó: “Uy! La primera cosa que quiero hacer en esta casa es volverme católico!” Nosotras nunca les predicamos a estos hombre; ellos se predican unos a otros. Kenneth era un hombre de pocas palabras pero muy convincente y a los otros les dio un poderoso testimonio.

Cuando estos hombres vienen a nuestro hogar, preparados para morir, es cuando realmente comienzan una vida completamente nueva. No recuerdo que estuvieran miedosos de morir.

También hemos observado que los jóvenes que han experimentado poderosamente el amor misericordioso de Dios parecen urgidos desde dentro de ellos mismos para pasar tiempo en adoración. Un joven que se recuperaba de la adicción lo expresó así: “Sabe, a veces siento que hay algo dentro de mí que me empuja”.

Por qué, es de preguntarse, Jesús en la Eucaristía se conecta con el pobre como una explosión de Luz. Quizás porque Jesús es el más pobre de todos en la Eucaristía y aquellos que nada tienen para perder se sienten a gusto con Él. Jesús se identifica a sí mismo con ellos por su elección deliberada de estar allí, sin forzar nuestra atención, permitiendo que cada uno lo reciba, lo manipule o aún lo rechace. Puede ser arrojado, insultado, lo que sea: y esa es así también la condición del pobre de este mundo.

De alguna forma, en algún modo, parece que la profanación del Preciosísimo Cuerpo y Sangre de Cristo vaya mano a mano con la profanación de su Cuerpo quebrantado en el pobre. Así como Cristo ahora en la tierra no tiene manos para hacer su obra (utiliza las nuestras), del mismo modo Él no puede más sufrir en su humanidad en la tierra, así que ahora sufre en el pobre. Ese sufrimiento redentor seguirá hasta el fin de los tiempos. Como si fuera asociado al pobre que sufre, Jesús experimenta cada insulto y ultraje posible que le es hecho en la Eucaristía.

En nuestra casa para moribundos en Calcuta, donde bañamos a los pacientes muy enfermos, está escrito en la pared, en grandes letras: “EL CUERPO DE CRISTO”, de modo que las Hermanas y los voluntarios puedan recordar que al tocar el cuerpo quebrantado del pobre están tocando el cuerpo quebrantado de Cristo. Nuestra Madre en todas partes predicaba su “Evangelio en cinco dedos” “A mí me lo hiciste” Sea que estemos sirviendo al pobre sin techo, al moribundo, a la madre soltera, a la prostituta, al adicto, al abandonado, al niño que fue abusado; estamos sirviendo a Cristo que dijo: “Lo que le hacéis al más pequeño de mis hermanos lo haces a MÍ”

Jesús le dijo a Nuestra Madre cuánto le hería ver a todos esos pequeños mancillados por el pecado. ¿Qué podría decir ahora con la intensificadas posibilidades de pecado disponibles en todas partes?

Cuando visitábamos una prisión en Canadá encontramos a un hombre de 22 años quien había repetidamente abusado sexualmente de jovencitas. Una de las jóvenes murió como consecuencia de su violencia y él estaba encarcelado con cadena perpetua. Dijo: “Hermanas, yo merezco estar aquí. He hecho un mal enorme. Si sólo alguien en mi vida me hubiera dicho las cosas hermosas que ahora ustedes me están enseñando mi vida podría haber sido muy diferente.”

Irradiando a Cristo

Nuestra Madre, después de cada comunión, rezaba la bella oración “Irradiando a Cristo”. Para mí es una radiografía del corazón y del alma de Nuestra Madre. Le permitía a Jesús que hiciera en ella lo que, en esta oración, le pedía. Esta oración es también nuestra súplica diaria. Es un poco como un conjunto de instrucciones de un manual de trabajo.

La Madre podía verdaderamente decir con san Pablo: “No soy más yo quien vive sino Cristo que vive en mí”, Unía ella Jesús en la Eucaristía y Jesús en el pobre. Y una y otra vez repetía: “Es el mismo Jesús”, y seguía diciendo “Jesús es Dios, Jesús no puede decirnos una mentira”. En efecto, llegamos a saber ahora, después de su muerte, que por muchos años Jesús se ocultaba de ella en la Eucaristía pero se mostraba en el pobre. Él la condujo en la oscuridad de la fe y aún así la llenó de una alegría radiante, que ella no sentía pero los otros sí.

En mis primeras semanas de vida religiosa esperaba la visita de la Madre y planeaba decirle: “No quiero volver a casa, pero para serle honesta debo decirle que quizás yo no pertenezco aquí porque no siento ese amor cálido por Jesús que veo en las otras candidatas”. Cuando estaba sentada con la Madre, ella mi miró a los ojos y dijo: “El único que quiere que vuelvas a casa es el Demonio”. “Pero, Madre, yo no siento…” Entonces dijo: “El amor está en la voluntad no en los sentimientos.” Todo el mundo necesita hoy oír estas palabras.

Y fue así que la Madre siguió, plena de Jesús, para servir a Jesús. El cumplimiento de esa oración “Irradiando a Cristo” en la Madre se volvió visible y tangible. Ella derramaba el perfume de Cristo, brillaba su luz en todas partes. La gente en su presencia sentía que estaba en la presencia de Dios, aún cuando la Madre estaba en la mayor oscuridad espiritual. Él brillaba a través de ella. La Madre se volvió verdaderamente un canal para el Jesús Eucarístico en el Pobre.

Un joven vino a nuestra puerta y dijo: “Caminando hoy hacia vuestra capilla me encontré con una joven que me saludó. Era bonita, sí, pero era una Hermana y hubo algo más. Vi una clase de belleza que nunca antes había visto. Parecía que era algo dentro de ella.” Luego dijo: “Sí, ella venía de su hora de adoración, pero no había dejado a Jesús en la capilla. Él venía con ella.” Acaso no irradiaremos todos a Cristo saliendo de la capilla como pasó con aquella joven?

No todos podemos ser la Madre Teresa de Calcuta. No podemos ir a todos los lugares de pobreza, pero podemos hacer algo. Podemos ir a Jesús verdaderamente presente en la Eucaristía. Él usará nuestra presencia ahí para Él mismo brillar sobre nosotros, en nosotros, a través de nosotros, por nosotros, en todo el mundo. Piensen en esto! Ese es el único lugar en la tierra en el que podemos tocar directamente la eternidad, el cielo y Dios mismo. Pasar tiempo ante Él es esencial porque no podemos dar aquello que no tenemos.

La Beata Madre Teresa solía contar de un sacerdote que le dijo: “Madre Teresa, desde que dejé el sacerdocio tengo mucho más tiempo para el pobre y puedo hacer mucho más por ellos.” Madre nos decía: “Le dije– ‘Sí, antes, tú podías dar a Jesús; ahora tú les das a ti mismo.’”

Nuestras comunidades fueron hechas para testimoniar la hermandad de toda la humanidad. Si vivimos sinceramente nuestra Eucaristía rebosará en amor fraterno. Sor Nirmala, co-fundadora con Madre Teresa de nuestra rama contemplativa, una vez definió la contemplación de las Misioneras de la Caridad como “ver a Jesús en el otro con los ojos de María”. Viéndolo así, elegimos hacernos un poco más ciegos a sus faltas, un poco más comprensivos y misericordiosos, y mucho más capaces de ver en el otro la belleza.

Cuando ingresé en las Misioneras de la Caridad y escuché que teníamos que ser un toque sanador, pensé: “Esto es una locura. Yo no tengo el don de sanación”. Pero ahora sé que si doy a Jesús, Él obra la necesaria sanación, especialmente de corazones doloridos y heridos. No importa cuál sea la situación, nuestra tarea es llevar a Jesús allí. Jesús es la solución.

Aún cuando no podamos arreglar nada, la presencia de Jesús aligera el peso del pobre y le da fortaleza. Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para acercarnos al pobre con la delicadeza, misericordia y gentileza del mismo Jesús. Necesitamos de la humildad para escuchar, y no ir a ellos con “soluciones”, no teniendo idea de qué dolores y heridas hay en cada corazón. Cada palabra nuestra o cada gesto puede llevarles alegría y luz en el corazón o pueden aumentar la oscuridad y el dolor. ¡Es por eso que necesitamos a Jesús!

Nosotros fallamos, y yo nunca dejo de poner todos mis fracasos en Su Sagrado Corazón y de sumergirlos en Sus Preciosas Llagas, donde sólo Él puede redimir y hacer nuevas todas las cosas.

Nuestra Sociedad pertenece a Nuestra Señora, y nuestra Madre nos dijo: “Nació a sus súplicas”. Como Misioneras de la Caridad rezamos el Rosario diariamente ante el Santísimo Sacramento expuesto, y por las calles. Nuestra Señora siempre nos lleva a Jesús. En nuestra regla se lee: “Inspiraremos en los corazones de los pobres plena confianza en Nuestra Señora, Madre y Esperanza de los pobres, recurriremos a Ella para ayuda cuando el trabajo por las almas sea duro. Ella nos obtendrá la fuerza para abrir los corazones, hasta entonces cerrados, a Jesús”.

Uno devoción favorita de nuestra Madre hacia Nuestra Señora era su “Novena” de nueve Memorares. Esta novena puede hacer que arranque un coche descompuesto, obtener una visa, hacer que pare la lluvia, y puede abrir un corazón cerrado. Y nuestra Madre, que podía llegar a ser muy pícara, siempre la rezaba en acción de gracias por lo que estaba pidiendo.

Hace ya tiempo, en México, a nuestro pueblo católico se lo estaba “evangelizando” en contra de la devoción a nuestra Señora. Un día reunimos un grupo de mujeres que estaban siendo influenciadas en aquel sentido, y nos pusimos a rezar el Rosario con ellas. Luego de leer el relato de san Lucas sobre la Anunciación, a las palabras, “será llamado Hijo del Altísimo” experimenté en mi interior un “rayo” que parecía imprimir en mi alma “María es verdaderamente la Madre de Dios”. Increíblemente, todos los que ahí estaban sintieron algo.

También en México, saliendo de la Adoración, encontramos una mujer llorando y desesperada. Nos dijo que su esposo era infiel y que la tenía a ella y a los hijos en abandono. Le enseñamos a rezar el Rosario. Meses después, nos encontramos nuevamente, esta vez estaba muy feliz. “¿Cambió su marido?”, le preguntamos. Respondió: “No, pero desde que rezo el Rosario ¡yo he cambiado!”

Nuestra Madre solía decirnos: “Enseñad a la familia a rezar el Rosario y ellos estarán bien”. Nunca agregó: “Si ellos son católicos”!

En New York, un hombre enfermo que era absolutamente anti-católico vino a pasar sus últimos días en nuestra casa. Entrando a su habitación vio en la pared la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Estaba atónito y dijo: “¿Quién es esa? Ella es la que vi en mi sueño y me dijo: ‘ve a mi cada a New York’. La llamé por teléfono a mi madre en New York y ella dijo, ‘La dama seguramente debe estar hablando de la casa de la Madre Teresa.’“ Murió como católico con sus padres, no católicos, rezando el Rosario con él.

Algunos años atrás, seis de nuestras Hermanas fueron rehenes durante una guerra y sólo dos de ellas sobrevivieron. Otros sobrevivientes dijeron que todos ellos habían tomado valor de nuestras Hermanas, continuamente rezando el Rosario mientras corrían entre el fuego de las armas y la sangre derramada.

Tenemos una oración en la que decimos: Que este Rosario sea el arma para santificarme y para extender el Reino del Corazón Inmaculado entre los más pobres de los pobres.

De acuerdo a nuestra Regla, la fecundidad de nuestro apostolado depende del uso de medios simples y humildes. Una vez una religiosa de otra congregación me escribió diciendo: “Desde el Concilio Vaticano II, nosotras las Hermanas, no vamos más dando medallas ni escapularios ni rosarios; tenemos mucho más que hacer”. Le respondí: “También nosotras tenemos mucho que hacer y las medallas y los escapularios y los rosarios están incluidos (en lo que tenemos que hacer)”. En efecto, todas hemos visto muchos milagros vinculados a estos objetos de devoción.

Una de nuestras Hermanas afirma que ella se convirtió así: no siendo ni creyente ni alguien que rezaba, aceptó llevar la Medalla Milagrosa sin confiar en ella. Luego de unos pocos meses, experimentó una poderosa luz que cambió toda su vida y hoy es Misionera de la Caridad.

Donald, en sus cincuenta, luego de ser admitido en nuestra casa para hombres con SIDA, anunció: “Crecí como católico pero no traten de convertirme porque pertenezco al demonio.” “Cierto, nosotras no te convertiremos, la conversión es obra de Dios. Pero, ¿harías una cosa, te pondrías el escapulario?” Para mi sorpresa dijo “Sí! Tenía uno de estos cuando hice mi primer comunión” Y se lo puso.

Cuando estuvo con más fuerza y viendo que nuestra casa y sus reglamentos lo constreñían demasiado se fue. Meses después, a las dos de la tarde del Viernes Santo, una enfermera llamó desde el hospital: “Donald está aquí muriéndose y pide por las Hermanas”. Encontramos a Donald respirando pesada y rápidamente y el escapulario se le balanceaba a cada respiración. Le preguntamos: “¿Podemos traer el sacerdote para los sacramentos, así puedes ir a Casa, a Jesús?” Dijo: “¡Sí!” Monseñor llegó en pocos minutos y Donald murió a la Hora de la Misericordia en el Viernes Santo.

Así como la Beata Madre Teresa daba Medallas Milagrosas a todos en todas partes, también enseñaba aún a presidentes y reyes a rezar: “María, Madre de Jesús, sé ahora mi madre.” En nuestra casa para madres solteras las jóvenes a menudo pasan a través del parto rezando esa oración.

Nuestra Madre nos recordaba a menudo que toda razón nos asiste para ser la gente más feliz del mundo. Tenemos la alegría de estar 24 horas con Jesús. ¿Eso significa no sufrir? Por supuesto que no. Todos nosotros sufrimos incomprensiones, dolores y fracasos. Nadie está exento. El sufrimiento es necesario. Como Jesús Eucarístico y el pobre a quien servimos, también nosotros tenemos que estar quebrados.

Una vez, que había llegado a una nueva misión, fresca de experiencia de fracaso doloroso y humillante, sintiendo el peso y mi inutilidad, mi Superiora me presentó el primer día un hombre que estaba bajo nuestro cuidado. De inmediato, él tomó mi mano y me condujo a otro que estaba muriendo. Le dijo: “Norman, tenemos aquí una nueva Hermana y ella nos entiende.” En aquel momento me di cuenta de cómo mis sufrimientos personales me unían a ellos en su sufrimiento. Vi la cruz como signo precioso del más grande amor. Los milagros ocurren en tiempos de nuestros más grandes sufrimientos. Esto es cierto aún si no sufrimos bien.

A Dios le gusta utilizar “nuestra nada” para hacer grandes obras. Sólo Dios sabe qué es un éxito y qué es un fracaso en nuestras obras. Nuestra Madre solía decirles a los visitantes: “Miren qué hace Dios con nuestra nada”.

Hace años el P. Benedict Groeschel nos compartió que, sintiéndose dudoso acerca de tomar el trabajo al que se sentía llamado, le confío a nuestra Madre que él era muy débil. Madre lo alentó diciendo: “¡Adelante! Dios no usa instrumentos débiles, ¡usa a los quebrados!”

Para Jesús no es obstáculo en su camino si humildemente reconocemos nuestra miseria y se la ofrecemos. Y el amor de Jesús trae milagros de conversión y contrición.

Nosotros mismos debemos ir ante Jesús en adoración porque tenemos que llevar su amor a aquellos que nunca lo han conocido. Experimentar el amor de Dios se manifiesta en el deseo de ser perdonado. “Dios nos amaba cuando aún éramos pecadores.” Hacemos experiencia de su amor y nos damos cuenta de nuestro pecado.

Un día un colega, mirando a un nuevo paciente en nuestra casa, me preguntó: “¿Le hiciste confrontar con su pecado?” Dije: “Por supuesto que no”. Una persona aprisionada en la oscuridad y en el pecado (‘agujeros negros’) no puede ser aterrorizada o atemorizada o acusada en la vida, sino que debe ser amada en la vida. ¿Quién no florece cuando es amado? “Señor, brilla a través de mí. Deja que ellos sientan tu presencia. Deja que ellos te vean en mí”.

Otro día, un señor que sufría de SIDA apareció a la puerta y pidió hablar con una Hermana. Nos sentamos y él comenzó:

Algunas semanas atrás mientras estaba en un club nocturno tuve una experiencia increíble. Luego de la medianoche, sentado bebiendo con mis amigos, de pronto me di cuenta que un pequeño punto de luz atravesaba mi ser y en ese instante me supe atado con cadenas. Mientras la luz aumentaba empezaba a luchar contra las cadenas. Más luchaba más brillante se hacía la luz. Más aumentaba la luz más luchaba hasta que las cadenas se rompieron y yo fui inundado de luz. Y ¡era libre! Salí a la calle. Temprano por la mañana encontré un sacerdote y después de muchos años hice mi confesión. Fui a decirle a mis amigos ‘Todos nosotros somos esclavos’. No quisieron saber más nada de mí. Dijeron que me había vuelto loco. Ahora, voy tranquilamente a las clínicas de enfermedades infecciosas y me siento en la sala de espera y le hablo a la gente, una a una, sobre lo que Jesús hizo por mí. Continuaré haciéndolo hasta que muera.

Alguien, en alguna parte, obtuvo aquella luz para este hombre. Quizás si no haya sido un fruto de la adoración de alguien en aquellas horas de la noche.

Cuando uno abre su corazón a Jesús, no importa lo que haya sido su vida, Jesús puede transformarlo al punto de parecerse a Él, aún físicamente, en un corto tiempo. ¡Dios puede obrar rápido!

Y ahí teníamos a Joseph. Dejó nuestra casa porque había muchos recuerdos de la fe que él había abandonado, especialmente el rezo del Rosario. Una noche, a las 10, recibimos una llamada diciendo que Joseph estaba en un hospital próximo a morir y dijo que no tenía a nadie más que a las Hermanas de la Madre Teresa.

Nosotras telefoneamos a un sacerdote jesuita muy anciano conocido por su celo por las almas. Nos dijo: “Vengan a buscarme”. Se metió en el coche y sin decir ninguna palabra comenzó a guiarnos en la oración. Tan pronto como entramos donde estaba Joseph, con todos los tubos por todas partes, al vernos literalmente pegó un salto para agarrarse del sacerdote.

Cuántas veces todos nosotros estuvimos en un lecho donde alguien estaba muriendo y realmente sentimos que estábamos mirando a Jesús. Seguramente, las Hermanas, que son privilegiadas por levantar a los moribundos de la calle, han vivido esa experiencia aún más que nosotros.

Recuerdo un joven en México que estaba muriendo. Alguien nos dijo: “Ve a ver a Sally”. Sally estaba allí en un cuartucho con tierra como piso y con troncos por cama. Sin perder tiempo le preguntamos: “¿Querrías recibir a Jesús en Confesión, Unción y Santa Comunión?” Cuando dijo que sí, rápidamente fuimos a por el sacerdote. Nos sentamos fuera, mientras Sally hizo su confesión y luego nos unimos en oración para la Unción y la Santa Comunión. Tan pronto como Sally recibió la Santa Comunión comenzó a alegrarse, levantando sus brazos y gritando: “¡Qué alegría! ¡Qué alegría! ¡Qué alegría!”

Confesión, Unción y Santa Comunión- un paquete poderoso- en las manos de cada sacerdote- ¡mayor que cualquier poder nuclear!

Los mismos pobres se vuelven canales de Luz

En nuestro contacto con el pobre, descubrimos muchos santos ocultos y ellos a su vez nos dan a Jesús. Mucho podemos aprender de ellos.

Larry -un muchacho encantador que había sido educado cantando en la calle- estaba muriendo en nuestra casa. Sólo un par de días antes de su muerte vino, más a los tumbos que caminando, bajando las escaleras a nuestra Misa de la madrugada. En el momento de la comunión, cuando el Padre iba a la parte de atrás de la capilla, hacia Larry, gritó: “¡No Padre, no puedo recibir a Jesús! No podía encontrar el bonito rosario que las Hermanas me habían regalado para mi Bautismo y pensaba que uno de los chicos me lo había sacado, y después lo encontré en el bolsillo de la chaqueta.” Esto ocurrió hace más de 20 años atrás. No puedo olvidar sus palabras y su delicada conciencia. No podía recibir a Jesús después de haber sospechado que otro había hecho algo malo.

El Padre le dio la absolución y la Santa Comunión. Larry murió un par de días después, con toda la pandilla, Hermanas, voluntarios y otros pacientes alrededor de su lecho rezando el Rosario. Cuando terminamos el “Salve Regina” dio un gran último respiro y triunfantemente dijo “¡Voy a casa!” Cuando terminamos el Himno a María Inmaculada, otro hombre dijo: “Hermanas, prométanme hacer todo igual, lo mismo, cuando me llegué el turno.”

Cuando este mismo Larry había dicho: “Hermana, ¿Qué tengo que hacer para hacerme católico?” le enseñamos el sencillo Catecismo. Él adhirió a la verdad, la amó y vivió por ella. Cuando volví de mi retiro noté a un punto tristeza en Larry y en un par de otros. Pregunté “¿Qué es lo que no va?” Al comienzo no querían decírmelo porque pensaban que me sentiría mal, luego Larry dijo: “Aquel joven universitario que había venido como voluntario juntó a algunos de nosotros y nos dijo de no creer lo que las Hermanas nos enseñan. Luego comenzó a decirnos que lo que nosotros antes hacíamos estaba bien y nos habló de malas cosas y quería que nos uniésemos a él. Le dijimos que estaba equivocado y discutió con nosotros. Luego yo le dije: ‘Yo no estudié como tú pero sé qué está bien y qué está equivocado. Yo sé que lo que las Hermanas nos enseñan es verdad.’” Los que están del lado de la verdad conocen la voz de Cristo.

A través de los años en los Estados Unidos, trabajé en nuestras casas para hombres moribundos de SIDA. Muertes como las de Larry no son infrecuentes. Todos nosotros nos reunimos y los acompañamos cuando mueren y ellos muy a menudo están orando con nosotros. También vamos a ellos para decirles: “Pide a Jesús esto.. Pide a Jesús esto otro.”

Teníamos una tabla, a la entrada de nuestra capilla, con la lista de los nombres de quienes habían muerto en nuestra casa. El título de esa tabla era: “El Cielo es nuestro verdadero Hogar”. Un joven se puso tan feliz cuando al verlo que agregó su nombre en la lista, ¡aún antes que muriese!

Tratamos de ayudar a que el pobre encuentre significado de su sufrimiento.

Fuimos con un sacerdote a bendecir a una mujer que se moría y que estaba en gran aflicción y con mucho miedo. El sacerdote hizo algo maravilloso: tomó su cara en sus manos y le dijo: “Giuseppina, un día Jesús dijo ‘¿Me amas?’ Tú dijiste ‘¡sí!’ Luego Él dijo, ‘Giuseppina, quiero que me ayudes, tú dijiste ‘sí!’ Luego dijo: ‘ven aquí, a la cruz conmigo.’ Tú dijiste ‘sí!’ Ahora, Giuseppina, tú estás en la cruz con Jesús y lo estás ayudando a salvar almas.” Una tremenda paz vino sobre ella. A veces nosotros también tenemos que creer en el significado de sus sufrimientos.

En una residencia de ancianos de las que visitamos, hay una mujer con una enfermedad que le provoca un retorcimiento morboso de su cuerpo y constantes jadeos y resoplidos. Esto se da durante 24 horas al día y viene ocurriendo desde hace ya ¡15 años! Ella no puede ir a la Santa Misa ni siquiera en una silla de ruedas. Es doloroso verla. Un día una Hermana en su impotencia por ayudarla fue movida en el Espíritu para orar por ella. Esta Hermana, oyó en su corazón las palabras: “Por Él, con Él y en Él” y entendió que esa mujer estaba unida al sacrificio de Jesús en la Eucaristía.

Conclusión

Querría concluir ilustrando cómo aquellos que son tocados por la gracia son interiormente urgidos a evangelizar a otros. No lo pueden reprimir.

Una joven que conozco, desde su conversión, está trayendo tranquilamente, uno por uno, a Jesús a los miembros de su familia y a sus amigos. Los conduce a la Confesión, a la Misa frecuente y a la Adoración. Los evangeliza con su ejemplo, su acompañamiento, sus palabras sencillas y directas de verdad y su alegría. Utiliza una maravillosa expresión cuando viene a compartirnos todo esto. Dice: “Hermana, buenas cosas está ocurriendo!”

[ 16-12-2011 ]

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