Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


SIETE AÑOS DE ADORACIÓN SIN INTERRUPCIÓN AL SANTÍSIMO EN TOLEDO

El 11 de febrero, de este año 2012, se cumplió el séptimo aniversario de la Adoración Eucarística Perpetua en la ciudad de Toledo. En el día de Nuestra Señora de Lourdes, fue entronizado entonces el Santísimo Sacramento en la Capilla Arzobispal para la adoración de los fieles. A continuación ofrecemos la homilía del ArzobispoMons. Braulio Rodríguez Plaza en la Misa celebrada en acción de gracias por este don de Dios para la ciudad.

Esta celebración de la Eucaristía, como nos han dicho en el inicio, tiene otro colorido y, por tanto, muchos de los que estáis aquí, en efecto, sois asiduos adoradores de la Capilla de la calle de la Trinidad que está abierta día y noche, y otros, probablemente, celebráis aquí la Eucaristía, o el sábado en la noche, como hoy, o el domingo.

Vamos a centrarnos -permitidnos- en esta realidad, lo que supone una capilla abierta día y noche donde los cristianos -en este caso los católicos- tienen ese encuentro con el Señor adorándolo en la Eucaristía, expuesta, salvo en los momentos de la celebración de la Misa, día y noche. Y me parece a mí que podríamos en este año, en esta celebración –la séptima, si no recuerdo mal- (para mí, me parece, que ya es la tercera), centrar un poco nuestra reflexión y nuestra oración en algo que me parece evidente. El Concilio Vaticano II, en una constitución muy bonita, muy hermosa, constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, dice que la vocación del hombre y la mujer tiene que ver con una llamada a conversar y dialogar con Dios porque eso da dignidad a la persona y, además, ese diálogo es muy necesario para la humanidad, de manera que podemos entender que la oración, que no es sino diálogo con Dios o a veces escucha de lo que Él nos dice, más que nosotros hablemos, hablemos, hablemos y hablemos, como si fuésemos papagayos –perdonen la expresión- es escuchar al Señor porque Él tiene siempre importantes cosas que decirnos. Lógicamente, la adoración tiene que ver con la oración -¿cómo no?- y con escuchar, y me gustaría a la vez que os doy la gracias por esa tarea que hacéis como adoradores, muy importante para la Iglesia, en este caso para la Iglesia diocesana de Toledo, me gustaría también subrayar que realmente poder adorar a Cristo, poder tener un lugar donde nosotros dedicamos, pues el tiempo que tengáis asignado o que habéis querido asignaros como adoradores, es en el fondo un gran regalo que nos hace Dios.

Es decir, que cuando nosotros vamos a adorar a Cristo en el Santísimo Sacramento del Altar –como decimos-, la Eucaristía traspasa más allá de los límites que tiene una celebración de la Eucaristía y, por tanto, la Presencia –con mayúscula- de Cristo está ahí, pues no me parece a mí que deberíamos subrayar de un modo absoluto el decir: “bueno, es que está el Señor solo, vamos a acompañarle”. Esa dimensión existe, está en la adoración, nadie lo dude, pero no la exageremos porque el que nos regala, el que es importante, el que nos hace a nosotros enriquecernos, es cuando nosotros vamos a estar con Él, porque ¿quién sale favorecido, Él o nosotros?, evidentemente que nosotros, ¡cierto! Hay, en toda adoración, un aspecto de reparación; hay un orar contra la maldad y el mal que existe en el mundo; contra el pecado que nos hace en el fondo infelices. Esa ofensa que se hace a Dios y que toma cuerpo en Cristo y en su Corazón y Él se ofrece y ha ofrecido el sacrificio de su vida, su muerte y también en su resurrección, de manera que nosotros también tenemos que imitar a Cristo ahí, pero sin olvidar que su Presencia es para nosotros el Paraíso; sin olvidar que la Presencia Eucarística de Cristo es para nosotros como la Tienda del Encuentro del pueblo de la antigua Alianza; que la Presencia de Jesucristo es para nosotros ese Templo de Jerusalén donde está el Santo de los Santos y el Santísimo, así llamamos al Señor en la custodia “el Santísimo”, o en la Eucaristía, y, entonces somos nosotros los que somos enriquecidos, porque entonces, verdaderamente sentimos toda la fuerza y la capacidad que tiene la redención de Jesucristo para la vida de los hombres y las mujeres concretas. Cierto, también, en el tiempo en el que estáis adorando, estáis pidiendo por tantos temas y problemas que afectan a la humanidad, a la Iglesia, pedís por los misioneros, pedís por los enfermos, pedís por las familias, pedís para que no exista el paro, pedís por tantos hermanos nuestros que sufren, por aquellos que necesitamos acoger, los emigrantes, etcétera…, todos los etcéteras que queramos, y eso es también parte de la adoración. Pero sobre todo, enriqueceos, hermanos con Cristo, descansar ahí en Él, saber que en ese momento nos está diciendo que lo que ocurrió en las entrañas purísimas de la Virgen, la Encarnación, es para nosotros una realidad, que no tenemos que estar escalando cielos para ir al encuentro del Señor porque Él viene y se acerca de una manera tan grande.

Decían los fieles del Antiguo Testamento: ¿qué nación es la que tiene un Dios tan cercano como Israel?, pues sí, no hay nadie que tenga un Dios tan cercano como nosotros. Nosotros podemos ser a veces muy deficientes como cristianos, pero nuestro Dios no es. Su Presencia no se adelgaza porque nosotros, a veces, no estemos a la altura de las circunstancias; su posibilidad de crear nuevas realidades de nuestro mundo cuando muchas veces vemos como se han ido solucionando problemas para la humanidad, para la Iglesia, este o aquel otro problema, ¿a qué se debe? Se debe a que la fuerza de Cristo, con la voluntad de los hombres y mujeres que se rinde a ella, es capaz de superar dificultades. La historia de la salvación es dinámica, es decir, no es algo que no esté afectando a nuestras personas y nos cambie.

Qué maravilla, por tanto, queridos hermanos, aunque a veces cueste por el frío o por el calor -porque ahora no nos acordamos del calor, pero en esta ciudad lo que más hace es calor, no frío ¿eh?-, nos pueda llevar inconveniencias o, bueno, pues, dificultades o, si queréis, algunas cosas más complicadas de llevar, ¡qué alegría poder hablar con Cristo, tenerle allá!, actúa la fe, claro está, porque no es como si nos diera el Señor una audiencia privada y habláramos con Él, pero es que tiene mucha más calidad, incluso, su Presencia, para poder nosotros sentirnos en el Corazón de Cristo, que es el corazón del mundo, y allí sentir su amor, sentir su esperanza que nos da y nos fortalece la fe y también allí, en ese corazón el mundo, que es el Corazón de Cristo, orar, pedir, superar y, sobretodo, sentir el consuelo del Señor. Esto es, no lo olvidéis, el consuelo del Señor, nadie consuela más que Cristo; nadie nos da más capacidad de superar dificultades que Cristo; nadie tiene más amor que aquel que dio la vida por nosotros. Él lo dijo: mirad cuánto amor tiene el Padre que os dio su propio Hijo. Y esto es lo que nosotros recibimos cuando adoramos.

Hermanos, vosotros sabéis por cuántas intenciones tenéis que pedir, no olvidéis todos esos proyectos y acciones y –diríamos- programas que queremos tener en nuestra Iglesia de Toledo de cara a una acción misionera, anunciadora de Jesucristo, más grande, más profunda. Rezar también para que los nuevos cristianos tengan una iniciación mejor, que el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, lleguen verdaderamente a hacer que las personas se encuentren con Cristo. Eso es lo que verdaderamente cambia el mundo.

Se lo pedimos así a Nuestra Señora, en este día en el que tenemos la memoria de nuestra Madre que tiene esa advocación de Lourdes y no olvidéis tampoco a los enfermos. Hoy es el inicio, el día del enfermo, con el mensaje del Santo Padre, pero que para nosotros culminará el sexto domingo de Pascua, pero en tantos y tantos lugares los enfermos tienen que estar en el centro de nuestras inquietudes y de nuestros desvelos. Que Santa María, la Madre del Señor, interceda por nosotros.

[ 15-02-2012 ]

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