Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


LA IMPORTANCIA DE LA ADORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO EN LA FORMACIÓN Y LA VIDA DE LOS SACERDOTES

Conferencia del CARDENAL RAYMOND BURKE en el curso del Primer Congreso Internacional sobre la ADORACIÓN EUCARÍSTICA, ADORATIO 2011, \\\" DE LA ADORACIÓN A LA EVANGELIZACIÓN\\\" organizado por los Misioneros de la Santísima Eucaristía.

Texto completo de la conferencia.

Introducción

Mi presentación está inspirada tanto por la reflexión teológica sobre el Misterio de la Fe, el Misterio Eucarístico, y su relación esencial al sacerdocio ordenado, y por mi experiencia personal como sacerdote, que, en este próximo 29 de junio, completará treinta y seis años de vida y ministerio sacerdotal. En la medida que haya sido un buen y fiel sacerdote, el centro de mi vida y ministerio sacerdotal ha sido la verdad de lo que enseña la Iglesia en lo que respecta a la relación de la Santa Eucaristía y el Santo Sacerdocio, es decir, lo que me ha mantenido centrado en mi identidad sacerdotal, y ha sido la fuente de la que he sacado la sabiduría y la fortaleza para responder a mi vocación sacerdotal con un corazón indiviso.

El Beato Papa Juan Pablo II, in Don y Misterio, escrito en ocasión del 50º aniversario de su ordenación sacerdotal, comentando las palabras del sacerdote, “Misterio de la Fe”, que pronuncia luego de la consagración del pan y del vino, cambiándose en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, escribió:

¿No trae quizás de aquí su razón más profunda la misma vocación sacerdotal? Una motivación que está ya toda presente en el momento de la ordenación, pero que espera para ser interiorizada y profundizada durante toda la existencia. Sólo así el sacerdote puede descubrir en profundidad la gran riqueza que le ha sido confiada. A cincuenta años de la ordenación, puedo decir que cada día en aquel Mysterium Fidei más se vuelve a encontrar el sentido del propio sacerdocio.

Al final, un sacerdote es consciente que toda su vida sacerdotal está al servicio del Misterio de la Fe, el Misterio de la Encarnación Redentora, que es experimentada directamente en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía.

El primer acercamiento a la vocación al sacerdocio en mi vida, vino a modo de encanto en el Misterio Eucarístico. La creciente advertencia del llamado de Dios al sacerdocio en mi vida, que me llevó a mi ingreso en el seminario, fue, más que cualquier otra cosa, por la participación en el Sacrificio Eucarístico y en la Adoración Eucarística, que continuó conduciéndome al sacerdocio y me ayudó a comprender, más y más, el significado de la vocación sacerdotal.

Habiendo crecido en un tiempo de fuerte devoción eucarística, mis últimos años en el seminario y mis primeros de vida sacerdotal coincidieron con un período de crisis en la fe eucarística y un abandono de parte de muchos de la devoción a la Eucaristía. Durante la crisis, lo que me sostuvo fue mi temprana fuerte formación en la fe y la devoción eucarística, en mi hogar en el seminario menor. El padecimiento de la crisis me enseñó aún más la importancia esencial de la fe y de la devoción eucarística y tanto una como la otra sirvieron a la respuesta a la vocación al sacerdocio y para el cumplimiento de la misión confiada al sacerdote ordenado.

La reflexión sobre la realidad objetiva de la relación esencial entre el sacerdocio ministerial y la Sagrada Eucaristía conduce, en efecto, naturalmente a una profunda convicción acerca del lugar esencial de la fe eucarística y de la devoción en la vida del seminarista o del sacerdote. Ofrezco ahora algunas reflexiones sobre la Sagrada Eucaristía y el Santo Sacerdocio con el propósito específico de subrayar varios aspectos de la devoción eucarística en la respuesta a la vocación al sacerdocio y a la misión.

EL Sacerdocio y la Caridad Pastoral de Nuestro Señor Jesucristo

El sacerdote ordenado, por la gracia del Sacramento del Orden, actúa en la persona de Cristo, Cabeza y Pastor del rebaño, en todo tiempo y lugar, por su enseñanza, su ministerio sacramental y su gobierno. El Beato Juan Pablo II, en su Exhortación Post-Sinodal Pastores Dabo Vobis, haciendo referencia al Decreto Presbyterorum Ordinis, “Sobre la Vida y el Ministerio de los Sacerdotes,” del Concilio Vaticano II, declaró:

Por la consagración sacramental el sacerdote es configurado a Jesucristo como Cabeza y Pastor de la Iglesia, y es envestido con un “poder espiritual” que es una participación en la autoridad con la que Jesucristo guía la Iglesia a través de su Espíritu.

Sigue explicando que, por la gracia de la consagración sacerdotal, “la vida espiritual del sacerdote está marcada, moldeada y caracterizada por la manera de pensar y el accionar propios a Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y en la cual se resume en su caridad pastoral.”

Es claro que la oferta de la Santa Misa es la expresión más completa de la caridad pastoral de Nuestro Señor Jesucristo. A través de la gracia de ordenación al Sacro Sacerdocio, el sacerdote es conformado a la persona de Cristo en Su caridad pastoral. Su alma es indeleblemente marcada para el ejercicio de la caridad pastoral de Cristo en beneficio de todos los hombres. Ofreciendo el Santo Sacrificio de la Misa para la salvación del mundo, el sacerdote lleva a cabo de la manera más completa y perfecta el ministerio sumo sacerdotal de Cristo al cual ha sido llamado y para el cual ha sido configurado a la persona de Cristo.

En Pastores Dabo Vobis, el Beato Papa Juan Pablo II hizo referencia específica a la más alta expresión del oficio sacerdotal, recordando las palabras del Obispo ordenante, cuando él coloca las ofrendas para la Santa Misa en las manos del sacerdote ordenando. “Comprende lo que haces, imita lo que celebras, y conforma tu vida al misterio de la cruz del Señor”. Con respecto a lo que ha sido llamada la traditio instrumentorum, la entrega de la patena con el pan y el cáliz con el vino para la celebración de la Santa Misa, y las palabras que la acompañan, el Beato Juan Pablo II dijo:

Esta es la invitación y admonición con la que la Iglesia se dirige al sacerdote en el Rito de la Ordenación, cuando las ofrendas del pueblo santo para el Sacrificio Eucarístico son colocadas en sus manos. El “misterio” del cual el sacerdote es un “servidor” (cf. 1 Cor 4:1) es definitivamente el mimo Jesucristo, quien en el Espíritu es la fuente de santidad y el llamado a la santificación. Este “misterio” busca expresión en la vida sacerdotal. Para que esto sea así, se necesita una gran vigilancia y una viva y una viva conciencia.

A cada momento de la vida y del ministerio del sacerdote, él está volviendo al Sacrificio Eucarístico como la expresión más alta y perfecta de su identidad sacerdotal, para comprender su misión sacerdotal de caridad pastoral y para tener la fuerza de llevar adelante su misión divinamente dada.

Discernimiento de la Vocación Sacerdotal y de la Devoción Eucarística

Claramente, entonces el discernimiento del llamado al sacerdocio debe venir por vía de un creciente conocimiento y amor de la Santa Eucaristía. Muy a menudo en mi vida como sacerdote y obispo, he encontrado a jóvenes que estaban luchando para saber si Nuestro Señor podía estar llamándolos al sacerdocio. Por cierto, que la lucha se hace cada vez más difícil por causa de la secularización de la sociedad en la que vivimos.

Mi primer consejo a un joven que está luchando para discernir la vocación al sacerdocio es pasar tiempo diariamente en la presencia del Santísimo Sacramento, es decir, participar en la Misa diaria y si es posible extenderlo a una hora santa, si es posible, en oración delante del Santísimo Sacramento repuesto en el sagrario o expuesto en la custodia para la adoración eucarística. inequívocamente, la oración en la presencia del Señor eucarístico abre la mente de un joven como para conocer la voluntad de Dios para él y le da el valor para responder con corazón indiviso. Aún si queda alguna duda, aliento al joven a entrar en el seminario, como el lugar elegido de la Iglesia para el discernimiento a la vocación sacerdotal y de preparación para recibir, si Dios así lo quiere, el llamado al sacerdocio del Obispo diocesano o del Superior religioso. En el seminario, él encontrará que la Santa Eucaristía está en el corazón de la formación que se le ofrece, en acuerdo con la disciplina de la Iglesia universal. El Canon 246 § 1, dice: “La celebración eucarística está para ser el centro de toda la vida de un seminario de tal modo que, compartiendo el mismo amor de Cristo, los estudiantes diariamente tomen la fuerza del espíritu para la actividad apostólica y para su vida espiritual desde esta la más rica de las fuentes.”

El Beato Juan Pablo II en Pastores Dabo Vobis, es rotundo sobre el lugar esencial de la fe y la devoción eucarística en la vida del sacerdote y, por tanto, en la formación de seminaristas, de candidatos a la ordenación sacerdotal. Comentando sobre la importancia fundamental de participación en la vida sacramental de la Iglesia “para el don y el trabajo de aquella ‘caridad pastoral’ que es el alma del ministerio sacerdotal”, resalta, sobre todo, la importancia de la participación a la Santa Eucaristía, “para sacerdotes, como ministros de lo sacro, son primero y fundamentalmente ministros del Sacrificio de la Misa:

El rol es completamente irreemplazable porque sin el sacerdote no puede haber ofrenda eucarística.”

Con respecto al lugar de la Sagrada Eucaristía en la vida del seminarista o del sacerdote, el Beato Papa Juan Pablo II, citando largamente su Angelus del 1 de julio, 1990, declaró:

Esto explica la importancia esencial de la Eucaristía para la vida y ministerio del sacerdote y, como resultado, en la formación espiritual de candidatos al sacerdocio. Para ser completamente franco y claro, desearía una vez más decir: · “Es apropiado que los seminaristas tomen parte diariamente en la celebración eucarística, de tal modo que luego ellos hagan regla de su vida sacerdotal esta celebración diaria. Además deberán ser entrenados para considerar la celebración de la Eucaristía como el momento esencial de sus jornadas, en el cual tomarán una parte activa y nunca estarán satisfechos con una mera asistencia habitual. Finalmente, los candidatos al sacerdocio serán entrenados a compartir en la íntima disposición lo que la Eucaristía fomenta: gratitud por los celestiales beneficios recibidos, porque la Eucaristía es acción de gracias; una actitud de auto ofrecimiento que los impelerá a unir el propio ofrecimiento al ofrecimiento eucarístico de Cristo; caridad nutrida por un sacramento que es signo de unidad y de compartir; el anhelo de contemplar y reverenciar en adoración ante Cristo que está realmente presente bajo las especies eucarísticas.”

A la participación diaria de la Santa Misa, el seminarista o el sacerdote naturalmente unirá la devoción eucarística, sobre todo las visitas al Santísimo Sacramento y la oración extendida ante el sagrario o ante la Sagrada Hostia expuesta en la custodia. Sólo a través de la devoción eucarística el seminarista o el sacerdote podrá extender y profundizar la comunión en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo, que es el don supremo de Cristo a Él en el sacrificio eucarístico. Es a través de la devoción eucarística que las “disposiciones íntimas” a las que hace referencia el Beato Papa Juan Pablo II son salvaguardadas y cultivadas.

En mi experiencia como obispo, he quedado particularmente impresionado, durante mis regulares visitas al seminario, encontrar siempre, cuando hacía la visita al Santísimo Sacramento , un buen número de seminaristas en oración ante el Santísimo Sacramento. Era también común que los seminaristas pidieran prolongar algo el período de adoración eucarística, aún diariamente, así que sus comuniones con el Señor en la Santa Misa pudiesen ser profundizadas y prolongadas manteniendo la compañía con Él por medio de su Presencia real en el Santísimo Sacramento.

La devoción eucarística, de ninguna manera, sustrae la importancia real de la participación del seminarista en la Santa Misa. Más bien, lo prepara para estar más completamente comprometido en el sacrificio eucarístico. Al mismo tiempo la realidad de la Santa Eucaristía, conteniendo todo el bien de nuestra salvación, es tan grande que connaturalmente inspira el deseo de manifestar, en un modo concreto, amor y devoción a nuestro Señor Eucarístico.

La devoción eucarística, especialmente la Hora Santa, no es en desmedro de los otros aspectos de formación del seminario, por ejemplo, la formación intelectual o pastoral. Antes bien, los radica en la realidad objetiva de la vocación sacerdotal. Con respecto a la formación intelectual, por ejemplo se piense a Santo Tomás de Aquino cuyo amor por nuestro Señor Eucarístico, lo expresó en horas pasadas en oración ante el Santísimo y en maravillosos textos e himnos que compuso para la Santa Misa y la devoción eucarística, y que abiertamente reconocía ser fuente de su reflexión teológica. En su lecho de muerte, cuando había hecho ya su última confesión y recibido el Viaticum, el Doctor Angélico declaró: “Te estoy recibiendo a Ti, Precio de la redención de mi alma, Todos mis estudios, mis vigilias y mis trabajos han sido por amor a Ti.” Con respecto a la formación pastoral, se piense, por ejemplo, a san Juan

María Vianney que se dirigió a la extrema pobreza espiritual de la parroquia de Ars, a la que fue asignado como párroco, haciendo de la celebración de la Santa Misa el corazón de su servicio al fiel y dedicando largas horas ante el Santísimo Sacramento en oración por su propia conversión y la conversión de las almas confiadas a su cuidado sacerdotal.

San Juan María Vianney, Modelo de Devoción Eucarística Sacerdotal

Será de ayuda extender la reflexión acerca del lugar de la devoción eucarística en la vida de san Juan María Vianney. En la letra proclamando el Año Sacerdotal, en ocasión del 150º aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, el Papa Benedicto XVI destacó particularmente la centralidad de la fe y la devoción eucarística en la vida del santo patrono de los párrocos. El Santo Padre recordó cómo el santo, llegando a Ars como párroco, un pueblo conocido por su frialdad o tibieza en la práctica de la fe, elige “vivir, físicamente, en su iglesia parroquial.”

Buscando constantemente la compañía de nuestro Señor Eucarístico, condujo a los fieles a Cristo en su Presencia Real en el Santísimo Sacramento. Cuando buscaban al párroco lo encontraban en la iglesia, en compañía con el Señor. La ejemplar fe eucarística de san Juan María Vianney restauró la fe y la práctica eucarísticas de los parroquianos.

La evidente identificación del Cura de Ars con Cristo en su Sacrificio Eucarístico , a su vez, también atrajo el fiel al Sacramento de la penitencia. Observaba el Santo Padre: “Esta profunda identificación personal con el Sacrificio de la Cruz, lo condujo –por un único movimiento interior- dal altar al confesonario.” El Papa Benedicto XVI subrayó la relación esencial entre los sacramentos de la Santa Eucaristía y la Penitencia, como es ejemplificado en el ministerio sacerdotal de san Juan María Vianney. Observa:

[El Santo Cura de Ars] buscó en todo modo, a través de su predicación y su poder de persuasión, ayudar a sus parroquianos a redescubrir el significado y la belleza del sacramento de la Penitencia, presentándolo como una demanda inherente de la presencia eucarística. De ese modo creó un “círculo virtuoso”. Pasando largas horas en la iglesia ante el sagrario, inspiró a los fieles a imitarlo yendo a visitar a Jesús y, al mismo tiempo, estando seguros que su párroco estaría allí, disponible para la escuchar y el perdón.

Los fieles no se equivocaron al identificar a su párroco con Cristo que es totalmente misericordioso hacia nosotros, derramando sin límite su vida para la salvación de lo hombres en el sacramento de la Sagrada Eucaristía y escuchando la confesión de sus pecados y absolviéndolos en el sacramento de la Penitencia. Debe aquí ser notado que la devoción eucarística de un seminarista o un sacerdote estará siempre íntimamente vinculada con el examen diario de conciencia y acto de contrición, y el encuentro regular con Cristo en el sacramento de la Penitencia para la confesión de los pecados y la recepción de la absolución.

Observando la ferviente devoción eucarística de san Juan María Vianney, fue dada la gracia de la conversión del corazón, la que se expresó en devoción eucarística. El Papa Benedicto XVI, comentando acerca del profundo efecto que tiene sobre los fieles el ejemplo del sacerdote en la devoción eucarística declaró:

A sus parroquianos San Juan María Vianney enseñaba sobre todo con el testimonio de la vida. Por su ejemplo ellos aprendieron a rezar, y con gusto detenerse ante el sagrario para una visita a Jesús en el Santísimo Sacramento.

San Juan María Vianney exhortaba a los fieles, sin atender a la poquedad, ir cerca del Señor en el Santísimo Sacramento. Al mismo tiempo, su manera de ofrecer la Santa Misa enseñaba al pueblo la verdad de la Presencia real y de la sed de Cristo por las almas. Aprendieron ellos del ejemplo del Santo Cura el gran misterio del amor todo misericordioso de Dios por nosotros, que se manifiesta más acabadamente en la actualización del sacrificio eucarístico de Cristo por nosotros, el derramamiento de su vida para nuestra salvación.

San Juan María Vianney, a partir de su devoción eucarística, comprendió que él, como Cristo, era tanto sacerdote como víctima. Su devoción eucarística desarrolló en él una aún mayor disposición para derramar su vida en puro y abnegado amor de los fieles, como Cristo hizo a través de su Muerte en la Cruz. Citando al Santo Cura, el Papa Benedicto XKI observaba:

Cuando celebraba solía también ofrecer su propia vida en sacrificio: ¡Qué bien hace un sacerdote en ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!

Del mismo modo, el Santo Cura estaba convencido que cualquier laxitud de un sacerdote en llevar adelante su ministerio sagrado viene necesariamente de una falta de fervor en el ofrecimiento de la Santa Misa. Una vez más, citando a san Juan Vianney, el Papa Benedicto XVI comentó la convicción del santo “que de la Misa dependiese todo el fervor de la vida de un sacerdote” El Santo Cura de Ars declaró:

“La causa del relajamiento de un sacerdote es que no presta atención de la Misa! Dios mío, cuánto es de compadecer un sacerdote que celebra como si hiciese algo ordinario”.

El Santo Cura manifestaba la total sinceridad de sus palabras en su propia vida sacerdotal centrada en la Sagrada Eucaristía.

Fiel al Magisterio, san Juan María Vianney enseñaba el vínculo esencial del Santo Sacerdocio con el Santísimo Sacramento. Con respecto a la vocación sacerdotal, decía: “¡Oh, qué grande es el sacerdote!.. Si lo comprendiese moriría…Dios le obedece: él pronuncia unas pocas palabras y el Señor desciende del cielo a su voz y se encierra en una pequeña hostia”. En muchas ocasione, llevó a los fieles a una fe y una devoción más profunda del sacramento del Santo Sacerdocio, recordándoles que el Santo Sacerdocio existe sobre todo para la celebración de la Sagrada Eucaristía y que la celebración de la Sagrada Eucaristía no puede tener lugar sin el Santo Sacerdocio.

Estupor Eucarístico y Vocación Sacerdotal

El Beato Papa Juan Pablo II, describió vivamente el estupor que llena la mente y el corazón de todo sacerdote cuando está ofreciendo la Santa Misa. La acción de Cristo, a través del ministerio sacerdotal, une verdaderamente Cielo y tierra, porque hace presente el Cuerpo glorioso, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo para la salvación del mundo. El Beato Juan Pablo II escribió estas palabras acerca el “profundo asombro y gratitud” ante la realidad del Sacrificio Eucarístico, que llenaría las mentes y los corazones de todos los fieles y especialmente de los sacerdotes:

El estupor debería siempre llenar la Iglesia convocada para la celebración de la Eucaristía. Pero especialmente, tocar al ministro de la Eucaristía. Porque es él quien, por la autoridad que se le ha conferido en el sacramento de la ordenación sacerdotal, efectúa la consagración. Es él quien dice, con el poder que le viene de Cristo en la Sala Alta: “Esto es mi Cuerpo dado en sacrificio por vosotros. Este es el cáliz de mi Sangre derramada por vosotros…” El sacerdote dice estas palabras, o más bien pone su voz a disposición de Aquel que pronunció estas palabras en la Sala Alta y que desea que sean repetidas en cada generación por todos aquellos que en la Iglesia ministerialmente comparten Su Sacerdocio.

En el sacrificio eucarístico, todos los fieles son testigos del misterio del amor inmenso de Nuestro Señor Jesucristo hacia todos los hombres, sin exclusión alguna. Es el misterio que Nuestro Señor, cuando estaba muriendo en la cruz por la salvación del mundo, expresó con sus palabras “Tengo sed”.” El sacerdote ordenado es llamado a compartir la sed de Cristo por las almas, que es inconmensurable e incesante. Por medio de la devoción eucarística del sacerdote, ambos, por su parte el sacerdote viene a una más profunda apreciación de su vocación a la caridad pastoral y el fiel comprende la verdadero significado de la cura sacerdotal por las almas.

En su última Encíclica, Ecclesia de Eucharistia, el Beato Juan Palbo II describió la fe eucarística con contundencia. Nos recordó que la vida de la Iglesia tiene su “fundación y su fuente” en Triduo Sacro, que está totalmente contenido en el Misterio Eucarístico. Escribió: el Triduo Pascual “es como si estuviera reunido, anticiapdo y concentrado por siempre en el don de la Santa Eucaristía.” Continuaba diciendo:

El pensamiento de esto nos conduce a un asombro profundo y a la gratitud. En el acontecimiento pascual y la Eucaristía, que lo hace presente a través de los siglos, hay una enorme “capacidad” que abarca toda la historia como receptora de la gracia de la redención..

Cuánto testimonio da la actitud, las palabras y las acciones del sacerdote, que está dedicado a su amor del Santísimo Sacramento, hacia la verdad del Misterio de la Fe, la Sagrada Eucaristía, que, en cada celebración abarca todo el mundo. Cristo sufrió, murió y resucitó de la muerte para la salvación de todos los hombres, sin exclusión.

La devoción eucarística en el seminarista o en el sacerdote mantiene siempre ante su recuerdo el origen del ministerio sacerdotal, es decir, su sucesión ininterrumpida desde la ordenación de los Apóstoles, los primeros sacerdotes, a la ordenación del más nuevo de los sacerdotes del mundo hoy. El Beato Juan Pablo II dijo:

El ministerio de los sacerdotes que han recibido el sacramento del Orden Sagrado, en la economía de la salvación elegida por Cristo, evidencia que la Eucaristía que celebran es un don que trasciende radicalmente el poder de la asamblea y es en cualquier caso esencial para la validez, vinculando la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la Última Cena.

Por medio de la fe y la devoción eucarística, tanto el sacerdote come el fiel serán siempre más profundamente conscientes que el sacerdocio es un don dado por Cristo a su Iglesia, de modo que Él pueda estar presente, en todo tiempo y lugar, como Cabeza y Pastor del rebaño, dando su Vida por el rebaño, sobre todo, a través de la oferta del Santo Sacrificio de la Misa.

El Beato Juan Pablo II, citando su Carta Apostólica Dominicae Cenae, dirigida a todos los Obispos de la Iglesia, el Jueves Santo de su segundo año de pontificado, nuevamente destacó el lugar esencial y central de la adoración eucarística en la vida del sacerdote, diciendo:

Si la Eucaristía es el centro y el culmen de la vida de la Iglesia, del mismo modo es el centro y el culmen del ministerio sacerdotal. Por ello, con el corazón lleno de gratitud hacia Nuestro Señor Jesucristo, repito que la Eucaristía “es la principal y central razón de ser del sacramento sacerdotal, el cual efectivamente nació en el momento de la institución de la Eucaristía”

Comentando acerca del número y la variedad de responsabilidades del sacerdote, el Beato Juan Pablo II observaba que la sola devoción a la Eucaristía permitirá al sacerdote permanecer focalizado en su vida sacerdotal, de modo que cada acto de su ministerio exprese la caridad pastoral que tiene su fuente en el misterio eucarístico.

En su última carta a los sacerdotes, en ocasión del Jueves Santo del 2004, refiriéndose a su última Encíclica Ecclesia de Eucharistia y a su libro escrito para el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal, el Beato Papa Juan Pablo II, escribió:

Nosotros hemos nacido de la Eucaristía. Si podemos verdaderamente decir que toda la Iglesia vive de la Eucaristía (“Ecclesia de Eucharistia vivit”), como lo he reafirmado en mi reciente Encíclica, podemos decir lo mismo del sacerdocio ministerial: nació, vive, obra y da fruto “de Eucharistia.” “No puede haber Eucaristía sin sacerdocio así como no puede haber sacerdocio sin Eucaristía.”

Contemplando el misterio del sacerdocio ministerial, el Beato Juan Pablo II decía a sus hermanos sacerdotes:

Ante esta extraordinaria realidad nos encontramos asombrados y superados, tan profunda es la humildad por la cual ¡Dios “se limita” para unirse con el hombre! Si nos emocionamos ante el pesebre de Navidad, cuando contemplamos la encarnación de la Palabra, ¿qué deberíamos sentir ante el altar cuando por las pobres manos del sacerdote, Cristo hace presente su sacrificio en el tiempo? Sólo podemos caer de rodillas y silenciosamente adorar el supremo misterio de fe.

Ambos, el seminarista que está profundizando su conocimiento de la vocación al sacerdocio y el sacerdote que está profundizando su conocimiento al don de su vocación sacerdotal diariamente buscarán la ocasión para arrodillarse y adorar el gran Misterio de la Fe.

La Hermenéutica de la Discontinuidad y la Crisis de la Devoción Eucarística

El Papa Benedicto XVI, en la Exhortación Apostólica Post-Sinodal Sacramentum Caritatis, exhortó a todos los fieles cultivar la devoción eucarística. Al poner énfasis en “el desarrollo ordenado de las formas del ritual en el que conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación,” señaló una noción errónea con respecto a la adoración eucarística, que se desarrolló luego del Concilio Ecuménico Vaticano II. Al respecto escribió:

Durante las fases iniciales de la reforma (siguiendo la deseada renovación litúrgica del Concilio Vaticano Segundo), la relación inherente entre la Misa y la adoración del Santísimo Sacramento no fue siempre percibida con suficiente claridad. Por ejemplo, una objeción ampliamente difundida a la época, argüía que el pan eucarístico nos había sido dado no para ser contemplado sino comido. A la Luz de la experiencia de oración de la Iglesia, sin embargo, esta fue vista como una falsa dicotomía. Como San Agustín lo expuso: “nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; peccemus non adorando – que nadie como esa carne sin adorarla; pecaríamos si no la adorásemos.” En la Eucaristía, el Hijo de Dios viene a encontrarnos y desea ser uno con nosotros; la adoración eucarística es simplemente la consecuencia natural de la celebración eucarística, que es en sí misma el supremo acto de adoración de la Iglesia.”

De acuerdo con la enseñanza que, magistralmente, estableció, el Papa Benedicto XVI, en su discurso de Navidad del 2005 a la Curia Romana, describió la relación connatural entre participación en el sacrificio eucarístico y adoración eucarística: “El acto de adoración fuera de la Misa prolonga e intensifica todo lo que tiene lugar durante la celebración litúrgica.”

En el discurso apenas mencionado dirigido a la Curia Romana, el Santo Padre explicó cómo el desarrollo de la adoración eucarística en la Iglesia, especialmente como tomó forma en la Edad Media, es un fruto del misterio eucarístico en sí y de la fe eucarística de la Iglesia. Refiriéndose a la hermenéutica post-conciliar de discontinuidad, que en los hechos suprimió todas las formas de devoción eucarística y de adoración en algunas partes de la Iglesia, escribió:

“Recibir la Eucaristía significa adorar a Aquel a quien recibimos. Precisamente así y sólo así nos volvemos uno con Él. Por tanto, el desarrollo de la adoración eucarística, como tomó forma durante la Edad Media, fue la consecuencia más consistente del misterio eucarístico en sí mismo.: sólo en adoración puede la verdadera y profunda aceptación desarrollarse. Y es precisamente ese acto personal de encuentro con el Señor que desarrolla la misión social que está contenida en la Eucaristía y que desea abatir las barreras, no sólo las barreras entre el Señor y nosotros sino también y sobre todo aquellos que nos separan unos de otros.”

La adoración eucarística es esencial para los seminaristas y sacerdotes, si ellos han de crecer, en las palabras del Papa Benedicto XVI, en “profunda y verdadera aceptación” de la vocación sacerdotal y de la caridad pastoral de Cristo, que es su esencia.

En Sacramentum Caritatis, el Papa Benedicto comenta largamente la realación existente entre la espiritualidad eucarística y la vida diaria de la caridad cristiana. Observando cómo la creciente secularización de la sociedad lleva a relegar la fe cristiana “a márgenes de la vida como si fuera irrelevante a los asuntos de cada día,” el Papa Benedicto XVI exhortó a “la necesidad de redescubrir que Jesucristo no es simplemente una convicción privada o una idea abstracta sino una persona real, que haciendo parte de la historia humana es capaz de renovar la vida de todo hombre y mujer.”

Para un seminarista o un sacerdote, la tentación de reducir Cristo a una idea abstracta es lo más destructivo de la vida espiritual. Conduce a la pérdida de su propia identidad y lo aparta de cumplir con su primera y más importante misión, la de llevar a los fieles a cuidar el conocimiento, amor y servicio de Cristo, en cuanto Él está vivo por nosotros en la Iglesia. La devoción al Santísimo Sacramento conduce al sacerdote a un encuentro personal siempre más profundo con Cristo, quien, a su vez, inspira en él una vida definida por la caridad pastoral. Al mismo tiempo, prepara el sacerdote a encontrar a Cristo personalmente en su vida, sobre todo, en el sacrificio eucarístico y a través de la devoción eucarística, y para llevar a Cristo a los demás con amor puro y abnegado.

El Beato Papa Juan Pablo II, en su libro “Don y Misterio”, subraya la relación esencial entre la devoción eucarística del sacerdote y el cumplimiento efectivo de su misión. Al respecto escribió:

Si miramos de cerca qué espera el hombre y la mujer contemporáneos de los sacerdotes, veremos que, al final, ellos no tienen más que una gran expectativa: están sedientos de Cristo. Todo lo demás –sus necesidades económicas, sociales y políticas- pueden ser pedidos a tantos otros. Del sacerdote ellos piden a Cristo! Y de Él tienen el derecho de recibir a Cristo, sobre todo a través de la proclamación de la palabra. Como enseña el Concilio, los presbíteros “tienen como deber primario anunciar a todos el Evangelio de Dios ” (Presbyterorum Ordinis, 4). Pero el anuncio va sobre todo busca que el hombre tenga un encuentro con Jesús, especialmente en el misterio de la Eucaristía, corazón pulsante de la Iglesia y de la vida sacerdotal. El sacerdote posee un poder misterioso, formidable sobre el Cuerpo eucarístico de Cristo. En razón de este poder él se vuelve administrador del mayor tesoro de la Redención, porque él da al pueblo al Redentor en persona. La celebración de la Eucaristía es la función más sublime y más sagrada de todo sacerdote. En cuanto a mí, desde el primer año de mi sacerdocio, la celebración de la Eucaristía ha sido no sólo mi deber más sagrados sino, por sobre todo, la necesidad más profunda de mi alma.”

Por medio de la devoción eucarística, el sacerdote salvaguarda el corazón de su ministerio sacerdotal y cultiva el don del amor divino en el Santísimo Sacramento para la santificación de los fieles..

En su última Encíclica Ecclesia de Eucharistia, el Beato Papa Juan Pablo II comentaba, con profunda pena, las sombras que han entrado en la fe y el amor eucarísticos en la Iglesia. La primera sombra era que “en algunas partes la práctica de la adoración eucarística había sido completamente abandonada.” Las otras sombras que he notado y que están vinculadas con el abandono de la adoración eucarística son los abusos litúrgicos, “la comprensión reductiva del misterio eucarístico”, que lo despoja de “su significado sacrificial”; el oscuramiento o la pérdida de la comprensión que “el sacerdocio ministerial, fundado en la sucesión apostólica”, es necesario para la celebración de la Sagrada Eucaristía; y las falsas iniciativas ecuménicas involucrando la celebración de la Sagrada Eucaristía. Al respecto de estas sombras, concluye drásticamente:

¿Cómo no podemos expresar una profunda pena por todo esto? La Eucaristía es un don demasiado grande como para tolerar ambigüedades y depreciación.

Impulsado a renovar la fe de la Iglesia en la Eucaristía anuncia el propósito de la Encíclica así:

Una vez más deseo recordar esta verdad y unirme a vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración ante el misterio; un gran misterio, un misterio de misericordia. ¿Qué más podría haber hecho Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que va “al extremo” (Cfr. Jn 13:1), un amor que no conoce medida.

El Beato Juan Pablo II tenía un doble deseo, al final de su servicio de sucesor de san Pedro, y era el de encaminar la verdad sobre la Sagrada Eucaristía y postrarse en adoración ante el gran Misterio de la Fe.

Devoción Eucarística y Devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús

La devoción del Sagrado Corazón de Jesús fluye de la devoción eucarística, y al mismo tiempo, aumenta su fervor. Entrando en el seminario menor en 1962, fui introducido a la práctica de renovar cada año la consagración al Sagrado Corazón de Jesús, que había hecho santa Margarita María. Con el madurar de mi vocación sacerdotal, en los años de mi formación en el seminario y en los años de mi ministerio como sacerdote y Obispo, nunca dejó el Sagrado Corazón de Jesús de atraerme y de conducirme a una valoración más profunda de los sacramentos, especialmente la Sagrada Eucaristía y el sacramento de la Penitencia, y a una identificación más completa de mí mismo con la realidad de la vocación sacerdotal, la que el Santo Cura de Ars, san Juan María Vianney, tan simple y poderosamente definía con estas palabras: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús.” La devoción al Sagrado Corazón de Jesús puso ante mis ojos la gran maravilla de ser llamado al sacerdocio, especialmente cuando me enfrenté a tentaciones de dudar de la realidad de la vocación sacerdotal o tratar tal realidad descuidadamente.

Para decirlo simplemente, la devoción al Sagrado Corazón me ayudó a reconocer mi vocación sacerdotal, a abrazar la vocación al sacerdocio, y a crecer más sólidamente en mi identidad sacerdotal. Mientras otras devociones, por ejemplo la devoción eucarística y la devoción a la Santísima Virgen, son una parte esencial de la vida de los seminaristas y de los sacerdotes, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en un cierto modo, conduce toda la devoción y la vida de oración de seminaristas y sacerdotes juntos a la cultivación de una unión de corazón con el Corazón de Jesús, Cabeza y Pastor del rebaño en todo tiempo y lugar a través de sus sacerdotes ordenados. Las palabras del Papa Pío XI, con respecto a la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús, se verificaron tanto en mi vida de seminarista como de sacerdote:

No se trata tanto de la suma de toda la religión y por tanto del modelo de una más perfecta vida, contenida en el signo más auspicioso y en la forma de piedad que le sigue como que más prontamente conduce las mentes de los hombres a un íntimo conocimiento de Cristo nuestro Señor, y con mayor eficacia mueve los corazones a amarlo más vehementemente y a intimar con Él más de cerca.

El Sagrado Corazón de Jesús es el símbolo preeminente del amor de Cristo por nosotros en la Iglesia, que tiene su más alta y perfecta expresión en el Santísimo Sacramento.

Habiendo amándonos “hasta el extremo” de morir por nosotros en la Cruz, Cristo permitió que su corazón fuese atravesado, dándonos un inequívoco signo de su indefectible amor, derramado sobre nosotros en la Iglesia, desde su glorioso Corazón traspasado. La Sagrada Eucaristía, esto es claro, es el mayor don que nos ha sido dado del Corazón de Jesús. La Santa Misa y, sobre todo, la Santa Comunión son los encuentros más privilegiados y perfectos con Cristo, misteriosamente y realmente presente por nosotros en la Iglesia. Experimentamos directamente el amor del Corazón de Jesús en los sacerdotes, especialmente cuando ofrecen la Santa Misa.

La devoción al Sagrado Corazón ayuda al seminarista o al sacerdote a mantenerse centrado en la esencia de su vida eclesial, es decir en conocer y amar a Cristo, y en darse a Él totalmente. Por ello, la devoción al Sangrado Corazón ayuda mucho al discernimiento al llamado de Cristo a seguirlo como verdadero pastor del rebaño. Mantiene al seminarista focalizado sobre el lugar esencial de los sacramentos de la Sagrada Eucaristía y de la Penitencia en su vida de todos los días, de modo que Cristo pueda realmente hablarle a su corazón y conducirlo al Sagrado Sacerdocio. La devoción al Sagrado Corazón lleva al joven a la más poderosa ayuda para conocer la vocación al sacerdocio y para encontrar el valor para abrazar la vocación, en concreto en la participación de la Santa Misa y en la oración ante el Santísimo Sacramento, y en la frecuentación asidua al sacramento penitencial.

La devoción al Sagrado Corazón ayuda al seminarista y el sacerdote, en modo particular, a evitar la tentación de ver la vida sacerdotal como un empleo, una función o una profesión dentro de la Iglesia, sino más bien ver el sacerdocio como su identidad, la identidad de Cristo Pastor, de un hombre transformado por el misterio del Orden Sagrado para ser verdaderamente el amor del Sagrado Corazón de Jesús para todos sus hermanos y hermanas, especialmente para aquellos más necesitados. En el Sagrado Corazón de Jesús, el seminarista o el sacerdote llegan a comprender que la ordenación sacerdotal les cambia la vida completamente, que la ordenación sacerdotal consagra cada fibra de su ser a Cristo, Sumo Sacerdote, para su caridad pastoral, de su ilimitado e incesante cuidado del rebaño del Padre.

La devoción al Sagrado Corazón le ayuda a nunca perder vista el primer lugar que debe tener la oración y los sacramentos en su vida de sacerdote. Entrando en el misterio del Sagrado Corazón, ante todo, descubre los mayores regalos que fluyen sin cesar de su glorioso Corazón traspasado, sobre todo, el don de su Cuerpo, Alma y Divinidad en la Sagrada Eucaristía. El Sagrado Corazón apunta al incomprensible misterio del encuentro personal con Él en los sacramentos y, sobre todo, en el sacramento de la Penitencia y en la Sagrada Eucaristía. Esta devoción mantiene litúrgicamente la piedad correctamente centrada en el misterio del encuentro de Cielo y tierra, que tiene lugar en cada celebración de la Sagrada Liturgia. La devoción al Sagrado Corazón también confirma la importancia de la diaria Hora Santa, el tiempo atesorado pasado simplemente ante la presencia eucarística de Cristo, durante el cual el seminarista o el sacerdote da su corazón nueva y completamente al Corazón de Jesús.

Conclusión

Mi esperanza es que estas pocas reflexiones sobre la relación esencial del Misterio de la Fe, el Misterio Eucarístico al sacerdocio ordenado, como lo he experimentado en mi propia vida sacerdotal, sea de ayuda a la comprensión de la importancia crítica y fundamental de la Adoración al Santísimo en la formación y la vida de seminaristas y sacerdotes. En modo particular, espero que el ejemplo y la heroica enseñanza de santo Tomás de Aquino, san Juan María Vianney, y del Beato Juan Pablo II, y el magisterio de nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, hayan abierto a la belleza y la potencia de la relación de la vocación sacerdotal a su razón fundamental de ser: la diaria celebración del sacrificio eucarístico para la salvación del mundo.

A medida que nos esforzamos en profundizar al comprensión del gran don de la Adoración Eucarística para nuestra vida en Cristo y, particularmente, para la vida de aquellos llamados a seguir a Cristo en el sacerdocio ministerial, pidamos la intercesión de la Santísima Virgen, la primera y mejor de los Discípulos de nuestro Señor y nuestro modelo de fe y práctica eucarística. La Santísima Virgen María, en su amor maternal, nos atrae a su Inmaculado Corazón, así puede conducirnos al Corazón de su Hijo, así como guío a los sirvientes en las Bodas de Caná a Jesús con la clara y firme instrucción: “Haced lo que Él os diga” Ella impulsa, especialmente, a aquellos llamados al sacerdocio a unirse a ella al pie de la Cruz, con san Juan Apóstol, y , con su Inmaculado Corazón, a elevar sus corazones al Corazón traspasado de Jesús, siempre abierto para recibirnos, para sanarnos y para fortalecernos, por medio de su sacrificio eucarístico.

Concluyo con una exhortación que san Juan Eudes hizo a los sacerdotes, con respecto al lugar que debe ocupar la devoción eucarística entre sus muchos deberes:

Tener una máxima devoción al Santísimo Sacramento, porque es el inefable tesoro del sacerdote, quien debería tener en su propio corazón un celo ardiente hacia tan santa posesión. Su único y constante deseo debería ser honrar al Santísimo Sacramento y hacerlo honrar por otros y ver que el lugar del Señor es limpio, digno, y edificante. El sacerdote debería ser incansable en sus esfuerzos para enseñar a los fieles actuar reverentemente en la presencia de Cristo en el sagrario, y no debería ahorrar penas para alentarlos a asistir frecuente y devotamente a la Santa Misa.

Raymond Leo Cardinal Burke

Prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica

[ 14-08-2012 ]

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