Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


DISERTACIÓN DE MONS. REIG PLA EN EL IV ENCUENTRO DE LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA PERPETUA DE ESPAÑA

Al comienzo Mons. Juan Antonio Reig Pla ofreció el panorama del medio en que nos movemos y el estado de la sociedad y del mundo, como introducción a la necesidad de la Nueva Evangelización y llegar finalmente el punto central de ella que es la adoración y adoración perpetua. A continuación algunas de las partes de su disertación que no tuvo ningún papel como guía sino que fueron profundas reflexiones sacadas de su fino pensamiento y profunda convicción.

Primera parte de la alocución o parte introductoria

Nos encontramos en una sociedad que se ha olvidado de Dios, por decirlo de alguna manera: que vive como si Dios no existiera. Los que me escuchan algunas veces lo saben que yo suelo citar -cuando digo esta expresión- al Papa Juan Pablo II en la Evangelium vitae, lo que él llama \"el eclipse de Dios\", como si nos hubiésemos quedado a oscuras y Dios no tiene ninguna relevancia para organizar la vida en común, la sociedad como espacio para el bien común. Dios es irrelevante. Claro, las consecuencias de la ausencia de Dios son tremendas, porque entonces estamos sólo a merced de nosotros mismos, de lo que pueda dar nuestra inteligencia, nuestras fuerzas, nuestras capacidades. Eso, en la inteligencia humana ha provocado lo que llamamos un \"colapso de la mente\". De tal manera que la mente se ha quedado sin la luz necesaria, velada la verdad y, por tanto, tiene que caminar a oscuras y contentarse con aquellas cosas que puede arreglar por sí mismo. Un primer rasgo de lo que pudiera ser la cultura dominante: la gran ausencia de Dios. Ya viene de lejos, no es que sea esto reciente, pero es importante que nosotros tomemos conciencia para saber exactamente lo que se pretende con la adoración perpetua.

Derivando de esta ausencia de Dios, de este eclipse de Dios, hay una gran crisis de lo que llamamos la verdad. No se quiere afrontar la verdad. Si tenemos las luces encendidas -ahora mismo tenemos la luz solar, y si pusiéramos luz aquí dentro, pues muy claro reconocernos y saber exactamente por dónde hemos de pasar para encontrar la puerta, pero sin la Luz de Dios la verdad es lo que puede alcanzar el hombre limitadamente. En nuestro caso, el haber dejado de lado la verdad -por ese colapso de la mente-, nos ha conducido simplemente a quedarnos con la experiencia de las cosas, lo que podamos averiguar de las cosas, y se ha hecho eso como patrón del conocimiento. Es una inteligencia que llamamos \"instrumental\": que hace cosas, que investiga cosas, que es capaz de desarrollarlas desde la ciencia y la tecnología, pero todo esto nos instala en nuestro mundo, más de ahí no podemos ir. Pero, claro, esto se ha privilegiado de tal manera que queda velado el tema de la verdad: del porqué estamos aquí, quién somos, cuál es el sentido de la vida, si hay salvación. Con una inteligencia \"instrumental\" todas estas preguntas no tienen respuestas, por supuesto. Sin Dios, estas preguntas, pues quedan como flotando en el aire.

Se agrava esta cuestión -de no querer afrontar el tema de la verdad, de lo que es la persona, del sentido de la historia, qué es el mundo- porque la libertad sin verdad, ya saben ustedes dónde queda. Si no tiene el recorrido de la verdad ¿qué es la libertad?, ¿hacia dónde hemos de orientar nuestros pasos?, ¿cómo hemos de tomar decisiones? Como hay gran potencia por parte de los poderosos de este mundo y de los que gobiernan los medios de comunicación, tenemos toda la población \"ideologizada\", de tal manera que aprecian la palabra \"libertad\", pero no es más que esto: el propio resonar de las emociones y los sentimientos, que son fácilmente gobernables y manipulables. Cuando uno es capaz de decir \"esto es el bien\", bueno, pues la libertad ya sabe dónde orientarse. Pero si simplemente sigue el camino de lo que sus emociones, sentimientos y afectos le guían, puede equivocarse fácilmente. Y si todo es opinable, pues la vida es la travesía de una selva, no tiene caminos. Los caminos se los da la verdad, que cuando es la verdad ejercida desde la voluntad, es el bien. Claro, cuando uno sabe dónde está el bien, pues sabe exactamente hacia dónde tiene que ir... Otra cosa es que pueda alcanzarlo. Entonces ya es el misterio después de la herida del hombre y la gracia. Pero es muy preocupante una libertad que está sólo a merced de instintos y emociones, que ya, sin verdad, no es más que eso, porque es fácilmente estimulable, fácilmente manipulable, es la mente que no quiere alcanzar la verdad, es muy vulnerable y manipulable. Y una libertad perversa, sin verdad, puede conducir a la destrucción de uno mismo, aunque no se dé cuenta. Suelo repetir muchas veces que las personas, a veces, ni siquiera saben que están pecando, porque ya la ignorancia ha llegado a extremos muy grandes, pero no por eso dejan de destruirse a sí mismos, porque el pecado, aunque tú no sepas que lo estás haciendo, destruye igual. Es muy importante saber dónde está el bien, dónde está la verdad y hacia dónde tenemos que dirigir la libertad, porque podemos estar orientando mal nuestros pasos y cada vez nos alejamos más de lo que tenía que ser nuestro bien. Una libertad sin verdad, puede llevarte a la deriva, al abismo. Si esa libertad, además, es estimulada por grandes medios poderosos que nos quieren dirigir en una dirección o en un pensamiento único, pues es verdaderamente muy serio.

Acabo ya con esto, porque no venía a hablar de esto. Pero sí el último punto. El último punto es que la ausencia de Dios, el haber desenganchado la libertad de la verdad, el haberse quedado a oscuras la propia voluntad sin saber exactamente hacia dónde dirigirse y ser gobernada, simplemente, por las sensaciones, por las emociones, por los sentimientos y por los instintos ha conducido a un modo de vivir nihilista, que es donde estamos.

¿Qué es el nihilismo traducido prácticamente?, pues navegar a puerto visto, es decir, a corta distancia. O sea, no ser capaces de orientarse con un horizonte que tenga como pista: \"camino hacia la eternidad\". No. Nos preocupamos de las cosas de cada día, las ordinarias, de las más -diríamos- elementales. Para saber qué es una sociedad nihilista yo les propongo un ejercicio: cuando vean un grupo de adolescentes sentados en el suelo con sus móviles, acérquense y escuchen, sabrán ustedes lo que es una sociedad nihilista. No hablan de nada con trascendencia, todo lo que está en sus manos es banal, efímero, contingente; cargados simplemente de propuestas, de sensaciones y emociones, y atados a las cosas más elementales, que pueden ser las zapatillas que llevan, el jersey que se han comprado o lo que desean o lo que se estimulan entre ellos. Eso va a la deriva, ahí no se puede construir nada.

Y esa sociedad nihilista ha producido el efecto más grave, que es el apagón de la conciencia moral. El apagón de la conciencia moral ¿qué significa?, pues que ya no sabemos discernir entre el bien y el mal. Ya la escritura nos previene: \"¡ay de aquellos que al mal lo llaman bien!” (Cf. Is 5,20), pero es que esto ha alcanzado no sólo el nivel individual de una persona o de un grupito de niños o de adolescentes o de jóvenes o de adultos. Ha alcanzado el nivel de cultura y ha alcanzado estatuto jurídico.

\"¡Ay de aquellos que al mal llaman bien!\": ley de interrupción del embarazo o llamada de \"salud reproductiva\". A la muerte de un inocente lo llaman \"justicia\", \"derecho\". Si quieren que pasemos de ahí a lo que ha ocurrido con la sentencia del Tribunal Constitucional con el tema del matrimonio, pues lo mismo: \"¡ay de aquellos que al mal lo llaman bien!\", y le dan nobilidad cultural y, después, relevancia jurídica. Es la peor de las situaciones.

Todo esto ¿de dónde deriva?: de la propensión continua del hombre de ser autónomo de manera radical. Es la primera tentación en el paraíso. El Señor colocó a nuestros primeros padres en el paraíso, que es una imagen de lo creado, todo lo ha creado para el hombre, y el hombre lo ha creado para Dios; ha colocado a nuestros primeros padres en el jardín de la creación y les ha dicho: \"podéis comer de todo; todo es para vosotros, menos del árbol de la ciencia del bien y del mal\". En el centro del paraíso estará el árbol de la vida, que les hará mantenerse en la inmortalidad. El hombre fue creado en estado de inocencia -van desnudos y no se dan cuenta-, en estado de integridad, de tal manera que los dinamismos espirituales son la voluntad y la inteligencia, son capaces de gobernar el instinto y las emociones y, por tanto, dirigir siempre los pasos hacia el bien -eso se llama la integridad-, en el acto libre queda todo unido, de tal manera que no hay desarmonía entre instinto, emoción, juicio de bien y capacidad de realizarlo. Y, después, el Espíritu, la Gloria de Dios que habitaba en ellos, les daba tanta potencia que, alimentándose del árbol de la vida, no iban a morir. Dios los había creado no para la muerte; la muerte ha sido introducida por el pecado.

Aquí está el otro árbol, el árbol de la ciencia del bien y del mal. ¿Qué significaba este árbol? Significaba que Dios había creado al hombre con sabiduría y amor y, por tanto, había pensado toda su persona y su ser y su poder-ser. O sea, el bien, para el hombre, venía desde Dios, que sabiendo más -porque es sabiduría infinita- lo quería reglar y medir según su sabiduría. Muy importante esto, porque nosotros estamos, naturalmente, religados -de ahí viene la palabra \"religión\"-, religados a Dios. Nuestro Creador, pues nuestro Redentor. Dios no es nunca alguien que, desde fuera, viene a imponernos cargas. De tal manera que lo que nos da como Palabra para vivir -sea la Alianza del Sinaí, los Diez Mandamientos, sean sus Palabras de Vida- nunca son extrínsecas a nosotros, sino que forman parte de lo que Él nos ha dado en su sabiduría. Son palabras que nos indican los caminos hacia nuestro desarrollo y nuestro bien. O sea, no es algo que desde fuera se impone a la voluntad porque yo soy el soberano y tú eres el esclavo, sino que son Palabras de Vida que el Señor nos da para poder orientar nuestra libertad y llegar a nuestra perfección y llegar al bien. Eso es lo que significaba ese árbol.

El tentador presenta a Dios no como el creador, no como aquel que se le ha dado todo, no como aquel que los ha creado para Él y solo en Él van a encontrar su paz y su felicidad, sino como enemigo. Eso lo venimos sufriendo nosotros desde el Renacimiento hacia aquí, donde Dios ha sido presentado como el padre al que tenemos que matar para poder adquirir la autonomía y la libertad. La muerte del padre es dramática. El padre es el símbolo general de Dios, después es la autoridad, después son los padres que educan a sus hijos, después son los maestros... O sea, no existe esa autoridad y nadie hoy se atreve decir una palabra a otro de orientación para construir su propia persona desde el bien.

Seréis como dioses, les dice. Si coméis no os preocupéis, que Dios no quiere que seáis como Él. Si coméis seréis como dioses. Al presentar a Dios como rival es el gran mal de nuestra cultura. Esto es completamente grave, no es cualquier cosa. El Papa lo recordó cuando vino a Santiago de Compostela: los falsos profetas han presentado siempre a Dios como rival del hombre, cuando Dios es el Gran Bien para nosotros, no solo nos ha dado el ser, nos ha creado; no solo nos ha creado con sabiduría, nos ha dado la capacidad de reconocer el bien en nosotros mismos; no solo nos ha capacitado para que en nuestra libertad nos orientemos hacia el bien, sino Él es nuestra meta. O sea, nosotros no tendríamos sentido para vivir si no tuviéramos a Dios como meta. Hemos sido creado con la sabiduría de Dios, con la capacidad de reconocerlo con nuestra inteligencia, capacidad de ejercerla con nuestra voluntad y sabiendo que todos nuestros pasos van en dirección a la meta, que es Él, y el cielo.

Bueno, pues, nuestros primeros padres cayeron en la tentación y se autoafirmaron en su autonomía radical frente a Dios. Es el mal de nuestro tiempo. No hay palabra que más se utilice que el llegar a ser \"un gran autónomo\" en cualquiera de las realidades, sea la personal, sea las relaciones de unos con otros, sean, incluso, pueblos con pueblos, la palabra por excelencia siempre es \"autonomía personal\", \"soy un ser autónomo\", \"un ser libre\", \"decido por mí mismo\", etc.

Bueno, ya sabéis las consecuencias del pecado: inmediatamente pierden la inocencia, se dan cuenta que van desnudos; empiezan a auto inculparse mutuamente: pues no, es que me engañó la serpiente; no, me engañó Eva... Es decir, están discutiendo. Dios, que bajaba al jardín y era inmediato en su Gloria, en la conciencia inmediata de Adán y Eva, ahora se ocultan de Dios, le tienen miedo y experimentan la fatiga, el sufrimiento y la muerte. Son las consecuencias del pecado.

Ahora ya no estamos -diríamos- en una situación como pudieran estar ellos al principio, no hemos nacido en la neutralidad, hemos nacido heridos, con el pecado de origen, con el pecado del mundo en el ambiente en el que vivimos ¿no? Ya ganar la libertad para el bien, conducir la voluntad desde el juicio, desde el bien, ya nos cuesta; necesitamos Salvador, necesitamos Gracia, alguien que llega a sacarnos de esta situación; necesitamos un Salvador, que ya solos no podemos, no solo para el bien ordinario de cada día, para vivir nuestra vida matrimonial con sosiego, con paz, con perdón, con alegría... para educar a nuestros hijos o para llevar adelante las tareas del trabajo, la actividad humana o las relaciones de uno con otro. Estamos heridos y hemos de entenderlo y, por tanto, necesitamos sanar el corazón, redimir el corazón, si queréis, en el lenguaje de San Pablo: redimir el cuerpo. Y sin eso, todos los programas que hagamos de educación, todos los programas que hagamos de leyes, en el ámbito -diríamos- más sencillito, de lo que son las leyes ordinarias por las cuales nos regimos, hasta las solemnes que cambian, todo son planteamientos racionalistas, porque no conociendo el corazón del hombre -no se dan cuenta de que está herido- necesita ser acompañado para sanar el corazón, por la gracia de Dios, y desde ahí poder ejercer el bien.

¿Quién nos sacará de esta situación?, esa es la pregunta. ¿Vendrá el Salvador? -es lo que estamos viviendo en este tiempo de Adviento-, ¿quién nos sacará de esta situación? Por lo menos ya, nosotros sabemos el final de la historia, sabemos que el Señor no solo ha venido sino que viene -ahora mismo está viniendo en esta charla- y Él mismo ha querido estar singularmente en la Presencia que llamamos según verdad, o Presencia real, en el Santísimo Sacramento del Altar.

No tenemos solución, la salvación no viene de nosotros, necesitamos un salvador. Sería el resumen de estas pinceladitas que os he dicho. Pero esta afirmación que yo hago choca en esta cultura, choca en la manera como hemos sido educados, en la medida en que no hemos conocido la Gracia de Dios, en medida en que hemos sido educados y hemos vivido y estamos viviendo en una sociedad que ya no cuenta Dios, somos rebeldes. Lo son los niños respecto a sus padres; lo son los esposos entre sí; lo somos los obispos entre los sacerdotes y la jerarquía de la Iglesia... hay una rebeldía en nosotros y nos sale siempre la autoafirmación, eso que llamamos \"autonomía radical\". No queremos nadie ser dependientes de la sabiduría amorosa de Dios, y por eso digo: se ha convertido en nuestro rival, no queremos depender de nadie. Y Dios está presentado siempre..., pues, mira, hasta el extremo último de quien gritaba la muerte de Dios -Nietzsche-, era eso: matar al Padre. No queremos reglas, no queremos nadie que nos diga lo que tenemos que hacer, no queremos establecer principios que vayan más allá de nosotros mismos. Queremos navegar a distancia corta, ser felices navegando en aguas conocidas, y zambullirnos en el océano del nihilismo y nada más, ya está. Y después ¿qué?: pues, ¡a mí que más me importa!, si yo lo que quiero es el hoy y el instante. Es un engaño absoluto.

Bueno pues, dicho esto, punto y aparte. Ahora empezamos la charla que yo venía a decirles...

(continúa en la segunda parte)

[ 18-12-2012 ]

Volver