Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


TERCERA Y ÚLTIMA PARTE DE LA INTERVENCIÓN DE MONS. D. JUAN ANTONIO REIG PLA EN EL IV ENCUENTRO DE LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA PERPETUA DE ESPAÑA

En esta parte se evidencia que la Adoración Eucarística Perpetua está en el mismo corazón de la Nueva Evangelización. Respuesta al hombre para rescatarlo del nihilismo y de su rebelión contra Dios.

Tercera y última parte

Estamos en Nueva Evangelización. O sea, el mal del mundo, el mal de nuestra cultura, el mal de las personas y el mal de cada uno de nosotros, no se cura de raíz si no somos llevados, por la gracia de Dios, a sanar esa rebeldía y a ponernos delante del Señor como un niño en brazos de su madre; como un ser que se sabe totalmente protegido por Dios... Esa imagen tan bonita en el cuadro de Rembrandt, cuando vuelve el hijo pródigo, que le abraza, le pone las dos manos encima, claro, esto provoca la rebeldía en nuestra cultura, dices esto y todas las alarmas se levantan enseguida y se ponen nerviosos todo el mundo, porque se piensa que reconocer a Dios, por tanto Padre, autoridad, reconocer a la Iglesia, reconocer a aquel que desde fuera nos pone normas, nos pone fardos que no podemos llevar, nos amarga la vida y nos quita el gusto por vivir. ¡Es todo lo contrario! Esto es el engaño del demonio. Es todo lo contrario. Sólo reconocemos el verdadero gusto de la vida, que será hoy, mañana y siempre, cuando estamos en el círculo y en el ámbito de Dios; cuando nos dejamos abrazar por el que es la misma Sabiduría; cuando inclinamos nuestra cerviz y nuestro corazón y doblegamos nuestras rodillas. Tanto es así que al demonio, cuando se le representa, no le ponen rodillas o se las ponen al revés para que no pueda arrodillarse. Eso, mirad los grabados antiguos: al demonio se le representa sin rodillas, o con patas que tiene al revés para no poderse arrodillar, porque forma parte del engaño, forma parte de la mentira.

Tanto es así, que podéis encontrar, incluso, dificultades en el seno mismo de la Iglesia, en el seno mismo de algunos que vosotros inmediatamente les proponéis la adoración perpetua y que no quieran. Están engañados; y llevar adelante la adoración perpetua y que todos los pueblos y todas las naciones, tuvieran la adoración eucarística, que es una obra enorme, de gigantes de espíritu, de nueva evangelización purísima, pero vais a encontrar muchas dificultades y resistencias, también en el interior de la Iglesia. Pero siempre ha sido así, no es ninguna novedad; porque es donde nosotros entramos en el ámbito del cielo, entramos en el ámbito de la verdad, es donde se desenmascaran todas las realidades de nuestra cultura, todo el fulgor y el esplendor del poder que tiene este barro. Pero se protegen en la violencia de la fuerza, y en la violencia de los medios y en la violencia de la posibilidad de ideologizar mentes y corazones también de nuestros niños.

¿Qué es lo que necesitamos? Entre otras cosas, siempre anunciar a Jesucristo; siempre llevar su Palabra adelante; siempre favorecer que nazcan familias cristianas que oren en casa, que compartan juntos la Palabra, que enseñen a sus hijos a orar, que con ellos recen el rosario, que con ellos puedan comentar el Evangelio del domingo, etcétera, todo lo que es la liturgia doméstica, ¡fenomenal! Pero donde se juega, a vida o muerte, el futuro del hombre es en la adoración.

Estar rozando las cosas, es una cosa, uno puede estar paladeando las cosas, pero entrar ya en el corazón y en lo íntimo de lo que es la verdadera renovación de la Iglesia, es la adoración, porque hemos sido creados para la adoración, hemos sido creados para la bendición, y eso va a ser para toda la eternidad. Por tanto, hay que agradecer todos los esfuerzos, al P. Justo y todos los que estáis aquí, estáis promoviendo la adoración en nuestras diócesis y en nuestras parroquias.

Allí, a los pies del Santísimo, aprendemos la sabiduría de Dios y, por tanto, sacamos de las tinieblas la conciencia moral. En vez de un apagón de la conciencia moral, llega la luz, empezamos a ver el bien. En vez de desenganchar la libertad de la verdad, la colocamos en el centro y en el núcleo de la verdad, y queremos orientar toda nuestra libertad hacia la Verdad, que tiene nombre, que es Jesucristo, a quien queremos seguir. Allí, llevados por Dios y por su gracia, sabemos que no se trata de un puro voluntarismo, de estar nosotros empeñados en querer por nuestras fuerzas ser titanes y llegar al bien. Es imposible, pero te lo va a regalar la gracia de Dios. Y, por tanto, en vez de provocar el eclipse de Dios, encendemos todas las luces. Eso es lo que se llama llevar a efecto la vocación bautismal y ahí, el Santísimo, juega muchísimo, porque nos hace revivir el bautismo a los pies de Jesús con eso que llamaban los Padres la iluminación. En vez de estar a oscuras, somos iluminados por la gracia del que está presente delante de nosotros, por ese calor que desprende la Forma en el Santísimo y llega a nosotros, porque Él es la verdadera Sabiduría, porque Dios está aquí. O sea, los momentos más decisivos de alcanzar la plenitud de lo que es la Eucaristía celebrada y después llevada a toda su plenitud, es la celebración de la Eucaristía diaria, la adoración del Santísimo y la procesión del Santísimo, son dos momentos –celebración y adoración- en que expresamos nosotros la soberanía de Dios. Donde entramos -diríamos- en el reino de la libertad; -donde esta tierra y esta geografía nuestra, herida por el pecado, por nuestro propio pecado que nos hace vivir en la precariedad de las cosas de cada día, que no dan de sí, esta falta de sustancia de las cosas que son efímeras y que no permanecen- cuando celebramos la Eucaristía, cuando le adoramos, cuando acompañamos al Señor por las ciudades, por las plazas y por las calles, entra la soberanía de Dios, su reinado, que no es más que su servicio de amor para paladear su amor -ADORATIO- y para reconocer su sabiduría alcanzando la obediencia y la verdadera libertad. Es el núcleo de la Nueva Evangelización. Lo repito muchas veces ¿eh?, pero no es para quedar bien delante de vosotros, sino para, exactamente, saber hacia dónde vamos.

Justo esto es lo que se ensombreció en un momento determinado la etapa postconciliar, después del Concilio Vaticano II. Se quiso poner la centralidad de Cristo, y es verdad que muchos templos fueron transformados, arrancaron los altares laterales, incluso el retablo, pusieron una cruz para decir algo que era bueno, es decir, que todo está centrado en Cristo. Todas las cosas cuando se hacen extremo, al final, querer subrayar una parte, y hacer de una parte un todo, no guardan el equilibrio de la verdad; que la verdad siempre es sinfónica, tiene una armonía: esto, pero también esto; no, esto y esto no, guarda un equilibrio y guarda una armonía.

Doy ejemplos concretos: Estuve en un lugar en que hacía años que los curas no hacían exposición del Santísimo. Les preguntaba por las custodias y, a veces, ni sabían dónde estaban; preguntaba por el incensario y lo sacaban lleno de polvo porque lo tenían arrinconado. Eso a veces pasa, en momentos en que se hace más luz, menos luz. Gracias a Dios, ahora estamos en una situación, totalmente -diríamos- distinta, que guardando su propio equilibrio es una gran situación, porque es verdad que hemos tenido que pasar épocas un poquito más duras y cuando uno va, pues, también, sintiendo tanto la orfandad de Dios y la ausencia de Dios por todas partes, el corazón ya no puede más y, en la agonía, clama, y el Señor responde. Y esto ha entrado, en gracia de Dios, en las Diócesis, ha entrado en los Seminarios, ha entrado en los centros de formación. Gracias a Dios, hoy, el valor que se está dando, y el Papa ha contribuido también, porque ya ha acentuado, en todos los encuentros que hace, suelen hacer adoración del Santísimo.

Entonces, me interesa mucho lo del árbol de la ciencia del bien y del mal. El texto de los discípulos de Emaús: cuando lo reconocen en la fracción del pan se les iluminaron los ojos y le reconocieron en la fracción del pan. Esa misma expresión está en el pecado de origen, en el Génesis 3: al comerlo (el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal) se les iluminaron los ojos y se dieron cuenta que estaban desnudos. De árbol a Árbol, de aquel árbol donde fuimos vencidos a este Árbol glorioso que nos lleva a la verdadera iluminación y a la verdadera sabiduría; para saber nosotros gobernar nuestra persona desde la libertad, orientándola a la tierra de promisión, nueva zarza ardiente que es la Eucaristía, que es la unión del cielo en la tierra. Y, por tanto, con la sabiduría del cielo, para aprender a ordenar las cosas de la tierra, para cumplir el Padrenuestro: “como en el cielo así en la tierra”. De árbol a Árbol.

Y como el Señor no quiere la muerte de sus hijos sino que vivamos, ahora no nos hemos olvidado del otro Árbol, que está en el centro del Jardín, que es el Árbol de la Vida. Allá, nuestros padres, creados en la inocencia, en la integridad, iban a comer de los frutos del Árbol de la Vida y permanecían vivos, no hubieran muerto nunca. La carne tenía la potencia del espíritu, que la mantenía redimida y sana. No solo tenían la integridad de que no había lucha entre los instintos y las emociones y el juicio de verdad y la posibilidad de hacer el bien, no había lucha, porque estaban en armonía, en integridad. Nosotros ahora lo tenemos difícil, tenemos que gobernar y tenemos que tener las virtudes que nos ayuden con la gracia de Dios, y eso lo hace en el ámbito con la virtud de la templanza que, como hija suya, tiene la castidad, que nos hace integrar distintas emociones del impulso erótico, y así todos los demás. Pero Dios creó para la vida y comiendo de los frutos del árbol de la vida no hubieran muerto nunca, la muerte ha entrado por el pecado, término no muy de actualidad, pero que nosotros hemos de poner en la actualidad, porque si no reconoces tu propia enfermedad, difícilmente vas a ser curado, debes buscar médico.

O sea, ejemplos -a mí me gusta poner los más sencillos que pueda-: cuando yo estaba de sacerdote en Valencia, tenía guardado mi coche en un garaje, y a veces lo utilizaba y a veces no, pues a lo mejor pasaban tres días y no iba al garaje, además estaba en un tercer piso y estaba aquello abierto con ventanitas para que le diera el aire, y mientras bajaba por la oscuridad del garaje para salir, parecía que el cristal del coche estaba limpio, ahora, cuando salía a la calle y me daba el sol, no podía ver nada, estaba todo sucio... Esto nos puede ocurrir, si al Sol de Justicia, que es Jesucristo, presente de manera particular y singular, con presencia según verdad, presencia real en la Eucaristía, es el Sol de Justicia que puede iluminar toda tu vida, y hasta hacerte descubrir todas tus sombras y todos tus pecados, sin esa luz no las vas a ver. Sólo podemos ver con la luz de Dios y sin esa luz uno no reconoce sus propias deficiencias, sus propios pecados, sus propias limitaciones. Luego -diríamos-, hemos ido, allí donde está la Vida, que nos hace diagnosticar bien nuestras enfermedades, que nos hace limpio el corazón para poder ver a Dios, que nos pone -digamos- en la verdad de lo que somos, y ahí es donde está el gran secreto de la Eucaristía: celebrada, entrada en comunión, cuando comulgamos, y después en la adoración con nuestros dos vocablos (parece referirse a Adoratio y Proskinesis) donde de allí tomamos los frutos que nos harán permanecer en la vida. Permanecer en la vida -que es un término de san Juan-, permanecer en el amor-permanecer en la vida, eso solo puede ser en la medida en que no cortemos el cordón umbilical; en la medida en que el sarmiento no se separe de la vid; en la medida en que estemos en plena comunión con el Señor, eso lo hace posible su Gracia. Luego, prolongar la Eucaristía en los actos de adoración es como resituar nuestro sarmiento en la vid verdadera, es como entrar allí donde mana como de un gran torrente la vida para nosotros, para que la acequia de nuestra vida y de nuestra familia y de nuestra ciudad, vaya llena de agua, porque allí está el Árbol de la Vida. La Eucaristía es el Árbol de la Vida, y allí vamos a participar de los frutos de la vida.

Ahí es donde viene el tercer punto, y es cómo la adoración, el reconocimiento de Dios, el abrazo amoroso de la adoración, te lleva inmediatamente -con la sabiduría de Dios que te hace reconocer tus pecados, que te hace sabio- te lleva a entregarte totalmente a Dios para no privarte de los frutos del Árbol de la Vida y lleno de su sobreabundancia, tu vaso lleno, repleto, saldrá como un río que regará, en el apostolado, allí donde tú estés con el agua misma del Espíritu Santo que te llevará a ordenar tu libertad siempre desde el bien. El apostolado nace de la oración, y el apostolado nace del estar delante del Árbol de la Vida, de la Comunión Eucarística, en la Palabra escuchada, en la Pascua celebrada, en el nacer de nuevo, por la confesión de los pecados y por la participación en la Comunión eucarística y del estar allí arriba del todo, en el monte Sión, donde está la Ciudad Santa, donde se reunieron los apóstoles, donde vino Pentecostés, allá en el Cenáculo. La adoración perpetua es el actual cenáculo donde, revestidos de la omnipotencia del Espíritu Santo, enriquecidos con la sabiduría de Dios, abrazados desde el amor inmenso del cielo a cada uno de nosotros, nos hace salir disparados para ser apóstoles, testigos que anuncian al mundo la grandeza de Jesucristo, su soberanía y su reinado sobre todas las cosas.

Por tanto, esta es la verdadera evangelización, la Nueva Evangelización: el proponer de nuevo al único Pastor de la Iglesia, que es Jesucristo. Todo lo demás lo tenemos por participación, pero el Pastor de la Iglesia, el que ahora mismo cuando he entrado aquí -yo no había estado nunca aquí-, he entrado aquí en la Iglesia y he visto allí, pues, la imagen del Cristo y después he visto a la Divina Pastora. No sé si os habréis acercado a ver..., a la derecha está la Divina Pastora, el Niño cómo acaricia a la ovejita... ¡eso es una maravilla! Eso es una maravilla de lo que es la Iglesia; eso es una maravilla de lo que el Pastor de nuestras almas que es Jesucristo.

El Papa cuando nos está invitando a llevar adelante la nueva evangelización ¿qué significa eso?, pues proponer de nuevo a Jesucristo. Caer en la cuenta de lo que significa haber sido creados por Dios y redimidos por Dios. El precio altísimo que ha pagado el Redentor, el precio de su Sangre, para rescatar nuestras personas, nuestras almas y sacarlas del abismo y de la muerte. Y todo eso, te lleva a una bendición y una alabanza perpetua que comienza aquí en la tierra pero durará por toda la eternidad. Y acabo como he comenzado:

Bendito sea Dios, lo hemos reconocido, que ha venido a nosotros, ha plantado su tienda en medio de nosotros, permanece en la Eucaristía y ahora nosotros le devolvemos ¿qué?: la adoración y la alabanza. ¿Para qué has nacido?, para adorar. ¿Eso limita tu libertad? Todo lo contrario, más cerca de Dios, más libre; más cerca de la fuente donde mana la verdadera libertad y el verdadero amor, que es Dios, más libre. Y eso empieza hoy, y por eso, podía haberse llamado -querido P. Justo- adoración permanente, pero lo han llamado adoración perpetua...

P. Justo A. Lofeudo:

La razón es que esta adoración debe ser hasta la Parusía...

D. Juan Antonio Reig Pla:

Para que sea hoy, mañana y por toda la eternidad. Muchísimas gracias y que el Señor nos ayude a todos a llevar adelante este gran proyecto...

[ 18-12-2012 ]

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