Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


SER ADORADOR SIGNIFICA IR ENSANCHANDO EL CORAZÓN SER ADORADOR SIGNIFICA RECONOCER LA MAGNÍFICA MAJESTAD DE NUESTRO SEÑOR, QUE SIENDO GRANDE, POR AMOR A NOSOTROS, SE HA HECHO PEQUEÑO.

Estas y otras palabras fueron dirigidas a los adoradores que celebreban el tercer aniversaio de la entronización del Santísimo Sacramento en Adoración Perpetua en Getafe. Fueron pronunciadas por el Sr Obispo Auxiliar de Getafe, Mons. D. José Rico Pavés, en la homilía de la Santa Misa celebrada en la Catedral Santa María Magdalena y por él presidida. El templo estaba lleno de los adoradores de Getafe. Tambien concurrieron de otras capillas de Adoración Perpetua. Luego de la celebración de la Eucaristía hubo adoración finalizando con la bendición con el Santísimo.

A continuación transcribimos la homilía completa de Mons. D. José Rico Pavés-

“¿Quién eres Señor? En el relato de la conversión del Apóstol San Pablo que acabamos de escuchar, tomado del Libro de los Hechos de los Apóstoles, en la Primera Lectura, se recogen estas únicas palabras que pronunció, entonces, Saulo de Tarso: ¿quién eres, Señor?

En el relato de esa conversión hay aspectos fundamentales para comprender también la dicha que supone formar parte del grupo de adoradores del Señor. Como hemos oído, en el relato de esa conversión, hay primero un encuentro que cambia la vida, porque lleva un reconocimiento.

‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Saulo había salido a capturar cristianos. Iba a Damasco y, en medio del camino, Jesús se hace presente, le abre los ojos interiores, al tiempo que durante una etapa le tapa también los ojos de la carne, hay que mirar ahora de otra forma.

¿Por qué me persigues? Jesús se identifica con los suyos: Él es la cabeza, nosotros el cuerpo. Perseguir a la Iglesia es perseguir al mismo Cristo, y ahí es donde se produce una nueva revelación, algo nuevo hasta entonces para Saulo, es Cristo mismo al quién él denigra, porque es Aquel al que siguen los cristianos, que ahora ha salido a su encuentro en el camino. Reconocimiento.

Hay también otro aspecto fundamental. En este relato hay un coloquio. A través de ese coloquio, el perseguidor ha sido transformado en su interior, y de perseguidor el Señor lo convertirá en Apóstol, misionero, enviado a anunciar a todos los pueblos que la salvación está en Cristo. En este coloquio, el corazón -hasta entonces endurecido- de Saulo se va transformando en el corazón dócil de Pablo, el Apóstol es abatido por el Señor. El coloquio contiene también un encargo: ve a la ciudad, allí te encontrarás con un tal Ananías. En Ananías se hace presente la Iglesia, se hace visible aquella a la que el Apóstol estaba persiguiendo. Ananías acoge en su casa a aquel que, hasta entonces, era perseguidor. En el relato de la conversión de San Pablo, el encuentro de Cristo lleva a encontrarse también con la Iglesia y de considerarlos objeto de persecución Ahora experimenta en aquellos la misericordia del Señor; lo acogen en su indigencia, en la situación en la que se encuentra: ha perdido la vista. Y no recibe de los miembros de la Iglesia reproche, desprecio, venganza, sino todo lo contrario: hospitalidad, acogida... El Señor lo pide, Él lo encarga. Y el relato, como hemos escuchado, concluye con el bautismo de Saulo, llamado ya, a partir de entonces, Pablo. Ha entrado en la vida nueva y con este paso el Señor le hace también misionero, de tal manera que, el Evangelio que acabamos de escuchar, que recoge las palabras de Cristo antes de la ascensión, dirigidas al grupo de los once -que habría de reconstruirse después del día de Pentecostés-, son palabras también que la Iglesia considera dichas al Apóstol San Pablo, y así él mismo lo reconocerá de sí: escogido el último entre los apóstoles a ser portador del Evangelio a todos los pueblos.

Reconocimiento, coloquio, comunión en la Iglesia y misión. Esto mismo es lo que da sentido a la hermosísima tarea que en la Iglesia, de forma muy especial, lleváis a cabo los que os reunís esta tarde en ésta, nuestra catedral de Getafe. Ser adorador significa, ante todo, expresar ante el mundo el reconocimiento de quién es el único Señor. Aquel único capaz de recoger nuestros gestos de postración: Él es el Creador, nosotros las criaturas. Acudiendo a la adoración entramos en escuela de humildad, aprendemos el camino que Cristo quiere para los suyos: si no os hacéis como niños...

Adorar significa reconocer la magnífica majestad de nuestro Señor, que siendo grande, por amor a nosotros, se ha hecho pequeño, recordándonos que solo haciéndonos pequeños podremos participar en la grandeza de su amor. Adorar significa también tener coloquio interior con el Señor, y en ese coloquio presentamos lo que somos, lo que hacemos, lo que padecemos... El Señor lo conoce, pero se alegra cuando de nuestros labios, por dentro, movidos por el corazón, le presentamos nuestra vida, nuestras inquietudes, lo que nos hace sufrir. En este coloquio no sólo acudimos pensando en nuestros problemas o lo que nos alegra sólo a nosotros, sino que es un coloquio en el que entra también toda la humanidad. Ser adorador significa ir ensanchando el corazón para pedir por otros, para estar dispuestos a amar por otros, por eso, la tarea de adoración es tarea de reparación en el Corazón de Jesús, y reparar significa poner amor donde otros lo quitan. El adorador se siente llamado a acudir al encuentro del Señor para transformar el mundo desde dentro, para pedir por los que odian a la Iglesia; para pedir por los que, habiendo creído, abandonan la fe; para pedir por los que todavía prefieren la tiniebla a la Luz. La tarea del adorador es fundamental para que los corazones se ablanden. No dejemos de presentar en nuestros coloquios delante del Señor las inquietudes de toda la humanidad -las nuestras y las de todos los hombres-, veremos entonces nuestro corazón ensanchado y Su amor crecerá también en nosotros en favor de otros.

Al coloquio sigue el encuentro con la Iglesia, y lo hemos escuchado muy bien dicho en la Monición de Entrada: la Iglesia nace de la Eucaristía. No hay Iglesia sin Eucaristía. La comunión en la Iglesia es comunión en el Señor, de los que se reconocen iguales porque reconocemos que en Cristo, por el don del Espíritu Santo, podemos llamar a Dios Padre nuestro. Los vínculos que fortalecen la unidad entre los miembros de la Iglesia no tienen que ver, simplemente, con la simpatía humana, con el llevarse bien unos con otros, esa es la consecuencia más exterior. Los vínculos nacen del amor del Señor, así llamo el Concilio Vaticano II a la comunión de los santos, sancta santis, consortium vitalis amoris , una relación de vida que tiene su punto de origen y de llegada en el amor de Cristo.

Acudir, por tanto, a la adoración significa construir la Iglesia desde sus fundamentos, estar dispuestos a que otros también se sientan invitados por el Señor a participar de un mismo altar, y ya desde antiguo, incluso con textos que son tan antiguos como los que forman parte del Nuevo Testamento, se utilizaba una imagen preciosa para hablar de cómo la Eucaristía hace la Iglesia. De la misma manera que este pan, que ahora se presenta ante el Altar, se ha tomado con grano de trigo que se encontraba disperso por los montes, así también se congreguen de todas las naciones y de todos los pueblos en un solo Altar. La Iglesia hace la Eucaristía, los adoradores construyen la Iglesia, y desde dentro, fortaleciendo los vínculos de caridad en el Señor con los demás.

Y en el relato de la conversión también escuchamos de una tarea que el Señor encomienda, cuando el Señor nos llama, nos hace un encargo, y es que el que se sabe portador del amor del Señor, no puede menos que comunicarlo a los demás. Y eso es lo que el Señor pide a los adoradores: que, acudiendo a Él, estén dispuestos a invitar a otros; que vivan la adoración en momentos intensos a lo largo de la semana, que ayuden a centrar el resto del tiempo, el resto de los días, de tal manera que se pueda vivir la actitud de adoración también en las tareas cotidianas, en la relación con los vecinos, en la vida de la casa... El adorador se sabe misionero porque el Señor le envía a comunicar el amor que de Él recibe a los demás.

Pues en esta tarde en que nos reunimos para dar gracias al Señor por el tercer año de la instauración de la capilla de adoración perpetua aquí, en Getafe, la acción de gracias se dirige también a todos vosotros, los que estáis hoy aquí congregados. Vienen también adoradores de otros sitios, que se sienten invitados para, mutuamente, animarse. Me ha alegrado saludar a los que vienen también de Toledo, mi anterior Diócesis. Necesitamos unos de otros también en la tarea de la adoración. No es nunca una tarea cansada, es una tarea que fortalece vínculos de caridad entre los hijos de la Iglesia. Que el Señor nos conceda fidelidad para que haya perseverancia y así otros puedan reconocer que en Jesucristo está la salvación, puedan llegar a tener coloquio de intimidad con Él, puedan hacer construir la Iglesia desde dentro, puedan sentirse misioneros, portadores del amor de Dios para todos. Que así sea.

[ 26-01-2013 ]

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