Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


DOS ARTÍCULOS SOBRE LA ADORACIÓN QUE VALE LA PENA LEER

Inés Moran, Coordiandora de la Adoración Perpetua en Oviedo, es su autora. Ambos artículos aparecieonr en la Revista de la ANE, Adoración Nocturna de España. En ellos se toca el tema del compromiso, palabra tremenda para algunos pero no para quienes aman. En el otro es sobre la necesidad que el hombre tiene de Dios y por ende de la fe.

El Compromiso

No he conocido a ninguna madre –de entre las que me rodean en mi círculo de amistades- que no se sacrifique por sus hijos. A veces el sacrificio es tan grande que los demás lo captamos de inmediato sin que la madre, sin embargo, sea consciente de su sacrificio. Le mueve el amor y cuando las cosas se hacen por amor no se las considera sacrificio.

A ninguno de los que vemos a esta madre tan sacrificada por sus hijos se nos ocurre decirle que no haga tanto por ellos. Nos taparía la boca de inmediato recordándonos quizás algún sacrificio que hayamos hecho nosotros por nuestros hijos pasándonos desapercibido. Cualquiera que sea madre sabe sobradamente que sería capaz de hasta dar la vida por sus hijos sin tan siquiera darse cuenta de ello. Es el amor. El amor hace el milagro de darse sin enterarse.

No suele suceder así con Dios. Parece como si Dios no tuviera que ocupar el primer lugar sino el último. Primero los hijos, los nietos, el marido, las labores del hogar, el trabajo, las relaciones sociales. Después, y solo si queda tiempo, Dios.

Los que comprenden con facilidad la entrega que se hace a la familia o incluso a los amigos, no comprenden sin embargo la entrega del tiempo a Dios. Surgen con facilidad los consejos: “Tienes que descansar”, “Dios quiere que disfrutes”, “No te pases”, “Tienes que dormir”. Incluso no es difícil escuchar la graciosa conclusión a la que llegan: “Beatería”.

Qué fácil es escuchar disertaciones tratando de convencerte de que Dios no pide tanto, cuando lo único que ibas a hacer era pasar un rato con Él como lo pasas también con los amigos. Es la mentalidad del mundo que se ha adueñado incluso de gentes buenas y religiosas.

El compromiso es cuestión de amor. Cuando se ama no se siente uno comprometido: Se quiere estar comprometido. Prevalece el amor sobre el sacrificio de tal forma que el sacrificio deja de serlo y de experimentarlo como tal.

Cuando se ama se quiere estar con el ser amado esté uno cansado o no. Tenga uno ganas de hablar, o no. Lo que importa es estar juntos, encontrarse, permanecer en unión. Tener la ilusión por encima de todos los inconvenientes de ir al encuentro de quien sabe uno que nos espera con todo el cariño.

Pero la palabra compromiso hoy es una barrera con la que se encuentra el hombre y escapa. Parece como si hubiera una dificultad enorme para comprometerse. Una atadura terrible que complicara la vida y quitara libertad. Quizás la falta de amor que hoy impera en nuestra sociedad vaya unida a esa ausencia de compromiso. Y el amor, se quiera reconocer o no, va unido al compromiso. Quien no ama no se compromete. Quien no quiere comprometerse no sabe amar ni está dispuesto a hacerlo.

Nuestro primer mandamiento de la Ley de Dios lo hemos quitado del Catálogo y de nuestro pensamiento. En realidad hemos quitado a Dios de nuestras vidas o lo hemos postergado dejándolo - hasta quizás- en último lugar.

Quizás sea este un tiempo de especial apostolado. Decir a todo el que nos aconseje indebidamente que Dios merece el primer lugar y que además se le debe.

El año de la Fe

Aún nos quedan unos meses del año proclamado por Benedicto XVI como Año de la Fe, que finalizará el 24 de Noviembre de 2013 en la solemnidad de Cristo Rey, cuya finalidad es la de ayudar a conducir a los hombres lejos del desierto en el cual muy a menudo se encuentran en sus vidas a la amistad con Cristo.

Muchos hombres viven como si Dios no existiera; les resulta indiferente. No lo conocen. Conmueve, sin embargo, tener la certeza de que Dios tiene puesto su corazón en el hombre, en todo hombre, y que a pesar de la arrogancia del hombre que prefiere ser autónomo e independiente, Dios vuelve siempre a ofrecerle la posibilidad de su amistad; es fiel al hombre que ha creado y redimido permaneciendo cerca de su vida, porque le ama.

Ninguno de nosotros somos fruto de la casualidad. Respondemos a un designio de benevolencia de la razón eterna de Dios. No existimos sin más para pasar una temporada en este mundo. Hemos sido elegidos por Dios en un don gratuito que nos acoge y transforma reconduciéndonos a Cristo. Sólo si nos abrimos a la acción de Dios, como María, sólo si n os confiamos a Dios como un amigo, todo cambia, nuestra vida adquiere un sentido nuevo y un rostro nuevo: El de hijos de un Padre que nos ama y que no nos abandona nunca.

Reflexionando sobre nuestras propias vidas y escuchando la Palabra de Dios en las Escrituras comprendemos realmente cómo Dios se sumerge en nuestra historia y asume sobre sí el peso de la vida humana. “El Dios invisible en su gran amor habla a los hombres como amigo y vive entre ellos, para invitarlos y admitirlos en la comunión consigo”.

El mundo necesita oír hablar de Dios. El hombre precisa convencerse de que Dios es real, que es ese Tú que sostiene, que promete un amor in destructible. Que es ese Tú fiel y amante que acoge en sus brazos como si fuéramos niños que saben de sus dificultades y problemas pero que están a salvo en el “Tu” de la madre.

El mundo necesita escuchar la voz de quienes conocen y tienen trato con Dios. Necesita reparar en esa certeza que le asegure que a Dios se le encuentra porque Él viene a nosotros y nos toca. Y que ese Dios nuestro es también su Dios, el que tomó la condición humana para curar de todo lo que nos separa de Él.

Hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y su Evangelio. Y la familiaridad se adquiere con el trato asiduo, con el estar juntos, con el convivir, con escuchar su Palabra en la Sagrada Escritura. La familiaridad se acrecienta también con la adoración al Santísimo Sacramento, contemplando a Dios, estando en su presencia mirándolo y dejándose mirar por Él. En la Eucaristía aprendemos a ver el rostro de Dios, entramos en relación con Él.

Si el mundo precisa saber que Dios existe, que es real, precisa también ver en nuestra forma de vivir la fe y la caridad que somos portadores de valores y que la fe no sólo afecta a nuestra mente y a nuestro corazón sino a toda nuestra vida. Hagamos comprender al hombre que nos rodea que Dios le ama con amor de predilección, que su vida es importante para Dios, que Dios está muy cerca de él llamando a su perta. Animémosle a que la abra respetando siempre su libertad. Pero que no quede nadie sin haber escuchado que tiene Alguien que le ama profundamente y que ese Alguien es Dios.

¡Cuántas gracias salen del alma cuando adentrándonos en las verdades de nuestra fe descubrimos cuánto hace Dios por nosotros! Merece la pena ahondar en nuestra fe para descubrir la infinita generosidad y misericordia que Dios tiene con n ostros.

[ 01-09-2013 ]

Volver