Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


ARTÍCULO SOBRE EL SIGNIFICADO DE LA ADORACIÓN APARECIDO EN LA REVISTA ADORATIO DE LA AEP DE VALENCIA

En su primer número la Revista ADORATIO de la AEP valenciana -revista que está a disposición de todas las capillas de la AEP de España- publicó un artículo sobre el significado de la Adoración. ¿Qué es adorar? donde se menciona en particular la AEP y su historia en el mundo. El autor es el P. Justo Antonio Lofeudo MSE. Será publicado en dos partes. He aquí la primera

SIGNIFICADO DE LA ADORACIÓN. QUÉ ES ADORAR.

Por P. Justo Antonio Lofeudo MSE

Hablar de adoración es como hablar de amor: se puede decir mucho y sin embargo no decir lo esencial. Se trata de lo inefable donde ya no caben palabras sino vida. A la adoración se la vive, como al amor. Y al final como a amar, a adorar se aprende adorando.

Hay dos verdades que se tocan y son éstas: Dios crea al hombre y lo crea libre. Libre de elegir a Dios y reconocerlo como su Creador y también como su Salvador. Y el hombre alcanza la beatitud dándole gloria, alabando y adorando a Dios. Por tanto, la adoración es un acto libre de quien busca la verdadera dicha en Dios, de quien busca el reposo de su alma ante la presencia de su Dios.

ADORACIÓN COMO NECESIDAD

Adorar a Dios es una necesidad intrínseca del hombre. No se puede verdaderamente vivir sin adorar a Dios. En la adoración el hombre descubre su verdadera dimensión y descubre que en Dios no existe confines. En la adoración encuentra su reposo, alcanza la paz. Parafraseando a san Agustín podríamos decir que nuestro corazón no encuentra reposo hasta que no descansa en Dios, hasta que no lo encuentra y lo adora.

“Un abismo llama a otro abismo”, dice el salmista (sal 42). Solamente el infinito y eterno Amor de Dios puede llenar el vacío existencial que hay en el hombre cuando no conoce ni se ha encontrado con Dios. Cuando no está Dios en el horizonte de una vida se vive la angustiosa contradicción entre el haber sido creado con anhelo de eternidad y la realidad de las propias limitaciones, de la fragilidad y lo efímero de esta vida.

Todo hombre –aún cuando no sea consciente de ello- tiene sed de eternidad, de infinito, de trascendencia. Esa sed es en realidad sed de Dios. Como lo expresa el salmista: “Mi alma tiene sed del Dios vivo” (sal 42). Pero -esta es la Buena Nueva que nos revela el Señor- también Dios tiene sed del hombre, de su salvación. No es un caso que el diálogo de Jesucristo con la samaritana comience con “dame de beber”. Ciertamente, tendría el Señor sed física pero para él había otra más importante que apagar. Por eso también a los discípulos -que habían regresado y estaban extrañados de verlo conversando con una mujer y por añadidura samaritana- cuando le dicen que coma, él responde que tiene un alimento para comer que ellos no conocen y luego explica que ese alimento “es hacer la voluntad del Padre”. La sed de Cristo es sed de la salvación de las almas, su hambre es hacer la voluntad del Padre: salvar a toda la humanidad. Jesús, en ese momento concreto del relato, tiene sed de la salvación de aquella vida perdida y a través de ella, de todos los habitantes de Sicar.

Aquel “dame de beber” bajo el sol del mediodía en el pozo de Jacob, se espeja en otro mediodía, cuando se oscura el sol en el Gólgota: es el “tengo sed” de la cruz.

Decía que el diálogo comienza con el “dame de beber” pero culmina con la pregunta de la samaritana de dónde adorar a Dios. De la sed del Señor deriva a la sed de la samaritana: dónde adorar a Dios.

La sed del hombre y la sed de Dios se encuentran en la adoración. Se encuentran y se sacian recíprocamente. Sólo el amor infinito de Dios llena al infinito vacío de eternidad, de bondad, de belleza del hombre.

LA ADORACIÓN NO ES DEVOCIÓN AISLADA QUE AISLA A LA PERSONA

A este punto se debe aclarar que nunca debe disociarse el culto, que manifiesta la fe y el amor a Dios, del amor a los hermanos. Muchas veces se oyen críticas sobre la adoración porque dicen que propende a un intimismo, a un aislarse del resto y se la antepone a la acción caritativa que busca a Dios en el otro y lleva Dios al otro. A esa crítica se le responde que este tipo de división, o “esto o lo otro” o “contemplación o acción”, no viene de Dios. Así como es cierto que hay que advertir que si no hay bondad en el corazón no hay verdadero culto agradable al Señor, también es de rechazar todo intento de división entre dos aspectos fundamentales de la vida en Cristo: la contemplación y la acción. Y así lo enseñó el Señor en su vida en la tierra. La simple acción que carezca de su fundamento e impulso contemplativo es efímero activismo humano. Llevamos al mundo lo que antes hemos recibido de Dios en la adoración. “Contemplata aliis tradere” decía santo Tomás de Aquino (contemplar y llevar de lo contemplado), y la Beata Madre Teresa de Calcuta: “nosotras las Misioneras de la Caridad pasamos primero nuestra Hora Santa ante el Santísimo para luego pasarla con Cristo en el pobre”.

La Adoración lleva a la acción fecunda. No hay que olvidar que la misión está encerrada en la Eucaristía y que luego de llamarnos a sí, el Señor nos envía al mundo.

La adoración es siempre encuentro transformante y de plenificación del corazón.

ADORACIÓN COMO RESPUESTA

Adoración es también acción de gracias, Eucaristía, que se prolonga en el tiempo de quien se sabe no sólo creado sino amado por Dios. La adoración es respuesta al saber que no somos productos del azar, de una ciega evolución sino de un proyecto de amor divino -concretísimo y personal- que nos ha sido revelado en y por Jesucristo.

Adorar es la respuesta consciente del creyente a la presencia de Dios. Adorar es un acto de reconocimiento de la inmensidad, la majestad, la gloria de Dios al mismo tiempo que de gratitud a la gratuidad de la vida eterna que nos da en cada Eucaristía. Puesto que la Eucaristía es el don de Dios de sí mismo que conlleva la eternidad del donante al comunicante: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6:54).

EFICACIA DEL SACRAMENTO EN LA PARTICIPACIÓN

Sin embargo, también esto hay que decirlo, no todo recibir la Eucaristía es entrar en comunión con Dios. El sacramento exige participación. La gracia es don que reclama una conquista de quien la recibe, una aceptación, una acogida. Cierto que Dios nos sorprende y puede obrar a pesar de la falta de predisposición de la persona, pero lo más probable es que si la recepción de la Eucaristía no es con la debida disposición y participación, con la conciencia de a Quien se recibe, no habrá verdadero encuentro ni posterior fruto. La fe y el amor exigen que cada encuentro con la Eucaristía sea de adoración.

La adoración a la Eucaristía es la adoración a la presencia real, viva, verdadera, única en tanto substancial, de Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios. Por el Hijo accedemos en el Espíritu al Padre y por eso, también, la adoración eucarística es adoación a la Santísima Trinidad.

Nunca se insistirá lo suficiente, especialmente en estos tiempos que se ha cosificado a la Eucaristía y eso por los desarreglos y desvaríos litúrgicos, que adorar a la Eucaristía es adorar a Dios mismo, no es detenerse ante un símbolo sino contemplar con humilde estupor la Presencia Divina que ha descendido a nosotros.

No es posible que se reciba nada menos que a Dios sin que nada en la persona se conmueva o se lo haga como a quien le dan un bizcocho o un caramelo. ¿Cómo puede ser eso posible? Quien así actúa está ausente del acontecimiento más importante de su vida. Si está ausente no habrá encuentro porque la comunión es un encuentro personal y para que dos personas se encuentren es obvio que ambas deben estar presente.

[ 18-11-2013 ]

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