Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


EN LA SANTA MISA CELABRADA EN ACCIÓN DE GRACIAS POR EL NOVENO ANIVERSARIO DE LA AEP EN TOLEDO, EL CAPELLÁN DON JESÚS AMPARADO EN SU HOMILÍA HA DICHO:

Queridos hermanos sacerdotes, queridos niños y niñas, queridos hermanos y hermanas:

¿No lo notáis?, ¿no sentís como una brisa suave que nos envuelve a todos?, ¿no sentís y sentimos que hay en nosotros alegría, gozo, entusiasmo, esperanza, confianza en Dios que nos ama?, ¿no notáis que algo especial está ocurriendo? Y es que Dios ha abierto las puertas de su misericordia para acogernos a todos en esta celebración y decirnos de nuevo "¡cuánto te amo, porque tú eres mi hijo, tú eres mi hija!".

Todo esto nos tiene que llevar a realizar esa actitud de agradecimiento por la cual nos hemos reunido en esta celebración conmemorando el noveno aniversario de la instauración de la adoración perpetua en la Capilla Arzobispal de la Inmaculada.

Gracias, Señor, porque nos has llamado, porque, como dice nuestro señor Arzobispo en la carta, tan cariñosa, que ha escrito a los adoradores y adoradoras de la adoración perpetua: no es lo importante que nosotros nos hayamos inscrito para dedicarle una hora al Señor, es que Él nos ha elegido a nosotros ―a ti y a mí― para que estemos con Él en esa hora tan importante de compartir como amigos ese momento de acercamiento a Jesucristo y de encuentro con Él que quiere encontrarse con nosotros. Gracias, Señor, porque nos has llamado.

Permitidme que yo también le dé gracias en esta noche, en la primera vez que celebro la Eucaristía en público después de tres meses, de no haber podido celebrar durante mes y medio la Eucaristía y después concelebrarla con mis hermanos sacerdotes en la Casa Sacerdotal. Gracias, Señor, también porque Tú lo has querido así y aquí estoy para darte gracias y hacer siempre Tu voluntad.

Gracias a vosotros porque sé que habéis compartido conmigo vuestra oración, vuestros sacrificios y vuestra simpatía. Cuántas veces me habrán dicho que preguntan por mí, que por qué no estoy ya en la Capilla. El otro día me decía un señor en un pueblo al que fuimos a enterrar a un sacerdote: "está usted siento un 'fallón', ya tenía que estar allí"... Así que, ya estamos aquí, gracias al Señor.

Esta actitud de agradecimiento, con las diversas circunstancias que acabo de enumerar, la tenemos que realizar con una respuesta generosa. Solo hay una respuesta, queridos hermanos y hermanas, y es que seamos cada día más santos. No es una teoría. “Si el cristiano no es santo ―como decía el Beato Juan Pablo II―, no es nada”. El cristiano tiene que ser ―decía la Beata Madre Teresa de Calcuta― “como un Sagrario donde habite el Dios Vivo”, para poder ser contemplativos en cada momento.

Nuestra adoración ante el Señor en la Capilla es el momento de encontrarnos con Él con más fuerza para que envíe en nosotros ese deseo de acercarnos a Él, para conformarnos con Él, para que Él aparezca en nosotros cuando tenemos que realizar cada día lo que el Señor quiera de cada uno de nosotros.

No busquemos la santidad en cosas extravagantes, no busquemos la santidad en cosas excelentes o vanidosas. Busquemos la santidad en ese quehacer de cada día, de cada momento, viviendo la presencia del Señor en nosotros, porque tenemos que ser testigos de su presencia en el mundo en el cual nos toca vivir, pues como decía el Papa Pablo VI: "el mundo no necesita maestros, necesita testigos de Jesucristo". Y ahora, que estamos hablando tanto de la Nueva Evangelización ―que es verdad que tenemos que evangelizar―, la mejor forma de evangelizar es manifestar que Cristo vive en mí, que vive en nosotros. Manifestarle a los demás con unas actitudes de vida que sean realmente ejemplares. No tenemos que buscar que nos admiren por lo que hacemos, sino en la sencillez y en la humildad de nuestro quehacer diario, estar de acuerdo con lo que Dios quiere de nosotros. Esa es la mejor forma de agradecerle al Señor, con nuestras buenas obras, tanto cuánto Él nos ama y agradeciendo al Señor, sobre todo, cor muestras de caridad, sintiéndonos hermanos entre nosotros, sabiéndonos comprender y perdonar, ayudándonos en cada momento que nos necesitemos, acordándonos de los pobres e indigentes, de aquellos que no tienen lo suficiente para poder vivir, ahí está realmente el que nosotros manifestemos aquello que Cristo nos dice (S. Mateo): "lo que hicisteis con ellos, mis hermanos, lo hicisteis también conmigo". Y si amamos a Dios tenemos que amar a los demás, y cuando amamos a los demás, también a Dios. Por eso, cuando nos presentamos delante de Él en el Sacramento del Amor, de la entrega de Jesucristo por nosotros y para nosotros, tenemos que decirle: "Señor, aquí estoy, débil, sin fuerzas, a veces con desánimo, pero yo sé que Tú eres mi fortaleza".

Nunca tenemos que temer, porque Él ha dicho "Yo estaré con vosotros, y estaré, hasta el final de los tiempos". Pero si nosotros realmente intentamos ―y tenemos que intentar― llegar a la santidad, nuestro encuentro con Jesucristo será cada día más fuerte, más amistoso, más afectuoso, más cariñoso, con ternura, como recuerda tantas veces el Papa Francisco. No es un Dios que viva arriba en los cielos, lejos de nosotros, es un Dios que está en medio de nosotros y que nos llama para que, participando de su vida, pudiendo decir como San Pablo a los Gálatas: "Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí", podamos de verdad ser lo que nos decía el Evangelio de esta tarde: luz del mundo y sal de la tierra. Hay mucha gente que vive en tinieblas y en sombras de pecado, de ignorancia, de ateísmo, de enfrentamiento con todo aquello que sabe a Dios, y tenemos que ser nosotros la luz que los ilumine, pero tenemos que llenarnos de Cristo-Jesús, que es la Luz que vino al mundo para iluminar a todos los hombres.

Tenemos que ser sal de la tierra. Qué insípidos los alimentos que no tienen sal, qué insípida la vida del hombre cuando no tiene presente a Dios y el amor que nos tiene, qué triste y vacía la vida cuando prescindimos de Dios, y quizás nosotros en algunos momentos también prescindimos de Él, pero Él nos abre los brazos y nos perdona porque nos ama. También dice el Papa: Dios está siempre esperando, no se cansa; somos nosotros los que nos cansamos de Dios. ¿Será posible cansarnos de Dios?, pues a veces sí, seamos humildes y confesemos la verdad, nos vemos decaídos, nos vemos angustiados y, a veces, no pensamos que Él nos ha dicho: "Yo estoy contigo", "levántate y anda", "no tengáis miedo, no soy un fantasma". Soy un Dios que murió y resucitó y está viviendo en medio de vosotros.

He asistido unas cuantas veces, quizás como vosotros, a la celebración de la Santa Misa en el Rito Hispano-mozárabe, pero la última vez que presencié y viví esta celebración, me impresionó profundamente el momento en el que el Arzobispo que presidía la celebración, llevando en sus manos el Cuerpo de Cristo y la Sangre de Cristo, se lo presentó a los fieles diciendo con voz potente: lo Santo para los santos. Si Cristo es Santo y viene a nosotros, nosotros no podemos nada más que también ofrecerle un deseo de santidad y que ese deseo se convierta en auténtica realidad.

Adoradores y adoradoras; sacerdotes, religiosas y religiosos; queridos niños: vivamos con entusiasmo ese momento de estar con el Señor. Mucha gente no lo entiende, mucha gente no comprende que es un momento importante, mucha gente cree que es una cosa más, y que hay cosas también muy importantes, claro que sí, pero las cosas tienen importancia si están profundamente llenas de Dios, y tenemos que llenarlas nosotros. Sintamos entusiasmo, no neguemos al Señor esa hora que Él nos pide para estar con Él. Vivamos después, durante el día, esa oración de adoración continua, porque cumpliendo la voluntad de Dios ya le estamos adorando. Seamos hermanos entre nosotros, que nos queramos con auténtica caridad cristiana y humana, que sepamos saludarnos cuando nos encontremos, que sepamos ayudarnos cuando lo necesitemos, que sepamos de verdad que somos la gran familia eucarística que tenemos que procurar que esa fuerza de Dios en el Sacramento llegue a muchos rincones de nuestra ciudad, de nuestra diócesis, de nuestra España y del mundo, porque si adoramos al Señor con el corazón, no solamente con los labios, entonces nos llenaremos de Dios, y quien está lleno de Dios puede con facilidad comunicarlo a los demás.

Gracias, Señor, porque nos has llamado. Gracias, Señor, porque estamos aquí contigo. Gracias, Señor, porque nos das la ilusión y la fuerza de querer seguir siendo también la respuesta a lo que Tú nos pides con nuestra vida llena de ilusión por la santidad, de humildad, porque somos pecadores, de confianza, porque Tú, Señor, nos aceptas y nos perdonas porque nos quieres y nos amas.

Adelante, queridos hermanos y hermanas. Adelante, queridos niños. Vamos a seguir evangelizando al mundo. Solamente los santos hicieron siempre la revolución de la Iglesia, no los grandes proyectos, sino ese testimonio de un Cristo que murió y resucitó por todos y cada uno de nosotros y por todos los hombres. Que Cristo Jesús sea nuestra enseña. Que Cristo Jesús sea nuestro motivo para vivir cada día, cada momento de nuestra existencia.

Queridos hermanos y hermanas, que el Señor Sacramentado nos bendiga a todos y nos proteja para no cansarnos sino seguir trabajando para que el Evangelio llegue a todas las gentes, para que seamos de verdad luz del mundo y sal de la tierra, y Cristo sea cada día más conocido y más amado. Que así sea.

[ 15-02-2014 ]

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