Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


LA SED DE DIOS Y LA SED DEL HOMBRE. SE ENCUENTRAN Y SACIAN EN LA ADORACIÓN

En un reciente retiro cuaresmal. en preparación para la Semana Santa, el P. Justo habló sobre la sed de Dios y la sed del hombre en el marco de la lectio divina del episodio deL Señor Jesus y la mujer samaritana de Jn 4

LA PALABRA DE DIOS

Del santo evangelio según san Juan (Jn 4:5-36a;39-42):

“Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber.» Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.» Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.» Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.» El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá.» Respondió la mujer: «No tengo marido.» Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad.» Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.» Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad.» Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo.» Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando.» En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?» o «¿Qué hablas con ella?» La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?» Salieron de la ciudad e iban donde él. Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come.» Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis.» Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?» Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna.» Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» Cuando llegaron donde él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.»

LECTIO

Es fácil imaginar la escena: el sol está en su cénit, Jesús experimenta la fatiga del camino, y de pronto ese pozo en Sicar: el pozo de Jacob. Allí cerca, quizás al reparo de la sombra, está Jesús y de pronto aparece la figura de una mujer que viene con su cántaro a esa hora inusual (porque las mujeres solían ir a por agua temprano por la mañana y luego al atardecer). Jesús tiene sed, sí. La sed de la marcha de la mañana, que comenzó al despuntar el día. Apenas ve a la mujer acercarse, le pide de beber.

Ya aquí, sin más, se nos presenta el contraste de figurarnos al Señor –a Él ¡que es rico!- como mendicante al costado del camino.

“Dame de beber”, le dice a la mujer. La samaritana replica tajantemente: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?” La intempestiva respuesta arranca de la apreciación que ese hombre ahí sentado no es sólo un forastero sino que es judío. Lo dice su vestimenta, lo dicen sus rasgos. Luego, ella sabe muy bien que para los judíos el contacto con los samaritanos es causa de impureza, y peor aún si se trata de una mujer. Por la rivalidad que existía entre judíos y samaritanos, la observación de la mujer equivalía a una negación. Jesús no afirma ni niega nada. No le interesa entrar en la polémica sino que cambia radicalmente la situación con una respuesta enigmática.

La mujer pasará entonces del estupor que un hombre judío se dirija a una samaritana al desconcierto, cuando escucha de labios de aquel mismo hombre: “si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide…tú misma le pedirías y él te daría agua viva”. Quien hasta ese momento estaba pidiendo se está revelando como quien ha venido a dar y dar en abundancia. (Es así, Jesús primero pide, solicita algo de nosotros y lo hace para darnos algo mucho más grande, infinitamente mayor).

En ese momento despierta en ella un deseo, por ahora totalmente material, de índole práctica: poder tener esa agua maravillosa, quizás mágica, que se convertirá en fuente inagotable. “Pues, dame de esa agua, Señor, para que no tenga yo más sed y no tenga que venir aquí a sacarla”. Y nuevamente, el Señor sorprende diciendo algo totalmente inesperado, algo que parece carecer de sentido. “Llama a tu marido”. Lo que en rigor está haciendo es provocando en la mujer la respuesta sobre su historia. Le está diciendo: “tráeme tu pasado”.

Por eso, no es un caso que el diálogo de Jesucristo con la samaritana haya comenzado con “dame de beber”. Ciertamente, tendría el Señor sed física pero para él había otra más importante que apagar. Por eso también a los discípulos -que habían regresado y estaban extrañados de verlo conversando con una mujer y por añadidura samaritana- cuando le dicen que coma, él responde que tiene un alimento para comer que ellos no conocen y luego explica que ese alimento “es hacer la voluntad del Padre”. La sed de Cristo es sed de la salvación de las almas, su hambre es hacer la voluntad del Padre: salvar a toda la humanidad. Jesús, en ese momento concreto del relato, tiene sed de la salvación de aquella vida perdida y a través de ella, de todos los habitantes de Sicar.

PROYECCIÓN SALVÍFICA

El relato joánico nos coloca, desde el comienzo, de lleno en el desenlace de la obra de salvación que vino a cumplir Jesucristo. Aquel “dame de beber” bajo el sol del mediodía en el pozo de Jacob, se espeja en otro mediodía, cuando se oscura el sol en el Gólgota: es el “tengo sed” de la cruz.

“Tengo sed” son dos palabras que proferidas de la boca del Cristo exangüe penetran profundamente en el alma de quien las evoca.

La Beata Madre Teresa hizo poner en todas las casas de las Misioneras de la Caridad, junto al sagrario, esas mismas palabras: “tengo sed”. Lo hizo seguramente para apagar la sed del Crucificado en el Calvario a través de la caridad hacia todos los más pobres y miserables en los que está Cristo, pero también lo hizo para responder al anhelo del Sagrado Corazón, cuando el Señor le dijo a santa Margarita María Alacoque: “Tengo sed, una sed tan ardiente de ser amado y adorado por los hombres en el Santísimo Sacramento que esta sed me consume”.

El Santo Padre Benedicto XVI escribió que el costado traspasado de Jesús en la cruz es el manantial al que hay que recurrir para experimentar más a fondo el amor del Señor y ese conocimiento de su amor se da ante la actitud humilde del corazón de quien adora silenciosamente.

La samaritana se preguntaba cómo podría darle el Señor a ella de beber si no estaba provisto de cubo y el pozo era hondo. (Jesús llega a la mayor profundidad del pozo de nuestra alma para extraer el mal y para con su gracia transformar nuestra aridez en vida).

Detengámonos un momento en aquellas primeras palabras: “Si tú conocieras el don de Dios”. No es un reproche sino el comienzo de una iluminación que el Señor se dispone a dar a aquella mujer. Es lo mismo que nos está diciendo hoy a nosotros: “Si tú conocieras el don de Dios”.

Por eso, a medida que avanza el diálogo, por obra de la luz que en ella proyecta las palabras de Jesús, la samaritana se aproxima siempre más a la revelación de la salvación. De un enemigo inicial, aquel hombre que habla con ella, se vuelve un profeta y quizás el mismo Mesías que conoce su pasado y que ahora se ofrece para poder hacer de ella una fuente de agua viva. Finalmente cobra un sentido las primeras enigmáticas palabras: “Tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”. Es el agua viva que no viene de ese pozo sino que brota para la vida eterna. Se trata del agua viva de su Palabra, de su gracia, de su Espíritu, de aquel mismo encuentro con Él, surgente de salvación.

Es muy interesante notar que apenas la mujer empieza a entrever que aquel hombre que está frente a ella es un profeta, cambia la samaritana el discurso y ya no es el agua el motivo de su preocupación sino que le surge una pregunta sobre algo esencial, fundamental para cualquier creyente, algo que viene antes que cualquier otra cosa: Dios ¿dónde debe ser adorado? La sed ahora es suya, es como si el Señor le hubiera contagiado la sed.

SED DE DIOS Y SED DEL HOMBRE

Pues sí, hay una sed de Dios y una sed del hombre.

“Un abismo llama a otro abismo”, dice el salmista (sal 42). Solamente el infinito y eterno Amor de Dios puede llenar el vacío existencial que hay en el hombre cuando no conoce ni se ha encontrado con Dios. Cuando no está Dios en el horizonte de una vida se vive la angustiosa contradicción entre el haber sido creado con anhelo de eternidad y la realidad de las propias limitaciones, de la fragilidad y lo efímero de esta vida.

Todo hombre –aún cuando no sea consciente de ello- tiene sed de eternidad, de infinito, de trascendencia. Esa sed es en realidad sed de Dios. Como lo expresa el salmista: “Mi alma tiene sed del Dios vivo” (sal 42). Pero -esta es la Buena Nueva que nos revela el Señor- también Dios tiene sed del hombre, de su salvación.

El diálogo comienza con el “dame de beber” pero culmina con la pregunta de la samaritana de dónde adorar a Dios. De la sed del Señor deriva a la sed de la samaritana: dónde adorar a Dios.

La sed del hombre y la sed de Dios se encuentran en la adoración. Se encuentran y se sacian recíprocamente. Sólo el amor infinito de Dios llena al infinito vacío de eternidad, de bondad, de verdad, de justicia, de belleza del hombre.

ADORACIÓN

¿Dónde debe ser Dios adorado? Es la pregunta del ser humano sediento de trascendencia, es la búsqueda del Dios verdadero para, una vez encontrado, adorarlo. Saber de Dios, saber dónde se le tributa culto es un anhelo constante y profundo del corazón humano. A veces ese deseo puede ser, y de hecho lo es, ofuscado, sofocado, pero jamás cancelado. La adoración es una prioridad que viene del profundo de la naturaleza del hombre.

Jesucristo responde que ha llegado la hora en la que los verdaderos adoradores no adorarán a Dios ni en el templo sobre el monte de los samaritanos ni en el templo judío de Jerusalén.

Deberán adorar en espíritu y verdad. El discurso sobre esta adoración que busca el Padre se detiene allí. El Señor no agrega nada. Desde aquella hora, sugestivamente la hora del mediodía, a poco se develará que ese templo, en el que todos deberán adorar en espíritu y en verdad, es el nuevo templo construido por Dios mismo: el cuerpo de Cristo. “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”, había sido la respuesta de Jesús a los judíos que le demandaban un signo que validase su autoridad para la expulsión de los vendedores del templo (Cfr. Jn 2:19). Pues, el signo, según lo explica el mismo evangelista, es el templo de su cuerpo.

¡Su cuerpo. la Eucaristía! El que entrega sacramentalmente en la Última Cena a los suyos, antes de darse al Padre por la salvación de todos al siguiente día en la cruz del Gólgota. Desde aquel momento en más, el templo de la Nueva y Eterna Alianza es su cuerpo, y su cuerpo es, repitámoslo, ¡la Eucaristía! La Eucaristía para ser celebrada, para ser contemplada, para ser adorada.

Respondamos al llamado del corazón del Señor: “Dame de beber”. Vayamos a adorarlo en el Santísimo Sacramento. Es Él que aún nos dice: “Tú me darás aquel poco y yo te daré todo. Te daré el agua viva. Si tú conocieses el don de Dios, si tú conocieses quién soy yo!” Qué intercambio nos propone el Señor! El poco por el todo! En aquel poco, sin embargo, estoy todo yo, con mi pasado y mi presente para ser, como la samaritana, purificado, transformado por Él, para dejar el pasado oscuro clavado en la cruz y abrirme a su Reino de perdón, de misericordia donde Dios es todo en todos.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE

[ 11-04-2014 ]

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