Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


TRES ENSEÑANZAS DEL EVANGELIO DEL QUINTO DOMINGO DE PASCUA Y LA EUCARISTÍA

En la Última Cena el Señor se despide de sus discípulos y en su discurso de adiós de la vida terrena toca temas fundamentales de la revelación donde muestra hasta dónde el amor infinito de Dios lo lleva al sacrificio de salvación y a la comunión perfecta con los suyos y los que vendrán, a esa intimidad profunda, unidad perfecta en el Cielo que Él ya hará anticipadamente en la tierra. Tal el tema de una homilía pronunciada por el P. Justo A. Lofeudo que ofrecemos a continuación.

Hay tres enseñanza contenidas en el Evangelio de hoy, tres verdades de fe, que querría poner en evidencia.

1. “En la Casa de mi Padre hay muchas estancias”, es la primera.

El Señor les dice a los suyos, y también nos lo dice a nosotros, que Él va a prepararles, a prepararnos, un sitio. Quiere decir que hay un sitio en el Cielo para nosotros. Sí, es una verdad grandísima, pero estemos atentos porque hoy nos quieren hacer creer que todos iremos al Paraíso y que estamos salvados porque ya Cristo nos salvó a todos y esto no es cierto. No es verdad. Hay una mala teología que conjetura que el Infierno podría estar vacío. La verdad de nuestra fe es otra muy distinta: después de la muerte hay un juicio y de acuerdo a cómo hayamos acogido la salvación ofrecida por el Señor, cómo haya sido nuestra vida, las obras de nuestra fe iremos sea al Cielo o al Purgatorio (Purificatorio lo llamaba Marta Robin) o al Infierno.

He visto que en muchas partes los funerales se han convertido en misas de canonización. Dicen “nuestro querido hermano que está en el Cielo, etc.” Pero, ¡si nosotros no sabemos dónde está esa persona, cuál es su estado luego del juicio! ¿Para qué están las Misas sino para el sufragio de las almas? Ojala estuviera en el Paraíso. Las Misas son en sufragio de las almas de las personas que queremos, para eso se piden, para que vayan cuanto antes al Cielo. No podemos confundir el anhelo que todos tenemos que quien ha muerto, pariente o amigo, esté ya gozando de la visión beatífica con la realidad del estado de su alma que sólo Dios conoce. Imaginaos ¡qué tremendo sería que un alma esté sin oraciones, sin Misas cuando más lo necesita porque nosotros decimos que ya está en el Cielo!

Luego está toda esa historia de experiencias que llaman de la vida después de la muerte. Dicen que son personas que han muerto y vuelto a la vida y todas han vivido una bellísima experiencia de luz y de paz. Lo primero que hay que decir es que si han regresado es que realmente no han muerto. No son resucitados. Esta clase de historias (que supuestamente verdaderas son incompletas) puede inducir a conclusiones con trágicas consecuencias.

Recordemos que habrá un juicio y que nos presentaremos ante el Señor que es la Verdad y ante la Verdad, desnudos como estaremos, no valdrán las excusas, el “no sabía..no fui yo, sino que me hicieron hacerlo…”. Por ello, hagamos buenas confesiones. Hagámonos responsables de nuestros actos. ¿Qué nos dice la Iglesia? Arrepiéntanse. Vayan con corazón sincero a acusarse de sus pecados, no a justificarse porque a quien se acusa Dios lo perdona pero a quien se justifica queda sin ser perdonado. No vayan a acusar a otros, a confesar los pecados de los demás (mi marido o mi mujer o mi hijo hizo esto o aquello). Los confesores no podemos absolver los pecados de los otros sino del penitente que se va a confesar.

Una última e importante reflexión sobre estas palabras: El Señor no se ha conformado, por así decir, con habernos preparado un sitio para que estemos con Él en el Cielo sino que ha anticipado el encuentro aquí en la tierra. En su infinito amor ha querido plantar Él mimo su Morada entre nosotros mientras peregrinamos por esta vida terrenal. Es su Morada Eucarística, su Presencia viva, gloriosa, de Resucitado entre nosotros. Presencia poderosa aunque velada. Presencia consoladora, reaseguradora, amiga. Presencia de salvación y de vida.

En el Cielo hay muchas moradas que nos esperan pero aquí en la tierra hay una Morada desde donde nos llama: “Venid a Mí…” “Venid a Mí vosotros que estáis cansados y agobiados. Yo os aliviaré”. Decía san Juan Pablo II que esas dulces palabras reciben plena confirmación ante el Santísimo Sacramento. Cuando acudimos al llamado y lo encontramos en la Eucaristía, cuando hacemos la sabia elección de ir a encontrarlo en el Santísimo Sacramento y de pasar un tiempo con Él, entonces aquel espacio y aquel tiempo se vuelven Cielo para nosotros. Este es el amor de Dios que aún debemos descubrir. Es por la adoración que penetramos en el gran misterio de su amor.

2. “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”, dice el Señor.

El Camino es uno solo, el que lleva a la verdad de la vida, de la vida verdadera, auténtica, la vida eterna, eternamente dichosa.

La verdad es que Jesucristo es Dios verdadero de Dios verdadero, Unigénito Hijo del Padre, y que en Él está la Verdad y dice sólo la verdad.

La verdad es la de un solo camino de salvación, que no hay caminos alternativos. Porque en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos (Cf. Hch 4,12).

Existe un único Camino que nos da la vida en abundancia y este camino que es Vida, que es a su vez meta, es Jesucristo. Y al nombre de Jesús toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en los abismos y toda lengua proclama que Jesucristo es el Señor Cf. Flp 2, 10-11). A Jesucristo, verdadero Dios, que nos da la vida eterna, a Él la adoración.

Que no nos engañen: la verdad es una y también esto va recordado porque ahora estamos inmersos en el relativismo donde no habría verdades absolutas y objetivas sino que todo es subjetivo, relativo a cada uno y a cada circunstancia de tiempo y lugar. Según este subjetivismo y relativismo habría otros posibles caminos de salvación. San Juan Pablo II lo denunció en Veritatis Splendor. Benedicto XVI lo llamó dictadura del relativismo. Dictadura porque se nos la quiere imponer bajo amenaza y pena de ser declarados intolerantes e integristas si decimos lo contrario, si sostenemos que hay una verdad objetiva que es siempre verdad y no depende ni de modas ni de culturas. La intolerancia viene del relativismo que no acepta y prohíbe hablar de verdad en términos absolutos. Esto nos pone ante una grandísima mentira de alcances trágicos.

3. “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”.

En la vida hay momentos de gran desorientación, de grandes dudas, donde no se ve a Dios, donde no se encuentra su rostro. Son aquellos momentos, por ejemplo, cuando nos enfrentamos a grandes tragedias humanas o a la muerte de inocentes. Momentos de dudas amargas. Y entonces nos decimos: Dios ¿dónde estás? Esta misma pregunta podría venir también de la búsqueda de Dios en medio de la confusión. Un premio Nobel judío cuenta en su libro que los nazis habían condenado a tres hombres a ser ahorcados en el campo de Auschwitz. Eran dos hombres maduros y un joven. Los dos murieron casi de inmediato pero el joven resistía. Todos los prisioneros debían estar presente porque se pretendía que la ejecución fuera ejemplar y disuasiva para no escapar del campo y ver cómo se pagaba el rebelarse. Detrás del autor del libro había uno que con rabia repetía: “Pero, Dios ¿dónde está? ¿Dónde está aquí?” Y relata el escritor que en aquel momento dentro de su corazón sintió la respuesta: “Dios está justo aquí, en este joven ahorcado”. Pienso que este judío estaba, sin saberlo, descubriendo el rostro de Dios en Jesucristo. Dios se revela en Cristo. Y entonces, cuando me pregunto, en una determinada circunstancia, dónde está Dios, debo sólo contemplar al Crucificado, debo contemplar al Santísimo Sacramento porque ahí está Dios. Encuentro a Dios ante su Morada Eucarística, ante su Presencia real y total en la Eucaristía. Y así encuentro su paz, su misericordia, la respuesta, la consolación en el abismo infinito de su amor eterno de su Corazón traspasado.

La Eucaristía es el Señor, es Aquel que es el Camino, y la Verdad, y la Vida. Es por ello que en Santísimo encontramos el Camino. Sin Él no tenemos dónde ir, no sabemos dónde llegar. En Jesucristo encontramos el destino de nuestra vida. En el Santísimo encontramos la verdad y encontramos que nuestras vidas son verdaderas. Aquí está Él y yo lo adoro en espíritu y en verdad. A Jesucristo que da verdadero sentido a mi vida.

El Señor quiere plantar su Morada aquí para traernos el Cielo hasta nosotros. Desea que lo conozcamos mejor. Quiere estar siempre con nosotros, día y noche, para abrazarnos, bendecirnos, consolarnos, guiarnos, iluminarnos, darnos vida en abundancia.

[ 19-05-2014 ]

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