Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


ADORADOR ES EL QUE ESTÁ EN LA ESCUELA DE JESÚS HOMILÍA DEL ARZOBISPO DE MADRID EN EL IV ANIVERSARIO DE UNA CAPILLA DE ADORACIÓN PERPETUA

Se trata de la homilía pronunciada por Mons. D. Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid, en la capilla conocida como Cachito de Cielo. Dijo que estar en esa escuela es escuchar al Señor, dejar que nos enseñe y dejarnos amar por Él. Aludiendo al acontecimiento dijo: "que este sea el regalo del IV Aniversario, contemplad lo que acontece, vivid de la sabiduría de Dios y permaneced en la Escuela de Jesucristo que aquí aprenderéis cuánto Dios te ama". A continuación el texto completo

Queridos hermanos sacerdotes; querida superiora general de las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada; queridas hermanas de esta comunidad; queridos adoradores; queridos hermanos y hermanas en Nuestro Señor Jesucristo.

Qué alegría es para mí poder estar con vosotros esta noche en esta capilla de adoración. Esta capilla que, con tanto cariño y mimo, la fundadora de esta congregación, la Madre María Emilia Riquelme ―mujer de una vivencia eucarística profunda― puso aquí, en el centro de Madrid. Y qué alegría, además, que esta capilla se haya convertido para todos nosotros en una capilla de adoración perpetua, y que estemos celebrando el IV aniversario en estos momentos de su existencia como adoración permanente, día y noche, que vosotros, que mantenéis vivo este encuentro con Nuestro Señor Jesucristo y que lo hacéis en nombre de todos los hombres.

Es verdad que es un “Cachito de Cielo”, porque al fin y al cabo, donde se hace realmente presente Nuestro Señor Jesucristo, se hace presente el Cielo en la tierra. Esto que estamos celebrando estos días, preparándonos para recibir al Señor, este tiempo de Adviento, que es tiempo de esperanza y de conversión, es un tiempo especialmente importante para todos nosotros, para acoger a Jesucristo en esta tierra donde Él quiso venir para llevarnos al Cielo.

Y es precioso que el Señor aquí permanezca, y nosotros podamos adorarle permanentemente, para hacer posible que aquí, en nuestra ciudad de Madrid haya este “Cachito de Cielo”, donde los hombres y mujeres puedan recordar, y hacer la memoria permanente, de que Jesucristo ha venido a este mundo para hacernos partícipes de la misma amistad de Dios y de hacer presente aquí, en esta tierra, a este Dios que quiere que nosotros no vivamos más de nosotros mismos sino de Él.

Habéis escuchado la Palabra que el Señor nos ha entregado en este día, en este lunes, a todos nosotros. No es una Palabra que hayamos elegido para estas circunstancias, sino es la Palabra que la lectura continua que ―la Iglesia en nombre de Jesucristo entrega a todos los hombres― el Señor nos da. Pero es una Palabra oportuna para este momento, este IV aniversario que estamos celebrando en la capilla de adoración, esta capilla que se conoce como “Cachito de Cielo”.

El Señor nos regala ―quisiera que acogieseis en vuestro corazón― tres palabras que me parecen que son especialmente importantes. La primera, “contemplemos lo que acontece”. La segunda, “vivamos con la sabiduría de Dios”. Y la tercera, “estemos siempre en la escuela del único Maestro que es Jesucristo”. Esto es lo que la Palabra de Dios nos ha regalado a todos nosotros, por eso, en este IV aniversario yo quisiera acercar a vuestro corazón esta Palabra y alimentar vuestra vida de esta Palabra, que aquí va a tener una realización plena cuando el Señor se haga presente realmente en un trozo de pan y un poco de vino el misterio de la Eucaristía. Contemplemos lo que acontece.

Nos ha dicho el Señor en la Primera Lectura del Libro de los Números que hemos proclamado [Núm 24,2-7. 15-17 a]. Balaán tendió la vista y divisó como Israel estaba acampado por tribus. Y Balaán ―nos dice el texto que hemos proclamado de los Números― con ojos perfectos descubrió y prorrumpió en aquella expresión: “¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel!

Queridos hermanos y hermanas: contemplemos hoy lo que acontece, porque aquí hay algo especial, realmente importante. Como Balaán nosotros podemos echar una mirada a esta realidad que estamos viviendo. Un grupo de discípulos de Jesús, de hombres y mujeres, que nos reunimos entorno a Nuestro Señor Jesucristo. Sí, en torno a Él, que de Él es esta tienda, más bella incluso que las tiendas de Jacob, porque aquellas tiendas de Israel las habían hecho los israelitas. Esta tienda, esta carpa que es esta iglesia, el gran protagonista es Dios mismo. Aquí se hace presente Dios mismo. Se ha hecho presente en vuestras vidas, en nuestras vidas, pero en la vida que el Señor nos dio, la suya propia, en el Bautismo. Nosotros, queridos hermanos y hermanas, participamos ya de la vida eterna, de la vida de Dios. Tenemos la vida de Dios en nuestra vida, nos la ha regalado Jesucristo. Nos la dio, quizá a casi todos, desde el inicio mismo de nuestra vida y es que Dios no necesita especiales permisos para entrar en nuestra vida, lo hace cuando quiere y como quiere, pero lo que sí es verdad es que nos regala su Vida, para que ya no vivamos más de nosotros mismos, sino vivamos de Él.

Contemplemos todavía aún más esta tienda. No solamente nos ha dado su Vida, sino nos ha dado la libertad de su Vida. Nos quiere alimentar con la Eucaristía, y nos quiere alimentar porque Él quiere hacer la revolución de la ternura y del amor en este mundo, que es la única revolución que no utiliza armas de ningún tipo, sino que utiliza su Vida, la Vida de Dios, para cambiar nuestro corazón. Porque, queridos hermanos, lo estáis viendo vosotros: “¡qué bella es esta tienda!”. Resulta que el Señor, cuando viene a mi vida y cuando yo tomo al Señor, me alimento del Señor, yo no puedo mirar al otro como alguien que no me interesa, es más, el Señor me está impulsando a salir de mí mismo, para estar siempre junto al que esté a mi lado, junto al que sea, sin ponerle condiciones de ningún tipo, igual que lo hizo el Señor mientras estuvo en esta tierra. Él se encontró con hombres y mujeres en situaciones muy diversas en la vida, pero lo que hizo el Señor fue regalar un comportamiento hacia aquellas personas con las que se encontraba que no era distancia, no era de enfrentamiento, no era de ruptura con ellos. El Señor nos enseñó que era la misericordia y el amor, lo que quería hacer llegar a cada una de las personas con las que se encontró por el camino mientras estuvo viviendo entre nosotros.

Esta tienda, en la que no solamente nosotros descubrimos que tenemos la Vida del Señor por el Bautismo, sino que nos alimentamos de la Eucaristía. Nosotros no podemos hacer otra cosa que realizar lo que el Papa Francisco nos está diciendo permanentemente: hacer la cultura del encuentro, no la del desencuentro; no la del descarte “este no me vale, este no me sirve”. Eso no es de los cristianos, porque todo ser humano es imagen de Dios, y a todo ser humano yo tengo que respetarle y quererle como lo quiso Jesús. Él murió y vivió por todos. Naturalmente que Jesús, con su vida, nos dijo lo que Él quería de nosotros, pero sin embargo, aunque viendo otras cosas aquellos con los que se encontró, nunca se separó de regalarles su misericordia y su amor. Contemplemos lo que en esta tienda acontece.

En segundo lugar, vivamos con la sabiduría de Dios. Mis queridos hermanos, hermanas, vivir con la sabiduría de Dios es hacer verdad lo que acabamos de escuchar todos nosotros en ese Salmo 24 que juntos hemos cantado: “Señor, instrúyeme en tus sendas”. Queridos hermanos, mirad, lo más urgente de este mundo ―lo más urgente― es que el ser humano no tenga cualquier sabiduría. No vale la sabiduría de los hombres para arreglar esta tierra. Es necesario que acerquemos nuestra vida a la sabiduría de Dios.

Habéis escuchado como el salmista decía: “Enséñame, Señor, tus caminos

instrúyeme en tus sendas”

Esto es lo que le pedimos al Señor esta noche: Señor, enseña nuestros caminos. Ya ves la tienda esta. La hemos contemplado como Balaán contempló las tiendas de Israel. La nuestra es más hermosa porque la ha hecho Jesús, nos la ha diseñado Jesús, y cada uno de nosotros formamos parte de la misma, pero es necesario que para mantener bella esta tienda nos instruyas con tu sabiduría, con tu ternura, con tu misericordia, con tu bondad… Esto es lo que cantábamos en el Salmo: Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia ―y tu bondad, Señor― son eternas, son para siempre, nos las has regalado para siempre. Llénanos de esa bondad, de esa ternura y de esa misericordia.

Y, en tercer lugar, queridos hermanos y hermanas, el Señor nos dice, no solamente “contemplemos lo que acontece en nuestra tienda”. No solamente nos llenemos de su sabiduría, de la sabiduría de Dios, sino es necesario “estar” en la “Escuela de Jesús”. Al fin y al cabo, un adorador es el que es permanente en la Escuela de Jesús. Es el que viene y acude a contemplar al Maestro, a llenarse de la sabiduría del Maestro, ¿no habéis visto lo que nos decía el Evangelio?: Jesús llegó al templo, llegó al lugar donde estaban los hombres y les enseñaba. Jesús siempre nos enseña algo, siempre. Si estamos atentos, queridos hermanos y hermanas, siempre el Señor algo nuevo nos dice. Siempre el Señor repica, de alguna manera, alguna puerta o ventana de nuestro corazón para que la abramos, si es que la hemos cerrado. Al Señor le dijeron. “¿Con qué autoridad haces esto?”, le dijeron los ancianos y los sacerdotes, y le pusieron en un aprieto: Juan, el bautismo que daba Juan, ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?”. Es verdad que eran preguntas torpes, torpes siempre, son las preguntas que a veces nosotros hacemos también. La torpeza nuestra también existe, porque hacemos preguntas que no tienen sentido para el Señor. El Señor solo lo que desea es, que si Él llega, nosotros lo contemplemos. El adorador es lo que hace, contemplar al Señor. Si Él llega, está presente entre nosotros, lo escuchemos.

A veces, queridos hermanos, cuando estáis en la adoración, no solamente hay que estar venga a decirle cosas al Señor; no solamente hay que estar diciéndole “que yo te quiero, Señor”… ¡Déjate de cuentos, hombre!, ¡déjate querer por El un poco! Sentaos ahí, dejaros querer un poco por el Señor…

Siendo Arzobispo…, en los diversos lugares ya, donde he recorrido, en todos he puesto alguna capilla de adoración y las he inaugurado: en Oviedo, en Valencia… Pero sí que me encontré, en Oviedo ―que tenía más tiempo, o me daba más tiempo, porque seguramente es más pequeño―, a ir a veces a horas intempestivas a la adoración para ver lo que sucedía, y recuerdo un día encontrar a una persona rezando, y la vi llorando. Me acerqué a ella… y me contó su vida. Y lo único que yo le dije es, “mire… o mira ―no era muy mayor―, prueba una cosa, déjate de pensar lo que hiciste… déjate. Déjate querer esta noche…, media hora, por nuestro Señor. Dios te quiere sin condiciones”. Cuando salía, él, que hacía muchísimos años, casi desde la Primera Comunión ―una o dos veces se había confesado― me pidió que le administrase el Sacramento de la Confesión, y me decía “es que me ha querido tanto el Señor, que no tengo más remedio que cortar distancias y ponerme a bien y en la dirección que Él me pone”.

¿Veis? Estar en la Escuela de Jesús es escucharle, es contemplarle, es dejar que nos enseñe, pero es dejar también que nos quiera, porque a veces… hoy el ser humano está necesitado, está muy solo, y está necesitado de que alguien le ame “incondicionalmente”, porque los hombres a veces ponemos condiciones para que una persona se acerque a nosotros. El Señor no nos las pone nunca. “¿Con qué autoridad haces esto?”, pues, hombre, el Señor la hace con la que tiene: es Dios… es Dios, nos ha hecho a su imagen, es dueño de nuestra vida.

Hermanos y hermanas, que este sea el regalo del IV aniversario, que la adoración perpetua aquí, en esta capilla ―que siempre tuvo adoración, desde que se ha fundado―, que este sea el regalo: contemplad lo que acontece; vivid de la sabiduría de Dios; estar y permanecer en la Escuela de Jesucristo, que es una Universidad, ahí se aprende lo más maravilloso que tiene que saber un ser humano: que Dios le ha amado entrañablemente, y que Dios, nunca, nunca, nos retira de su lado. Claro está, cuando alguien te quiere así, ¡¿cómo no le vas a decir: Señor lo que tú quieras?!

Esto es lo que esta noche le vamos a decir. Él se va a hacer presente aquí, en medio de nosotros, y vamos a decirles juntos también “lo que tú quieras, Señor, como tú quieras. Sigue regalándonos tu amor, y sigue introduciendo en nuestra vida, de tal manera que nosotros también entreguemos a los demás lo que tú nos das: tu Amor y tu Vida”. Amén.

[ 18-12-2014 ]

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