Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


HOMILÍA DEL TERCER DOMINGO DE PASCUA SOBRE LA ADORACIÓN PERPETUA

En el Evangelio de san Juan se nos presenta Cristo Resucitado al alba, al borde del lago de Tiberíades, que se manifiesta a siete de los discípulos. Habían pasado toda la noche sin lograr capturar ni un solo pez. La pesca había fracasado. De aquí, del reconocimiento del Señor parte la siguiente homilía sobre la Adoración Perpetua.

Quiero comenzar a hablar de la Adoración Eucarística Perpetua a partir del Evangelio de hoy, de lo que el discípulo tan querido del Señor, que identificamos con Juan, el autor del Evangelio, le dice a Pedro: “Es el Señor”.

La palabra “Señor” tiene un alto contenido bíblico. Ante todo suele designar el nombre de Dios. Los judíos observantes, aún hoy, no llaman a Dios por su nombre sino “Señor”, “Adonai” en hebreo, “Kyrios” en griego.

Señor, como la pronuncia Juan (quizás haya sido un susurro en el oído de Pedro), es una palabra que lo dice todo.

Que dice de señorío. Cuando nosotros decimos “Nuestro Señor” estamos diciendo algo muy importante. Fijaos que las oraciones de la Misa van dirigidas al Padre en nombre de su Hijo, Jesucristo Nuestro Señor. Debemos sopesar cada palabra de la Misa, cada palabra de nuestra oración, porque si así no lo hacemos terminamos diciendo fórmulas automáticas, por rutina, sin significado para nosotros. Así, cuando decimos “Nuestro Señor” significa que Jesucristo es “mi” Señor, “tu” Señor. Que tú, yo le pertenecemos, que Él tiene Señorío sobre nosotros. Entonces Señor, habla de pertenencia.

Por otra parte, en el contexto en que se presenta el relato evangélico, la aparición del Resucitado, se puede también entender como Señor de la gloria, Señor de vivos y muertos.

Pues bien, ante ese reconocimiento –es el Señor- en esa palabra –Señor- que encierra todo un misterio, nada menos que el misterio de Dios, sólo cabe hacer lo que hizo Pedro: arrojarse, ir lanzado hacia Él… postrarse en actitud de adoración y de atracción amorosa.

Notemos de paso algo importante: Juan lo reconoció, como lo había antes reconocido la Magdalena, a pesar de la apariciencia, cuando se podría decir que no era reconocible.

Es el amor que lo descubre.

El amor reconoce a Jesús.

El amor, unido a la fe, nos hace reconocer al Señor en la Eucaristía, y adorarlo.

La adoración es la actitud, diríamos la reacción espontánea, natural, inmediata que tenemos ante el reconocimiento de la Presencia de Dios.

Y si todo tiene su medida, la medida del amor –como decía san Agustín- es amar sin medida. Así también es la adoración. Cuando nos preguntamos cuánto adorar, la respuesta de amor y de fe debe ser: adorar sin término, sin medida. La adoración es la expresión del amor, de la acogida y de la reverencia hacia Dios. Por tanto, la medida de la adoración es adorarlo siempre, sin interrupción, a cada momento. A esto lo llamamos Adoración Eucarística Perpetua.

Jesucristo es el modelo de adoración perpetua porque Él estaba en oración y adoración constante al Padre. Nosotros no podemos lograrlo individualmente, pero sí podemos hacerlo como comunidad, como fraternidad eucarística. Con el poco de cada uno podemos lograr adorar al Señor sin interrupción, día y noche.

Cuando hay personas disponibles a regalarse una hora a la semana para estar con el Señor, ante su presencia eucarística en el Santísimo Sacramento, es posible tener una adoración incesante. Es posible tener nuestro cielo en la tierra. Porque en el cielo –lo acabamos de escuchar en la lectura del Apocalipsis- el Cordero, junto a quien está en el trono, recibe la adoración sin interrupción, día y noche.

Como los discípulos de Jesús, cada adorador experimenta esa dicotomía, esa tensión de, por una parte, tener ante sí ese misterio infinito que representa el Señorío de Cristo, su divinidad, su majestad que lo hace en muchos aspectos inalcanzable (cómo podríamos alcanzar la infinitud de Dios, totalmente comprender su misterio?), y, al mismo tiempo, su tremenda cercanía del Dios-con-nosotros, el Emmanuel, que lo llama a participar de su intimidad.

Es el mismo Señor que invita a los discípulos a comer con Él, a ser sus comensales. Es el mismo que nos invita al Banquete Sacro de la Eucaristía para darnos su cuerpo que entregó en rescate por nosotros y de su sangre que derramó para el perdón de nuestros pecados.

Es el mismo Señor que dice: “Venid a Mí”… “Venid a Mí, vosotros que estáis agobiados y fatigados que yo os aliviaré”. Decía el Santo Padre Juan Pablo II que estas palabras recibían plena confirmación frente al Santísimo Sacramento.

Es Jesucristo que nos advierte:

“Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y me abre, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo”. No se puede tener mayor intimidad y esta viene de quien responde al llamado a la Adoración Perpetua.

No temas, querido hermano, querida hermana. Acepta esta invitación. Es el Señor que te llama. Y te llama no para quitarte nada. Ni siquiera quiere quitarte una hora de tu tiempo, a la semana. Si te llama es para darte. Sí, para darte, paz, bendiciones, protección. ¿Quién no desea ser bendecido? ¿Quién no desea protección para sí, para su familia, para su ciudad? Te llama porque quiere ser tu amigo, quiere que lo conozcas y confíes en Él y lo ames.

Os puedo asegurar que hay un antes y un después de la Adoración Perpetua. Ya lo veréis.

Este es un proyecto de Dios, que viene de Él porque es Él quien llama y quien busca esos adoradores en espíritu y en verdad.

Ábrele la puerta de tu corazón y hazte disponible. Únete a esta corriente de gracia haciendo posible que la Adoración Perpetua sea realidad en esta ciudad. Tú has sido invitado. Responde a su llamado.

Recuerda que “muchos son los llamados y pocos los elegidos”. Elegidos son aquellos que responden al llamado de Dios.

Decíamos que no podemos medir al amor. Tampoco podemos medir a la hora santa, a esa hora dedicada a la adoración al Señor.

Esa hora no se mide en minutos sino en gracias, en frutos. Es una hora fecunda porque está preñada de adoración. Es la hora del Señorío de Cristo, en la que –como Juan- frente al Santísimo lo reconocemos y decimos: “Es el Señor”.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE

[ 15-04-2016 ]

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