Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


El CARDENAL SARAH NOS HABLA SOBRE EL SILENCIO (Primera Parte)

Después del éxito de « Dios o nada », el Cardenal Robert Sarah publica a inicios de octubre un nuevo libro con Nicolas Diat (1).& 8200; Libro magnífico de gran altura espiritual que nos hace entrar en el corazón del misterio de Dios : el silencio, necesario para todo encuentro con el Señor, en la vida interior como en la liturgia. Encuentro con un hombre habitado por Dios.

P. Este libro que propone a los lectores es una verdadera meditación espiritual sobre el silencio : ¿Por qué se ha lanzado a una réflexion tan profunda que no se espera pueda normalmente venir de un Prefecto de la Congregación para el Culto Divino encargado de asuntos muy concretos de la vida de la Iglesia?

CS « El primer lenguaje de Dios es el silencio ». Comentando esta rica y bella intuición de san Juan de la Cruz, Thomas Keating, en su obra “Invitación a amar” escribe : « Todo el resto es una pobre traducción. Para entender ese lenguaje debemos aprender a ser silenciosos y a reposarnos en Dios».

Es tiempo de encontrar el orden verdadero de las prioridades. Es tiempo de volver a poner a Dios en el centro de nuestras preocupaciones, al centro de nuestro actuar y de nuestra vida, en el único lugar que Èl debe ocupar. De ese modo nuestro caminar cristiano podrá gravitar en torno de esa Roca, estructurarse en la luz de la fe y nutrirse de la oración, que es un momento de encuentro silencioso e íntimo donde el hombre está cara a cara con Dios para adorarlo y expresarle su amor filial.

No nos equivoquemos. La verdadera urgencia está ahí: volver a encontrar el sentido de Dios. El Padre no se deja alcanzar más que en el silencio. Esta es la necesidad mayor en la Iglesia hoy. No una reforma administrativa, un programa pastoral en más, un cambio estructural. El programa ya existe: es el de siempre, impulsado por el Evangelio y la tradición viva. Está centrado en Cristo mismo a quien debemos conocer, amar, imitar, para vivir en Él y para Él, transformar nuestro mundo que se degrada porque los hombres viven como si Dios no existiese. Como sacerdote, como pastor, como Prefecto, como Cardenal, mi prioridad es decir que solo Dios puede colmar el corazón del hombre.

Yo creo que somos víctimas de la superficialidad, del egoísmo y del espíritu mundano que esparce la sociedad mediática. No nos perdamos en luchas de influencias, en conflictos personales, en un activismo narcisista y vano. No nos inflemos de orgullo, de pretensión, prisioneros de una voluntad de poder. Por tener títulos, cargos profesionales o eclesiásticos aceptamos viles compromisos. Pero, todo eso pasa como el humo. En mi nuevo libro he querido invitar a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a entrar en el silencio; sin él estamos en la ilusión. La única realidad que merece nuestra atención es Dios mismo, y Dios es silencioso. Él espera nuestro silencio para revelarse. Volver a encontrar el sentido del silencio es entonces una prioridad, una necesidad, una urgencia.

El silencio es más importante que cualquier otra obra humana. Porque expresa a Dios. La verdadera revolución viene del silencio, nos conduce a Dios y a los otros para ponernos humildemente a su servicio.

P. ¿Por qué la noción de silencio es esencial a sus ojos? ¿Es necesario el silencio para encontrar a Dios y en qué “es la libertad mayor del hombre” (n.25)? En cuanto a “libertad” ¿es el silencio una ascesis?

CS El silencio no es una noción, es el camino que permite al hombre ir a Dios.

Dios es silencio, y ese silencio divino habita al hombre. Viviendo con el Dios silencioso, y en Él, nos volvemos nosotros mismos silenciosos. Nada nos hará mejor descubrir a Dios que ese silencio inscrito en el corazón de nuestro ser. No temo afirmar que ser hijo de Dios es ser hijo del silencio.

La conquista del silencio es un combate y una ascesis. Sí, se necesita valor para liberarse de todo aquello que apesadumbra nuestra vida, que gusta sólo a las apariencias, la facilidad y la superficie de las cosas.

Llevado al exterior por su necesidad de decirlo todo, el hablador no puede más que estar lejos de Dios, incapaz de cualquier actividad espiritual profunda. Por lo contrario, el silencioso es un hombre libre. Las cadenas del mundo no lo aprisionan.

Ninguna dictadura puede nada contra el hombre silencioso. No le puede robar su silencio a un hombre.

Pienso a mi predecesor bajo Conakry en Guinea. Mons. Raymond-Marie Tchidimbo. Estuvo en prisión durante nueve años, perseguido por la dictadura marxista. Se le prohibió encontrarse y hablar con nadie. El silencio impuesto por sus verdugos se volvió lugar de encuentro con Dios. Misteriosamente, su mazmorra se volvió un verdadero “noviciado” y ese reducto sórdido y miserable le permitió comprender un poco el gran silencio del Cielo.

P. ¿Es aún posible comprender la importancia del silencio en un mundo donde el ruido, bajo todas sus formas, no cesa jamás? ¿Es una situación nueva de la “modernidad”, con sus media, TV, Internet, o el ruido ha sido siempre una de las características del “mundo”?

CS Dios es silencio y el diablo es ruidoso. Desde siempre Satanás busca enmascarar sus mentiras bajo una agitación enagañosa y ruidosa. El cristiano no debe ser del mundo. Debe alejarse de los ruidos del mundo, de sus rumores que se suceden rápidamente para apartarnos de lo esencial: Dios. Nuestra època ultra tecnologizada y ocupada nos vuelve aún más enfermos. El ruido se ha vuelto como una droga de la que nuestros contemporáneos son dependientes. Con su apariencia de fiesta, el ruido es un torbellino que no deja mirar a la cara, confrontarse con el vacío interior. Es una mentira diabólica. El despertar no puede ser más que brutal. No temo llamar a todos los hombres de buena voluntad a entrar en una forma de resistencia. ¿Qué será de nuestro mundo si no se puede encontrar oasis de silencio?

En las ondas agitadas por palabras fáciles y huecas, el hecho de callar reviste la apariencia de debilidad. En el mundo moderno, el hombre silencioso se vuelve aquel que no sabe defenderse. Es un “sub hombre” frente a quien se dice fuerte y aplasta y ahoga al otro en las olas de sus discursos. El hombre silencioso es un hombre en demasía. Es la razón profunda de los crímenes abominables o de los desprecios y odio de los modernos contra los seres silenciosos que son los niños no nacidos, los enfermos o las personas en fin de vida. Con ellos no temo afirmar que los sacerdotes de la modernidad, que declaran una forma de guerra al silencio, han perdido la batalla. Porque podemos permanecer en silencio en medio de los más grandes desórdenes, de las abyectas agitaciones, en medio de estruendos y griteríos de sus máquinas infernales que invitan al activismo robándonos toda dimensión transcendente y toda vida interior.

P. Si el hombre interior busca el silencio para encontrar Dios, ¿Dios mismo es siempre silencioso? ¿Y cómo entener lo que algunos llaman el „silencio de Dios” frente a los dramas paroxísticos del mal, como la Shoah, los gulags...? De un modo general, ¿la existencia del mal no pone en causa la omnipotencia de Dios?

CS Su preguna nos hace entrar en un misterio más profundo. En la Gran Cartuja hemos meditado largamente ese punto con el Prior General, Dom Dysmas de Lassus.

Dios no quiere el mal. Sin embargo, permanece aombrosamente silencioso ante nuestras pruebas. A pesar del sufrimiento, lejos de poner en causa la omnipotencia de Dios, nos la revela. Escucho aún la voz de ese niño que demandaba lloroso: „¿Por qué Dios no impidió que a papá lo matasen?”. En su silencio misterioso, Dios se manifiesta en la lágrima derramada del niño y no en el orden del mundo que justificaría esa lágrima. Dios y su modo misterioso de ser próximo a nosotros en nuestras pruebas. Él es intensamente presente en nuestras pruebas y nuestros sufrimientos. Su fuerza se hace silenciosa porque ella revela su infinita delicadeza, su ternura amante para aquellos que sufren. Las manifestaciones exteriores no son forzosamente las mejores pruebas de proximidad. El silencio revela la compasión, la parte que Dios toma de nuestros sufrimientos. Dios no quiere el mal. Y más el mal es monstruoso, más aparece que Dios en nosotros es la primera víctima.

La victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado se consuma en el gran silencio de la cruz. Dios manifiesta todo su poder en ese silencio que ninguna barbarie podrá jamás mancillar.

Mientras he ido a esos países que atraversaban crisis violentas y profundas, sufrimientos, trágicas miserias , como Siria, Libia, Haiti, Filipinas luego de las devastaciones del tifón, constaté cuánto la oración silenciosa sea el último tesoro de aquellos que no tienen nada. El silencio es la última zanja donde nada puede entrar, la única cámara donde vivir en paz, el lugar donde el sufrimiento baja un instante los brazos. En el sufrimiento, ocultémonos en la fortaleza de la oración.

Entonces, el poder de los verdugos no tiene más importancia; los criminales pueden destruirlo todo con furor, es imposible entrar robando con violencia en el silencio, el corazón, la conciencia de un hombre que ora y se acurruca en Dios. Los batidos de un corazón silencioso, la esperanza, la fe y la confianza en Dios demoran insumergibles. Exteriormente, el mundo puede volverse un campo de ruinas, pero el interior de nuestra alma, en el mayor silencio, Dios vela. La guerra y los cortejos de horrores jamás tendrán razón de Dios, presente en nosotros. Ante el mal y el silencio de Dios, hay que siempre estar en oración y gritar silenciosamente diciendo con fe y con amor :

« ¡Te he buscado, Jesús !

Te he escuchado llorar de alegría

en el nacimiento de un niño.

Te he visto buscar la libertad

a través de las barras de una prisión.

He pasado cerca de ti

cuando tú mendigabas un trozo de pan.

Te he escuchado gritar de dolor

cuando tus hijos eran arrasados por las bombas.

Te he descubierto en las salas de un hospital,

sumido en terapias sin amor.

Ahora que te he encontrado

No quiero más perderte.

Te ruego, enséñame a amarte. »

Con Jesús llevamos mejor nuestros sufrimientos y nuestras pruebas.

P. ¿Qué papel le atribuye al silencio en nuestra liturgia latina, dónde la ve y cómo concilia el silencio y la participación?

CS Ante la majestad de Dios perdemos nuestras palabras. ¿Quién osaría tomar la palabra ante el Todopoderoso? San Juan Pablo II vio en el silencio la esencia de toda actitud de oración, porque es en ese silencio cargado de presencia adorada manifiesta « la humilde aceptación de los límites de la creatura ante la trascendencia infinita de un Dios que no deja de revelarse como un Dios amor.» Rechazar ese silencio implica falta de confianza y de adoración, es rechazar la libertad de saciarnos de su amor y su presencia. El silencio sagrado es entonces el lugar donde podemos encontrarnos con Dios, porque vamos a Él con la actitud justa del hombre que tiembla y se mantiene a distancia esperando con confianza. Nosotros sacerdotes debemos retomar el temor filial de Dios y la sacralidad de nuestras relaciones con Él. Debemos retomar el temblar de estupor ante la Santidad de Dios y la gracia inaudita de nuestro sacerdocio. El silencio nos enseña una gran regla de la vida espiritual: la familiaridad no favorece la intimidad, al contrario, la justa distancia es una condición de comunión. Es por la adoración que la humanidad marcha hacia el amor. El silencio sagrado abre al silencio místico, pleno de intimidad amorosa. Bajo el yugo de la razón secular nos hemos olvidado que lo sagrado y el culto son las únicas puertas de ingreso de la vida espiritual. No dudo entonces en afirmar que el silencio sagrado es una ley cardenal de toda celebración litúrgica. En efecto, nos permite entrar en participación del misterio celebrado. El Concilio Vaticano II subraya que el silencio es un medio privilegiado para favorecer la participación del pueblo de Dios en la liturgia.

Los Padres conciliares querían manifestar qué es una verdadera participación litúrgica; la entrada en el misterio divino. Bajo el pretexto de hacer fácil el acceso a Dios, algunos quisieron que todo en la liturgia fuera inmediatamente inteligible, racional, horizontal y humano. Pero actuando así corremos el riesgo de reducir el misterio sagrado en buenos sentimientos. Bajo el pretexto de la pedagogía, algunos sacerdotes se autorizan a dar interminables comentarios llanos y horizontales. Esos pastores ¿tienen miedo que el silencio ante el Altísimo desconcierte a los fieles? ¿Creen ellos que el Espíritu Santo es incapaz de abrir los corazones a los misterios divinos esparciendo la luz de la gracia espiritual?

San Juan Pablo II nos pone en guardia: el hombre entra en participación de la divina presencia “sobretodo dejándose educar en el silencio de la adoración, porque en la cumbre del conocimiento y de la experiencia de Dios, está su trascendencia absoluta”.

El silencio sagrado es el bien de los fieles, y los clérigos no deben privárselo! El silencio es la tela en la que deberán estar recortadas nuestras liturgias. Nada hay en éstas que pueda romper la atmosfera silenciosa que es su entorno natural.

P. ¿No hay una cierta paradoja en afirmar la necesidad del silencio en la liturgia, reconociendo que las liturgias orientales no tienen momentos de silencio (n 259), en tanto ellas son particularmente bellas, sagradas y orantes?

CS Su observación es juiciosa y muestra que no es suficiente decretar “momentos de silencio” para que la liturgia se impregne de silencio sagrado. El silencio es una actitud del alma. No es una pausa entre dos ritos, es él mismo plenamente un rito.

Es verdad, los ritos orientales no prevén tiempos de silencio durante la divina liturgia. Ni menos conocen ellos la dimensión apofática de la oración ante el Dios “inefable, incomprensible, esquivo”. La Divina Liturgia está en cualquier modo sumergida en el Misterio. Se celebra detrás del iconostasio que es para los orientales el velo que protege el misterio. Entre nosotros, latinos, el silencio es un iconostasio sonoro. El silencio es una mistagogía. Nos permite entrar en el misterio sin deflorarlo. En la liturgia, el lenguaje de los misterios es silencioso. El silencio no oculta, revela en profundidad.

San Juan Pablo II nos enseña que “el misterio se vela continuamente, se cubre de silencio, para evitar que en el lugar de dios se construya un ídolo”. Quiero afirmar que hoy el riesgo es grande para los cristianos que se vuelvan idólatras. Prisioneros del ruido de los discursos humanos interminables, no estamos lejos de construir un culto a nuestra altura, un dios a nuestra imagen. Como lo evidenció el Cardenal Godfried Daneels “la liturgia occidental, como es practicada, tiene por principal defecto el ser demasiado habladora”. En África, dice el abad Faustin Nyombayré, sacerdote ruandés: “La superficialidad no ahorra la liturgia o las sesiones pretendidamente religiosas, de donde se vuelve desfallecientes y traspirados, mas bien que reposados, llenos de aquello que se ha celebrado para mejor vivir y testimoniar”. Las celebraciones se vuelven a veces ruidosas y cansadoras. La liturgia está enferma. El síntoma más impactante de esta enfermedad es la omnipresencia del micrófono. Se ha vuelto tan indispensable que uno se pregunta ¡cómo se ha podido celebrar antes de esa invención! El ruido exterior y nuestros propios ruidos interiores nos vuelven extranjeros a nosotros mismos. En el ruido el hombre no puede hacer otra cosa que discurrir en la banalidad. Somos superficiales en lo que decimos, pronunciamos discursos huecos, donde se habla y habla aún más…hasta que se encuentra algo para decir, una suerte de mescolanza irresponsable hecha de chistes y de palabras que matan. Somos también superficiales en lo que hacemos: vivimos en una banalidad, pretendidamente lógica y moral, sin nada que se diga anormal. Salimos a menudo de nuestras liturgias ruidosas y superficiales sin haber encontrado a Dios y la paz interior que nos quiere ofrecer.

(Traducción JALF Noviembre 15 de 2016)

[ 15-11-2016 ]

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