Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


CARDENAL ROBERT SARAH NOS HABLA DEL SILENCIO (Última parte)

Nos habla del silencio y de la liturgia. En esta parte trata la Reforma de la reforma litúrgica que el Papa Benedicto XVI sabiamente quiso poner en acto.

P. Luego de su conferencia de Londres en julio pasado, Usted ha vuelto sobre el tema de la orientación de la liturgia y deseado verla aplicar en nuestras iglesias. ¿Por qué es tan importante para Usted y cómo vería ese cambio puesto en práctica?

CS El silencio pone el problema de la esencia de la liturgia. Ahora, esto último es mística. A menos que nosotros no abordemos la liturgia con un corazón ardiente ella tendrá un aire superficial y humano. El silencio litúrgico es una disposición radical y esencial; es una conversión del corazón. Ahora, convertirse, etimológicamente, es volverse hacia Dios. No hay verdadero silencio en la liturgia si no estamos –con todo nuestro corazón- vueltos hacia el Señor. Es necesario convertirse, volvernos hacia el Señor, para mirarlo, contemplar su rostro, y caer a sus pies para adorarlo. Tenemos un ejemplo: María Magdalena pudo reconocer a Jesús la mañana de Pascua porque ella había retornado a Él. “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. “Haec cum dixisset, conversa est retorsum et videt Jesus stantem”. Habiendo dicho eso ella se dio vuelta y vio a Jesús que estaba allí (Jn 20, 13-14).

¿Cómo entrar en esa disposición interior si no volviendo psíquicamente, todos juntos, sacerdote y fieles, hacia el Señor que viene, hacia el oriente simbolizado por el ábside donde se entroniza la cruz?

La orientación exterior nos conduce a la orientación interior que simboliza. Desde los tiempos apostólicos, los cristianos conocían esta manera de orar. No es cuestión de celebrar de espaldas o cara al pueblo sino hacia oriente, ad Dominum, hacia el Señor.

Este modo de hacer favorece el silencio. En efecto, el celebrante tiene menos la tentación de monopolizar la palabra. De cara al Señor, está menos tentado de volverse un profesor que da una lección a lo largo de la Misa, reduciendo el altar a una tribuna donde el eje no será la cruz sino el micrófono! El sacerdote debe recordar que no es más que un instrumento entre las manos de Cristo, que debe callar para dar lugar a la Palabra, que nuestras palabras humanas irrisorias ante el único Verbo eterno.

Estoy persuadido que los sacerdotes no emplean le mismo tono de voz celebrando hacia oriente. Somos talmente menos tentados de tomarnos, como dice el Papa Francisco, por actores!

Bien entendido esta manera de hacer, legítima y deseable, no debe ser impuesta como una revolución. En numerosos lugares sé que una catequesis preparatoria ha permitido a los fieles apropiarse y apreciar la orientación. Mucho me gustaría que esta cuestión no se vuelva ocasión de un enfrentamiento ideológico entre facciones! Se trata de nuestra relación con Dios.

Como tuve la ocasión de decirlo recientemente, en el curso de un encuentro privado con el Santo Padre, no hice más que sugestiones inspiradas por mi corazón de pastor preocupado del bien de los fieles. No quiero oponer una práctica a otra. Si materialmente no es posible celebrar ad orientem, es necesario colocar una cruz sobre el altar, bien a la vista, como punto de referencia para todos. Cristo en la cruz es el oriente cristiano.

P. Usted defiende ardientemente la constitución conciliar sobre la liturgia deplorando que haya sido tan mal aplicada. ¿Cómo lo explica con el retroceso de los últimos cincuenta años? Las autoridades de la Iglesia ¿no son ellas las principales responsables?

CS Creo que nos falta espíritu de fe cuando leemos los documentos del Concilio. Embaucados por lo que Benedicto XVI llamado el Concilio de los medios hacemos una lectura demasiado humana, buscando las rupturas y las oposiciones allá donde un corazón católico debe esforzarse por encontrar la renovación en la continuidad. Más que nunca la enseñanza conciliar contenida en Sacrosanctum Concilium nos debe guiar. Será el tiempo de dejarnos enseñar por el Concilio más que utilizarlo para justificar nuestros problemas de creatividad o para defender nuestras ideologías usando las armas sagradas de la liturgia.

Un solo ejemplo: El Vaticano II ha definido admirablemente el sacerdocio bautismal de los laicos como la capacidad de ofrecernos en sacrificio al Padre con Cristo, para volvernos, en Jesús “Hostias santas, puras, inmaculadas”. Tenemos ahí el fundamento teológico de la verdadera participación en la liturgia.

Esta realidad espiritual debería vivirse especialmente en el ofertorio, ese momento donde el pueblo cristiano se ofrece, no al lado de Cristo sino en Él, por su sacrificio que se llevará a cabo en la consagración. La relectura del Concilio nos permitirá evitar que nuestros ofertorios sean desfigurados por manifestaciones que hacen más al folklore que a la liturgia. Una sana hermenéutica de la continuidad podría conducirnos a volver a poner en honor las antiguas oraciones del ofertorio releídas a la luz del Vaticano II.

P. Usted evoca « la reforma de la reforma »: ¿en qué debería consistir principalmente? ¿Y concerniría las dos formas del rito romano o sólo la forma ordinaria?

CS La liturgia debe siempre reformarse para ser más fiel a su esencia mística. Es lo que se llama “reforma de la reforma” y que deberíamos quizás llamar “enriquecimiento mutuo de ritos” para retomar una expresión del magisterio de Benedicto XVI, es una necesidad espiritual. Concierne entonces a las dos formas del rito romano.

Rechazo la idea que ocupemos nuestro tiempo a oponer una liturgia a la otra, o el rito de san Pío V al del Beato Pablo VI. Se trata de entrar en el gran silencio de la liturgia; es necesario saber dejarse enriquecer por todas las formas litúrgicas, latinas u orientales. ¿Por qué la forma extraordinaria no habría de abrirse a lo que la reforma litúrgica después del Vaticano II ha producido de mejor? ¿Por qué la forma ordinaria no podría reencontrar las antiguas oraciones del ofertorio, las oraciones bajo el altar o un poco de silencio durante ciertas partes del Canon?

Sin un espíritu contemplativo la liturgia se volverá una ocasión de angustia odiosa y de enfrentamientos ideológicos, de humillaciones públicas de debilidades por aquellos que pretenden detentar una autoridad, mientras que debería ser el lugar de nuestra unidad y de nuestra comunión en el Señor. ¿Por qué enfrentarnos y detestarnos? Al contrario, la liturgia debería hacernos llegar todos juntos a la unidad en la fe y al verdadero conocimiento del Hijo de Dios, al estado del Hombre perfecto, a la plenitud de la estatura de Cristo… De ese modo, viviendo en la verdad del amor, nos engrandecemos en Cristo para elevarnos en todo hasta Él, que es la Cabeza (cf. Ef 4, 13-15).

P. En el contexto litúrgico actual del mundo latino, ¿Cómo se puede superar la desconfianza que existe entre ciertos adeptos de las dos formas litúrgicas del mismo rito romano que rechazan celebrar la otra forma y la consideran a veces con cierto desprecio?

CS Dañar la liturgia es dañar nuestra relación con Dios y la expresión de nuestra fe cristiana. El Cardenal Charles Journet afirmó: « La liturgia y la catequesis son las dos mandíbulas de la tenaza por las cuales el demonio quiere arrebatar la fe al pueblo cristiano y apoderarse de la Iglesia para molerla, aniquilarla y destruirla definitivamente. Aún hoy el gran dragón está al acecho delante de la Mujer, la Iglesia, pronto a devorar al niño”. Sí, el diablo quiere que nos opongamos los unos a los otros en el mismo corazón del sacramento de la unidad y de la comunión fraterna. Es tiempo que cesen los desprecios, la desconfianza y las sospechas. Es tiempo de reencontrar un corazón católico. Es tiempo de juntos reencontrar la belleza de la liturgia, como nos lo recomiendo el Santo Padre Francisco porque, dice él: “la belleza de la liturgia refleja la presencia de la gloriade nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vio y consolado” (Homilía de la Misa crismal del 28 de marzo 2013).

P.¿Cómo vivió su estadía excepcional en la Gran Cartuja?

CS Doy gracias a Dios por haberme acordado esta gracia excepcional. y cómo callar toda la gratitud de mi corazón y mi inmensa gracias Dom Dysmas de Lassus por su tan calurosa acogida! Querría también pedir humildemente perdón por todo el malestar que he provocado durante mi estadía en su casa. La Gran Cartuja es la casa de Dios. Nos eleva a Dios y nos pone frente a Él. Todo se ofrece para encontrar a Dios: la belleza de la naturaleza, la austeridad de los lugares, el silencio, la soledad y la liturgia. Aún si yo tengo el hábito de orar en la noche, el oficio nocturno de la Gran Cartuja me ha impresionado profundamente: la oscuridad era pura, el silencio llevaba una Presencia, la de Dios. La nosche nos ocultaba todo, nos aislaba los unos a los otros, pero unía nuestras voces y nuestra alabanza, orientaba nuestros corazones, nuestras miradas y nuestro pensamiento para no mirar nada que no fuera Dios. La noche es maternal, deliciosa y purificadora. La oscuridad es como una fuente de donde salimos lavados, pacificados y más íntimamente unidos a Cristo y a los otros. Pasar una buena parte de la noche a rezar es regenerador. Eso nos hace renacer. Aquí Dios se vuelve verdaderamente nuestro Camino, nuestra Fuerza, nuestra Felicidad, nuestro Todo. Tengo un gran sentimiento de admiración por san Bruno que como Elías condujo tantas almas a este Montaña de Dios para escuchar y ver “la voz de un silencio sutil” y dejarse interpelar por ese voz que nos dice: “¿Qué haces ahí Elías?” (1 R 19, 11-13).

1) Cardinal Robert Sarah, avec Nicolas Diat, La force du silence.& 8200;Contre la dictature du bruit, Fayard, 2016 (à paraître le 3 octobre), 378 pages, 21,90 €.

(Traducción JALF)

[ 16-11-2016 ]

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