Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


INTERVENCIÓN DEL CARDENAL MALCOM RANJITH EN EL ENCUENTRO ADORATIO 2011 EN ROMA.

La disertación del Cardenal Ranjith se puede considerar una pieza de apologética sobre la Eucaristía y en particular la adoración eucarística. Pese a que data del 2011, cuando nuestra comunidad Misioneros de la Santísima Eucaristía organizó el primer congreso internacional sobre la adoración eucarística en Roma, es de perenne actualidad. Por eso ahora lo proponemos e invitamos a que sea copiado para ulteriores meditaciones y consultas.

Se trata de una teología de la adoración siempre actual.

INTERVENCIÓN DEL CARDENAL MALCOM RANJITH

EN EL ENCUENTRO ADORATIO 2011 EN ROMA.

La disertación del Cardenal Ranjith se puede considerar una pieza de apologética sobre la Eucaristía y en particular la adoración eucarística. Pese a que data del 2011, cuando nuestra comunidad Misioneros de la Santísima Eucaristía organizó el primer congreso internacional sobre la adoración eucarística en Roma, es de perenne actualidad. Por eso ahora lo proponemos e invitamos a que sea copiado para ulteriores meditaciones y consultas.

Se trata de una teología de la adoración siempre actual.

Dijo el Arzobispo de Colombo (Sri Lanka) en aquella oportunidad:

“Cuando estamos ante el Santísimo Sacramento, en lugar de mirar en torno a nosotros, cerremos los ojos y la boca, abramos el corazón, nuestro Dios abrirá el suyo; iremos a Él. Él vendrá a nosotros, uno pide, el otro recibe; será como un respirto que pasa de uno al otro”, estas eran las palabras con las cuales el Santo Cura de Ars, san Juan María Vianney, buscaba explicar la adoración (Pequeño Catecismo del Cura de Ars. En inglés publicado por Tan Books & Publishers, Inc. Rockford, Illinois, 1951, p. 42)

1. Adoración es estar ante Dios omnipotente en una actitud de silencio, poderosa expresión de fe: “Habla, Señor, porque tu siervo escucha” (1 Sam 3:10). Es verdaderamente inexplicable en términos humanos. Papa Benedicto XVI explicó el significado de la adoración como una proskynesis, “el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra medida, cuya norma aceptamos seguirla”, y como ad-oratio “contacto boca a boca, beso, abrazo, por tanto en el fondo amor” (Homilía del 21 de agosto de 2005 en Marienfeld, Colonia). Es tal proceso de presencia ante Dios que nos transforma. San Pablo, hablando de aquellos que se vuelven hacia el Señor como hizo Moisés, declara: “cuando nos volveremos hacia el Señor, el velo será quitado…y todos nosotros, a rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, seremos transformados (meta morfoumetha)en aquella misma imagenm de gloria en gloria” (2 Cor 3:16.18). Es interesante notar que el verbo usado aquí es el mismo usado para explicar la transfiguración de Cristo en el monte Tabor (metemorfothé).

La presencia del adorador ante Dios lo transforma. Ello está admirablemente expreso en aquellas palabras del libro del Éxodo: “cuando Moisés descendió del Sinaí con las dos tablas del Testimonio en las manos, no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante, porque había conversado con Yahweh. Pero Aarón y todos los israelitas, viendo que la piel de su rostro era radiante, tuvieron temor de acercarse a él” (Ex 34: 29-30). Es como cuando alguien se pone a fijar intensamente un atardecer; después de un tiempo, también su rostro asume un colorido dorado. El obispo Fulton J. Sheen anota, al explicar tal experiencia, que cuando miramos la Eucaristía en una actitud de adoración, de profunda reverencia y amor “ocurre algo en nosotros muy similar a cuanto les ocurrió a los discípulos de Emaus. La tarde del domingo de Pascua, cuando el Señor se hizo encontrar por ellos, les preguntó porqué estaban así tan tristes. Luego de algunas horas ante su Presencia y escuchando nuevamente el secreto de la espiritualidad -“el Hijo del Hombre debe sufrir para entrar en Su gloria”- terminado el tiempo de estar con Él, sus “corazones ardían” (Un tesoro en la arcilla, Autobiografía). La adoración eucarística es entonces un encuentro profundamente personal y, en alguna medida, comunitario con el Señor. La actitud innata de reverencia no está dada por algún sentido de sumisión, sino de una actitud de fe profunda y del gran deseo de diálogo, o mejor aún, una actitud de presencia y escucha entre el “yo” y el gran “Tú”, la búsqueda de la comunión.

Es como cuando Moisés contemplaba la zarza ardiente. La zarza continuaba a arder pero no se destruía. Nuestra presencia delante del Señor eucarístico no disminuye Su gloria, pero nos habla a nosotros y nosotros dialogamos con Él. Y en todo esto somos transformados. No es Él que cambia, sino nosotros. Y sin embargo, a lo largo de la historia de la Iglesia, esta gran fe en la Presencia de Jesús en persona en la Santísima Eucaristía, tuvo detractores, sobre todo aquellos que criticaban la práctica eclesial de la adoración eucarística.

OBJECIONES A LA ADORACIÓN

Las formas más antiguas de objeción a la adoración eucarística surgieron en el contexto de una constatación de la no presencia física y real de Cristo en las especies consagradas del pan y del vino. Fue Berengario (999 – 1088), Archidiácono de Angers en Francia, quien sorprendentemente sostenía esta posición al comienzo de la Edad Media que, ipso facto, habría hecha superflua a la adoración eucarística. Pero fue papa Gregorio VII, Jefe de la Iglesia entonces reinante, que ordenó a Berengario de firmar una retractación como motivo de la fe constante de la Iglesia, un documento que se volvió el primer pronunciamiento definitivo acerca de la fe eucarística de la Iglesia. Declaraba: “Creo con el corazón y profeso abiertamente que el pan y el vino ofrecidos en el altar, mediante la oración y las palabras del Redentor, son cambiados substancialmente en la verdadera y propia vivificante carne y sangre del Jesucristo, nuestro Señor, y que después de la consagración, son el verdadero cuerpo de Cristo, nacido de la Virgen y colgado en la cruz en inmolación para la salvación del mundo, así como la sangre de Cristo salida de Su costado, no sólo como signo y en razón de la potencia del sacramento, sino en la verdad y realidad de su substancia y en ello que es propio a su naturaleza.” (Mansi, Collectio amplissima Conciliorum, XX 524D).

Más allá de tal convicción de fe, la Iglesia dio impulso a una intensificación del culto eucarístico bajo forma de procesiones eucarísticas, actos de adoración, visitas a Cristo en la píxide, etc. Estas tradiciones iniciadas entonces se volvieron expresión de fe eucarística. A continuación tomaron cuerpo otras iniciativas como la institución de la solemnidad del Corpus Domini de parte del papa Urbano IV. Los milagros eucarísticos contribuyeron al crecimiento de tal fervor y reforzó la fe de la Iglesia en las especies consagradas del pan y del vino, que son realmente e íntegramente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, fe creída firmemente por los apóstoles y siempre profesada como doctrina fundamental de la Iglesia. En efecto, es cuanto el Señor mismo había afirmado y querido para su Iglesia. “Eso es mi cuerpo, esta es mi sangre” (cfr. Lc, 22,19-20) e “haced esto en memoria mía” (Lc. 22,19), fueron las palabras determinantes del Señor que también san Pablo retoma cuando presenta la Eucaristía (1 Cor. 4, 23-27).

La fe eucarística de la Iglesia fue definitivamente definida y afirmada por el Concilio de Trento, bajo el trasfondo de la revolución luterana. Afirmaba el Concilio que “en el divino sacramento de la santa Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está verdaderamente contenido, realmente, substancialmente bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles” (c. 719) y aún “ya que Cristo, nuestro Redentor, ha dicho que aquello que ofrecía bajo las especies del pan (Mt. 26,26ss.; Mc. 14,22ss; Lc. 29,19ss y 1 Cor. 11, 24ss) era verdaderamente su cuerpo, en la Iglesia de Dios existió siempre la convicción, y este santo Concilio lo declara ahora de nuevo, que con la consagración del pan y del vino se obra la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del cuerpo de Cristo, nuestro Señor, y de toda la substancia del vino en la substancia de Su sangre. Esta conversión, por tanto, en modo conveniente y apropiado es llamada por la santa Iglesia católica transubstanciación” (c. 722). Además, refutó el error propagado sobre todo por la reforma protestante, según la cual sería imposible la transubstanciación. Zwingli prefirió interpretar la consagración en el sentido de transignificación: no “esto es mi cuerpo”, sino “esto es como mi cuerpo”. Él contesta que no puede ser “es”, ya que si así fuese, comeríamos literalmente la carne y el Señor sería lacerado por nuestro dientes. Y como eso no ocurre, la transubstanciación no puede ser verdadera”” (cfr. Sobre la Cena del Señor ‘1526’ en Corpus Reformatorum: Huldreich Zwingli Saemtliche Werke, vol 91 ‘Lipsia, Hensius 1927’, 796.2 – 800.5). Ante esto el Concilio de Trento decretó que “si alguien negara que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía está contenido verdadera, real y substancialmente el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, con el alma y la divinidad, y por tanto Cristo todo entero, y dirá que eso es sólo como un símbolo o una figura, o solo con su potencia: sea anatema” (canón 728).

La Iglesia por tanto ha firmemente conservado la verdad que el pan y el vino consagrados son, en su substancia, verdadera e íntegramente el cuerpo y la sangre de Cristo. Un dogma que fue continuamente reafirmado por Concilios que siguieron y por los sumos Pontífices. Como Papa Pío XII, quien declaró que “por medio de la transubstanciación del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo, como se tiene realmente presente Su cuerpo, así se tiene Su sangre” (Mediator Dei, 70). Lo mismo fue reconfirmado por el Papa Pablo VI (Mysterium Fidei, 46), por Papa Juan Pablo II (Ecclesia de Eucharistia, 15, y por Papa Benedetto XVI (Sacramentum Caritatis 10, 11 e 66).

Papa Pablo VI, por su parte, estaba seriamente preocupado por una cierta tendencia en la Iglesia, que siguió al Concilio Vaticano II, de atenuación de la fe sobre la substancia de la Eucaristía, en particular sobre la transubstanciaciónln y sobre la presencia permanente. Él declaró: “bien sabemos que… hay algunos que al respecto de las Misas privadas, el dogma de la transubstanciacón y el culto eucarístico, divulgan ciertas opiniones que perturban el ánimo de los fieles metiéndoles no poca confusión..” (Mysterium Fidei 10). Y continúa el Papa: “no podemos aprobar las opiniones que ellos expresan y sentimos del deber de avisaros del grave peligro de esas opiniones para la recta fe” (ibid 14). El Papa, durante cuya vida se desarrolló la mayor parte del Concilio Vaticano II, afirmaba: “la constante instrucción impartida por la Iglesia a los catecúmenos, el sentido del pueblo cristiano, la doctrina definida por el Concilio de Trento y las mismas palabras con las que Cristo instituyó la Santísima Eucaristía nos obligan a profesar que “la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados y que el Padre, por su benignidad, resucitó’ (S. Ignacio de Antioquia, Epístola a los cristianos de Esmirna 7,1; PG 5,714). A las palabras del mártir san Ignacio, nos place agregar las de Teodoro di Mopsuestia, in esta materia testigo fiable de la fe de la Iglesia: ‘El Señor, escribe, non dijo: este es el símbolo de mi cuerpo y esto es el símbolo de mi sangre sino: esto es mi cuerpo y mi sangre, enseñándonos a no considerar la naturalez de la cosa presentada sino a creer que ella, con la acción de la gracia, se ha transmutado en carne y sangre’” (Mysterium fidei 44). En efecto, toda la encíclica de Pablo VI es una sólida defensa de la recta fe de la Iglesia sobre la Santísima Eucaristía. Además, en la solemne profesi´lon de fe del 30 de junio 1968, afirmó que “toda explicación teológica que intente penetrar en algún modo este misterio, para estar de acuerdo con la fe católica, debe mantener firme que en la realidad objetiva, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino han cesado de existir después de la consagración, así que desde aquel momento son el Cuerpo y la Sangre adorables del Señor Jesús las que realmente están ante nosotros bajo las especie sacramentales del pan y del vino” (25, AAS60 (1968) 442-443). En consecuencia, el il Papa solicita a los obispos “para que esta fe….rechazando netamente toda opinión errónea y perniciosa, vosotros custodiadla pura e íntegra en el pueblo” y “promoved el culto eucarístico, al cual deben converger finalmente todas las otras formas de piedad” (Mysterium fidei 65).

Resulta claro entonces que las objeciones a la adoración eucarística basadas sobre una contestación o una falsa interpretación de la fe y la doctrina de la Igleisa, son desaprobadas y firmemente rechazadas.


2. El Santo Padre, Papa Benedicto XVI, en la Exhortación apostólica post-sinodal “Sacramentum Caritatis”, habla de una opinión que se había difundido “mientras la reforma litúrgica conciliar movía los primeros pasos”, según la cual “la relación intrínseca entre la Santa Misa y la adoración al Santísimo Sacramento no fue bastante claramente percibido”. Declara el Papa, “una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido” (Sacr. Car. 66). Situación ésta probablemente disparada por alguna influencia de la teología protestante, desde el momento que trazas de ese error reflejan cuánto ocurrió durante la reforma protestante. Casi todos los reformadores contradijeron la doctrina tridentina acerca de la presencia permanente y transubstanciada de Cristo en el pan y en el vino consagrados, reduciéndolo a un mero hecho simbólico, afirmando por otra parte que la Eucaristía era sólo una cena convivial, pero no un sacrificio reactualizado, por lo cual venía a menos la adoración. Aún cuando Lutero, Zwingli, Melantón y Calvino tuviesero perspectivas particulares a veces contradictorias entre ellos, generalmente la interpretación de la Eucaristía estaba en contraste con la teología católica del tiempo. Lutero sostenía que la presencia real se limitaba a la recepción de la Santa Comunión (in usu, non extra). En efecto, los luteranos creen en la presencia real sólo entre la consagración y la Santa Comunión. Posición que fue firmememnte condenada por el Concilio de Trento, que decretó que “Si alguno dirá que, una vez concluída la consagración, en el admirable sacramento de la Eucaristía no está el cuerpo y la sangre del Señor nuestro Jesucristo, pero que está sólo durante el uso, mientras lo recibe, pero no antes ni después; y que en las Hostias o partículas consagradas, que se conservan o sobran después de la comunión, no permanece el verdadero cuerpo del Señor: sea anatema” (canón 731). Para la Iglesia Católica entonces la presencia de Cristo en las especies consagradas de la Eucaristía, no está limitada sólo al momento de la Comunión sino que permanece. En otras palabras, no está hecha sólo para ser “comida” sino también para ser adorada.

Papa Benedicto XVI subraya justamente este aspecto cuando declara que “recibir la Eucaristía significa ponerse en actitud de adoración hacia Aquel que recibimos” (Sacramentum Caritatis, 66). Efectivamente, la Eucaristía no es simplemente la anticipación gozosa del banquete celestial que acontecerá en la Parusía, sino es también el Sacrificio del Calvario y su memorial. No es sólo una fiesta para nuestra hambre sino también para nuestros ojos, porque fijamos asombrados la autodonación de amor para nuestra salvación. Pero Lutero no lo ve así.

Para él, no existe ningún vínculo ontológico entre lo que sucedió en el Calvario y lo que ocurre en el altar, por esto la teología luterana no le da el adecuado valor al aspecto sacrificial de la Santa Misa. Pone sobre todo el acento en el aspecto convivial de la Cena. Es quizás esta la razón por la que Lutero no le dio mucha importancia a la teología del sacerdocio, especialmente en la dimensión sacrificial, como está expuesto en la Carta a los Hebreos. Al contrario, para la teología católica, cada vez que se celebra la Eucaristía, se renueva el sacrificio de Cristo sobre el Calvario, así como ha declarado el Papa Pio XII: “El augusto sacrificio del altar no es una pura y simple conmemoración de la pasión y muerte de Jesucristo, sino un verdadero y propio sacrificio, en

el cual, inmolándose incruentamente, el Sumo Sacerdote hace aquello que hizo una vez en la cruz ofreciéndose todo él al Padre, víctima agradabilísima” (Mediator Dei, 68). En la Eucaristía nuestra mirada se eleva con profunda fe, humilde veneración y adoración ante la augusta persona de Jesucristo en la cruz. En efecto, el evangelio de san Juan (19,37) presenta la crucifixión como cumplimiento de la profecía de Zacarías; “mirarán a aquel a quien han traspasado” (Zac. 12,10). Es el sacrificio hacia el que miró y experimentó la fe el centurión cuando reconoció en Jesús el Salvador: “verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!” (Mc. 15,39).

La Eucaristía, con la fuerza di cuanto representa – la más radical y poderosa expresión del amor de Dios en la oferta de sí mismo de Jesús, el Hijo de Dios- exige de nosotros que volvamos nuestra mirada a Él y que proclamemos nuestra fe en Él. Esta es la base de la fe de san Agustín que con gran claridad anuncia que pecaríamos si, antes de recibirla, no la adorásemos. Este admirable sacrificio de Cristo, su auto partirse para volverse alimento divino, debe ser mirado con gran admiración y profunda fe.

En efecto, Jesús predijo que, en el momento de su muerte salvífica, debíamos mirar hacia Él para reconocer su divinidad – “cuando habréis elevado al Hijo del Hombre, entonces sabréis que Yo soy” (Mc. 15,39). Es el mismo verbo usado por el Señor para explicar aquí “la elevación” con la “elevación” de la serpiente de bronce en el desierto por parte de Moisés para salvar al pueblo de Israel al que hace referencia Jn 3;14. Es interesante notar que en ambas ocasiones Jesús se refiere al reconocimiento de Su persona en la fe (“porque quien cree en Él” – Jn 3:15) e (“conoceréis que Yo soy” Jn 8:28).

Es mirando al sacrificio de Cristo que es confirmada la fe y se es salvado. En cada Eucaristía en la cual es representado el único sacrificio de Cristo en el Calvario, nace la fe y lo adoramos como Hijo de Dios. Es un pregustar nuestra salvación – un pregustar el Paraíso. Por ello, una Eucaristía sin una mirada adorante en Cristo sería más pobre. Diversamente, si nuestros corazones no se elevan a la admiración de la salvación de la cruz, la misma Eucaristía se reduciría a una formalidad más, a un cacareo ruidoso, a una experiencia vacía sin fe y sin gusto. La tendencia, por tanto, a hacer la Misa más moderna y colorida es, como mínimo, de mal gusto. Si cuando lo recibimos no lo adoramos no sabremos ni siquiera quién es Aquel que viene a hacernos suyos. Sería un modo de recibir la Eucaristía sin sentido. Justamente es esto lo que el Papa subraya cuando dice: “sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera” (Sacramentum Caritatis, 66).

En tal sentido, asegurar una celebración devota y contemplada de la Eucaristía no sería más una cuestión de elección sino una necesidad. En esto, personalmente prefiría la atmósfera devota y orante de la Misa tridentina donde la participación de la asamblea está más sujeta, pacata y recogida, lo cual es respetuoso ante el gran misterio que ocurre en el altar.

Quizás haya llegado el momento de pensar en encuadrar bien qué significa “participación activa”. El Papa Benedicto XVI dedicó un entero capítulo a este tema en la Sacramentum Caritatis. Declara el Papa: “conviene poner en claro que tal palabra “participación”, no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la activa participación auspiciada por el Concilio debe ser comprendida en términos más substanciales, a partir de una mayor conciencia del misterio que es celebrado y de su relación con la existencia de todos los días (Sacramentum Caritais, 52). Esta es adoración y considerando en tal modo todos los elementos, podemos afirmar que la Eucaristía no está sólo para ser comida sino también para adorar.

3. Otra objeción que se había largamente difundida en ciertos ambientes es que la adoración no fuera conforme al espíritu de la celebración eucarística, o que sea sólo una actividad pietista sin nexo con la Santísima Eucaristía. Tal opinión que la Iglesia había condenado en el pasado (can. Trid. 734/724), pareció emerger nuevamente con fuerza en la reforma litúrgica post conciliar, sobre todo en el trasfondo de una reducción de la Santa Misa a simple banquete convivial, a expensas de la dimensión sacrificial.

Fue así que ocurrió que prácticas como la Bendición con el Santísimo Sacramento, la Hora Santa, la adoración perpetua fuesen juzgadas contrarias al “espíritu del Concilio”. El Concilio de Trento había ya denunciado a aquellos que rechazan la tradición secular de devoción o culto eucarístico: “Si alguno dirá que en el santo sacramento de la Eucaristía Cristo, unigénito Hijo de Dios, no debe ser adorado con culto de latría, también externo; y por ello no debe ni siquiera ser venerado con una particular solemnidad, ni debe ser llevado solemnemente en procesión, según el laudable y universal rito y costumbre de la Santa Igleisa; o que no debe ser expuesto públicamene a la adoración del pueblo; y que quienes lo adoran son idólatras: sea anatema (canon 734).

Este canon es conforme a la enseñanza respectiva del mismo Concilio que “el uso de conservar la santa Eucaristía en un sagrario es tan antiguo que era conocido aún en tiempos del Concilio di Nicea. Que luego la misma santa Eucaristía fuese llevada a los enfermos y con este fin fuera conservada con cuidado en las iglesias, además de un ser un hecho sumamente justo y razonable, es también mandado por muchos concilios y entra en la antiquísima costumbre de la Iglesia Católica. Este santo sínodo establece por tanto que hace falta absolutamente conservar este uso saludable y necesario” (canon 724).

A este propósito, está bien reafirmar que la práctica de conservar el Santísimo Sacramento para llevarlo a los enfermos o a los ermitaños, es verdaderamente antigua. Era un corolario natural de la antigua fe de la Iglesia acerca de la presencia permanente y personal de Cristo en las especies consagradas de la Eucaristía. Es esta fe que condujo gradualmente a la Iglesia a introducir el culto formal de la Eucaristía fuera de la Misa y a aquellas prácticas devocionales como las procesiones, actos de adoración, visitas al Señor en la píxide, ventanas de las celdas de los monjes desde las que se podían obsevar y adorar a Crisot en el sagrario y finalmente a la festividad del Corpus Domini, la Hora Santa, la Bendición con el Santísimo Sacramento, las hermandades de adoradores y los congresos eucarísticos. Se ha tratado de un proceso en continuo desarrollo.

La consideración importante era que, dado que Cristo está presente en las especies eucarísticas no sólo durante la celebración de la Santa Misa sino también luego, Él debe ser adorado y glorificado. Las especies eucarísticas, una vez consagradas, permanecen divinas y por ello adorables –es la presencia visible de Cristo en medio de nosotros. Ciertamente, una práctica que fue ridiculizada por los reformadores y llamada idolatría. Calvino, por ejemplo, que no consideraba el pan y el vino verdadero cuerpo y sangre de Cristo sino solamente un signo o símbolo, decía que la adoración eucarística practicada por los católicos era una idolatría. El uso que ellos hacían de las sagradas especies estaba por tanto limitado sólo al rito de la comunión y las sobras eran descartadas. La misma posición más o menos tenían Lutero, Zwingli y Melantón. La Iglesia Católica es clara sobre esto, ya que las devociones eucarísticas no son más que una consecuencia natural de su fe en la presencia permanente e inmutable de Cristo en las especies eucarísticas. Es bajo esta luz que es necesario comprender la tradición bimilenaria de la Iglesia – la Eucaristía existe para la adoración así como para la comunión.

Pablo VI declaró: “la Iglesia Católica profesa este culto latréutico al Sacramento eucarístico no sólo durante la Misa, sino también fuera de la celebración, conservando con la máxima diligencia las hostias consagradas, presentándolas a la solemne veneración de los fieles cristianos, llevándolas en procesión con la alegría de la multitud cristiana” (Mysterium Fidei, 57).

Lamentablemente algunos afirman que el Concilio Vaticano II no dio tanta importancia a las devociones eucarísticas, por lo que no merecen gran atención. En efecto, podría ser este un análisis correcto dado que el documento conciliar sobre la sagrada Liturgia “Sacrosanctum Concilium”, sea en la presentación general, sea en la exposicón sobre la Santísima Eucaristía (cap. II) y de los otros sacramentos y sacramentales, no hace mención de las devociones al Santísimo Sacramento. Hace referencia a las devociones populares en un breve pasaje (n. 13), pero nada sobre las devociones eucarísticas. Ello está en fuerte contraste con la exposición sobre del tema que se tienen en los decretos del Concilio de Trento y en la encíclica “Mediator Dei” de Pío XII. Si ello haya sido un olvido querido o accidental, es una cuestión abierta. Muy probablemente aquellas devociones venían dadas por descontadas como un dato de hecho y por ello no tratadas en modo explícito. Aún así, se debería haber hecho alguna mención dada la importancia de los pronunciamientos del Concilio para el futuro y la importancia dada a este devociones a lo largo de los siglos. Tal omisión fue la probable razón de la suscitada pretensión que la Eucaristía no estaba para la adoración sino para ser comida, y que el Concilio no dio mucha importancia a aquel aspecto del culto litúrgico. También esto pudo haber llevado al Papa Pablo VI a lamentarse en la encíclica sobre la Santa Eucaristía del 3 de septiembre 1965, Mysterium Fidei que “no faltan… motivos de grave solicitud pastoral y de ansiedad, de los cuales la consciencia de Nuestro deber Apostólcio no nos permite callar. Bien sabemos, en efeto, que entre aquellos que hablan y escriben sobre este Sacrosanto Misterio hay algunos que sobre las Misas privadas, el dogma de la transubstanciación y el culto eucarístico, divulgan ciertas opiniones que perturban el ánimo de los fieles ingiriéndoles no poca confusión en torno a la verdad de la fe” (MF 9-10). Prosigue luego el Papa explicando qué entiende por “opiniones” y entre esta nombra “la opinión según la cual en las Hostias consagradas y que permanecen después de la celebración del sacrificio de la Misa, Nuestro Señor Jesucristo no estarái más presente” (Mysterium Fidei, 11). El error mencionado demuestra una disminución del rol de la fe eucarística de la Iglesia y de su práctica de adoración.

El Papa continúa afirmando el valor de la adoración eucaristíaca en la encíclica extendiéndose sobre el tema. Declara “la Iglesia Católica profesa este culto latréutico al Sacramento Eucarístico no sólo durante la Misa sino también fuera de la celebración, conservando con la máxima diligencia las Hostias consagradas, presentándolas a la solemne veneración de los fieles cristianos , llevándolas en procesión con alegría de la multitud cristiana” (Mysterium Fidei, 57). Explica luego con gran detalle y citaciones de los Padres de la Iglesia, varios elementos de devoción eucarística (no. 56-65) y el deber de conservalros. Exhorta a los Obispos “para que esta fe, que no tiende a otra cosas que a custodiar una perfecta fidelidad a la palabra de Cristo y de los Apóstoles, rechazando netamente toda opinión errónea y perniciosa, vosotros custodiad pura e íntegra en el pueblo confiado a vuestro cuidado y vigilancia y promoved el culto eucarístico al cual deben converger finalmente todas las otras formas de piedad” (Mysterium Fidei, 65).

Y así, a la luz de una casi total ausencia de mención acerca de la adoración y devociones eucarísticas en la constitución conciliar sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, y a la tendencia que volvía a aparecer en algunos ambientes de redimensionar o rechazar tal fe, esta encíclica de Pablo VI publicada aún antes de la conclusión formal del Concilio (8 diciembre 1965), puede ser considerada una respuesta adecuada a aquellos elementos protestinzantes en seno de la Iglesia y una debida corrección ciertamente, por la que debemos estar agradecidos al Papa Pablo VI.


4. Con respecto a la opinión según la cual no habría continuidad entre la celebración de la Santa Eucaristía y las respectivas devociones, es la misma Mysterium Fidei que da la respuesta declarando: “la Iglesia profesa este culto latréutico al Santísimo Sacramento no sólo durante la Misa sino también fuera de ella” (Mysterium Fidei, 57). También Papa Juan Pablo II explicó el nexo ontológico entre la celebración – recepción y momentos de adoración de la Eucaristía declarando que ella “es al mismo tiempo sacramento – sacrificio, sacramento – comunión y sacramento – presencia” (Redemptor Hominis, 20). Están vinculados juntos, no es posible separarlos. En efecto, no se puede celebrar la Eucaristía sin ser conscientes de la grandiosidad de cuanto ocurre sobre el altar y sin asumir una actitud de temor y veneración hacia Dios que se ofrece cada díaen los altares para nuestra salvación.

Lo que ocurre realmente en la celebración de la Eucaristía es que el sacerdote celebrante, totalmente identificado con el Sumo Sacerdote, Cristo, cuya celebración de la fiesta pascual en la Jerusalén celestial, circundada por coros de ángeles continua sin fin, se vuelve el ”alter Christus” y permite que la fiesta de nuestra redención se realice también en nuestros altares. El invisible ile sacrificio celestial de amor, del ”cordero inmolado”, desciende en modo visible sobre nuestros altares – lo divino se vuelve terreno. El Papa Benedicto XVI lo explica como “veritatis splendor”; “Jesucristo nos muestra como la verdad del amor sabe transfigurar también el oscuro misterio de la muerte en la luz radiante de la resurrección. Aquí el fulgor de la gloria de Dios supera toda belleza intramundana. La verdadera belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente a nosotros en el Misterio pascual”. (Sacramentum Caritatis, 35). Ello no puede menos que colmarnos de asombro y de adorante veneración.

Aún recibir la Comunión requiere fe en la inmensidad de aquello que está por verificarse – el Señor viene a mí, o mejor, viniendo de mí me abraza y desea transformarme en sí mismo. No se trata de un simple acto mecánico de recibir un trozo de pan – algo que acontece en un instante. Sino que es la invitación a estar en comunión con el Señor: invitación al amor. El Papa explica la adoración con estas textuales palabras: “La palabra griega (por adoración) es proskynesis. Ella significa el gesto de la sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra medida, cuya norma aceptamos seguir… la palabra latina por adoración es ad–oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y por tanto en el fondo amor. La sumisión se vuelve unión, porque Aquel al cual nos sometemos es Amor. Así sumisión adquiere un sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera en función de la más íntima verdad de nuestro ser” (Homilía en ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, Colonia, 21 de agosto 2005).

La adoración es entonces sumisión por amor e intimidad con el Señor. Ello significa que acoger al Señor, el acto que nos permite la experiencia de Su amor al máximo nivel, invitándonos a estar con Él, no puede tener lugar si no en un clima de adoración. Y también la inmolación de Cristo en la consagración del pan y del vino, el culmen de Su sacrificio por amor a nosotros, no puede ser un momento que no exija adoración. Por lo que se puede decir que la Eucaristía requiere adoración sea durante la celebración sea al recibir la Comunión. Afirma el Papa Benedicto: “la Comunión y la adoración no están una al flanco de la otra o directamente en contraste entre ellas sino que son indivisiblemente uno… El amor o la amistad siempre llevan consigo un impulso de reverencia, de adoraciónn. Comunicar con Cristo exige por eso que fijemos la mirada sobre Él, permitir que Su mirada se fije en nosotros, escucharlo, aprender a conocerlo” (God is near us. Ignatius Press, San Francisco 2003, p. 97).

Es en esta luz que deberemos comprender la famosa frase de san Agustín: “nemo autem illam Carnem manducat, nisi prius adoraverit; peccemus non adorando” – o “nadie coma esta carne sin antes adorarla; pecaríamos si no la adorásemos” (Enarrationes in Psalmos 98,9, CCL XXXIX, 1385). Solamente la adoración abre ciertamente nuestro corazón hacia un sentido auténtico de participación a la Eucaristía, porque lo dilata a la experiencia del profundo amor de Dios manifestado en la Eucaristía y hacia una unión verdadera y profundamente personal con Cristo al momento de la Comunión (“He aquí que estoy a la puerta y llamno. Si alguien escucha mi voz y me abre la puerta, vendré a él, cenaré con él y él conmigo” – Ap 3:20).

En este sentido, las palabras del Papa son claras: “Recibir la Eucaristía significa ponerse en actitud de adoración hacia Aquel que recibimos. Justamente así y sólo así nos volvemos una cosa sola con Él y pregustamos anticipadamente, en algún modo, la belleza de la liturgia celestial” (Sacramentum Caritatis, 66). Es entonces la adoración capaz de rendir la celebración de la Santa Eucaristía y el recibir el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, plenos de significado y profundamente transformantes. De otro modo se reduciría a puro ejercicio mecánico o a cacofonía social; un evento del hombre y no de Dios, porque la adoración hace de la Eucaristía una experiencia de gracia divina salvífica y de eternidad. No solo, la adoración encuentra su natural salida en todas las otras devociones eucarísticas, dándole a ellas significado y profundidad. El momento supremo del la adoración es la Eucaristía y fluye en todas las devociones a ella vinculadas. La una le otorga significado y profundidad a la otra.

Es triste notar como en algunos lugares las iglesias y los santuarios se han transformados en plazas de mercado o teatros o salas de concierto. Me ha ocurrido entrar en una catedral de una importante ciudad europea donde había gente que esperaba la celebración de una Misa nupcial: era como una gran plaza de mercado donde todos estaban empeñados en animada conversación. No había ciertamente ningún espíritu de recogimiento o el mínimo sentido de reverencia adorante en preparación a la Eucaristía. Mi han contado de una Eucaristía en una iglesia parroquial en Alemania, donde representaban un drama teatral con la asamblea que participaba mediante oraciones y escenitas, y el párroco hacía de presentador. Pregunté al amigo que me lo contaba qué efecto le había hecho y el me respondió “tanto barullo para nada”.

Deberemos preguntarnos si somos serios acerca de la fe católica respecto a la transubstanciación y a la presencia permanente de Cristo en la Eucaristía, si no hemos diluído el conjunto de nuestra fe en nombre de teorías insignificantes y teologizar pedante, que busca continuamente compromisos con el secularismo y el ateísmo. En conclusión, quiero reafirmar con fuerza que la Eucaristía no adorada es una contradicción en sí misma, y adoración sin Eucaristía es imposible – porque Eucaristía y adoraci´lon son como dos caras de una misma realidad.


5. Alguien lamenta que la adoración eucarística es demasiado privada, demasiado personal y hasta demasiado silenciosa. Una crítica que parece basarse sobre constataciones erróneas: que la adoración sea solo privada por esencia y que el culto de Dios deba siempre serun ejercicio comunitario. Pero ambas posiciones son insostenibles. La adoración tiene también una dimensión comunitaria, porque, cuando adoramos al Señor, entrando en comunión con Él o dejando que Él nos estreche a sí, nosotros nos volvemos uniddos los unos a los otros en Él.

Declara el Papa Benedicto: “La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los otros a quienes Él se dona. Yo no puedo tener a Cristo solo para mí; puedo pertenecerle sólo en unión con todos aquellos que se volvieron o se volverán suyos” (Deus Caritas est, 14). Por tanto, cuando yo adoro al Señor en privado, me encuentro constantemente en relación con los otros y también ellos lo adoran conmigo. Es así que se crea la comunión. La oración privada no necesariamente aparta de la comunidad. Construye comunidad. Además , cada vez que la Iglesia se empeña en el culto público y en actos de adoración, es todo el cuerpo de los creyentes que reza, estando la Iglesia presente en cada miembro individual. También Jesús ha adorado al Padre en privado así como en oración pública, como difería el templo de la sinagoga. Se deriva que todo acto de adoración privada o comunitaria tiene un efecto saludable sea sobre la comunidad como en el individuo. El culto, por otra parte, no necesariamente debe estar limitado sólo a aquel comunitario, puede muy bien ser personal. Como antes fue dicho, Jesús pasó muchísimo tiempo solo en oración. Ello sin embargo no le impidiól hacerse cercano a los otros. Antes bien, Él ofreció su vida por la redención de los otros, altruismo al máximo nivel. En consecuencia, la adoración no nos quita y no debe quitarnos de la oración comunitaria y de nuestros deberes comunitarios. Nos estrecha aún más los unos a los otros en el Señor.


6. Hay aún otros que objetan la adoración eucarística diciendo che por debajo hay una mentalidad excesiva de “solo yo y Jesús”. Como fuera ya mencionado, la adoración, acercándonos mayormente a Jesús, nos vuelve más sensibles hacia el prójimo. Esto emerge mejor en la vida de algunos de los más grandes santos o figuras venerables. Basta hacer sólo el ejemplo de la (entonces) Beata Madre Teresa de Calcuta que quería que las monjas permaneciesen varias horas en oración y adoración ante el Santísimo Sacramento cada día, antes de ir a las calles a asistir a los enfermos y moribundos. Era justamente la sensación de la presencia del Señor en medio de ellas que las llenaba de energía para el trabajo cotidiano. Ante las críticas dirigidas a la Madre Teresa sobre las demasiadas horas pasadas por las religiosas en oración y adoración, quitandoles tiempo precioso, ella un día respondió: “si mis religiosas no pasasen así tanto tiempo en oración, para nada podrían servir a los pobres y a los enfermos”.

Como nos asegura el Papa Benedicto, la adoración “quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan de los otros” (Sacramentum Caritatis, 66). En la “Deus Caritas est”, dice el Santo Padre: “La piedad no debilita la lucha contra la pobreza o directamente contra la miseria en del prójimo. La Beata Teresa de Calcuta es un ejemplo muy evidente del hceho que el tiempo dedicado a Dios en la oración no sólo no perjudica la eficacia y la laboriosidad del amor hacia el prójimo, sino que en realidad es la inagotable surgiente del mismo” (Deus Caritas Est, 36).

La oración personal no va contra la oración comunitaria y ni siquiera una excluye la ora, en realidad se nutren recíprocamente. La oración litúrgica crea y promueve la relaci´lon no sólo entre Dios y la comunidad sino entre Dios y yo, haciéndome sensible a la necesidad de un constante contacto con lo divino en mi vida. Quizás un equívoco en este sentido ha llevado a algunos a creer que las devociones individuales no sean necesarias, como consecuencia de la gran relevancia dada al culto litúrgico y comunitario después del Vaticano II. Pero esto no es correcto. La “Sacrosanctum Concilium” declara en efecto: “La vida espiritual aún así no se agota en la participación a la sola liturgia. En efecto, el cristiano bien que llamado a la oración en común es siempre llamado a entrar en su cuarto para rezarle al Padre en secreto” (SC, 12). La oración litúrgica es reforzada y enriquecida por la oración personal. La adoración al Santísimo Sacramento como personal devoción es por tanto importante y ayuda a crear en nosotros un clima interior que se nutre de oración litúrgica e íntima participación.

Dejad que concluya con las bellas palabras del Santo Cura de Ars, san Juan María Vianney, verdadero apóstol de adoración: “Oh, si tuviésemos los ojos de los ángeles para ver a nuestro Señor Jesucristo, que está aquí presente sobre este altar y nos mira, ¡Cómo lo amaríamos! No querríamos irnos jamás de Él. Querríamos permanecer siempre a sus pies; sería pregustar el Cielo: todo el resto carecería de todo gusto para nosotros” (El Cura de Ars, el pequeño catecismo del Cura de Ars, Tan Books and Publishers Inc. Rockford, Illinois 61105, 1951, p.41).

Gracias.

Roma, 22 de junio 2011

Malcolm Card. Ranjith
Arcivescovo di Colombo

(traducción JALF)

[ 24-11-2016 ]

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