Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


TOLEDO CELEBRÓ DOCE AÑOS DE ADORACIÓN ININTERRUMPIDA A LA EUCARISTÍA LO HIZO EN EL MARCO DE UNA MISA SOLEMNE PRESIDIDA POR MONS. ÁNGEL RUBIO CASTRO, OBISPO EMÈRITO DE SEGOVIA.

En su homilía recordó que el acto fundamental de la virtud de la religión es la adoración. Adorar a Dios es reconocimiento como Creador y Salvador, de su infinita Majestad, de su atributo de amor infinito y como quien tiene el poder de liberarnos de toda esclavitud e idolatría. A continuación la homilía completa:

HOMILÍA D. ÁNGEL RUBIO CASTRO, OBÍSPO EMÉRITO DE SEGOVIA.

XII ANIVERSARIO ADORACIÓN EUCARÍSTICA PERPETUA DE TOLEDO

“Saludo fraterno, gozoso y lleno de paz: a los sacerdotes concelebrantes y a todos los que, particularmente, os unís a esta celebración en la que conmemoramos el duodécimo aniversario −¡doce años!– de la Adoración Perpetua. Todavía recuerdo yo –¡tengo ya tantos años!−, todavía recuerdo aquella tarde, tan fresquita como la de hoy, cuando se llevó el Santísimo procesionalmente para quedar ahí permanentemente, de día y noche y, sobretodo, con adoradores, adoradoras, con niños y niñas que están adorando al Señor.

Fijaos que el acto fundamental, el primer acto −¡el primero!− de la virtud de la religión, es la adoración. (No sé si hubiéramos hecho antes un sondeo, si hubieran respondido a esta pregunta). El acto fundamental de la virtud de la religión es la adoración. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, dueño de todo lo que existe, como amor infinito y misericordioso que nos libera de la esclavitud, del pecado y de todas las idolatrías. Es además, y conmemoramos, −aquí está la imagen− en este día 11 de febrero Nuestra Señora de Lourdes, que la Eucaristía, los textos, la liturgia, corresponde al sexto domingo del tiempo ordinario, pero nosotros no podemos olvidar esta conmemoración, y en el día precisamente –no fue casual, lo sabéis muy bien− que coincidiera con la fiesta de Nuestra Señora, la Virgen de Lourdes. Y es que, mirad, la Virgen, es “mujer eucarística”.

Es mujer eucarística, y por eso ha anticipado en el misterio de la encarnación la fe eucarística de la Iglesia y con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el calvario, que la Eucaristía actualiza, sino que ha hecho suya la dimensión sacrificial de este sacramento, y nadie como Ella ha vivido la Liturgia Eucarística como actualización del sacrificio de la Cruz que nosotros celebramos. Decía Bousset: “todos los días, en vuestras iglesias, es Viernes Santo”. ¡Todos los días!, porque se actualiza este misterio de la Cruz.

María, la Virgen, es “mujer eucarística”, y vive una especie de “Eucaristía anticipada” como una “comunión espiritual”, de deseo y ofrecimiento que culminará en la unión con el Hijo en la Pasión y se manifestará después, en le periodo post-pascual, en su participación en la celebración eucarística. Ella se ha ofrecido con Cristo totalmente.

María, la Virgen, es “mujer eucarística” porque al recibir Ella la Comunión, la Eucaristía por los Apóstoles acoge de nuevo en su alma el corazón que había latido en su seno al unísono con el suyo y puede revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz. Ella ha comulgado el Cuerpo de Cristo con amor de Madre.

María, la Virgen, es “mujer eucarística” junto a los Apóstoles concordes en la oración, en la primera comunidad reunida después de la Ascensión, en espera de Pentecostés, Ella está presente ciertamente también en todas las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, que eran asiduos, dicen los Hechos de los Apóstoles, “en la fracción del pan”, que es la tradición de la Eucaristía, y por eso Ella será siempre modelo para vivir el Misterio Eucarístico con su adoración.

María, la Virgen, es “mujer eucarística”, y está presente con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Como en el monte Calvario Cristo nos dice también a nosotros… supongo que lo habéis experimentado ante el Santísimo cuando te puede decir, te dice seguro: “He aquí a tu Madre” y recibimos este don para asumir nosotros el compromiso de conformarnos a Cristo aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por Ella. Nadie ha vivido como Ella la real presencia de Jesús.

María, la Virgen, es “mujer eucarística” cuando canta el “Magníficat” el “cielo nuevo” y “la tierra nueva” que se anticipa en toda Eucaristía. Es un canto ante todo de alabanza, de acción de gracias al Señor. Alaba al Padre “por” Jesús, pero también lo alaba “en” Jesús y “con” Jesús. Esto es precisamente la verdadera “actitud eucarística”. Ella hizo suyas las oraciones y súplicas de la Misa, que nosotros llamamos en lenguaje más cercano refiriéndonos a la Eucaristía.

María, la Virgen, es “mujer eucarística” que nos ayuda a vivir mejor el misterio eucarístico porque también en el Magníficat está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Y cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo “la pobreza” de las especies sacramentales del pan y vino, se pone en el mundo el germen de una nueva historia. Ella vivió, como nosotros también podemos vivir y seguramente lo hemos experimentado, Ella vivió el cielo en la tierra en cada Eucaristía.

María, la Virgen, es una “mujer eucarística” porque es maestra en la contemplación del rostro de Cristo y tiene una relación profunda con Él. El Cuerpo y la Sangre de Cristo es también cuerpo y sangre de María, y cada comunión eucarística ha de inspirarse en la “escuela de María”. Y Ella ha distinguido la voz de su Hijo Divino en la liturgia de la Palabra, y nosotros podemos decir con toda verdad que, cuando comemos el Cuerpo y bebemos la Sangre de Cristo, de verdad, estamos también comiendo el cuerpo y la sangre de María

María, la Virgen, “mujer eucarística” nos “contagia” y nos “enciende” en la piedad eucarística para que podamos vivir en su integridad del Misterio, sea durante la celebración, sea durante un coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión como ahora vamos a hacer y hacemos todos los días, o sea sobre todo en esa adoración eucarística prolongada de la que tenéis experiencia de muchas, muchas, muchas horas a lo largo de estos doce años. Ella ha experimentado la proximidad, la cercanía del misterio de Dios.

María, la Virgen, es “mujer eucarística. En Ella vemos el mundo renovado por el amor. Y mirándola a Ella conocemos la fuerza transformadora que tiene la Eucaristía. Pongámonos, sobre todo a la escucha de María Santísima en quien el Misterio Eucarístico se muestra, más que ningún otro, como misterio de luz. Es misterio, decía el Papa Juan Pablo II, misterio, pero misterio de mucha luz Digamos la Palabra con la fe de María y comulguemos siempre y estemos junto al lado y en la presencia de María ante la adoración al Santísimo Sacramento.

Hay que prolongar esta adoración, hay que aumentar el número de adoradores, necesitamos más adoradores en espíritu y en verdad. Necesitamos que todas las horas del día podamos contar con hombres, mujeres y niños que se programen para estar allí ante el Santísimo Sacramento en silencio en la oración. No hay que hablar. No, no hay que hablar mucho hay, sobre todo, escuchar. Ya se sabe el Señor todo lo que tú llevas entre manos. Él se lo sabe. Lo que tú no sabes qué es lo que te tiene que decir, y por eso hay que estar en el silencio con los sentidos, con el Señor, como dijo aquel campesino, nada menos (¡qué lección!) al santo Cura de Ars, cuando le veía tantas horas, tantos días allí, delante del Señor. Y un día le pregunta: –“¿Pero qué haces aquí, en este primer banco tantas y tantas horas?”. ¡Y vaya la contestación que le dio el campesino nada menos que al santo Cura de Ars! Dice: –“¿Que qué hago yo aquí? Yo le miro y Él me mira”. ¡No hay que hacer más!

¡Qué lección para los adoradores del Santísimo cuando alguno dice que se puede cansar, que no sabe lo que decir, que qué hago yo allí tanto tiempo… ¡¿Que qué haces?! ¡Tú le miras y Él te mira! Y ya verás, ya verás, tú lo notarás como te vas cambiando, transformado, como el que se pone delante del sol. No hay que hacer mucho más, nada más que ponerse delante del sol y ya verás como, te quema, te abrasa, te ilumina, te transforma tu cuerpo. Pues Cristo lo mismo nos hace a nosotros en el alma.

Pues yo pido y deseo, por intercesión de la Virgen Santísima de Lourdes, en este 11 de febrero, en el duodécimo aniversario de la Adoración Perpetua aquí, en Toledo, que se susciten adoradores desde niños, para que todas las horas estén cubiertas y aumentando en cantidad y en calidad.

Santa Teresa de Calcuta –con esto termino–, estuvo aquí, por las calles de Toledo… Claro, lo recuerdo, como soy el que más años tengo de los presentes, pues todavía recuerdo aquella venida de Teresa de Calcuta aquí, a Toledo, y estar con los periodistas, ir al seminario y venir… Y, entre las cosas que dijo (no sé si estaría viendo el futuro) fue: “cuantos problemas se resolverían en el mundo –ella se refirió en aquel momento al que gobernara– si dedicáramos muchas más horas a la adoración al Santísimo”. Pues esto es verdad, sigue siendo verdad. Ojalá que nosotros, en este aniversario, en esta Eucaristía, por medio de la Virgen, “mujer eucarística” nos conceda a todos con actitud de agradecimiento el que perseveremos en esa adoración, el que aumente el número de adoradores para que realicemos los proyectos de Dios y el mundo se transforme, necesariamente, que el mundo cambie y, sobre todo, cada uno de nosotros siendo cada día también eucaristía, pan que es comido, sangre que es bebida; pan que se parte, como se parte Él, pan que se entrega, como se entrega Él. Solo a luz de la contemplación cara a cara de la Eucaristía puede así transformar nuestros deseos, pueda hacer realidad –y es lo que pedimos– los propósitos de todos y cada uno de nosotros. Que así sea”.

Video https://www.youtube.com/watch?v=iWgUcQ79tAc&t=4s

[ 15-02-2017 ]

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