Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


SOLEMNIDAD DE CRISTO REY DEL UNIVERSO Homilía

Jesucristo es el Señor de Señores, el Rey de Reyes. Ante él toda rodilla se dobla en adoración porque es Dios. Dios verdadero de Dios verdadero.

Este Señor que decidió quedarse con nosotros hasta el fin del mundo debe ser adorado como lo es en el Cielo. A continuación la homilía.

Cristo, Χριστός, Christós es la traducción griega de la palabra hebrea Masaiah, Mesías. Los profetas de Israel anunciaron al Mesías con diferentes figuras. Principalmente como el Pastor de Israel (el título de Pastor de Israel era ante todo aplicado a Dios, Yahvé), como el Profeta por antonomasia, como Sacerdote y, sobre todo, como Rey del linaje de David. Por esta razón la Virgen comprende que cuando el Arcángel Gabriel le anunció que a ese hijo "el Señor Dios le dará el trono de David su padre .." (Lc 1:32), era la elegida para ser la Madre del Mesías.

Hoy celebramos nuevamente la solemnidad de Cristo Rey del Universo con la que finaliza el tiempo ordinario, y las lecturas de este año aluden a la figura del Pastor que viene a restablecer la justicia.

Cristo es Rey, Rey del Universo y en particular de nuestras vidas.

En su primera venida, su Reino se manifestó en la ignominia de la cruz. La cruz era su trono. Sobre la cabeza, todos podían leer: "Este es el rey de los judíos". Ese hombre coronado de espinas, desnudo y en el mayor sufrimiento espiritual, moral, corporal, despreciado, ridiculizado es el verdadero Rey de la gloria.

Sí, ¡Cristo es el Rey! Su corte son dos delincuentes. Este Rey ejercita en el Gólgota su poder real perdonando al ladrón arrepentido y asegurándole el Paraíso. Como Rey magnánimo tiene sus brazos abiertos para abarcar a toda la humanidad en su misericordia. Sí, ¡Cristo es el Rey!

Cristo Jesús, siendo de condición divina, asumiendo nuestra humanidad, llegando a ser como nosotros, se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y la muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que "Jesucristo es el Señor!". (Cfr. Fil 2: 6-11). Estas son las palabras inspiradas de San Pablo en la carta a los Filipenses. Por lo tanto, ante el Señorío de Cristo, ante su realeza, toda rodilla debe doblarse en gesto de adoración.

Sí, ¡verdaderamente Cristo es Rey, Señor del Universo!

Creemos en Su Divina Majestad. Nuestra fe se manifiesta en la adoración y en la vida puesta bajo el Señorío de Cristo.

La adoración es el reconocimiento de la Majestad que Jesucristo posee en cuanto Dios, pero también es relación de amistad con la justa distancia que le da el santo temor de Dios, porque este “mi amigo” no es otro que mi Señor y mi Dios.

Es Él, misteriosa pero verdaderamente presente, con un presencia oculta a los sentidos pero cierta por la fe, en la Eucaristía. Esta es la fe de la Iglesia, y en razón a esta fe adoramos a Cristo, verdadero Dios, en el Santísimo Sacramento.

La adoración perpetua, que es adorar a Dios en su presencia eucarística día y noche y siempre, es el reconocimiento de una comunidad de creyentes, precisamente los adoradores, de la Realeza de Cristo. Es la Iglesia, que adorando al Santísimo, proclama al mundo: Cristo es Rey.

Cuando, por la adoración perpetua, proclamamos que Cristo es Rey, estamos dando inicio al Reino Eucarístico en la tierra que -por nuestra fe y el poder de Dios escondido en el magno sacramento- ha de derrotar al mal que se extiendo por el mundo, ya que sólo el Señor tiene el poder de hacer todas las cosas nuevas.

Por esta razón, la santa Madre Teresa de Calcuta dijo: "La Adoración Perpetua salvará al mundo".

Queridos amigos, vayamos al encuentro de lo esencial, no permitamos que nuestras vidas pasen sin dejar rastro, infecundas. Necesitamos detenernos en la carrera frenética de todos los días, y abandonar las vanidades y todas las cosas inútiles para estar ante Dios en el silencio de nuestro corazón.

Adorar al Señor es ponerlo en el centro de nuestras vidas y encontrarlo para poder encontrarnos a nosotros mismos.

La adoración silenciosa frente al Santísimo Sacramento nos permite escuchar a Dios porque Él con Su presencia habla a nuestro silencio.

"He aquí, yo estoy a la puerta, y llamo, si alguno oye mi voz, y me abre, vendré a él, y cenaré con él, y él conmigo" (Ap 3:20). ¡El Señor nos invita a su intimidad! ¿Qué estamos esperando para responder a su llamada?

En este momento, él nos invita a participar de este flujo de gracia, este proyecto de amor: la Adoración Perpetua a la Eucaristía.

Para tener Adoración Perpetua, necesitamos tu disponibilidad: dar solo una hora al Señor todas las semanas para estar con Él en la Capilla de la Adoración Perpetua. Una hora para decirte “Tú eres mi Señor, mi Dios, creo en ti, confío en ti, vengo a tus pies en adoración para alabarte, para agradecerte, para bendecirte, para reparar por mis pecados y los del mundo. Vengo a interceder por otros. Vengo con mi fe, quizás mi poca fe, para develar el misterio del Dios oculto y descubrir tu voluntad. Y Tú, Señor, en esta hora bendíceme, lléname de tus gracias, de alegría, de paz y de amor. Tú me das la vida, la vida verdadera y me das luz para ver en estos tiempos oscuros y para ser capaz de discernir frente a tanta confusión. Tú me sanas, Tú me salvas.

Responde aceptando la invitación.

No tengas miedo de hacer esta experiencia, de descubrir la verdad de la presencia divina, de descubrir que Dios es amor.

Entrar en la intimidad del Señor significa convertirse en sus amigos. ¡Qué gran alivio saber que mi juez es mi amigo!

La capilla será para ti y para todos, escuela siempre abierta de oración, donde aprenderás cómo orar, adorar y, por lo tanto, será una escuela continua de crecimiento espiritual.

Será un espacio donde en cualquier momento puedes encontrar paz y protección, alegría e intimidad con el Señor que te llama a su amistad.

También será tu escuela permanente de silencio.

También será el espacio de gracia y misericordia donde Dios sanará los corazones heridos y abrazará a sus hijos como el padre del hijo pródigo de la parábola.

En tiempos en que nuestras iglesias a menudo están cerradas, habrá esa capilla siempre abierta.

En definitiva, será el lugar sagrado donde Cristo reinará sobre las personas, las familias y la ciudad. Será la puerta que se abre al cielo para permanecer siempre abierta. Nunca se cerrará.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE

[ 29-11-2017 ]

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