LecturasLos comienzos del profeta Elías en tiempo de Ajab, rey de Israel
Ajab, hijo de Omrí, subió al trono de Israel el año treinta y ocho del reinado de Asá de Judá. Reinó sobre Israel, en Samaria, veintidós años. Hizo lo que el Señor reprueba, más que todos sus predecesores.
Lo de menos fue que imitara los pecados de Jeroboán, hijo de Nabat; se casó con Jezabel, hija de Etbaal, rey de los fenicios, y dio culto y adoró a Baal. Erigió un altar a Baal en el templo que le construyó en Samaria; colocó también una estela y siguió irritando al Señor, Dios de Israel, más que todos los reyes de Israel que lo precedieron. En su tiempo, Jiel, de Betel, reconstruyó Jericó; los cimientos le costaron la vida de Abirán, su primogénito, y las puertas la de Segub, su benjamín, como lo había dicho el Señor por medio de Josué, hijo de Nun.
Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab:
«¡Vive el Señor, Dios de Israel, a quien siervo! En estos años no caerá rocío ni lluvia si yo no lo mando.»
Luego el Señor le dirigió la palabra:
«Vete de aquí hacia el oriente y escóndete junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán. Bebe del torrente y yo mandaré a los cuervos que te lleven allí la comida.»
Elías hizo lo que le mandó el Señor, y fue a vivir junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán. Los cuervos le llevaban pan por la mañana y carne por la tarde, y bebía del torrente. Pero, al cabo del tiempo, el torrente se secó, porque no había llovido en la región. Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías:
«Anda, vete a Sarepta de Fenicia a vivir allí; yo mandaré a una viuda que te dé la comida.»
Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo:
«Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.»
Mientras iba a buscarla, le gritó:
«Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.»
Respondió ella:
Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.»
Respondió Elías:
«No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y porque tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.”»
Ella se fue, hizo lo que había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.
RESPONSORIO
Lector: El profeta Elías oró para que no lloviese, y no llovió.
Todos: Luego volvió a orar, y el cielo derramó lluvia.
Lector: Surgió un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido; con el oráculo divino sujetó el cielo.
Todos: Luego volvió a orar, y el cielo derramó lluvia.