Adoración Eucarística Perpetua en España     Misioneros de la Santísima Eucaristía


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SEGLARES
Emanuela, adoradora de Reggio Emilia (Italia)

Me llamo Emanuela, tengo 48 años y vivo en Reggio Emilia.

Escribo este testimonio, que se refiere a aspectos estrictamente personales, para dar gloria al Señor, en particular a Jesús presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

Desde el Primero de Enero de este año 2008, en la capilla del Hospital Santa Maria Nuova de Reggio Emilia, comenzó la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. Como tantos otros hermanos y hermanas que han ofrecido una o más horas a la semana, participo puntualmente de la adoración yendo a la capilla para permanecer junto a nuestro Señor, que se nos ofrece ininterrumpidamente para colmarnos de toda gracia.

Para presentar mi testimonio de manera exhaustiva debo regresar al pasado, un pasado lejano que, sin embargo, ha dejado profundas heridas en mi corazón y en mi vida.

Tenía 15 años cuando mi madre y mi padre, después de mucha “violencia”, se divorciaron y, desde entonces, vivieron en el más profundo rencor. Sin entrar en detalles, confieso que en todos estos años jamás pude perdonar a mi madre que se casó con otro hombre y que a mí y a mi hermana nos relegó a un rincón de su vida.

Con la ayuda de la gracia de Dios llegué a reconciliarme con mi padre tres días antes que muriese, en 1994.

Volviendo al presente, ahora os cuento qué gran gracia he recibido ante el Santísimo Sacramento expuesto en la capilla del hospital.

Hace unos 15 días atrás supe que mi madre tenía leucemia y, justo algún día después, que estaba internada, casi en fin de vida, en este hospital. Ayudada por el Espíritu Santo convencí a su marido que no la visitase durante unas horas y, apenas llegada yo a su habitación, la alcé (ahora pesa porquísimo) y con una silla de ruedas la acompañé a la capilla de la adoración (ella estaba un poco aturdida pero consciente y consentía).

Cuando estuvimos frente al Señor (mamá quiso que la acercase para estarle cerquísima!) lo miré y le ofrecí todo mi sufrimiento pasado y presente, y ambas rezamos en silencio. Recibí de inmediato, de parte del Señor, el valor de preguntarle a mi madre si había perdonado a papá (hasta aquel momento era tabú pronuciar su nombre) y ella me respondió que sí, y rezamos entonces por el alma de mi padre. Infinita, visceral era mi alegría. Sentí que un océano de Amor y de gratitud invadía mi corazón y toda mi persona. Dejé que el Amor obrase en mí y me abriese al perdón. ¡Desde hacía tanto tiempo que rezaba para lograr perdonar! En ese momento sentí que la roca que tenía dentro se disolvía como nieve al sol.

Mi madre, aunque sufriente, estaba serena, y -¡gracia de las gracias!- decidió confesarse después de muchísimos años que no lo hacía. ¡Justo en ese momento entraba un sacerdote a la capilla!

Salí de la capilla llena de alegría y las personas con las que me cruzaba en los corredores del hospital al verme me miraban perplejas.

Sí, he reencontrado a mi mamá. Su cuerpo está marcado por la enfermedad y decrépito pero su alma está limpia y pronta.

Quizás dentro de poco nos dejará, pero será en la paz y en la esperanza.

Estoy cierta que papá la está esperando para abrazarla una vez más y juntos intercederán por nosotras sus hijas.

Después de 30 años, delante de Jesús Eucaristía, ¡he reencontrado a mi familia!

Estoy segura que Él me ayudará a permanecer en su paz y a perdonar también a aquel hombre por el cual mi madre nos abandonó... PORQUE NO HAY NADA IMPOSIBLE A DIOS!

Emanuela

25 de Enero de 2008